Skip to main content

Full text of "Tiempo De Historia 088 Año VIII Marzo 1982"

See other formats


y i T ESPAGNOLE 



AÑO VIII 
NUMS. 92-93 
250 PESETAS 

































































Escaneo original: http:// wwwMempodehistoriadigital.com/ 
Digitalización final en .pdf: http://thedoctorwhol967.blogspotcom.ar/ 



ANO VIH • NUMS. 92-93 • JULIO-AGOSTO 1982 • 250 PESETAS 






TODO 



■y 




numero especial es el último de TIEMPO DE HISTORIA. 
Nuestra revista comenzó a publicarse en diciembre de 1974; ter¬ 
mina en julio de 1982. Explicamos entonces nuestro propósito de 
relatar unos hechos que hasta entonces habían sido tergiversados, 
manipulados, deliberadamente utilizados para sostener una 
determinada política; y el de aportar testimonios personales, rela¬ 
tos de testigos, análisis de nuestra más reciente etapa —la guerra 
sus antecedentes, sus consecuencias—, completados por los 

fe *1 








de otros tiempos y otros países. No garantizábamos que fuese 
posible toda la objetividad y toda la falta de prejuicios que deseᬠ
bamos porque en primer lugar estaba nuestro deseo de humanizar 
la historia, y hasta de personalizarla en sus protagonistas. Quizá 
esta misión se ha agotado en sí misma, al cabo de casi nueve años. 
Probablemente ya no sea necesaria, y aún a muchos puede pare- 
ceries indiferente. Lo cierto es que IEMP0 DE HISTORIA no 
tiene suficientes lectores para sostenerla, en relación con el cre¬ 
cimiento continuo del coste de su producción. Tampoco ha tenido 
nunca un soporte de publicidad. Para que sobreviviera habría que 
subir su precio de una manera astronómica, y entonces quedaría 
fuera del alcance de nuestros lectores. Decimos, por lo tanto, 
adiós: no sin dolor. Llegar a este final quizá sea, tambiérMa última 
lección que nos da la Historia. 















Quede aquí nuestra gratitud para quienes nos han leído a lo 
largo de estos años, para los que se han mantenido hasta el último 
momento y para nuestros colaboradores: ellos han hecho posible, 
con sus trabajos, que lo que nos habíamos propuesto al principio 
haya podido ser una realidad. 



PORTADA: 
«Noche española» 
cuadro de Picabia 
(1922). 


'v' TIEMPO DE HISTORIA 1 982 Prohibida la reproducción de tex¬ 
tos, fotografías o dibujos, nt aun citando su procedencia 
ilEMPO DE HISTORIA no devolverá los originales que no solicite 

previamente, y tampoco mantendrá correspondencia sobre los 
mismos. 


DIRECTOR EDUARDO HARO TECGLEN. SECRETARIO DE EDITORIAL GUILLERMO MORENO DE GUERRA 
CONFECCION ANGEL TROMPETA. EDITA PRENSA PERIODICA, S. A. REDACCION: Plaza del Conde del Valle 
de Súchil. 20 Telefono 447 27 00 MADRID 15 Cables Prensapei ADMINISTRACION: CEMPRO, Fuencarral. 96 
Telefonos 221 29 04 05 MADRID 4 PUBLICIDAD; REGIE PRENSA, Joaquín Moreno Lago. Rafael Herrera. 3 1 A 
^ e i1P T l° s i™ Y 733 21 29. MADRID-16 Emilio Becker, Av Principe de Asturias. 8, pral. 1. Teléfonos 218 42 55 
y 2T8 41 71 BARCELONA-12 DISTRIBUCION; Marco Ibérica. Distribución de Ediciones, S A Carretera de Irún 
kilómetro 13 350 MADRID 34 FOTOCOMPOSiCION: TECPflO. Sagasta, 12. MADRID-4 IMPRIME: Gráfi- 

Los Angeles . Getafe (MadndJ Depósito Legal 350 M 36.133-1974 
ISSN 9210-7333 EJEMPLARES ATRASADOS: 150 pesetas Las 

pettciones de ejemplares de números atrasados deberán ser acompaña¬ 
das por su importe en sellos de correos 


i ILMPO DE HIS1 ORIA es miembro 
ríe la Asociación de Revistas de Jnfor 
mador», ARI asociada a la Federación 
fmernatiüna! oí Periódica! Press FfPP 


































A 


[LGUIEN dijo: **Ha estallado la paz"; 
alguien dijo “La paz empieza nunca"; y 
alguien dice, todavía, refiriéndose a 
aquel momento, «No ha llegado la paz, sino la 
victoria». Con su eterno, siempre cumplido, 
"vae victis": lo escribió por primera vez Tito 
Livio, y hay temas en la historia que sirven para 
siempre. Hay que decir que entonces los venci¬ 
dos lo estaban también moralmente. No porque 
hubieran dejado de creer en lo que creían, sino 
porque la derrota les llegaba con una Tuerte 
carga de sentimiento de culpabilidad para con¬ 
sigo mismos y sus compañeros. Para muchos, la 
historia de la derrota comenzaba casi el mismo 
día de la proclamación de la República, cuando 
vieron una cierta debilidad, una cierta indecisión 
en un momento en que se esperaba nada menos 
que un cambio de era para una España que no 
había salido de las mismas manos hereditarias 
desde la Reconquista, que no había sido pene¬ 
trada por las ideas del humanismo en el Rena¬ 
cimiento, que había rechazado la ciencia, la téc¬ 
nica de la Revolución Industrial y el viento 
renovador de la Enciclopedia, Si se examina 
ahora, a esta larga distancia, la obra de la Repú¬ 
blica en solo cinco años parece mucho más 
extraordinaria, mucho más rica y positiva de lo 
que pareció a quienes, desde abajo, habían ayu¬ 
dado a traerla. Y es porque tenemos la óptica de 
los cincuenta años pasados desde entonces, en 
los que los ideales europeistas v regeneradores de 
entonces se han vuelto mucho más atrás de 
donde estaban en e! punto de partida de la 
República, y aún estos cinco años nuevos de 
democracia no han conseguido llevarnos a aquel 
mismo punto. La República no solo no aprove¬ 
chó su fuerza popular de entonces, sino que no 
tuvo voluntad de aprovecharla. Pretendía otra 
cosa: pretendía que no era preciso desmontar a 


la f uerza —la Tuerza de una razón— a las Tuerzas 
contrarias, sino que debía convencerlas, asimi¬ 
larlas, integrarlas. Era un empeño digno; pero 
era, también, un desconocimiento de sus adver¬ 
sarios. La República fué demasiado débil para 
sus bases populares, demasiado dura para sus 
enemigos. En estos se producía una doble sensa¬ 
ción: la encontraban en efecto débil en cuanto a 
fuerza y capacidad de hacerse respetar, y Tuerte y 
dura en cuanto a lo que suponía contra sus pro¬ 
pios intereses. Eran las dos condiciones objetivas 
necesarias para atacarla, Y lo hicieron. Había, 
naturalmente, otras cosas. Una reacción bur¬ 
guesa que se corregía a sí misma: si ayudó a la 
República para defenderse de las castas dominan¬ 
tes que todavía procedían de la Reconquista, la 
combatió después para defenderse de las clases 
bajas que reclamaban sus derechos. Había, tam¬ 
bién, la situación mundial: el radicalismo de'la 
derecha hacia el fascismo y el nacismo. el de la 
izquierda hacia el comunismo. La vieja pobreza 
de España ayudaba a estos radicalismos. 
Cuando la República fué asaltada, luchó 
durante tres años y perdió: en esa guerra se pro¬ 
dujeron todos los problemas internos de un 
bando, todas las desconfianzas mutuas, los dis¬ 
tintos conceptos de por qué se estaba luchando y 
que era lo que se quería ganar. 

Cuando terminó la guerra, una gran parte de 
los vencidos tuvieron la sensación de que habían 
perdido porque lo habían hecho mal; porque no 
habían sabido utilizar sus propios soportes, su 
capacidad de pensamiento, sus condiciones de 
movilización, [.as derrotas producen siempre 
dos reacciones en los pueblos vencidos (en las 
poblaciones civiles, al margen de las clases diri¬ 
gentes y del sentimiento militar): una. de la que 
la resistencia debe continuar, la de que no todo 
está perdido. Otra, la de que merece la pena una 


* 


3 













# 



adaptación, una comprensión del vencedor. 
Sobre todo si se trata de una guerra civil, donde 
el vencedor no es un extranjero. Aparte de esa 
voluntad de resistir que quedó en los guerrilleros, 
en los partidos y e! gobierno en el exilio —donde 
se reproducía siempre la misma dificultad de 
entendimiento— y en los movimientos clandes¬ 
tinos. una enorme mayoría hubiera querido 
sumarse a la nueva experiencia. No tuvo oca¬ 
sión. Pronto se comprendió que la victoria equi¬ 
valía a una ocupación extranjera: los vencedores 
traían nuevos dioses, nuevos ídolos, nuevos len¬ 
guajes (parecía el mismo castellano, pero era 
otro muy distinto); otros conceptos de la histo¬ 
ria, de la estética, de las relaciones humanas, de 
las costumbres de la sociedad. Aún así, algunos 
hubieran hecho el esfuerzo de ir hacia ese nuevo 
concepto —¡tan antiguo que volvía a ser 
nuevo!— de la sociedad española. No Ies deja¬ 
ron. Se encontraron orillados por las depuracio¬ 
nes, por los castigos, por los recelos y las sospe¬ 
chas: cuando no por la cárcel y las diarias penas 
de muerte. Era evidente que no había comuni¬ 
dad posible. Franco tuvo en esos momentos la 
verdadera oportunidad de crear un país nuevo. 
No estaba ese país nuevo en su ánimo. Lo que 
entendía, lo que entendían los vencedores que le 
rodeaban y que habían hecho de él un símbolo y 
un ejecutor de sus ideas, era que había que 
borrar lo que ellos mismos llamaban “anti- 
España” (convirtiéndose, por eso solo, ellos 
mismos en anti-España, en extranjeros para 
muchos españoles) en un baño de sangre. Hubo, 
por lo tanto, dos errores graves en aquellos 
momentos; el de quines creyeron que podían 
sumarse al esquema de civilización y de cultura 
que traían los vencedores, y el de los vencedores 
que creyeron que podrían destruir para siempre 
unos impulsos, unas ideas, unas situaciones. 
Algunos de los que habían dejado perder la gue¬ 


rra con la esperanza de que la paz les absorbería 
comprendieron pronto que no se trataba de eso. 
Sobre esas dos tendencias se produjo la posgue¬ 
rra. El propio Franco creó la más peligrosa 
resistencia contra él: la de esa misma burguesía 
rechazada, excluida, vigilada. Más peligrosa que 
los guerrilleros en las Sierras, más que las orga¬ 
nizaciones clandestinas, más que el riesgo exte¬ 
rior —que ya se vió lo que no daba de sí—. la 
resistencia a compartir el régimen por parte de 
aquella inmensa mayoría a la que el régimen no 
había dejado otra solución y que regresaba por 
la fuerza natural de su propia esencia a los idea¬ 
les que habían sido su impulso. Podría decirse 
que Franco ganó la guerra, pero perdió la pos¬ 
guerra. Unamuno lo vió en los primeros días de 
iulio. en el escaso tiempo que medió entre el 
estallido de la guerra y su propia muerte física: 
“Venceréis, pero no convenceréis”. En Una¬ 
muno podría verse ese ejemplo claro de quien 
quiso sumarse y no pudo; tenía que perder su 
“yo” —ese “yo" que defendía a ultranza— para 
entrar en la nueva civilización que se le ofrecía, y 
que no era tal sino solamente fuerza y viejos 
espectros. Podría decirse que Unamuno fué el 
primer español de la posguerra. 

El no convencimiento que quedaba como una 
maldición clavada en el costado de los vencedo¬ 
res ha ido viviendo, nutriéndose, creciendo 
durante los largos años de la posguerra. Lo que 
sucedió cuando Franco murió fué un restable¬ 
cimiento natural y simple de la ideología ante¬ 
rior a Franco, que no fué nunca desarraigada ni 
convencida. Venía ya de muchos años antes: con 
Franco el régimen se había ido demoliendo, 
minando, pudriendo. Tuvo, también, más 
tiempo que ningún otro sistema conocido en la 
historia de España para demostrar su capacidad. 
Aún con un siglo por delante, todo hubiera sido 
inútil: no valía. Era un sistema de fuerza y mie- 


4 










do. basado en unos castigos y recompensas. El 
aspecto ideológico que tuvo se quedó seco en los 
primeros tiempos, cuando las ideologías afines 
cayeron en la guerra mundial y dejaron al des¬ 
cubierto su vacío y su horror. Las propias esca¬ 
ramuzas. sus legalizaciones y sus instituciones, 
sus “familias políticas”, sus “tercios familiares”, 
su “democracia orgánica” eran cascarones 
vacíos. El esfuerzo que tiene que hacer para 
convencer quien no tiene razón ofrece un resul¬ 
tado inverso: las censuras, los machaqueos de 
las consignas, los discursos, los juramentos y las 
tomas de posesión, los intelectuales del régimen, 
no consiguieron más que convertir en fósiles las 
ideas que trataban de aportar y sostener. Poco a 
poco, todo se vino abajo. Al régimen de Franco 
no le vencieron las guerrillas, las clandestinida¬ 
des, los gobiernos en el exilio y las presiones de 
las democracias extranjeras: le vencieron los 
vencidos que no supo convencer ni asimilar. 
Claro que para convencerlos tenía que haber 
ideado otro régimen que no fuera el suyo. 

Es difícil determinar cuando empezó la pos¬ 
guerra y cuando ha terminado, y si realmente ha 
terminado. Utilizando la misma aparente para¬ 
doja de antes, la de que la derrota empezó en la 
República, se podría ahora decir que posguerra 
comenzó también con la República, lis decir, 
con el descubrimiento de lo posible —ya no era 
imposible crear una comunidad de hombres 
libres mentalmente— y con el fortalecimiento de 
unas mentalidades y de unas fórmulas de convi¬ 
vencia: unas actitudes que han traspasado todos 
los acontecimientos nacionales y mundiales y, 
después de la travesía del desierto, llegan casi 
intactos a nuestro tiempo. Lo cual no quiere 
decir que se pueda señalar el final. La muerte de 
Franco no es concluyente. Todavía después de 
ella, durante un año, el gobierno Arias Navarro- 
Fraga se empeñó en defender las últimas posi¬ 


ciones; todavía la creación de UCD en forma de 
movimiento residual, y sus sucesivas evoluciones 
hasta ahora, han intentado mantener dentro del 
vocabulario y de las reformas institucionales un 
sedimento de franquismo regenerado. El 23 de 
febrero de 1981 fué un acontecimiento de pos¬ 
guerra: en las sentencias por la sublevación mili¬ 
tar de aquel día todavía encuentran muchos un 
latido de franquismo. 

Algunos creen que comienza a vivirse la otra 
posguerra: la posguerra de los vencedores de 
entonces. Con una infinita suavidad. Sus perió¬ 
dicos. sus propagandas, sus discursos, tienden a 
mostrarles precisamente como vencidos no con¬ 
vencidos ni siquiera resignados: son ellos mis¬ 
mos los que se sitúan en esa posición para traba¬ 
jarse una reacción, quienes dibujan —como se 
ha hecho en el mismo proceso— una situación 
caótica de España para regresar al mismo punto 
de partida, el del 18 de julio de 1936. 

No se regresa nunca. Las ideas vencidas en 
1939 han traspasado los años, pero no son las 
mismas ni pueden serlo: los partidos o los hom¬ 
bres que han pretendido mantenerlas intactas y 
exactas están perdiendo, borrándose. Las ideas 
que produjeron el 18 de julio se esfuerzan en 
depurar algo permanente, algo aplicable a las 
nuevas condiciones de vida: no lo van a conse¬ 
guir. Pero todo ello prolonga esa sensación 
angustiosa y dura de la posguerra, esa inseguri¬ 
dad. Toda posguerra mal tratada y regulada 
puede convertirse en una preguerra. Ese sería 
nuestro destino si no nos prestásemos a reflexio¬ 
nes más profundas, más actuales. Mostrar como 
fué la larga posguerra de España —propósito de 
este número— puede hacernos, tal vez, un poco 
más fuertes y más vivos en el trabajo de cerrar 
definitivamente las posguerras v comenzar la 
paz. ■ 


5 











Teresa Pámies 


E 


L equipo de «Taurus 
Ediciones» que elaboró 
«la única geografía exis¬ 
tente de la emigración de 1939 » 
(l) se vio desbordado por la 
cantidad, la diversidad y Sa 
calidad de los datos y testimo¬ 
nios acumulados. José Luis 
Abellán escribió en la presenta¬ 
ción de la obra que: «la necesi¬ 
dad de poner los pies en la tierra 
obligó a reducir nuevamente el 
proyecto hasta dejarlo en unas 
dimensiones razonables». Aún 


(!) *ÍJ exilio español de !W 9 ", Taurus 

/ i }*i 'í iíít * V í f ^ \ftbh* f 


* 








MINISTERIO DE INFORMACION Y TURISMO 





DIRECCION GENERAL DE CULTURA POPULAR 
Y ESPECTACULOS 


'* .......... -— . fl fl 

ORDENACION EDITORIAL O C f l B 1 L* U 

' "" 1- W 


VtWl 



12337-72 

- r • - J — ib -< II I B4# - I ■ ’< U 



contestación a su consista de Fecho 24 t, 1 P. . .7 2 - 

. se le comunico que 

aconsejable Ia edición de la obra titulada . 

JSSKáUa. JíJLÍ/Ui.íE".. -.. Teiresíx. 


m * n * é * I m •* * 


<P «' W ■ 



Sr . D. , f ;> bJ-e* -*■ v*-> 44 v:» Í*L» 1>*L* *- >w. .i.. ■ litptM *' r( > - ■ - «i - ■ i * > 



m p, * * h m m w m m m m . ' 


- * ^ 


im Xy$m’ r 

i ^ - 


farocopta del oficio de ORDENACION LOIIUHIAU desaconsejando al editor ia puDJ* 

¿ación de LA ESPAÑA ERRANTE"'. 


asi fueron cuatro los tomos 
publicados, un millar de pági¬ 
nas que incluyen lo «reducido*»: 
testimonios, análisis, cifras y 
documentos que abarcaron los 
temas esenciales. Sin embargo 
no se ha escrito todo sobre 
nuestro exilio. Es verdad que 
los estudiosos cuentan ya con 
una bibliografía y documenta¬ 
ción considerables pero un anᬠ
lisis riguroso del fenómeno 
exige mayor distancia de los 
acontecimientos. Quienes vivi¬ 
mos el exilio durante más de 
treinta años sólo podemos 
aportar experiencias personales 
aunque el valor del testimonio 
dependa de cómo se asumió y 
con qué perspectivas. 

Antes y después del enco¬ 
mia ble esfuerzo de « Taurus Edi¬ 
ciones» que yo tuve el honor de 
presentar en la librería «Mira¬ 
dor» de Barcelona, se habían 
editado, y se editarían, ensayos 
o biografías, Memorias y cróni¬ 
cas de exiliados, testimonios de 
lo que fue la emigración repu¬ 
blicana en su conjunto y en sus 
particularidades. Yo misma 
escribí, a mi llegada del exilio el 
año 1971, un libro sobre el tema 
cuyas peripecias me permito 
contar a modo de preámbulo, 


PINTORESCA CENSURA 
Y 

PINTORESCOS CENSORES 

Mi libro se titulaba: «La 
España errante». Un editor bar¬ 
celonés envió el manuscrito a 
«Ordenación Editorial», que asi 
se llamaba el tinglado montado 
en el Ministerio de Información 
y Turismo, Dirección General 
de cultura popular y espectácu¬ 
los, encargado de «aconsejar» o 
«desaconsejar» {no de prohibir. 
Dios nos libre) la publicación 
de cualquier obra en cualquier 
lugar de la multinacional 

España. La respuesta, cuya 
fotocopia adjunto, desaconse¬ 
jaba la edición de mi manus¬ 
crito. Era el 9 de noviembre de 


6 








































del éxodo republicano 


1972. Insistí un año después 
presentando el mismo libro con 
el título de «La España que se 
fue » y añadiéndole nuevos 
datos, casi todos relativos a 
defunciones de ilustres emigra¬ 
dos que no podían volver ni 
siquiera a morir en su tierra. El 
8 de lebrero de 1974, mi editor 
recibía respuesta a la «consulta 
previa »>: desaconsejada. El 22 de 
mayo de 1974 escribí una carta 
al señor Ricardo de la Cierva, a 
la sazón director general de 
Cultura Popular, extraña deno¬ 
minación para un departa¬ 
mento del que dependía la cen¬ 
sura disfrazada de paternal 
asesoría. Me permito citar los 
párrafos esenciales de la carta 
por lo mucho que explica, 
sugiere y denuncia. 

Barcelona, 22 de mayo de 1974 

Sr. D. Ricardo de la Cierva 
Director General de Cultura 

Popular 

Madrid 

Excelentísimo señor: Acaba 
de comunicarme la Editorial 
«Martínez Roca» de esta ciudad 
que, por segunda vez, ha sido 
desaconsejada desde Madrid la 
publicación de un manuscrito 
del que soy autora, titulado: 
«LA ESPAÑA QUE SE FUE», 
(espediente 133/74). Digo «por 
segunda vez» porque hace dos 
años conoció la misma suerte 
con el título «LA ESPAÑA 
ERRANTE». 

No ha habido únicamente 
cambio de título; el manuscrito 
ha sido redactado de nuevo, 
reservada la segunda parte rela¬ 
tiva a la emigración laboral, 
despojado de algunas reflexio¬ 
nes acaso desplazadas en nues¬ 
tra época y puesto al dia con 
noticias de fallecimientos de 
ilustres compatriotas en el exi¬ 
lio, como el académico doctor 
Planelles, e! poeta catalán 
Ambrosi Carrión o el ex alcaide 
de Szbadell, Joscp Mo/x. Tam¬ 
bién hubo que incorporar al 
libro el homenaje al gran poeta 


español León Felipe en la capi¬ 
tal mexicana, homenaje al que 
se sumó esa Dirección General 
de Cultura Popular. 

Al rehacer el manuscrito 
procuré evitar toda evocación 
susceptible de remover heridas 
de aquella guerra civil o de ati¬ 
zar rencores que tan funestas 
consecuencias podrían tener 
para nuestro futuro, el de 
todos, el de los que perdimos la 
guerra y el de quienes la gana¬ 
ron. Pretendo, sencillamente, 
dar a conocer el destino del 
éxodo español de 1939 a través 

tic personajes conocidos \ de 


todas las tendencias cuyo com¬ 
portamiento personal y profe¬ 
sional merece el respeto de la 
España que quedó y de los 
españoles que nacieron en el 
destierro o ios que nacieron en 
el hogar de desterrados españo¬ 
les. 

He seguido con atención 
esperanzada todo lo que Vd. ha 
declarado, ha escrito y ha 
hecho para rescatar lo que 
queda de la España que se fue. 
Como dice «TRIUNFO» del 18 
de mayo. pág. 73: «Ricardo de 
la Cierva, que desde la Direc¬ 
ción (teñeraI de .. nltur.i p. *nii- 
















B 






m 








MINISTERIO DE INFORMACION Y TURISMO 

^ w ‘ M 

— - 




RECIBI 


00 






py 




¡3 m. m 


•í-y' 


DIRECCION GENERAL CULTURA POPULAR 




M 


nd 




Conl:.- 




- J . 








CROC NACION EDITORIAL 

; 

w 1B-74. 


■ S ffSs 


Num 


> • - H 






















IC — . 






contestación a so cónsul!a de fecho 

... vít le comunica que 

no có acomcjnwe la edición de lo obra titulada 

w&Bf 

LA KSPARA QUE SE FUE,- Tcrena lamias 


















•***»+ 4 * « 




- », * ■ 










i ■ 


y é i m 










1 i Í Ó • 

3 ' 


■*.. r ■ i * 


“ ■ - r* •* »- - - » t % -i T + - - # - r 




SU 




* ■ 




v •.. 

•*■■** »’ » a ■ g tw ■ » * m -v m. p ■ I «■■ 

■■¡y' . _ 

' Xí! 

! * » T ■ '»■■■■■ r w * — 


ios guarde a Vd. mi 






aa u a Febn 

Madrid, de 




19 




74 






DC 


CULTURA POPULAR 






:sí 




































' 

; * 












r- 

. 


- ¿y 







Wá 


; 


I ■ Os* • 












Sr D MAHTIWjBZ ROCA 

B ■ m * F *• * * 4 ■« m 1 - I ^ M ‘I I «Mi ■ ■ • » P ' - * ■ ** W I I > 4 ii i W « 4- § a * ■ ■ # I A K j ■ ■ -j ■ t j. mfOf a m ¡| a jl. p m a # l p. ■ | r. a. p ■ 4 j. j. ■ | « a * I I * k 4 ~ * 4 * P 




~ — 




I u ,1 if. \fqundi 1 t itn itj 


7 









































*■ 


* 



Tarjeta editada por "Radio España Independíente" solicitando noticia de recepción. 

Dibujo de Picasso-Composición Josep Renau. 


lar está dirigiendo este desblo¬ 
queo de fondos testimoniales y 
documentales, como una ini¬ 
ciación a algo que puede ser 
enormemente importante si 
prosigue, si no se desvirtúa; el 
conocimiento de unos hechos 
que pueden tener un valor pre¬ 
ventivo y político, es decir, no 
solamente como referencia al 
pasado que describen, sino con 
respecto al futuro». 

No pretendo manipular con 
fines personales esta visión del 
papel que le atribuyen en 
«TRIUNFO». Lo aplaudo y lo 
celebro incluso en el caso de 
que no se aplique en mi caso». 

En esta carta omití que me 
habían «desaconsejado» otros 
manuscritos, por ejemplo: 


«Crónica de la Vetlla» y «Mujer 
de Preso». Me parecía más 
urgente y oportuno el tema del 
exilio. La carta proseguía: 

«LA ESPAÑA QUE SE 
FUE» no es el único manus¬ 
crito «desaconsejado». Hoy me 
limito a solicitar fuego verde 
para «LA ESPAÑA QUE SE 
FUE» porque estoy convencida 
de que encaja perfectamente en 
esa línea de recuperación de los 
exiliados que usted se ha mar¬ 
cado y que corresponde a una 
necesidad de nuestro país. Si el 
permiso exigiera la supresión de 
algunas frases o conceptos, 
estoy dispuesta a considerar las 
propuestas que se me hagan al 
respecto. 

No creo que a Vd. le extrañe 


ni le escandalice mi insistencia. 
Soy una de tas españolas del 
éxodo que durante años y años 
llamó a las puertas de los Con¬ 
sulados de mi país hasta obte¬ 
ner el pasaporte español que me 
permitiera volver y quedarme. 
Aquí estoy. Por lo que hasta 
ahora me han publicado le 
consta que no he vuelto con 
ánimo revanchista ni con 
turbios propósitos. Asi lo han 
comprendido miles de lectores 
de «Testamen! a Praga», «ya 
ploure fot el día» y « (Juan erem 
capitans». La publicación de 
estos libros ha hecho un bien 
enorme, no sólo a los que 
hemos vuelto sino a quienes 
han tenido la audacia y la inte¬ 
ligencia de dejarlos publicar. 
Cuando existe esta confianza en 
la apertura es que no hay temor 
a afrontar serenamente la 
Historia. 

A la convivencia dinámica y 
creadora de los españoles no le 
interesa que la España que se 
fue regrese de rodillas o muda a 
una patria remozada y rebo¬ 
sante de vitalidad, que puede 
permitirse, no sólo recibir al 
hijo pródigo sino hacerle un 
sitio en la obra que ha de ser de 
todos y para todos, fundamen¬ 
talmente para nuestros hijos. Y 
yo me he traído también a ios 
hijos, señor de la Cierva. 

Perdone la parrafada pero ya 
habrá notado Vd. que es una 
tendencia que procuro corregir. 
En todo caso estoy segura de 
que sabrá captar lo que hay de 
esencial entre las frases. Tam¬ 
poco me cabe la menor duda de 
que recibiré respuesta. Con 
todo respeto y admiración: 
Teresa Pámies, dirección y 
Teléfono. 

Me equivoqué: no hubo res¬ 
puesta. También se frustraron 
las esperanzas de «TRIUNFO» 
expresadas en su número del 18 
de mayo de aquel año de 1974. 


¿QUIEN TEME 
A LOS EXILIADOS? 

Reincidí, pese a todo. Modi¬ 
fiqué pqr tercera vez el titulo y 
añadí nuevos datos, no sólo del 


8 














éxodo republicano sino del 
clima oficial en torno al tema. 
El libro se tituló «LOS QUE SE 
FUERON» con el subtítulo: 
«LOS QUE NO VOLVERAN». 
Ni el editor ni la autora de la 
publicación tuvimos más pro¬ 
blemas que la advertencia ver¬ 
bal de un posible secuentro de 
la publicación. La editorial 
puso ei asunto en manos de 
abogado, «sondeó» personas 
influyentes y concertó una 
entrevista de ¡a autora con el 
funcionario de «Ordenación 
Editorial», señor Cruz Hernán¬ 
dez. Me recibió en Barcelona en 
el curso de una de sus visitas 
mensuales para «dialogar» con 
autores «desaconsejados». Fue 
una entrevista surrealista cuyo 
relato no se creería nadie. 
Franco se estaba muriendo y 
los altos funcionarios andaban 
desconcertados por la vida. 
Tendría que morir el general 
para que el libro saliera de la 
imprenta, sin haber recibido el 
papelito reglamentario «acon¬ 
sejando» su edición. (2) 

Había muerto Francisco 
Franco pero el tema exiliados 
seguía siendo confictivo. La 


(2) “Los que se fueron. Los que no vol¬ 
verán. Los que vuchén", Teresa Pámies, 
Editorial Martínez Roca, abrí/ / 976 . Bar¬ 
celona La primera edición se agoró el Día 
del Libro. En mayo salió la segunda. 


emigración republicana era la 
«anti-España»; tos exiliados 
políticos seguíamos siendo los 
«malos españoles» aunque la 
mayoría recibíamos pasaporte 
para regresar, obligados, no 
obstante, a presentarnos a las 
C omisarías de policía donde se 
practicaban interrogatorios 
humillanes e inquisitoriales. La 
siniestra «Causa General» 
seguía siendo la ficha de refe¬ 
rencia para aceptar, rechazar o 
encarcelar, a os españoles que 
volvían. 

No estábamos autorizados a 
informar sobre las causas del 
éxodo, la calidad moral e inte¬ 
lectual de los exiliados y su con¬ 
tribución al conocimiento y 
prestigio de España en los paí¬ 
ses que les dieron asilo. Se 
fomentaba, a bombo y platillo, 
el regreso de ancianos ilustres y 
algo cansados. Tanto mejor si 
chocheaban al hacer declara¬ 
ciones públicas ante micrófo¬ 
nos y cámaras de televisión, y si 
además despotricaban contra 
los comunistas, miel sobre 
hojuelas. A la anciana Dolores 
Ibárruri se le negaba el derecho 
a volver invocando su «seguri¬ 
dad». Fraga Iribarne. ministro 
del interior del primer gobierno 
post-Franco, dijo que «Pasio¬ 
naria» no podía regresar a 
España porque «no tengo bas¬ 
tante policía para protegerla». 


(3) Unos meses después, Dolo¬ 
res Ibárruri ocuparía un escaño 
en las Cortes españolas. 

¿Cómo explicar actitudes tan 
irracionales e incluso ridiculas? 
El régimen impuesto por la 
guerra civil no consiguió legi- 
timizarse ante el mundo por¬ 
que, entre los cuatrocientos mil 
españoles que tuvimos que 
huir, contingentes importantes 
cuantitativa y cualitativamente, 
no se dieron por vencidos. El 
«Comunicado de la Victoria» 
firmado por el Generalísimo 
Franco el 1 de abril de 1939 no 
nos afectaba en el sentido de 
que no éramos «cautivos» aun¬ 
que sí «desarmados». La liber¬ 
tad relativa del exilio nos per¬ 
mitía seguir luchando. Cuando 
hubo que hacerlo en las condi¬ 
ciones del terror fascista 


(3) H dia 2 de febrero de ¡976, el señor 
Manuel Fraga Iribarne , Ministro de 
Gobernación, Vicepresidente del gobierno 
de Arias Navarro, se refería a « Pasiona¬ 
ria » cuando un periodista del diario fran¬ 
cés "Sud-Ouest" ¡e preguntaba: 

— F.l número de exiliados, ¿es del orden de 
cien mi! o de varias decenas de 
millares? 

—Más bien de algunos millares. Yo aña¬ 
dirla que para algunos es preferible que 
se queden fuera de nuestras fronteras. 
—¿Por ejemplo? 

—"La Pasionaria". Es mejor que no entre 
porque su vida estaría constantemente 
en peligro. Yo estaría obligado a 
hacerla proteger permanentemente i 
esto podría ser una provocación. 



Febrero de 1939; el éxodo republicano Foto Agusti Centellea que estaba en el campo de concentración de refugiados españoles en 

Brama. 


9 
















impuesto por ios nazis ocupan¬ 
tes de Francia y agresores de la 
U.R.S.S., emigrados españoles 
volvieron a ser soldados o gue¬ 
rrilleros en combates mucho 
más sangrientos y demoledores 
que los del Jarama, Teruel o el 
Ebro. Miles de españoles de la 
emigración republicana murie¬ 
ron en la resistencia francesa, 
en las batallas de la Europa que 
derrotó a Hitler y a Musolini 
desde Dunkerque a Stalin- 
grado. Y lo hicieron conscientes 
de seguir combatiendo a 
Franco. 

Miles de españoles fueron 
exterminados en los campos 
nazis o perecieron de hambre y 
agotamiento en las colinas 
francesas de Africa y Asia, la 
emigración republicana del 39 
dejó tumbas por todo el 
mundo. ¿Por qué traer sus res¬ 
tos a España? habría que dejar¬ 
los en paz bajo la tierra que les 
dió cobijo y la posibilidad de 
seguir luchando contra el fas¬ 
cismo o de vivir sin abdicar de 
sus convicciones. Esas tumbas, 
como la de don Antonio 
Machado en Collioure. son tes¬ 



fobrero de 1939: éxodo de la población 
civil. Paso de los Pirineos. 


timonio estremecedor del con¬ 
tenido universal y humanista 
del éxodo español, un éxodo sin 
precedentes en la Historia. 

La voluntad de superar la 
derrota militar aferrándonos a 
la razón política y a los dere¬ 
chos humanos, nos permitió 
recomponer fuerzas maltrechas 
en la desbandada y promover 
múltiples iniciativas, activida¬ 
des informativas entre la opi¬ 
nión internacional para que no 
aceptase el desenláce del lla¬ 
mado «conflicto español» y 
repudiase activamente al régi¬ 
men franquista pese a su legali¬ 
dad formal. En el empeño, no 
exento de voluntarismo, encon¬ 
tramos la vitalidad moral que 
nos ayudase a sobrevivir dig¬ 
namente la espantosa derrota 
en un exilio no deseado. Un 
examen objetivo de la realidad 
nos habría desmovilizado y, en 
definitiva, nos habría desmora¬ 
lizado a la hora de afrontar lo 
que un largo exilio nos 
reservaba. 

Los vencedores creyeron 
haberse desembarazado de la 
gran masa de oponentes que 
podían amargarles la victoria. 
Proclamaron que propiciarían 
el retorno de todos aquellos y 
aquellas que no tuvieran ¡as 
manos manchadas de sangre. La 
mayoría de ios exiliados que 
aceptaron la invitación se vie¬ 
ron sometidos a largas y humi¬ 
llantes verificaciones de identi¬ 
dad, antecedentes y careos que 
desembocaron en detenciones, 
condenas y algún fusilamiento. 
El mero hecho de haber huido 
con las «hordas rojas» era 
motivo de investigación, fichaje 
y vigilancia policíaca durante 
años. 


EN LEGITIMA DEFENSA 

La mayoría escapamos y 
emprendimos lo que algunos 
han calificado de «aventuras» 
en varios continentes. No deja¬ 
ríamos que el mundo se acos¬ 
tumbrase al estado de cosas 
impuesto a sangre y fuego en 
nuestro país. No aspirábamos a 
otra cosa y treinta años perse¬ 


verando en esta línea nos justi¬ 
fican. Nuestro hostigamiento al 
régimen franquista desde el 
exterior influyó cada vez más 
en el interior: el fascismo no 
podía arraigar en las genera¬ 
ciones de posguerra pese a dis¬ 
poner de todos los medios de 
adoctrinamiento ideológico, 
poderes represivos y coerciti¬ 
vos, incluido el pacto del ham¬ 
bre a «rojos» y a sus familiares 
y el monopolio de todos los 
medios, de información. Nos¬ 
otros, los emigrados republica¬ 
dos, conseguimos montar emi¬ 
soras destinadas a España. La 
Pirenaica fue la más constante y 
la de mayor audiencia pero se 
emitieron programas en caste¬ 
llano desde todos los países 
socialistas, especialmente dedi¬ 
cados a combatir el fran¬ 
quismo. Desde Londres y París 
y con la participación directa de 
escritores y locutores exiliados, 
se hablaba a diario para España 
en la misma línea antifascista y 
esclareced ora. Asi se rompió el 
monopolio de las ondas deten¬ 
tado por los vencedores de la 
guerra civil. 

Desde Madrid se acusaba el 
golpe y la reacción oficial era el 
rollo de siempre: complot 
internacional contra España, 
traición de tos malos españoles 
vendidos al extrajero, envidia 
de nuestro sol, virtudes y hom¬ 
bría, etc. etc. La existencia de la 
emigración política les moles¬ 
taba entre otras razones porque 
ponía en evidencia su fracaso. 

MUTACIONES EN LA 
COMPOSICION 
Y CARACTER DEL EXILIO 

A mediados de los años cin¬ 
cuenta, centenares de miles de 
jornaleros de las zonas más 
pobres de España emigraron, 
por razones económicas, a las 
fábricas, campos, obras en 
construcción y servicios de los 
países más prósperos de Europa 
en los cuales, amén de un tra¬ 
bajo bien remunerado, dispu¬ 
sieron por primera vez en su 
vida de derechos sindicales, 
beneficios sociales, libertad de 
expresión y de reunión que 


10 











El é*odo 1939 Un rnfla mutilado por los bomPanJeos 


serían utilizados, no sólo en 
defensa de sus derechos labora¬ 
les sino en e! combate político 
contra la dictadura franquista. 
Miles de obreros españoles 
nacidos de la posguerra ingre¬ 
saron en los partidos comunis¬ 
tas y socialistas que habían 
sobrevivido a la derrota del 39, 
se agruparon en torno a centros 
culturales de signo democrático 
o crearon sus propias asocia¬ 
ciones de emigrantes en las cua¬ 
les aprendían a ejercer derechos 
cívicos elementales y a conocer 
sus propias raíces. 

En las décadas del sesenta y 
setenta se celebraron mítines y 
concentraciones masivas de 
españoles que diferían esen¬ 
cialmente de los actos eufóricos 
de finales de los cuarenta, como 
el de Toulouse tras la victoria 
de los aliados sobre el nazismo. 
Predominaban los nuevos emi¬ 
grantes que disponían de pasa¬ 
porte español en regla y no 
estaban fichados por Comín 
Coíomer. Muchos de ellos iban 
de vacaciones a la tierra con 


maletas de doble fondo repletas 
de propaganda antifranquista y 
misiones políticas que, durante 
años, fueron exclusivas de mili¬ 
tantes de! exilio quienes las lle¬ 
vaban a cabo en condiciones 
mucho más difíciles y peligro¬ 
sas, cruzando los Pirineos a pie 
y exponiéndose a ser torturados 
y fusilados, como lo fueron 
Jesús Larrañaga, Jaume Gira- 
bau, Oristino García, Numen 
Mestre, Pedro Valverde, Julián 
Grimau y tantos otros. 

Por otro lado, la emigración 
republicana se veía remozada 
con exilios de nuevo cuño, for¬ 
zados al destierro por una 
represión que ya no se ensa¬ 
ñaba únicamente con los rojos 
de la guerra sino con gente que, 
por su edad o antecedentes 
políticos y de origen social, ni 
empuñaron las armas en la gue¬ 
rra civil ni se sintieron identifi¬ 
cados con los vencidos. 

El exilio republicano experi¬ 
mentó una transformación que 
tenia su propia dinámica. Se 
estableció, sin que nadie lo 


decretara, un vínculo cada vez 
más operativo entre la emigra¬ 
ción de la guerra y la resistencia 
al régimen fascista dentro del 
país, incluyendo en esta resis¬ 
tencia, el descontento y la frus¬ 
tración de nuevas promociones 
intelectuales que se asfixiaban 
en el clima mediocre y caverní¬ 
cola de la España franquista. 
Era una relación dialéctica que, 
a la vez, sacaba a flote contra¬ 
dicciones entre los viejos emi¬ 
grantes atascados y los nuevos 
que empujaban, entre la ten¬ 
dencia al repliegue para reanu¬ 
dar la batalla en el punto que 
quedó el año 39, y planteamien¬ 
tos más audaces entre los cuales 
detacaria dos: I) La renuncia a 
crear sindicatos clandestinos y 
la decisión de actuar en los ver¬ 
ticales. 2) La elaboración y 
aplicación de la política lla¬ 
mada de reconciliación nacio¬ 
nal. 

No todos los partidos de la 
emigración dieron ese viraje. 
Fuimos los comunistas los 
impulsores aunque no sus inven- 


11 




















Concentracción cié españoles en el exilio, 1071. Parque de Montreuil Vieja y nueva 

emigración. 


lores. Sólo interpretamos los 
signos ya visibles que lo aconse¬ 
jaban. 

Se acusó a los comunistas de 
claudicantes, oportunistas y 
camaleónicos. En las propias 
filas del partido hubo resisten¬ 
cias y no pocos traumas perso¬ 
nales pero el nuevo enfoque 
respondía a unas necesidades 
históricas y encontró apoyo 
entre los sectores jóvenes más 
conscientes del movimiento 
obrero y de la intelectualidad 
españolas. 

Cada vez era más difícil mar¬ 
car la línea divisoria entre exilio 
republicano y exilio de posgue¬ 
rra; entre emigración exterior y 
exilio interior, entre emigrados 
económicos y resistentes dentro 
de España. 

A iniciativa de grupos y per¬ 
sonalidades exiliadas y con 
apoyo de organizaciones y per¬ 
sonajes políticos, sindicales, 
artísticos y cívicos de Francia, 
Inglaterra, Italia, EE.UU., paí¬ 
ses escandinavos. Bélgica, Ale¬ 
mania o de Hispanoamérica, se 
celebraron frecuentes encuen¬ 
tros en las principales capitales 
a fin de mantener viva la resis- 

■ir 

tencia internacional al fran¬ 
quismo pese a sus intenciones 
«aperturistas*» de cara al 
mundo occidental, eufemísti- 


camente llamado «mundo 
libre». 

Aquellos actos multitudina¬ 
rios iban más allá de la solida¬ 
ridad económica para con pre¬ 
sos políticos de la guerra o 
salvar vidas de antifranquistas 
condenados. La amnistía que el 
mundo reclamaba afectaba a 
los nuevos combatientes naci¬ 
dos en la paz, denunciaba 
situaciones de opresión nacio¬ 
nal y de genocidio cultural. 
Cualquier efemérides era oca¬ 
sión para organizar coloquios o 
«Semanas», mesas redondas o 
seminarios en torno al tema. 
Los Juegos Florales de la len¬ 
gua catalana prohibidos por el 
franquismo se celebraron pun¬ 
tualmente cada año, en distin¬ 
tas ciudades de América o 
Europa. Al principio eran sólo 
los catalanes de la emigración 
republicana y algunos de la 
vieja emigración económica 
animadores de «Casals» tradi¬ 
cionales. A partir de los 
sesenta, participaron en su 
organización y como concur¬ 
santes, jóvenes intelectuales de 
Cataluña con nombre y apelli¬ 
dos, asumiendo los riesgos y 
contribuyendo a rejuvenecer la 
ancestral institución cultural de 
Sos catalanes. El centenario de 
Pompeu ('abra fue ocasión, en 


1968, de una semana de cultura 
catalana en París que reunió en 
la misma tribuna a intelectuales 
conocidos en Barcelona, como 
María Aurelia Capmány, José 
María Castellet. Joan Triadú, el 
historiador Termes, la cantante 
Guillermina Mota y otros, y a 
viejos políticos e intelectuales 
de la emigración republicana, 
como el poeta Ambrosi 
Camón, el político Josep 
Tarradellas y militantes comu¬ 
nistas y anarquistas que enveje¬ 
cieron en el exilio. En mi libro 
«Si vas a París, papá» hice la 
crónica precisa de esa Semana 
memorable que coincidió con el 
mayo francés. 


UN PRESTIGIO 
BIEN GANADO 

La emigración antifranquista 
se ganó el respeto de !a parte 
más dinámica de los países de 
asilo. Ese prestigio, conquis¬ 
tado con actitudes éticas y una 
notable superación profesional, 
fue vía de introducción y de 
promoción de números talentos 
españoles de posguerra, litera¬ 
tos, pintores, músicos, cineas¬ 
tas, dramaturgos y pedagogos 
que se asfixiaban en el clima 
represivo, en el cretinismo y la 
mediocridad imperante en la 
España franquista. Sin la inter¬ 
vención directa de ios exiliados 
republicanos prestigiosos e 
influyentes, difícilmente se 
habrían dado a conocer inter¬ 
nacionalmente algunas de la 
figuras que honran las letras, 
las artes, el pensamiento y la 
investigación españolas. 

El prestigio y la autoridad 
moral de los exiliados de la gue¬ 
rra y de los que fueron agre¬ 
gándose a ellos por la persisten¬ 
cia del régimen dictatorial en 
España, permitió promover 
campañas de solidaridad sin 
precedentes en la historia por la 
cantidad de personas que movi¬ 
lizaron y los ingentes medios 
económicos que reunieron. Ni 
siquiera la causa de los patrio¬ 
tas vietnamitas lograría levan¬ 
tar y alimentar tantas conscien¬ 
cias ni recaudar millones de 


12 















Eramos I» España diversa. Jóvenes refugiados vascos bailando en una manifestación en 

Parts. (Foto Boix)- 


ayuda a los presos políticos y a 
sus familiares, incluidas vaca¬ 
ciones para las criaturas, becas 
para escolares, atención médica 
para centenares de excarcelados 
de salud maltrecha por largos 
años de cautiverio, torturas y 
privaciones, --se tipo de ayuda 
material se prolongó durante 
lustros. Llegó un momento en 
que ya no quedaban «niños de 
presos» de guerra y la solidari¬ 
dad se extendió a sus nietos y a 
los hijos de obreros y mineros 
que nacieron en la paz, perse¬ 
guidos, torturados, encarcela¬ 
dos por huelgas y acciones 
derivadas de la lucha de clases 
que no terminó el año 39, con¬ 
trariamente a lo que afirmaban 
los ideólogos del Movimiento. 

No cesó el esí uerzo solidario 
con España. Miles de franceses, 
ingleses, italianos y alemanes, 
norteamericanos y argentinos, 
mexicanos y brasileños, chile¬ 
nos y auruguayos, hicieron del 
antifranquismo activo su pro¬ 
pia batalla. Y cuando entramos 
en la etapa democrática tras las 
elecciones de 1977, una amiga 
mía francesa que nos había 
ayudado durante treinta años, 
me escribió: «¿Qué voy a hacer 
ahora sin «mis españoles», sin 
la lata que me dabais con vues¬ 
tras reuniones, rifas, maletas y 
buzones?» Se había quedado 
huérfana de causa. 

Cuando parecía que en el 
mundo remitía la solidaridad 
con el antifranquismo y la ima¬ 
gen de España mejoraba a los 
ojos de millones de turistas del 
«boom», un acontecimiento 
imprevisto volvía a poner en 
vilo a la opinión mundial con el 
grito de España en las bocas, en 
las primeras páginas de los dia¬ 
rios, en las pantallas de televi¬ 
sión y en los pasillos del 
«Metro» de París: la defenes¬ 
tración de Julián Grimau, el 
proceso de Burgos, el asesinato 
de Txiqui... Ya no eran los exi¬ 
liados republicanos los impul¬ 
sores y organizadores de aque¬ 
llas masivas campañas solida¬ 
rias. La causa del antifran¬ 
quismo en el mundo tenia su 
propia base en las nuevas gene¬ 
raciones y en nuevos ideales 


que seguían conectando con el 
NO PASARAN del Madrid 
republicano. Los viejos exilia¬ 
dos ya no podían encabezar 
largas marchas por las calles, ni 
soportar «ocupaciones» de con¬ 
sulados o «sentadas» ante las 
Embajadas de España pero 
iban sus lujos y sus nietos. Iban, 
sobre todo, los jóvenes no 
españoles que nacieron y cre¬ 
cieron en una época que se 
adaptaba, a todo menos a la 
permanencia del franquismo en 
España. 

Los medios de comunicación 
respondían sin reticencias a los 
requerimientos de los organi¬ 
zadores y promotores de cual¬ 
quier acción de denuncia del 
franquismo. España seguía 
siendo la causa justa, la única 
susceptible de unir esfuerzos e 
iniciativas de personas que dis¬ 
crepaban en todo lo demás. A 
la luz de lo que ocurre hoy en 
aquellos países también ellos 
podrían decir: «Contra Franco 
luchábamos mejor». 

LA VERDADERA 
UNIDAD DE ESPAÑA 

El éxodo republicano, por 
sus características, en su pri¬ 
mera fase v en su desarrollo, 
tuvo la virtud de unir en el 
mismo drama y esperanza, a 
españoles procedentes de todas 
las regiones y nacionalidades 
que componen España. Nos 


encontrábamos en el mismo 
barco obligados a navegar con¬ 
tra viento y marea huyendo del 
enemigo común, al que había¬ 
mos combatido juntos por 
razones que nos afectaban 
como españoles y también 
corno catalanes, vascos, galle¬ 
gos, asturianos o andaluces... 
Al defender la república contra 
los militares sublevados y los 
fascistas españoles y extranje¬ 
ros que se sirvieron de ellos, 
defendíamos, a la vez e! Esta¬ 
tuto de Cataluña con su 
gobierno autónomo, los vas'cos 
defendían el suyo y los demás, 
el derecho a tenerlo. El mundo 
veía en nostros la España leal 
que había resistido treinta y dos 
meses al fascismo ante el cual 
claudicaban otros pueblos. 
Como España nos presentába¬ 
mos sin perder en absoluto 
nuestra identidad de catalanes, 
vascos, gallegos o andaluces. 
La lucha por rehacer nuestras 
vidas en lo personal nos unía en 
lugar de separarnos. Nos nece¬ 
sitábamos más que nunca y sin 
una consciencia clara de lo que 
éramos como fenómeno colec¬ 
tivo —la España leal exiliada— 
no habríamos logrado mante¬ 
ner y desarrollar nuestra 
especificidacf como catalanes y 
vascos. 

Por otro lado, la solidaridad 
internacional que suscitaba 
nuestra presencia en tantos paí¬ 
ses y en aquella época, se habría 
dispersado y debilitado consi- 


13 







Francesc Bo«x, fotógrafo catalán exiliado 
en 1939 a la edad de 18 años. Internado 
en el campo de Mauthausen, trabajó en el 
laboratorio fotográfico y ocultó negativos 
de fotos tan comprometedoras para los 
nazis que sedan decisivas como «pruebas 
de delito en el Proceso de Nüremberg. 
Sobrevivió pocos años a Mauthausen, 
Murió en París como reportero fotográfico 

de L r Huma ruté. 


derablemente si ta emigración 
republicana se hubiese frag¬ 
mentado en regiones o naciona¬ 
lidades. El folklore de los pue¬ 
blos de España, riquísimo por 
su variedad, fue, para nosotros, 
vía de cohesión y de conocí- 
mentó mutuo Para el extran¬ 
jero, lo español era la «Car¬ 
men»» de Merimée-Bizet pero 
nosotros, los refugiados, sin ser 
profesionales, logramos presen¬ 
tar, con éxitos delirantes, la 
diversidad de los cantos y bailes 
de la España plurinacionat. Yo 
fui rabiosamente aplaudida en 
Praga cuando canté, a dúo con 
un muchacho vasco llamado 
Citores, la hermosa canción 
castellana: 

«Los cordones 
que tú me dabas 
ni eran de seda 
ni eran de lana». 

Nos aferrábamos a los oríge¬ 
nes a través de nuestras cancio¬ 
nes, las más idóneas para ser 
interpretadas colectivamente, 
las más populares y hermosas. 


ya fuesen asturianas o castella¬ 
nas, catalanas o vascas. Algu¬ 
nas de esas canciones llegaron a 
convertirse en himnos de la 
emigración en su conjunto y a 
través de ellas, vinculamos a 
nuestros hijos a la España que 
no conocían. «Asturias, patria 
querida» llegó a ser himno de 
toda la España errante y, 
«Desde Santurce a Bilbao»» 
llegó a ser tan entrañable para 
los andaluces o catalanes como 
para los vascos. Los no catala¬ 
nes cantaban, con la misma 
naturalidad. «Baixant de la 
• ont del Gat / una noia i un 
soldat»». 

Nuestras fiestas, manifesta¬ 
ciones. celebraciones y conme- 
moracions, eran amenizadas 
por grupos folklóricos consti¬ 
tuidos por jóvenes emigrados 
procedentes de diversas regio¬ 
nes españolas, i.os improvisa¬ 
dos coros y orfeones de nuestro 
exilio, formados por una nece¬ 
sidad vital en ios campos de 
concentración de Argelers o en 
los mercantes que nos llevaban 
a América, incluían en su reper¬ 
torio desde: 

«Ya se van los pastores 
a la Extremadura 
ya se queda la sierra 
triste y oscura»» 

hasta nuestra «Santa Espina»». 
Y nadie veia en ello una ame¬ 
naza para la unidad de España. 
Por el contrario, sentíamos que 
eramos parte de todo aquello, 
una comunidad basada en el 
respeto a la diversidad, no a la 
diversidad del folklore —que 
esto ya lo admitía el franquis¬ 
mo— sino de especificidades 
más esenciales que los catalanes 
y vascos pudimos desarrollar 
con la república, hermanados a 

los demás pueblos de España. Y 
así, unidos en la diversidad nos 
veía el mundo. Y por esto nos 
ayudaba. 

Un exilio de tales caracterís¬ 
ticas fue la escuela donde 
aprendí lo que significa ser una 
catalana de España o una espa¬ 
ñola de Cataluña. Lo tengo tan 
claro que no me confunden ni el 
centralismo español ni el sepa¬ 
ratismo catalán que todavía 
actúan en la escena política, no 


sólo entre la drrecha sino en la 
izquierda. 


VOLVER, VOLVER... 

A TIEMPO 

A partir de 1970, los actos 
multitudinarios en el exilio 
eran, en realidad, mítines de 
españoles no exiliados, actos 
poéticos generados desde la 
entraña de España que revela¬ 
ban la descomposición de! 
régimen impuesto con la gue¬ 
rra, su fracaso estrepitoso 
puesto que no había conse¬ 
guido, con cuarenta años de 
poder absoluto, ninguno de los 
problemas que le sirvieron 
para justificar la guerra civil y 
lo que vino después. Ni pudie¬ 
ron liquidar el comunismo, ni 
asegurar pan y vivienda para 
cada español, ni construir 
«España una, grande y libre». 
Los comunistas eran más 
numerosos que antes y para oír 
a sus dirigentes —supervivien¬ 
tes de la derrota y las 
represiones— acudían centena¬ 
res de miles de trabajadores que 
ganaban el pan en el extranjero 
y estudiantes sometidos, desde 
su infancia, a lavados de cere¬ 
bro sobre la patria, el complot 
judeo masónico, el Imperio y 
otros conceptos culturales de 
signo fascista. 

Yo me despedí del exilio el 
mes de junio de 1971 en un acto 
multitudinario celebrado en el 
inmenso parque de MontreuÜ, 
con decenas de miles de compa¬ 
triotas procedentes de todos los 
países de Europa, incluida 
España, obreros en su mayoría, 
con sus mujeres e hijos, la torti¬ 
lla de patatas y la bota de vino 
compartida, en espera de oír a 
«Pasionaria», con los franceses 
que seguían ayudándonos en el 
combate contra el franquismo. 
El combate iniciaba, ya. la fase 
decisiva, la que un gran poeta 
del exilio republicano, Gabriel 
García Narezo, anunciara con 
un bello poema: (4) 


(4) (¡abriel García Narezo ganó el 
"Juan Roscón ' con esos versos eí año 
¡967. Participó en el prestigioso certamen 
celebrado en Madrid desde su exilio en 
México. 


14 









España en nuestra sangre 
corre gritando, 
y salta hacia los labios 
como lenguas de llama. 

¡Pueblo , cómo esperamos 
el instante 

en que tu libertad nos dé la 

[ patria . 

El acto de Montreuil anun¬ 
ciaba «el instante». Tres años 
después, sería Ginebra el esce¬ 
nario de la prodigiosa simbiosis 
de la España errante y la que 
empujaba desde dentro. Entre 
los autocares que transportaron 
a Suiza decenas de miles de 
españoles para ver a «Pasiona¬ 
ria» —sólo verla, puesto que le 
prohibieron cantar las autori¬ 
dades helvéticas— los había 
con matrícula de Barcelona o 
de San Sebastián, de Gerona o 
de Madrid. La fatídica brigada- 
social se veía desbordada. El 
fichaje policíaco devenía impo¬ 
sible o ineficaz. 

Desde Madrid seguían pro¬ 
clamando que no había emigra¬ 
ción política española, que «el 
jaleo» lo armaban cuatro trás- 
fugas y delicuentes comunes, 
que todo español bien nacido 
podía volver a la patria, etc. etc. 

La emigración republicana 
dejó de existir como tal el día 
que Juan Carlos saludó, en 
México, a la viuda del presi¬ 
dente de la última república, 
Manuel Azaña. No fue un 
encuentro casual ni un gesto de 
humildad por parte del rey de 
España, nieto del Borbón que 
la segunda república destro¬ 
nara, íue un acontecimiento 
que iniciaba una nueva etapa en 
nuestra historia. No quedaría 
en un mero apretón de manos. 
El gesto del rey iría acompa¬ 
ñado de medidas concretas 
para superar la guerra civil, que 
no había sido una guerra entre 
monarquía y república sino entre 
fascismo y democracia. La pri¬ 
mera medida iba a ser la ami- 
nistía verdadera, incompleta sin 
el reconocimiento de los dere¬ 
chos de mutilados de guerra 
republicanos, pensiones para 
las viudas de «rojos» fusilados \ 
rehabilitación, a todos los efec¬ 
tos, de funcionarios y maestros 
del periodo republicano. Y esas 


medidas se tomaron y se llevan 
a cabo pese a la resistencia 
activa o pasiva que encuentran 
en ciertos departamentos oficia¬ 
les en los cuales quedan resi¬ 
duos de franquismo. 

Volvíamos. Volvieron inclu¬ 
so ¡os recalcitrantes aunque, 
por razones familiares o de 
salud, todavía quedan algunos 
en los países que les acogieron. 
Su exilio ya no tiene el mismo 
carácter. España —la de dentro 
y la de fuera— dispone de las 
condiciones que permiten supe¬ 
rar el cataclismo desencade¬ 
nado por la sublevación militar 
en 1936. 

A partir de la nueva situa¬ 
ción, que el exilio republicano 
había contribuido a impulsar, 
el combate, se plantearía en 
otros términos. Y en ello esta¬ 


mos los que emigramos el año 
39, supervivientes de la derrota 
y del largo exilio, y los que 
nacieron después, en la «paz» 
de España o en el destierro. El 
último dato es importante aun¬ 
que no pueda contabilizarse 
para saber si los que volvimos 
hemos sido más numerosos que 
los que se fueron. No hay esta¬ 
dísticas sobre el fenómeno. Yo 
dejé mi padre enterrado en 
Praga pero volví con cuatro 
hijos. A miles de compatriotas 
de mi edad les ocurrió lo 
mismo. Al volver multiplicados 
no substituimos a los que ya no 
volverán pero, en cierto modo, 
es una prueba de fidelidad a los 
orígenes, de auténtico apego a 
la tierra; fidelidad y amor que 
fundamentaron el éxodo repu¬ 
blicano de 1939. ■ T. P, 



i nos RODOLFO LLOPI 
' REGRESARA A ESPAÑ 
tSTf MES 

^ ri# g l r.i t, 

Tff rn f . dr- P O 1 


I _ ímké* 

t pa-frbv- 1 t 

** PtNOnfe qt* ■■ w 

bttftfÉHli lerAfli Id, dt**chto» 4 

-jfedMt han ■ l 

l'1r> J» ’* huí-tin 

** W.*nt#r,n tff F ^ J -- a 

iKtn** 

Inaniri nuri*,. (| ia I 

tl.c* ||. W n 
| pufeH*.^ me 

f P* * flUt É 

/ JT mi 


«El Rey merece un — 

siempre se ha obserw^jbeft* 
tízación•>. - Que Frl vü© 


paro ver de cerca el 

Tengu mucha esperanza, 


Podían volver perú no todo»... 


15 































| finales de 
enero de 1946, 
un escritor 
español anónimo hizo 
un relato de la resisten¬ 
cia al franquismo en sus 
primeros años; y del 
desfonde de las espe- 

J * 

tanzas cuando, termi- 
nada la guerra mundial, 
las democracias vence- 

„ ^ b; 

doras sostuvieron ese 
régimen. El relato fue 
publicado i por primera 
vez en la revista X de 
París “LES TEMPS 
MODERNES ”, 1950. 

m-W - H « 

rué una conmoción . 
Poco después fue' edi- 
iodo en libro por 
Julliard, de París; Sar- 
tre puso como prólogo 
unas conmovidas líneas. 
La firma es un seudó¬ 
nimo: “JUAN HER¬ 
MANOS". Nunca se ha 
sabido la verdadera 
identidad del autor. 


Prefacio 



u 


Jean Paul Sartre 


Juan Hermanos 


LA O. N. U. 

Ana era una bonita mucha¬ 
cha de diecinueve años cuando 
la conocí en uno de los barrios 
más miserables de Madrid. Uno 
no puede hacerse una idea de lo 
que son esos barrios. La gente 
vive allí enterrada en agujeros 
con un pedazo de tela tendido 
por encima para protegerse del 
sol o de la lluvia. Se dedican a 
la explotación de los desperdi¬ 
cios de la ciudad. El dinero es 
allí casi desconocido. Se fuman 
colillas, se visten trapos cosidos 
o simplemente atados por las 
esquinas. Los niños menores de 


diez años van totalmente des¬ 
nudos durante el verano. En 
general, uno de los miembros 
de la familia trabaja para todos. 
O roba lo que puede y lo vende 
a precios inverosímiles, sin 
relación con el valor real, a los 
propietarios de tiendas sospe¬ 
chosas. O bien realiza chapuzas 
aquí y allá. Con unas doce pese¬ 
tas diarias de garbanzos viven a 
menudo siete u ocho personas. 
La promiscuidad es allí pavo¬ 
rosa. En el agujero común 
duermen los chicuelos junto a 
la pareja que hace hace el amor. 
Y todo en medio de la suciedad 
más nauseabunda. Estos 


|NA noche, durante la 
ocupación, estaba 
reunido con unos ami¬ 
gos en la habitación de un 
hotel. De pronto, una voz des¬ 
conocida pidió ayuda en la 
calle. El sonido de la voz era tal 
que. sin ponernos de acuerdo, 
bajamos corriendo. Hallamos 
la calle desierta, recorrimos la 
manzana de casas y no encon¬ 
tramos a nadie. Volvimos a 
nuestro trabajo pero, durante 
toda la noche, aquella voz no 
dejó de gritar en nuestros oídos. 

I Ina voz sin rostro, sin nombre, 
que gritaba para todos. En 
aquel tiempo de miedo, todos 
esperábamos una ayuda lejana, 
un socorro que tardaba. Y cada 
uno se preguntaba si lo que 
había oído no sería su propia 
voz. Es esta misma voz la que 
me ha parecido reconocer 
cuando leí por vez primera El 
final de ¡a esperanza. Es la que, 
desde Madrid, lanzó esta lla¬ 
mada a finales de enero de 
1946. Entonces decía: “Casi es 
demasiado tarde", Y la llamada 
nos llega en 1950. Cuando la 

barrios no son continuos como 
el cinturón de París o de Lon¬ 
dres, sino que se agrupan por 
colonias, separadas entre ellas 
por grandes distancias, en un 
radio de dos a tres kilómetros 
desde la última casa. Descu¬ 
brimos allí espectáculos más 
horribles, como, por ejemplo, 
una criatura de pecho medio 
roída viva por los gusanos, por 
haber guardado, aplicada sobre 
la piel y durante una semana, la 
misma paloma muerta que 
debía protegerle de quién sabe 
qué enfermedad. 

Para nosotros, no se trataba 
de ejercer allí una acción polí¬ 
tica cualquiera, sino de realizar, 
pura y simplemente, el papel de 
enfermeros o de asistentes 
sociales. Nos dedicamos a la 


16 

















publicamos en Les Temps 
Modernes, recibimos cartas. 
Nos preguntaban: “¿Quién es 
Hermanos? ¿Dónde se encuen¬ 
tra?”. Yo respondía: “No sé”. 
Ofrecían dinero, ayuda. Yo 
respondía: “Es demasiado 
tarde”. 

Cuando comencéis la lectura 
de este libro, os parecerá que se 
habla de vosotros mismos. Las 
personas, las detenciones secre¬ 
tas, la lucha clandestina, la dis¬ 
tribución de panfletos, el 
miedo, la escucha ansiosa de la 
radio inglesa. Nosotros cono¬ 
cimos todo eso. El autor ha 
escogido muy bien su seudó¬ 
nimo; esos españoles son nues¬ 
tros hermanos. Esperaban apa- 
sionadamente nuestra 
liberación porque nuestra libe¬ 
ración era también la suya. 
Luego, llegó la liberación; y no 
era su liberación. Lo que noso¬ 
tros vivimos en la alegría ellos 
lo vivieron en la angustia, la 
decepción y el estupor. Vol¬ 
viendo una página, nuestros 
recuerdos se transforman en 
remordimientos. Hemos entre¬ 


gado a nuestros hermanos. La 
voz cambia, se convierte en /a 
voz de otro , de un hombre al 
que hemos asesinado. Ella vive 
todavía, vibra por primera vez 
en nuestros oídos, y él, según 
todas las apariencias, está 
muerto. Muerto en la desespe¬ 
ración. ¿Podéis comprender lo 
que estas palabras significan? 
No se trata solamente de morir, 
sino de morir de vergüenza, en 

el odio, en el horror, lamen¬ 
tando haber nacido. Es el Mal 
radical, y no imaginéis que nin¬ 
guna victoria podrá jamás des¬ 
truirlo. Del mismo modo que 
entregamos a España, podría¬ 
mos buscar a Hermanos y a sus 
compañeros desde Barcelona 
hasta Málaga. Han desapare¬ 
cido. España está vacía de ellos 
como desierta estaba la calle 
nocturna. No hay nada que 
hacer, mucho menos que 
borrar, mucho menos que 
modificar, en las últimas pala¬ 
bras del libro: «Esto es lo que 
han hecho de todos nosotros 
todos los puercos reunidos, las 
democracias y los camisas azu¬ 


les». Son las postreras palabras 
de un moribundo, y no pode¬ 
mos cambiar una sola letra. Es 
demasiado tarde. 

Era, sin embargo, necesario 
que escuchaseis este grito de 
vuestra víctima. Este grito que 
precede en un segundo al 
degüello final: el grito del fin de 
la esperanza. Esta voz no ha 
sido asesinada desde hace 
veinte años. Era la de los judíos 
alemanes, luego la de los aus¬ 
tríacos, la de los españoles, la 
de los checos, la de los polacos. 
Murieron unos tras otros y, 
cuando caían, otros venían a 
relevarles y gritaban a su vez. 
Nosotros nos tapábamos los 
oídos. Ahora, el libro está aquí. 
Los últimos que gritaban están 
muertos. Quedan palabras 
impresas. Es preciso que las 
leáis para aprender cómo se 
grita el final de la esperanza, 
porque pronto nos llegará nues¬ 
tro turno. Después, no habrá 
nadie para gritar. Ni nadie para 
taparse los oídos. 

JEAN PAUL SARTRE 


tarea enseguida, pero sin gran¬ 
des resultados. Aquellas perso¬ 
nas nos preguntaban siempre 
qué interés perseguíamos y qué 
queríamos de ellas. Darles 
medicamentos para que renun¬ 
ciasen a sus repugnantes reme¬ 
dios medievales; enseñar a leer 
y escribir a los niños; tratar de 
inculcarles algunas reglas de 
higiene; procurar persuadirles 
para que aceptasen algún tra¬ 
bajo remunerado, todo les 
parecía tan extraordinaria¬ 
mente absurdo que se burlaban 
de nosotros con una torpe iro¬ 
nía que debíamos aparentar 
ignorar. Aquello acabó un día 
en que, sin saber por qué, una 
banda de energúmenos nos 
lapidó a pedradas. Hubiera 
sido necesario, para remediar 


aquel estado de cosas, un serio 
apoyo de las autoridades y una 
ofensiva general, una escuela 
oficial obligatoria, ayudas sis¬ 
temáticas, enfermeras e, incluso 
llegando a lo mejor, la edifica¬ 
ción de barracones para tratar 
de devolver a aquella gente el 
sentido de la vida, Y no es 
solamente alrededor de las ciu¬ 
dades donde se ve ésto. Acon¬ 
sejo a los turistas abrir bien los 
ojos a lo largo de de las carrete¬ 
ras o de las líneas de ferrocarril. 
En toda España existen estas 
colonias de trogloditas. Pero si 
no atrae su atención, los visi¬ 
tantes no comprenden lo que 
significa una chiquillería des¬ 
nuda alrededor de una caverna. 
He hablado con muchos extran¬ 
jeros. Les he mostrado muchas 


cosas y han quedado estupefac¬ 
tos por no haber visto antes 
nada semejante. Es preciso 
saber abrir los ojos y compren¬ 
der que, si el gobierno no hace 
nada (después de la enérgica 
campaña de los republicanos 
para dar una solución a este 
problema), es porque en ello 
encuentra interés. Estas masas 
embrutecidas constituirían una 
grave amenaza para el fascismo 
si se les proporciona conciencia 
de miseria. 

Conocí a Ana cuando for¬ 
maba parte de un grupo de 
jóvenes católicos que, de buena 
fe, venían a tirar por tierra 
nuestro trabajo. Se trataba para 
ellos de explotar el lado supers¬ 
ticioso de aquellas pobres gen¬ 
tes para que se convirtieran en 


% 


/ 


17 




un instrumento al servicio de! 
gobierno. Aquello era muy 
hábil. Los desdichados jóvenes 
no sabían lo que hacían. Para 
ellos, era un apostolado. Para 
sus jefes, se trataba de preparar, 
contra la república española 
que vendría, una Vendée con 
hombres fanatizados por la 
Iglesia, de la misma forma que 
lo habían sido los Chuanes con¬ 
tra la naciente república 
francesa. 

m 

Ana y sus compañeros, como 
imbéciles, habían caído en la 
trampa. Y de forma evidente se 
preocupaban mucho para man¬ 
tener a aquellos pobres peleles 
en su miseria inculcándoles el 
fervor religioso. Para ello utili¬ 
zaban los elementos más estú¬ 
pidos e inocentes de las juven¬ 
tudes católicas, que no eran 
capaces de ver más allá de sus 
narices, Gracias a ésto, nos 
resultaba bastante fácil ocultar¬ 
les nuestros verdaderos fines y, 
al no poder estorbarles, los tole¬ 
rábamos. Estaban muy conten¬ 
tos al no encontrarse solos. 

Entre ellos se contaban algu¬ 
nos elementos inteligentes. Ana 
me agradó desde el momento 
en que la conocí. Su entu¬ 
siasmo, su gracia, un encanto 
especia! que incluso suavizaba a 
las arpías del barrio. No sé lo 
que ella vió en mí. Pero a partir 
del día en que nos encontramos 
en uno de los tugurios del 
barrio, pasamos tres meses sin 
separarnos. Lo que nos unía era 
a la vez el esfuerzo realizado en 
común, y la certeza de encon¬ 
trarnos ante un enemigo digno 
de estima. Esta doble situación 
de aliados y de adversarios nos 
convertía en inseparables. 

Solamente existía entre nos¬ 
otros una barrera infranquea¬ 
ble. Ella actuaba de buena fe, 
pero si no estaba a favor del 
régimen (demasiado inteligen¬ 
te, se había negado siempre a 
entrar en la Falange), se encon¬ 
traba sin embargo en contra 
nuestra, lo que a fin de cuentas 
venía a ser lo mismo. Fue ella 
quien cedió primero. Un buen 
día recibí una carta en que me 
explicaba que sentía flaquear 
todas sus convicciones, que 


necesitaba recobrarse y, para 
ello, no verme más. Había soli¬ 
citado cambiar de barrio. Supe 
por amigos comunes la deses¬ 
peración en que le había 
sumido esta resolución. Más 
adelante, recibí de ella dos car¬ 
tas, desesperadas ambas pero 
de una fanática Firmeza. En el 
mundo en que vivimos, la lucha 
es despiadada. Hay que dejar a 
los novelistas de antaño los 
emocionantes relatos de recon¬ 
ciliaciones por amor. Hay que 
comprender que estamos en un 
atolladero y que la cuestión de 
uniforme tiene prioridad. 
Estuve afectado durante un 
mes, pero no cambió en nada 
mis actividades. Comprendía 
que no podía ser de otra forma, 
pero no me resignaba a per¬ 
derla. Dos años más tarde, le 
telefoneé una noche en que no 
podía más. Apenas le había 
dicho algunas palabras, sin 
mencionar mi nombre, cuando 
oí una especie de gemido en el 
aparato, y luego un clic. Había 
colgado. Ni ella ni yo olvidᬠ
bamos. Pero había entre nos¬ 
otros una cuestión de uniforme. 

Luego vino el tiempo de 
nuestra última esperanza y de 
nuestra última desilusión: la 
reunión de la O. N. U. Creía¬ 
mos en ella como un niño cree 
en Papá Noel, con una buena te 
conmovedora. El país se prepa¬ 
raba para la gran lucha; los dos 
bandos estaban definitivamente 
delimitados. El número de 
indecisos disminuyó en prove¬ 
cho nuestro en el curso de las 
últimas semanas. Y esperába¬ 
mos un milagro. Se bien que no 
habíamos recibido arma, que 
Franco estaba apoyado por 
todos los capitalistas, todos los 
burgueses, todos los cobardes, 
todos los católicos devotos, 
todos los jesuítas y todos los 
tartufos del mundo que tem¬ 
blaban ante la idea de una revo¬ 
lución social. Pero para la 
O. N. U. se trataba de una 
cuestión de prestigio. Si su pri¬ 
mera intención no era la de li¬ 
berarnos, jugaba per¬ 
diendo desde el princi¬ 
pio. Solamente una acción 
enérgica podía asegurarle la 


adhesión de las masas, la con¬ 
fianza de ios pueblos libres, la 

Fidelidad de las clases obreras, 

* 

el apoyo moral de los demócra¬ 
tas sinceros. 

La liberación de España, 
durante tanto tiempo prome¬ 
tida, borraría la debilidad de la 
Sociedad de Naciones. Era una 
tarea fácil, urgente y necesaria. 
Al primer ultimátum, antes 
incluso de reunir a las fuerzas 
internacionales, antes de apli¬ 
car severas sanciones económi¬ 
cas, Franco debía ceder. Se tra¬ 
taba de mostrarse resueltos y 
fuertes. La existencia de la 
O. N. U., la eventualidad de 
una próxima guerra, la edifica¬ 
ción de un mundo nuevo, iban 
a depender de un sólo éxito 
bien explotado. 

Aquí, los planes fueron esta¬ 
blecidos una vez más con fre¬ 
nesí. El enloquecimiento de ios 
falangistas causaba placer. En 
los medios gubernamentales, 
no se hablaba más que de pasa¬ 
portes para Portugal o Argen¬ 
tina. Esta vez era realmente el 
Final de !a esclavitud. 

Las maniobras se aceleraron. 

Estábamos colgados de nues¬ 
tras radios. 

Cada mañana devorábamos 
los periódicos. 

El día de la discusión del caso 
español una efervescencia ganó 
de hora en hora a todos los 
medios sociales. Se decía: 
«¿Qué estarán haciendo? ¿Lo 
habrán decidido ya?». 

Aquella noche lo esperába¬ 
mos todo. Los grupos estaba 
preparados. Con sangre fría, 
nos apercibíamos del carácter 
teórico de nuestros planes si no 
disponíamos de suficientes 
armas. 

Aún admitiendo el éxito y el 
hecho de que a la mañana 
siguiente pudiésemos intentar e) 
golpe, si el gobierno no cedía, 
seríamos expulsados en pocas 
horas de nuestras posiciones. Y 
sería una carnicería. Sin 
embargo, era probable que el 
gobierno no se atreviese a resis¬ 
tir y aceptase el hecho consu¬ 
mado. Al menos una fracción 
considerable de los altos man¬ 
dos, viéndolo todo perdido, se 


18 



El avance de los ejércitos de Franco empuja, desde las primeras semanas del año 1939, a millares de españoles hacia la frontera francesa 
Más dé medio millón de fugitivos cruzarían la línea hasta el momento de la finalización de la lucha. En la imágen, soldados franceses 

vigilan los campos de concentración donde se hacinan los huidos. 


declararían solidarios de la 
revolución a fin de poder volver 
sus armas contra sus camaradas 
y apelar enseguida al papel que 
habrían jugado. Si estas preci¬ 
siones no se realizaban, es 
decir, si el gobierno no se 
dejaba intimidar o si los Alia¬ 
dos no apoyaban su ultimátum 
con una acción directa, estᬠ
bamos maduros para el pelotón 
de ejecución. 

Las noticias nos llegarían a 
medianoche. Teníamos toda la 
noche libre. Los detalles más 
mínimos estaban preparados 
con antelación. No había más 
que esperar. Era preciso, sobre 
todo, calmar los nervios antes 
del gran día. 

A las ocho de la tarde, volví 
para cenar. No tenía hambre. A 
las nueve, estaba de nuevo en la 
calle. Nadie salía esa noche. 
Después de la sesión de cine 
que terminaba a (as nueve, la 
gente-volvía precipitadamente a 
casa. Vi vaciarse las calles. Me 
quedaban al menos dos horas 
hasta la cita con Miguel. La 
Gran Vía , arteria principal de 
Madrid, estaba desierta. La 
iluminación, muy disminuida a 
causa de las restricciones de 
electricidad, hacia más pun¬ 


zante la tristeza. Abandoné la 
avenida para introducirme en 
las calles adyacentes. Se eviden¬ 
ciaba que la ciudad estaba ocu¬ 
pada militarmente. Por todas 
partes, coches de policía vacíos, 
emboscados en los rincones 
oscuros; los hombres debían 
estar emboscados en los patios. 
Vi dos autos detenerse ante 
Correos y dos secciones de la 
Gestapo que entraban en el edi¬ 
ficio. Un minuto más tarde, los 
autos habían desaparecido y la 
calle había quedado nueva¬ 
mente desierta. 

La plaza que está ante 
Correos constituía un privile¬ 
giado campo de tiro, y contro¬ 
laba cuatro importantes arte¬ 
rias, El asunto era muy serio. 
No vi nada más por el 
momento. Cada embajada 
estaba guardada por una sec¬ 
ción completa, al menos la 
embajada de Francia, que 
estaba muy cercana de allí, y a 
donde corrí enseguida. Eviden¬ 
temente, existía el temor de que 
los dirigentes hubiesen de refu¬ 
giarse alli al conocer las deci¬ 
siones de los gobiernos y actuar 
en consecuenia. 

Mientras erraba por la ciu¬ 
dad, comenzaban a cerrar las 


puertas de las casas. Mientras, 
se producía un extraño fenó¬ 
meno. En casi todos los porches 
aparecieron luciérnagas, y 
recordé que en el regimiento 
nos enseñaban a camuflar las 
hebillas de los cinturones por¬ 
que en la noche brillan y son 
visibles a muchas decenas de 
metros. En el paseo que se 
llama La Castellana, donde 
me parecía estar sólo, avanzaba 
entre una doble fila de hebillas 
de cinturones. Al lado de un 
árbol, vi un resplandor, no 
amarillo sino azulado. Se me 
cortó la respiración: era el 
cañón de un fusil ametrallador. 

■i 

Se habían tomado todas las 
precauciones. 

Encontré a una camarada 
que deambulaba por allí, ins¬ 
peccionando a su vez la calle. 
Por extraño que pueda pare¬ 
cer, la gente de la Gestapo la 
dejaba pasar sin lanzarle todo 
su repertorio de groserías, 
como tenía por costumbre. 

Mi camarada pasó cerca de 
mí y me hizo una mueca poco 
alegre. La embajada de Inglate¬ 
rra, la Casa Americana, la 
embajada de los Estados \ ni¬ 
dos, estaban completamente 
rodeadas por la policía. Miguel, 


19 











Vision triunfalista del vencedor en la guerra civil* Por espacio de tremía y seis anos, el 
general Franco será el máximo centro de referencia de la vida de España, 


que encontraba evidente placer 
en hacer tonterías, recorría 
tranquilamente la calzada bajo 
la suspicaz mirada de los agen' 
tes. Estos seguían con mucho 
interés los movimientos del 
cigarrillo de Miguel. Mi amigo 
me detuvo al pasar y se puso a 
charlar acerca del tiempo. 
Luego me ofreció un cigarrillo 
V fue conmigo a preguntar 
ingenuamente aun policía por 
qué se habían tomado esa 
noche tantas precauciones. 
Demasiado desconcertado para 
reprendernos, el hombre nos 
respondió que se trataba de 
medidas de protección. Iras 
esta vaga fórmula, Miguel se 
deshizo en agradecimientos. El 
policía más cercano tenía la 
mano sobre su revólver y se 
acercó para ordenar que circu¬ 
lásemos. Miguel me arrastró: 
«Ya está bien, dice, estos chulos 
están tan nerviosos que no son 
capaces de apuntar antes de 


tirar un sólo disparo. Soltarán 
el cargador de su revólver al 
azar y, si lo piensan, utilizarán 
su fusil como porra en un 
cuerpo a cuerpo. Pero se des¬ 
moralizarán antes.» 

i e comuniqué mis temores 
acerca de la ocupación de los 
puntos estratégicos por la 
Falange. Esto, a su modo de 
ver, era más grave. Por nervio¬ 
sos que sean, los hombres apos¬ 
tados tras las ventanas se sien¬ 
ten más seguros que los 
tunantes expuestos en la calle a 
servir de blanco bajo los por¬ 
ches de las casas. 

A las once estábamos en casa 
de Miguel. 

Una vez reunidos todos, 
hubo una hora de discusión. 
José quería ejecutar el plan 
previsto, pasase lo que pasase. 
Pedro, por vez primera, 
dudaba. Jorge, Miguel y yo 
estábamos de acuerdo al pensar 
que el juego sólo valía la pena si 


la O. N. U. enviaba un reque¬ 
rimiento directo a España, 
apoyándolo por una amenaza 
de acción directa. 

Hacía bastante tiempo que 
habíamos comenzado a recibir 
armas y a procurar para el 
gobierno republicano el reco¬ 
nocimiento con el mismo título 
con que lo habían sido los 
gobiernos de todos los países 
ocupados por los fascistas. Pero 
al menos, si íbamos a jugarnos 
el todo por e! todo, sin armas, 
en un esfuerzo desesperado, era 
necesario que existiera a! menos 
alguna posibilidad de éxito. 

Migue! pensaba que con 
algunos revólveres podíamos 
abatir por sorpresa a algunos 
policías y, en la confusión, 
apoderarnos de sus armas. 
Cada uno tenía un fusil y un 
revólver. Por cada enemigo 
abatido, armaríamos a dos 
hombres. Siempre contando 
con la sorpresa y la rapidez que 
nos proporcionaba un plan 
bien madurado, podíamos lle¬ 
gar a tener ciertas posibilida¬ 
des. A partir de ahí, ya nada era 
previsible. Seríamos rechazados 
y eliminados en muy poco 
tiempo, si el gobierno se ocu¬ 
paba en ello, antes de que el 
país se diese cuenta de lo que 
pasaba. Si. por el contrario, el 
desorden reinase, a la noche 
siguiente tendríamos a toda la 
ciudad con nosotros. Miguel 
calculaba que en el curso de la 
tarde, habría las primeras barri¬ 
cadas. 

No se nos ocultaba que 
teníamos una posibilidad sobre 
diez de triunfar, pero hubiera 
sido criminal no intentarlo. Si 
la O. N. U. se limitaba a emitir 
una declaración de principio, 
sin intimación... pero nosotros 
no queríamos creer en esa 
hipótesis. 

¡.a radio daba las noticias en 
inglés. Solamente Miguel y yo 
las entendíamos, l omábamos 
cada uno un papel y un lápiz. 
Los demás jadeaban. 

Las noticias se sucedían. No 
se hablaba de España. Los 
otros se impacientaban. 
Miguel, con la mano, les indi¬ 
caba que se callasen. Miraba su 


20 















Et dibujante gallego Castelao reproduce en su obra las escenas de la represión. Extendida 
con el final de la guerra a todo el país, la dictadura militar había puesto en práctica el 
terrorismo institucionalizado ya a partir de 1936 en las zonas que sucesivamente iban 

siendo ocupadas por sus fuerzas. 


papel. Yo le miraba a él. Pen¬ 
saba: «Si hubiera pasado cual¬ 
quier cosa, lo hubieran dicho. 
Quieren sofocar el asunto.» 

Miguel elevó los ojos y me 
miró. 

Pensábamos lo mismo. 

Los nervios aflojados. 

Habíamos perdido. Estaba 
terminado. 

Rápido los lápices. Escribir, 
escribir... Los embajadores... 
proposals of... Estaba 
terminado. 

Me levanté. Creo que estaba 
muy pálido. 

Me senté con el rostro des¬ 
compuesto. Debía estar lívido. 
Miguel se incorporó lenta¬ 
mente. Me miró. Miró a los 
demás. Habían adivinado. Y 
Miguel dijo con una voz gutural 
que dificultosamente emitía: 
“Estamos fastidiados 
muchachos.” 

Entonces hubo un estallido, 

—¿Qué han dicho? 

—Maldita sea, pero ¿qué han 
dicho? 

—No existe todavía una deci¬ 
sión. Se examina una propuesta 
de llamada de los embajadores, 

Pedro es testarudo. Pregunta 
aún: 

—¿Rompen las relaciones 
diplomáticas y comerciales? ¿O 
las diplomáticas solamente? 

—Ni unas ni otras. Es sólo 
un gesto. 

—Pero no pueden dejarnos 
reventar. 

—Van a dejarnos reventar. 

— Los cobardes, los cobar¬ 
des. 

Consejo de guerra. Campaña 
de panfletos. Esperar más. José 
protestó. «Vayamos enseguida, 
que nos revienten de una vez 
por todas.*» Pedro ha perdido 
ios estribos. Está de acuerdo. 

Tratamos de calmarles. La 
revolución es, ante todo, una 
cuestión de sagre fría. Nosotros 
teníamos el espíritu, pero no se 
puede hacer matar a gente por 
nada. Es preciso esperar y ver 
venir las cosas. Comenzar una 
violenta campaña de panfletos 
y esperar, Eran las siete de la 
mañana cuando nos separa¬ 
mos. 

El teléfono debia estar vigi¬ 


lado. No había medio de alertar 
a la gente. Hubiera podido 
hacerse por medio de una con¬ 
signa en caso de acción. Porque 
luego, de todas formas, estᬠ
bamos al descubierto. Era nece¬ 
sario ser de nuevo prudentes. 

Por la mañana, ta consigna 
pasó. Era el toque de ánimas de 
nuestra esperanza. 

Algunos quedaron casi ali¬ 
viados, Curiosa reacción. ¿Por 
qué estaban con nosotros?, se 
preguntarán ustedes. No se 
sabe. Los años de espera les 
habían corroído. Noté que se 
sentían aliviados y, no obs¬ 
tante, esta noche se hubieran 
batido como leones. Pero en 
esta noche habían agotado su 
reserva de valor. 

Las democracias han hecho 
algo peor que dejarnos caer. 

Nos han colgado con armas y 


pertrechos. Han hecho desapa¬ 
recer la moral para siempre. 
Miguel tenía razón: “Estamos 
fastidiados.” 

Creo que en los días siguien¬ 
tes ni miré los periódicos. Pasᬠ
bamos una inimaginable crisis 
de depresión. Todos se afloja¬ 
ban. Los Aliados se tiraban 
simbólicamente sus embajado¬ 
res. No hubo ni armas ni 
apoyo. Los Aliados continua¬ 
ban enviando hierro, lana, 
algodón. A cambio de irrisorias 
concesiones, suficientes para la 
supervivencia del fascismo, se 
compraban las conciencias de 
las Naciones con toneladas de 
aceite, con toneladas de naran¬ 
jas. Pero ésto, fue más tarde. 

La versión oficial afirmaba 
que toda España protestaba en 
nombre de su independencia 
contra la intervención de la 


21 














O. N. U., mientras que en 
realidad no queríamos otra 
cosa, ! J ara reforzar esa tesis, fue 
organizada una solemne mani¬ 
festación. Fue precedida de 
preparativos destinados a con¬ 
fundir a la gente de dentro y 
fuera del país. Se trataba, de 
España, de hacer creer al pue¬ 
blo que la discusión de nuestra 
situación ante las Naciones 
Unidas era un ultraje al honor 
nacional, y que si los españoles 
«querían un régimen u otro, 
eran suficientemente mayores 
para escogerlo». Estas tonterías 
electrizaron no solamente a la 
minoría franquista, sino que 
hicieron estragos entre ios 
temerosos no encuadrados aún 
y que, desconociendo las circus- 
tancias accesorias de una even¬ 
tual sublevación, se declararon 
dispuestos a participar en ella, 
pero solamente para demostrar 
al extranjero que no éramos 
niños y no necesitábamos 
nodriza. Esta hábil propa¬ 
ganda, que no alcanzaba en 
nuestras filas más que a los 
simples, tenía un segundo ros¬ 
tro más allá de las fronteras. En 
el fondo, no era una manifesta¬ 
ción de amor propio, sino de 
adhesión al régimen. Para apo¬ 


yarla, comenzaron a hacerse 
visitas a domicilio. Os pregunto 
me digáis quién hubiera podido 
negarse, en un país donde, para 
encontrar un empleo, es necesa¬ 
rio obtener de la comisaría de 
policía un certificado de leal¬ 
tad, simple formalidad que por 
otra parte no se niega más que a 
quienes están señalados por 
propósitos o actos hostiles al 
régimen informados por los 
espías. Hubo sin embargo, abs¬ 
tenciones en la lista. Eran las 
gentes que no pensaban viajar y 
no quería pasaporte, que tenían 
un erñpleo seguro y no pensa¬ 
ban cambiarlo, que tenían un 
pasado que respondía por ellas 
si ahora se hubieran vuelto 
antifranquistas. En fin, también 
gentes que habían tocado e¡ 
fondo de la desesperación y a 
las que no les importaba ya 
nada. Todos los demás firma¬ 
ron bajo la amenaza de perder 
el trabajo o los pasaportes, y de 
encontrarse entre cuatro muros 
o en la cámara de tortura un 
buen día. sin más razones. 

El carácter, no franquista, 
sino de vanidad nacional, fue 
explotado enérgicamente por la 
propaganda. Una lluvia de pan¬ 
fletos y de carteles proclamaba 


que no éramos una colonia, que 
no queríamos ser protegidos. 

¡Dios mío! Estábamos ocu¬ 
pados y todavía había personas 
que se dejaban prender con esos 
gestos. 

El día de la manifestación, 
las órdenes eran estrictas. Cada 
uno debía acudir a su trabajo. 
A las diez, e! delegado falan¬ 
gista de cada tienda, de cada 
taller, de cada oficina, debía 
llevar al personal a la plaza de 
Colón desde donde se desfilaría 
hasta el Palacio Real, Allí, 
Franco tomaría la palabra, A 
pesar de las dificultades que 
presentaba la evasión en tales 
circunstancias, hubo delegados 
(antiguos falangistas que no 
estaban de acuerdo con el par¬ 
tido oficial, pero continuaban 
pagando su cotización) que no 
dijeron nada. Hubo también 
muchos enfermos aquella 
mañana. En fin, todos los que 
pudieron, sin hacerse notar 
demasiado, escaparon por las 
calles adyacentes. El fastidio es 
que. en una multitud tal. no se 
ve a nadie y se ve a todo el 
mundo. No se sabe nunca si, a 
dos metros, hay un falangista 
conocido que por azar te va a 
ver largándote. Fí temor dete- 



Visita a Madrid del jete supremo de fe SS alemanas, Heinrich Himmler En la fotografía aparece acompañado por Ramón Serrano Suner. 
ministro de Asuntos Exteriores, v por él conde de Mayalde, director general de Seguridad. La importación de las técnicas represivas del 
Tercer Reich servirla muy eficazmente al régimen de Franco para conseguir el aplastamiento de cualquier actitud oposicionista. 


22 














nía a la mayor parte de la gente, 
Conozco a cientos de personas 
que han dicho que, una vez 
embarcadas hacia allá, tuvieron 
miedo de irse. Otras, que eran 
libres de ir o no a casusa de su 
profesión, fueron a ver lo que 
pasaba, pero ocultándose lo 
más posible ante el temor de ser 
vistas. Por otra parte, después 
de haber sabido que toda espe¬ 
ranza estaba perdida, no odiᬠ
bamos más a los que cambiaban 
de chaqueta que a los que lo a- 
bandonaban todo. No teníamos 
la fuerza suficiente para odiar¬ 
los. 

La plaza del Palacio Real se 
llenó como un vaso de agua. 
Hasta los bordes. ¿Cuánta 
gente habría allá? ¿150.000? 
¿200.000?. Sobre una ciudad de 
un millón de habitantes a la que 
se había querido arrastrar por 
la fuerza, la abstención, ofi¬ 
cialmente reconocida, de las 
tres cuartas partes, podía pasar 
por un éxito. Aquel día pudi¬ 
mos decir que todas las perso¬ 
nas válidas que no estaban 
decididamente en contra del 
régimen, habían salido a la 
calle. Ante todo, por vanidad 
nacional, luego, porque se 


forzó a todo el mundo, final¬ 
mente, por aburrimiento, por 
inercia, y en último lugar, por 
convicción. Todos los que, cos¬ 
tase lo que costase, no querían 
derribar a Franco, se manifes¬ 
taron. Digo bien: todos los que 
no querían derribarle definiti¬ 
vamente. Es decir, en la mani¬ 
festación se contaba a tímidos, 
miedosos, personas fáciles de 
manejar o los que, por una u 
otra razón estaban en contra 
del régimen. A estos no los 
cuento con nosotros. Haced 
también la cuenta de los solda¬ 
dos que fueron enviados a 
manifestarse bajo orden. Hay 
también, en último lugar, un 
tercio de la población como 
máximo sobre el que no se 
puede calcular, sean cuales sean 
sus convicciones. Quedan dos 
tercios que han demostrado en 
ese día, en pleno desastre, que 
no cederán. 

Ahora, decidirlos a actuar, es 
otra cosa. 

De la misma manera que 
Franco no pudo disponer más 
que de una Ínfima fracción de 
este tercio de la población, no¬ 
sotros habíamos perdido, bajo 
los golpes repetidos y de cara a 


las tradiciones más abyectas de 
nuestros aliados, el espíritu 
combativo que nos lanzó a la 
batalla durante tantos años y 
que condujo a tantos de nos¬ 
otros a la prisión y a la muerte. 

La manifestación contra la 
O. N. U. nos reveló la debili¬ 
dad de Franco. No nuestra 
fuerza. A pesar de los gritos de 
victoria de la prensa y de la 
radio, a pesar del espectáculo 
en los noticiarios cinematogrᬠ
ficos de una impresionante 
masa de 200.000 personas, 
sabíamos bien que está masa es 
todo lo que tiene, e incluso 
mucho más que lo que tiene con 
él en Madrid. 

El resto está con nosotros. 
Pero en lo sucesivo están 
muertos. Ya no hablan. Ya no 
hacen proyectos. No se oye más 
que una palabra por todas par¬ 
tes: emigrar, emigrar, irse a 
donde sea. 

Pero la xenofobia de ciertos 
círculos influyentes franceses es 
bien conocida. El porcentaje de 
emigración de españoles a los 
Estados Unidos está cubierto 
por siete años. Inglaterra es 
quien primero nos ha dejado 
caer. ¿A dónde ir? ¿Dónde pue- 



Con et régimen personificado en ef general Franco tomaría forma lo que ya Miguel de Una nutrió había previsto como cumómauou ib? 
mentalidades de cuartel y sacristía Arriba, el Caudillo es aclamado ante la iglesia de Santa Bárbara, en Madrid, poco antes de ser 
consagrado por las más altas jerarquías de la iglesia española como dirigente supremo de la Nación. Es el 20 de mayo de 1939 


23 























DofiHUt* íyi ii s tiv vimiuí' atims «lígulas zonas del territorio español LunuMfii ia tm Na -ti*f la 

guerrilla Perseguidos como delirtcuentes, los miembros del maquis caeran uno tras otro 
en los enfrentamientos con Jas fuerzas oficiales. Reproducción de un cartel difundido por 

ei partido comunista durante aquellos años. 


den ir esos millones de desespe¬ 
rados dispuestos a todo, salvo a 
ceder, y que pagan con su san¬ 
gre desde hace diez años su 
amor por la libertad? 

Y vosotros, vosotros nos res¬ 
pondéis presentando balances 
comerciales, intereses capitalis¬ 
tas y el plan Marshall. 


EL FIN DE MIGUEL 

¿Os han llegado estas líneas 
escritas de prisa? 

La suerte de este manuscrito 
comienza a interesarme a 
medida que va engrosando. 
¿Qué.será de mí y de todos no¬ 


sotros cuando lo leáis? Es casi 
curioso que haga esta pregunta. 
Por mi parte, la lucha esta aca¬ 
bada. Entendámonos, la lucha 
a la que habéis asistido, l odo 
ha sido destruido. La red inmo¬ 
vilizada no ha recobrado su 
anterior vida. Cada uno ha 
marchado por su lado. Algu¬ 
nos, como José, se han afiliado 
a partidos. Otros, muy pocos, 
como Pedro, han optado por el 
maquis. La mayoría, como yo, 
ha quedado disponible. No 
hemos roto con el pasado 
—estas líneas son la prueba de 
ello— pero estamos fuera de! 
alboroto, en las tribunas de la 
plaza. Que otros jueguen con el 
toro. Yo quedo como un telé¬ 


fono al que se hubiera cortado 
¡a corriente. Unos minutos 
antes, era un instrumento vivo. 
Vibraba. Hablaba. Ahora si 
descolgáis y no escucháis ni el 
clic ni el ronroneo familiar. Es 
de esta forma desde que Miguel 
marchó. 

Miguel es el único personaje 
vivo de esta historia. El siempre 
encontraba tiempo de vivir, de 
amar. Daba valor a todo el 
mundo. Su amor por María 
Rosy era la única cosa bonita 
que iluminó aquellos años. 

Miguel, decía: «Me sentí 
joven el día en que comprendí 
que no. soportaba el peso de 
una civilización de 1947 años, 

i 

sino solamente de treinta años. 
C on esta idea en la mente, a ios 
veintisiete años siento que 
acabo de nacer.»', 

i * 

Si no hablé antes de María 
Rosa es porque no quería escri¬ 
bir una historia de amor. 
Espero que la hayáis sentido 
por encima de nosotros como 
un ángel tutelar, pequeña hada 
de la Revolución, adorable 
muchachita lanzada al mundo 
de emociones mientras que no 
era más que una niña. Había 
descubiejto al mismo tiempo el 
amor y la batalla. Estuvo a 
nuestro lado sin desfallecer, 
hasta el fina!, calmando nues¬ 
tras inquietudes, transmitién¬ 
donos mágicamente su con¬ 
fianza con su encanto. Siempre 
peí fecta. incluso cuando me 
decía: «Sabes, tengo aspecto de 
valiente, pero tengo miedo. Si 
supieras qué miedo tengo, no 
solamente miedo de la muerte, 
la muerte creo que podría acep¬ 
tarla sin traicionarme. Pero 
escucha, tengo tanto miedo de 
las torturas.» 

Esta es la razón por la que el 
mundo se hundió para mí 
cuando un día vinieron a 
verme, ella y él, muy serios, 
muy graves. Comprendí de 
pronto que los perdía, que ya 
los había perdido. 

Me explicaron con algunas 
palabras. 

María Rosa esperaba un 
niño. Parecía inverosímil y un 
poco milagroso que esta 
muchachita fuera a crear vida. 


24 












Nunca había parecido más 
pura, más casta. Encontraba 
esto extraño, o sería que estaba 
emocionado, o quizá decepcio¬ 
nado. 

Esto les había preocupado 
mucho durante este tiempo. Un 
niño era ia esperanza, era el 
porvenir. No podían abando¬ 
nar la partida, no podían a 
causa de él. Y, sin embargo, 
todos sabíamos que ya no había 
nada que hacer. Estábamos 
traicionados por todas partes. 
Por dentro, la Gestapo, el 
miedo, la indiferencia. Por 
fuera, el abandono, el egoísmo. 
Estábamos bien arreglados. 
Entonces, comprendí que no 
había más que una solución: 
marchar a la montaña en Fran¬ 
cia, pasar a Portugal, al norte 
de Africa, no importa donde, 
pero marchar antes de que 
fuese demasiado tarde. Ellos 
sabían esto y habían venido 
para decírmelo. 

Y luego, todos callamos. 

Miguel, por última vez, me 
hizo un esquema de la 
situación. 

—Su propaganda ha obte¬ 
nido una gran victoria; no han 
convencido, pero han llegado a 
disgustar a la gente. Todo lo 
que decían estaba tan lejos de la 
realidad que la gente se irritaba 
más por la maniobra misma 
que por el propio fin. Según la 
versión oficial, los demócratas 
eran basureros, países en donde 
la misma acción se agotaba 
contra los muros constituidos 
por el parlamento y las garan¬ 
tías legales. Y, en efecto, 
cuando la gente vió el problema 
español sometido a esos retra¬ 
sos y a interminables discusio¬ 
nes por esas mismas democra¬ 
cias, ha comenzado a 
doblegarse. Unos se han dejado 
llevar por la resignación; otros 
no han comprendido que ciertas 
ideas políticas tratan de enmas¬ 
carar la presencia de intereses y 
que, para las democracias , es la 
realización de estos intereses :o 
que importa. Al mismo tiempo, 
es necesario no confundir las 
palabras con los hechos, ni las 
promesas con las realidades. 

Han embrutecido a los espa¬ 


ñoles. Hay demasiados esbi¬ 
rros, demasiados garrotazos. 
Miedo de la policía y de sus tor¬ 
turas. Miedo Je la Iglesia y de 
su infierno. Todo este innoble 
chantaje religioso dirigido por 
gente sin escrúpulos que cons¬ 
truyen iglesias en España y 
mezquitas en Marruecos con el 
único deseo de desarrollar no 
importa que fanatismo y oscu¬ 
rantismo religiosos. Y son los 
puercos quienes son designados 
por la jerarquía como apósto¬ 
les, porque en la península pro¬ 
tegen a los curas y hacen con¬ 
denar los libros hostiles al 
clero, pues éstos, ayudando a 
pensar, perjudican tanto al 
régimen como a la Iglesia. 

Entonces Miguel me dijo: 

—Deberías escribir todo 
esto. Yo me encargo de hacer lo 
posible por publicarlo. Donde 
esté, en Francia, en América o 
en los países escandinavos, 
hasta donde llegue, envíame el 
relato de todos estos años. Es 
preciso que el mundo sepa. Lo 
publicarás con seudónimo. 
Llegará un día en que la verdad 
se manifieste. 

Comprendí entonces que no 
todo estaba terminado. Que 
podía y que debía continuar la 
lucha. Una lucha diferente. 
Ante esta realidad, el desaliento 
desapareció. Miguel me ofrecía 
la posibilidad de lanzarme de 
nuevo a la batalla y, ¿qué signi¬ 
ficaban ahora el peligro, el 
miedo y la indiferencia? Arries¬ 
gar nuevamente, nuevamente 
ocultar papeles, escribir a 
escondidas, tocar el bolsillo o 
palpar la doblez cada diez 
minutos para comprobar si está 
todo en orden. Siento de nuevo 
en mí este feliz sentimiento del 
hombre que comprende la 
razón de su lucha, que deja en 
libertad su espíritu y no teme 
las amenazas, pues participa de 
nuevo en la lucha común. Por 
esto comencé a escribir. 

En el medio en que vivo, hay 
bastante gente joven, estudian¬ 
tes universitarios que me escu¬ 
chan porque ya he terminado 
mis estudios y soy mayor que 
ellos. Me hablan mucho de sus 
ideas, de sus proyectos. Les 


f ' z* 


.¿'Vi f 




— u«.\ 

C <© *>**»<* 

* * ’ * t ■* *r 

P* 5 . w ^ 


ABA 


* 





HHKH Y t 



RÍE i 


m ■' ~ á * j-- 

pn :de Cupón 


es 


de 




lONAMtENTO 

*. i . j i i =4 ? 




I *f£BC5RA CMÍGOSl 

^ - -• 


'R # * w bt)J tú 



En la Espina de la postyueitd se piuduee 
una estrecha amalgama de miseria general 
y corrupción de una minoría, tácticamente 
tolerada y fomentada desde el poder. 
Reproducción de la portada de una cartilla 
de racionamiento, emitida ya en 19S2* 
trece años después de terminada la guerra 


guío. Les hago sitio. Les hablo 
de Miguel. Son jóvenes, genero¬ 
sos. Muchos de ellos poseen un 
verdadero entusiasmo, pero les 
faltan muchas cosas. Educados 
en un mundo fascista, existe en 
ellos cierto miedo que no son 
capaces de eliminar. Los mejo¬ 
res apenas sienten el gusto del 
sacrificio. Para ellos, la revolu¬ 
ción es un juego un poco mor¬ 
boso. Tienen miedo de no estar 
a la altura, y continuamente me 
hablan de sus dudas: ¿No 
supone asumir una gran res¬ 
ponsabilidad? ¿Y luego, que 
pasará? Esta generación está 
fastidiada. 

Tenían diez años al final de la 
guerra civil. Tienen diez años 
de fascismo sobre las espaldas. 
¿Qué queréis que hagamos? 
¿Cómo se va a poder contar con 
estos pobres chiquillos? En 
general, hablan mucho y actúan 
poco. Sus crisis de descorazo¬ 
namiento Ies incapacitan para 
emprender algo definitivo. El 
sentimiento de impotencia, 
debido a nuestro aislamiento, 
les domina. A cada señal de 
peligro, lo descomponen todo. 
En lugar de adoptar medidas de 
prudencia y de aminorar la 
marcha en caso de riesgo, 
actúan a tontas y a locas y 
siempre están comenzando de 


25 









nuevo. Por supuesto, muchos 
de ellos son detenidos. Se Ies 
aplican diez años de prisión; no 
son peligrosos. Lo que no evita 
que diez años sea algo duro. La 
prensa juega un papel esencial 
en este embrutecimiento de los 
jóvenes. Hábilmente, deja 
entrever que las democracias 
están lanzadas a una serie de 

p* 

vanos movimientos revolucio¬ 
narios. Huelgas en Francia; 
huelgas en América; huelgas en 
todas partes, salvo en España, 



Expresiva imagen de la penetración lor 
zadi de la ideología y los símbolos oficia¬ 
les en todos los niveles de la sociedad 
española. El temor, el retraimiento y una 
cierta acomodación progresiva a una 
realidad que no puede ser cambiada, serán 
los sentimientos dominantes durante la 
mayor parte del transcurso de la dictadura. 


evidentemente, donde todo se 
organiza amigablemente gra¬ 
cias a la benevolencia del Cau¬ 
dillo y de las Cortes, es decir, 
bajo el signo de un amor 
paterno. «El Caudillo ha sido 
enviado por Dios para salvar a 
España» (sie). Si la gente no 
estuviese impregnada de filoso¬ 
fía occidental y cristiana, 
Franco sería considerado corno 
un verdadero Mikado. 

Y en efecto, en lugar de huel¬ 
gas y de movimientos obreros, 
en España tenemos un orden 
periecto. Siempre según la 
prensa, los obreros están muy 
contentos de las leyes que el 
Caudillo y las Cortes tienen la 
amabilidad de promulgar para 
ellos. El ministro de Trabajo da 
el ejemplo más perfecto; la 
legislación obrera ya ocupa 
toda una biblioteca. Llueven 
los reglamentos particulares a 
quienes cuecen los ladrillos, a 
quienes los transportan, y quie¬ 
nes los colocan. 

Simplemente, es lamentables 
que los salarios fijados por 
estos reglamentos sean tan 
bajos. Es necesario recurrir a 
suplementos para poder llevar 
una vida cara. La clase obrera 
no alcanza a poder comer con 
estos salarios y o bien debe tra¬ 
bajar sin descanso, o dedicarse 
al mercado negro. Y, a pesar de 
todo, la prensa financiera del 
país, exulta: el montante de las 
cuentas corrientes en banco 
alcanza cifras record. Los bene¬ 
ficios de de las empresas de cré¬ 
dito aumentan. Las reservas de 
las sociedades no cesan de cre¬ 
cer. El hecho salta a la vista: la 
riqueza está tan desigualmente 
repartida que es escandaloso. 
Una ínfima minoría, detenta 
toda la riqueza del país. La 
razón esencial del marasmo 
económico español es la ausen¬ 
cia, en el mercado, de un poder 
de compra más extendido. La 
mayoría de la gente gana lo 
justo para vivir y no puede lle¬ 
var una vida libre del temor 
ante el futuro. 

Los jóvenes viven con el 
recuerdo de las experiencias 
que han conocido. España ha 
atravesado un periodo histórico 


de diez años en una atmósfera 
de guerra, sea la guerra civil o 
la larga represión con sus cien¬ 
tos de millares de hombres f usi¬ 
lados o muertos de hambre en 
la cárcel. La represión fue terri¬ 
ble: la tortura con aceite de 
ricino, los malos tratos, el 
aspecto medieval. Las conti¬ 
nuas persecuciones han sido 
durante largo tiempo la única 
política interior del régimen. 
Los falangistas, los policías, los 
jóvenes partidarios del régimen, 
los prohitlerianos, todos ellos 
se transformaron en espías. En 
la calle, en los cafés, en los tre¬ 
nes, en resumen, en todas, 
estaba igualmente prohibido 
leer el Times o el Fígaro. (Por 
absurdo que pueda parecer, el 
tono político del periódico 
importaba menos que el idioma 
en que estaba escrito). Si se veía 
a alguien leyendo alguno de 
estos periódicos, se le linchaba. 
El miedo había creado un sexto 
sentido entre nosotros. Descon¬ 
fiábamos de todas las personas 
desconocidas, incluso de quie¬ 
nes se decían de izquierda. Los 
esbirros del régimen no 
bromeaban. 

Y día a día, en la prensa, en 
los bancos de la Universidad, 
las ideas democráticas eran 
deformadas, ridiculizadas. Se 
jugaba con las palabras: Liber¬ 
tad igual a libertinaje. La liber¬ 
tad, en España, es la voluntad 
de Franco, encargado por Dios 
y por el Destino de asumir la 
voluntad de su pueblo, mien¬ 
tras que el deseo de los obreros 
de ver realizado su deseo no es 
más que puro libertinaje. Esta 
es la razón por la que se orga¬ 
nizó la comedia del sindica¬ 
lismo falangista. Los represen¬ 
tantes son nombrados por el 
gobierno a fin de que los obre¬ 
ros no se desvien y no confun¬ 
dan la libertad con el desorden. 
La corrupción organizada, la 
riqueza desigualmente distri¬ 
buida. e! abandono de las 
democracias, el miedo acumu¬ 
lado durante años hacen de 
nosotros personas desconfia¬ 
das, llenas todavía de deseos de 
lucha, pero sin un sólo amigo 
que nos sostenga, sin una luz 









que nos guie. La fe sobrevive en 
nosotros, en nuestra noche 
interior, dispuesta a resurgir, 
pero nada ayuda a impulsarla. 

til interés de! pueblo es abier¬ 
tamente contrario al del 
gobierno. Cuando más pierde el 
país, más gana el enemigo. 
Todo el mundo lo sabe. Aquí 
nadie tiene ningún poder, y 
todos lo aceptan así, incluso los 
jóvenes camaradas. Los revolu¬ 
cionarios de hoy llegan a pre¬ 
guntarse si existe alguna otra 
solución más que la renuncia. 
Lsto es lo grave. Y ya hemos 
llegado a ello. 

He recibido noticias de 
Miguel. Incluso allá, la vida es 
dura con él. Pero su hijo nacerá 
en un suelo libre en donde se 
puede luchar abiertamente. Ya 
es mucho. Todos se van. Des¬ 
pués de Miguel, todos los viejos 
luchadores, cientos de jóvenes 
luchadores, cientos de jóvenes y 
hombres pasan la frontera. Per¬ 
tenecen a toda clase de organi¬ 
zaciones: comunistas, socialis¬ 
tas, chicos de la F. U. E. No 
saben bien a donde van. Algu¬ 
nos incluso ya han aprendido 
aqui e! ruso, e! checo, el sueco, 
¡qué sé yo! Pase lo que pase, 
esperar pedir la hospitalidad de 
cualquier país. Yo, por el 
momento, me quedo; tengo 
todavía cosas que hacer. Miguel 
acabó bien. Terminado el par¬ 
tido. abandonó el estadio. Y 
vuelve a comenzar allá. Existen 
personas que no tienen suerte: 
mi papel es el de rezagarme 
aquí hasta que me cojan, 
soplando sobre cenizas, deses¬ 
perando de todo. El impulso 
debe venir de los que están 
fuera. Yo, aquí, debo facilitar¬ 
les las cosas para que comien¬ 
cen de nuevo. 

Mientras escribía, volvió. 
Emilio me telefoneó: 

—Ven enseguida, va a haber 
jaleo. 

—¿Dónde estás? 

— Ante la Facultad de 
Medicina. 

—¿Qué pasa? 

—Vamos a pedir la cabeza de 
los culpables, detenidos por el 
asunto del pan. 

■ —No habría que pedir la 


cabeza de los culpables deteni¬ 
dos, sino la de los culpables que 
no van a ser detenidos. 

— Bueno, así no se hace 
nada. Ven enseguida. 

Cuelga. Mientras saltaba a 
un tranvía, reflexionaba un 
momento acerca del asunto. 
Por vez primera, la corrupción 
se manifestaba con un buen 
escándalo. El trigo argentino 
con destino a España había 
sido vendido durante un año, 
incluso antes de ser desembar¬ 
cado, a consumidores extranje¬ 
ros, proporcionando un buen 
beneficio. Aquí, la falta de pan 
se dejaba sentir desde hacía 


tiempo. El gobierno se había 

envanecido mucho con ese tra¬ 
tado de comercio con Argen¬ 
tina, que nos permitía colmar 
nuestro déficit de grano. Y 
ahora los mismos jefes de los 
servicios de reparto hacen su 
pequeño mercado negro y des¬ 
nutren al pueblo. 200 millones 
de pesetas, afirma el rumor 
público. El gobierno argentino 
ha dejado hacer. Y luego se ha 
indignado, porque este tratado 
le ha costado caro y no admite 
que otros manejos le sustraigan 
el beneficio al que había renun¬ 
ciado, En esta ocasión, no ha 
habido manera de evitar el 



Durante primeras utapai tfel reymien Id presan luí del taLmyisniu oficial otrei > ut m 
nota externa determíname. A cambio de su aportación ideológica y formal, la Falange 
— aparte de casos excepcionales— obtendrá una beneficiosa situación en el nuevo ortfer 


27 






























escándalo. Los argentinos ya 
habían difundido el asunto. 
Había una única solución: 
aumentar todavía más las pro* 
porciones del escándalo, para 
poder volver a controlarlo. El 
gobierno detuvo a dieciocho 
panaderos y grandes molineros, 
entre ellos al jefe del sindicato. 
Era necesario abrir el fuego y 
sacrificar algunos amigos para 
salvar a otros. Entonces, se 
desarrolló una magnífica 
comedia: el gobierno condenó a 
los culpables a restituir 30 de 
los 200 millones robados, y 
enseguida organizó una mani¬ 
festación de carácter falangista 
para pedir sus cabezas. Algo 
muy fuerte. Así, oficialmente, 
somos un pueblo libre y el 
gobierno, respetuoso con la 
voluntad de! pueblo que exige 
que se haga justicia. Mañana, 
en los periódicos, veremos bajo 
grandes titulares: “Cediendo al 
deseo de la nación...” 

Unicamente, que no conta¬ 
ban con el pueblo. Se habían 
preparado muy bien las fuerzas 
que debían ser dirigidas por ia 
multitud, y las pancartas 
decían: “¡Muerte a los prevari¬ 
cadores!”. Pero tomo el mundo 
se dió cuenta del embuste. 
Cuando llegué a la facultad de 
Medicina, Emilio me esperaba. 
Le pregunté: 

—¿Ha prendido ésto? 

—¡Qué te piensas! l odo el 
mundo sabe que sólo es una 
broma. 

En efecto, los estudiantes 
salían a la calle y, entre risas y 
empujones, obedecían a las 
consignas del S. E. U. (la 
falange universitaria), pero les 
obedecían tan bien que, 
muriéndose de risa, imitaban a 
los indios por los senderos de la 
guerra. Gritaban cadenciosa¬ 
mente: «Sangre, sangre, san¬ 
gre». Esto no era lo previsto 
por las autoridades. (Los estu¬ 
diantes) habían tenido que ir 
allí, pues los delegados habían 
entrado en las clases, y dado a 
los profesores la orden de sus¬ 
pender la explicación y de lle¬ 
varse a todos. Pero nuestra 
revancha transformaba en car¬ 


naval el 14 de julio. Dije a 
Emilio: 

—Habría que transformar 
esto en una verdadera manifes¬ 
tación. 

No creo que fuese difícil. 

—¿Tú crees? ¿No ves que 
estos pequeños sólo tienen 
ganas de divertirse? 

—Mientras, las fotografías 
de los diarios no hablan, y los 
noticiarios cinematográficos 
muestran solamente lo que 
quieren. Tendrán sus fotogra¬ 
fías de gente amotinada y todo. 

—i Bah! dice filosóficamente, 
en el momento en que esta¬ 
mos... Ven, vamos a seguirles. 
El ministro de Trabajo va a 
hablar, 

—¿Pero no está ya claro que 
ésto es una farsa frustrada? 

—Seguro. Para estimular a la 
gente, los delegados lo han con¬ 
tado todo. Y así, mucha gente 
va por curiosidad a oír lo que 
Girón va a decir. 

Fui con ellos. Girón habló. 
Pero enseguida no se oía más 
que lo que la gente cantaba con 
la música de esta canción infan¬ 
til, conocida en todos los países 
del mundo: 

Dónde está ¡a harina, matan/e 

rile rile 

Dónde está la harina... 

Siguiendo religiosamente el 
plan previsto, los periódicos 
publicaron fotografías edifican¬ 
tes, subrayando que el ministro 
había calmado a los manifes¬ 
tantes, prometiendo que se 
harta justicia. 

Yo vi los efectos en provin¬ 
cias, en donde no se sabría la 
verdad. El papá conservador 
diciendo a su hijo revoluciona¬ 
rio: 

—Ves, tú que hablas siempre 
de las democracias. Cuando 
hay una manifestación por algo 
justo, no se encierra a nadie en 
la cárcel, y el gobierno cede más 
fácilmente que en Francia o en 
Inglaterra. Unicamente son 
intolerables las manifestado- 

■m 

nes, sin pies ni cabeza, de fora¬ 
jidos que sólo saben robar. 

Y si el hijo trata de protestar, 
le dirá: 

—Mira los periódicos, des¬ 
graciado, ¿pueden ser fotos tru¬ 


cadas? ¿Han pintado a estas 
fuerzas? 

Un bonito juego de manos. 
Bien entendido, los que van a 
pagar los platos rotos son cul¬ 
pables y merecen ser colgados; 
lo que no impide que los peces 
grandes hayan escapado a la 
redada, y que no se les pesque 
tan rápidamente. Un golpe 
maestro. Se han salvado y figu¬ 
ran como héroes justicieros. La 
prensa no cesa de nablar de 
ellos. Pero el asunto estaba tan 
manipulado que, a pesar de dis¬ 
cursos y promesas, los culpa¬ 
bles no recibieron más castigo 
que la multa. 

Luego se pregunta uno para 
que pueden servir estos ejem¬ 
plos. Todo el mundo sabe que 
durante la carestía de materias 
grasas, la policía descubrió por 
error un tren entero cargado de 
bidones de aceite, que estaba 
registrado como transporte de 
madera o qué sé yo. Tomados 
los datos, era un general quien 
enviaba aceite a los traficantes. 
El asunto fue ocultado, pero 
poco tiempo, pues los inspecto¬ 
res, muy orgullosos de su 
olfato, se envanecían de su 
éxito. Para cualquiera del 
gobierno todo está permitido. 
Para los otros, incluso su 
misma honestidad al denunciar 
los abusos es considerada como 
un crimen. La denuncia se con¬ 
virtió en moneda corriente. 
Como entre dos fracciones no 
se perdona nada, los que pue¬ 
den eliminar a un enemigo lo 
hacen. Personas muy honra¬ 
das, simplemente un poco 
cómodas, no dudan en enviar 
informes sobre sus amigos si 
creen lo que imaginan. ¿Por qué 
luchar entonces? Estamos 
solos. Estamos desesperada¬ 
mente solos. Después del 
Anschluss , después de Munich, 
en 1939 las democracias nos 
abandonaron. No quisieron 
empezar otra guerra. Eso es 
comprensible, pero, entonces, 
¿por qué tanta hipocresía? 
falta energía, falta buena fe, 
falta perseverancia, falta since¬ 
ridad. Aquí, e! Gobierno lo 
sabe y lo aprovecha. Hay un 
buen juego. Tuvo el descaro de 


28 



Durante dieciseis anos, el falangista José Antomo Girón de Velaseo, como ministro de 
Trabajo, dirige una demagógica política de atracción de las clases populares. 


declarar oficialmente que no 
había más de 2.000 prisioneros 
políticos en sus mazmorras. 
Esto, hace dos años. Luego 
liberaron (libertad provisional 
que aquí se llama libertad con¬ 
dicional) a cerca de 100 prisio- 
ñeros cada semana para hacer 
sitio. A este ritmo, en cinco 
meses, las cárceles estarían hoy 
vacías; y sin embargo, siempre 
rebosan prisioneros. Los famo¬ 
sos calabozos subterráneos de 
la Seguridad están llenos de des¬ 
graciados que son golpeados y 
martirizados hasta que confie¬ 
san cualquier cosa. Los policías 
de la gestapo falangista se jac¬ 
tan de sus métodos. Las peque¬ 
ñas vendedoras de tabaco al 
por menor (tráfico ilícito) esca¬ 
pan cuando los policías parecen 
ligeramente excitados. En épo¬ 
cas normales, pasan a su lado 
sin verlas, ya que todo el país 
hace mercado negro oficial¬ 
mente. Pero ellas han apren¬ 
dido a reconocer de lejos si 
están de bueno o malo humor. 
No es raro asistir en los barrios 
bajos a cazas de mujeres. Chi¬ 
quillas, jóvenes, ancianas 


corren enloquecidamente ante 
los hombres de gris. Cogen a la 
primera que cae bajo su mano y 
la arrastran. En algunos casos, 
son chiquillas de diecisiete años 
que gritan, lloran, piden soco¬ 
rro. Muerden los puños que las 
aprietan. Mañana, estarán de 
nuevo en su puesto con sus 
cigarrillos al por menor a cinco 
céntimos, con las facciones ten¬ 
sas, pálidas, los dientes apreta¬ 
dos, tratando de ganarse la vida 
al precio de una eventual nueva 
violencia. Y nadie se mueve. Yo 
he asistido a cazas de este tipo. 
Nunca he tenido miedo, pero 
ellos tienen revólveres y no 
dudan en utilizarlos. ¿Hacerse 
matar tontamente, sin resulta¬ 
dos, para salvar a una mucha¬ 
cha que ya ha sido cogida el 
mes anterior, y que puede ser 
que mañana lo sea de nuevo? 
Sí, lo que aquí domina es la 
indiferencia. Bastante tenemos 
todos con juzgar a los Don Qui¬ 
jote, destrozándonos unos tras 
otros contra esta fuerza ciega, 
absurda y malsana que nos 
rompe irremediablemente, 
hagamos lo que hagamos, en 


medio de la indiferencia de las 
naciones que se dicen civiliza¬ 
das y a las que no importamos. 
Estas mismas naciones se 
indignaban ante los métodos de 
la propaganda alemana. ¿No 
serán propaganda sus películas 
sentimentales en dónde la 
muerte del héroe, una actriz 
rubio platino solloza porque es 
feliz ai sacrificar a su amado a 
la justicia y al mundo futuro? 
Pero, maldita sea, ¿es que os 
negáis definitivamente a ver 
claro, o es que sois una banda 
de cerdos o de mentirosos? ¿Es 
que realmente estáis decididos a 
dejarnos reventar? 

La cólera nos sube a la gar¬ 
ganta. No se puede mentir así. 
Es imposible, al final. 

Estamos muy fatigados. Ya 
es demasiado. Ya casi es dema¬ 
siado tarde. Y aquí, ¿quién pro¬ 
sigue todavía la lucha? Este 
manuscrito es mi último 
intento. Con él, me despido de 
la vida activa y de la esperanza. 
Hasta el final, he hecho todo io 
que he podido. Si me cogen esto 
en el bolsillo, si lo pierdo, o se 
llega a conocer el autor, estaré 
perdido. Realmente, ya no 
puedo hacer más. 

En el curso de estas páginas, 
habéis asistido a acontecimien¬ 
tos que hubiéseis creído impo¬ 
sibles en un país de sangre 
caliente como España; el 
ascenso de la indiferencia y el 
aprendizaje del miedo. Diez a- 
ños, pensad en eso: toda la dura¬ 
ción de los estudios. Tres años 
de escuela primaria, seis años 
de estudios secundarios, y un 
año más para el preuniversita¬ 
rio. Somos los bachilleres del 
miedo. Ahora, nuestra sombra 
y nuestra voz nos espantan. 
Permitimos que pobres mujeres 
sean perseguidas en la calle, y 
nos marchamos lo más rápida¬ 
mente posible para no oír sus 
gritos. Lo cuento porque me da 
vergüenza. 

El miedo planea sobre el 
país. El es quien obliga cada día 
al abandono de las organiza¬ 
ciones clandestinas por parte de 
nuevos miembros. Pero no 
solamente el miedo, sino tam¬ 
bién la indiferencia. Los mejo- 


29 











La doliente España de la postguerra Millares de españoles sufrieron cautiverio o perdieron 
ía vida a manos de un régimen que precisaba de la más dura represión para su consolida¬ 
ción en el poder. En la fotografía, formación de prisioneros en eJ patio de uno de los 
muchos centros carcelarios que se extendieron sobre nuestro suelo. 


res únicamente quieren una 
cosa: emigrar. Los demás, 
incluso son indiferentes a ésto. 
Les resulta suficiente que se les 
permita vivir tranquilos y ganar 
miserablemente su pan. Este 
país ya sufrió una terrible pér¬ 
dida, cuando todas las personas 
de valor salieron de España en 
1939 ante la victoria fascista. 
Hoy, perdidas todas las espe¬ 
ranzas, las personas de valor de 
la nueva generación, los que 
llegaron a hombres entre 1939 y 
1948, piensan en emigrar. 
Muchos marcharon por ¡a 
montaña y ya deben estar en 
Francia, a menos que, desde 
allí, no hayan continuado viaje 
a otros continentes, fuera de 
Europa. Otros, intentan mar¬ 
char por todos los medios. Son 
bastantes, y se comprende. 
Nadie puede lanzarles la pri¬ 
mera piedra, ya que han heho 
todo lo que han podido contra 
este miedo gigante. Abandona¬ 
dos por todos, estamos comple¬ 
tamente desarmados. 

> ahora, para terminar, voy 
a contar lo que pasó este mes en 
la Universidad. 

Un joven vino a verme a 
casa. 

Un chico de diecinueve años, 
Eduardo, que solamente piensa 
en la acción directa y trata de 
agrupar a sus compañeros para 
reconstruir focos de resistencia 
en la Universidad. Viene a con¬ 
sultarme porque supongo que 
soy para él un viejo cargado de 
experiencia. Como es muy 
escrupuloso, me preguntó: 

—¿Crees que si nos pusiése¬ 
mos en huelga para hacer anu¬ 


lar algo que hubiésemos acep¬ 
tado antes, sería legal? 

Eduardo me divierte por su 
seriedad. Ante un asesino que le 
amenazase, trataría de consul¬ 
tar el código penal para saber si 
el caso corresponde adecuada¬ 
mente a la legítima defensa. 
Para ver a donde quería ir a 
parar, le respondí: 

—Si habéis aceptado una 
obligación, no es legal romperla 
por la fuerza. 

—Sí, pero verás de qué se 
trata. Hace cinco años, se 
declaró obligatoria la asistencia 
a los cursos, asi como un exa¬ 
men de fin de estudios que 
comprendía todas las materias 
estudiadas en el curso de los 
años precedentes. Y ahora, 
queremos ponernos en huelga 
para anular ésto. 

—Eduardito, una vez se ha 
aceptado una obligación al ins¬ 
cribirse en la Universidad, no es 
legal ponerse hoy en huelga en 
contra de ella. (Eduardo se 
ensombreció). Pero como no 
existen diputados ni control, y 
la nación no tiene ningún poder 
para refutar una ley, la única 
solución es responder con una 
negativa apoyada en una 
huelga a un decreto impuesto 
por medio de los fusiles. 
Eduardo marchó radiante, y yo 
esperé los acontecimientos. 

El viernes a mediodía, mi joven 
amigo llegó triunfante: 

—Ya está, es la huelga —y 
me contó de un tirón.— Esta 
mañana, al llegar a la facultad, 
empezamos a decir que no era 
preciso ir a clase, y a difundir lo 
que me dijiste el otro día. Y ha 


dado un magnífico resultado. 
Nadie ha entrado en los anfitea¬ 
tros y hemos telefoneado a los 
profesores para advertírselo. Y 
durante toda la mañana, hemos 
estado gritando en los pasillos. 

«Lo mejor es que la gente del 
S. E. U., que siempre trata de 
calmar los ánimos, ni siquiera 
vino. Luego salió el decano 
para preguntarnos que quería¬ 
mos. Roberto, un chico que ni 
siquiera está afiliado, se ade¬ 
lantó y le habló. Estuvo magní¬ 
fico. Había mil muchachos tras 
él, y esto le hacía intocable. 
Dijo que la huelga era el único 
modo de acción. Cuando el 
delegado del S. E. U. protestó, 
Roberto le hizo callar:* ¿Qué 
representa hoy el S. E. U.? 
¿Qué estudiante, afiliado a la 
fuerza, te ha confiado un man- 
dato?»Todos estuvieron de 
acuerdo. Como tú sabes, para 
inscribirse en la Universidad, es 
necesario inscribirse en el 
S. E. U. Entonces, los respon¬ 
sables del S, E. U. se retiraron 
y Roberto dijo que el S. E. U., 
en lugar de representar a los 
estudiantes, se había convertido 
en una oficina de funcionarios 
del gobierno. Fue aclamado, y 
el decano prometió hacer lo 
posible para satisfacer nuestras 
peticiones. I .uego, bajamos a la 
calle y continuamos gritando. 
Dos grupos de f alange se dis¬ 
persaron sin combatir, al no sa¬ 
ber que les enviaban contra no¬ 
sotros. Fue necesario llamar a 
las fuerzas de orden público. 
Mientras, nosotros detuvimos a 
los coches oficiales, rompimos 
los cristales y llamamos 
“ladrones y traficantes” a sus 
ocupantes. Hace años que, en 
público, me retengo; pero qué 
no les habré dicho esta mañana. 
Luego, llegó la gestapo. Hubo 
un alboroto y nos dispersamos 
al grito de “¡Viva la huelga!” 
¿Qué me dices? 

—Digo solamente una cosa. 
Esta mañana habéis tenido 
éxito por la sorpresa. Mañana, 
sábado, durará todavía la 
impresión. Luego, volverá el 
miedo. Ya empieza, con seguri¬ 
dad. Muchos piensan: «Con tal 
que no me hayan visto esta 


30 












mañana...» Después vendrá el 
domingo. Cada uno irá a diver¬ 
tirse. Y se recogerá en la indife¬ 
rencia y en la pasividad deseo- 
razonadora. Me molesta 
decepcionarte, Eduardo, pero 
el lunes entrarán todos como 
ovejas. El país está agotado. Un 
esfuerzo de tres días, una crisis 
de rabia enfermiza, es lo único 
de lo que es capaz. 

—Eres pesimista, porque no 
les has visto esta mañana. Esta¬ 
ban desencadenados. Cuando 
Roberto habló del S. E. U., 
todos estaban con él. 

—Escucha, pequeño. Aquí, 
sustituyo a Miguel y debo 
hablarte como Miguel lo 
hubiera hecho. No confíes. 
Continúa trabajando para pro¬ 
longar la huelga, y continúa 
trabajando igualmente cuando 
la huelga se haya fustrado. 

—Si lo que dices es cierto, ¿para 
que continuar? 

—¡Y yo que sé! ¿Por qué con¬ 
tinúo yo? Nada más que para 
efectuar el relevo. Hemos 
tenido diez años, y no vamos a 
abandonar la brecha. 

—Al tiempo, dice Eduardo. 
Esta historia de hoy puede 
hacer mucho ruido. Puede ser 
decisiva. Es la primera vez que 
un grupo de estudiantes presen¬ 
ta cara a la Falange. 

No le respondí. Para qué. 
Pero tengo confianza en estos 
jóvenes educados entre el 
miedo. No aguantarían el 
golpe. Podemos esperar su des¬ 
fallecimiento un día u otro. Un 
fracaso algo grande, o una de¬ 
silusión, y será necesario volver 
a empezar con ellos. Y noso¬ 
tros, nosotros estamos tan 
cansados. 

Ni relevo, ni municiones, ni 
esperanza, ni apoyo. 

Ni juventud, ni amor, ni 
ilusiones. 

Así es como estamos. 

Ei martes por la noche, 
Eduardo llegó abatido, taci¬ 
turno. Tuve que arrancarle las 
palabras, ya que no quería 
hablar. 

—¿Qué pasó? 

—Todos han vuelto a entrar. 

—¿Y la huelga? 

—Ya no hay huelga. 


—¿Habéis conseguido lo que 
queríais? 

—Nada. 

—¿Y ahora? 

—Ahora, nada. 

Hubo un silencio. Eduardo 
miraba hacia afuera. Luego, 
tras unos minutos, me dijo: 

—Lo abandono todo. 

De nuevo, un largo silencio, 
y luego: 

—No hay esperanza, Miguel 
bien lo decía. Sin ayuda exte¬ 
rior, nada podemos... Y en el 
fondo, ¿qué les importa? ¿Qué 
puede importarles que aquí 
reventemos? Inglaterra ha 
dejado reventar a millones de 
hindús durante durante siglos, 
y nosotros probablemente no 
somos más desgraciados que 
algunos negros en los Estados 
Unidos. Entonces, si han per¬ 
mitido ésto en su propia casa, 
¡cómo quieres que les importen 
veinticinco millones de españo¬ 
les! 

No contesté nada. También 
estaba cansado. Eduardo pro¬ 
siguió rabioso: 

—Roberto, el que organizó la 
huelga, ni siquiera es de 
izquierda. Es monárquico. Ei 
viernes, tenía a toda a toda la 
Universidad con él. Cuando 
habló, todos le aplaudieron, v 
hoy todavía tiene a la gente tras 
sí. Las personas no cambian así 
como así de un día para otro. 
Esta mañana, diez falangistas 
de uniforme vinieron a la Uni¬ 
versidad. Lo agarraron ante 
todos y lo golpearon en un pasi¬ 
llo. Lo dejaron medio muerto 
delante de todos, y nadie ha 
respirado. Nadie. Yo tampoco. 
Por eso me voy. Soy un 
cobarde, somos unos cobardes. 
No hay esperanza. Estamos fas¬ 
tidiados. Esto es lo que han 
hecho de nosotros después de 
diez años de dictadura, con sus 
discursos y su policía, sus pro¬ 
mesas y sus ocultaciones. Esto 
es lo que han hecho con el pue¬ 
blo más valiente de la tierra, el 
más fanático, e más entusiasta. 
Esto es lo que han hecho con 
nuestros héroes, con nuestros 
guerrilleros, con todos los que 
han arriesgado la piel durante 
diez años. Esto es lo que han 



Desde el balcón del palacio de Oriénte, el 
Caudillo saluda a la multitud congregada 
para aclamarle. A partir de 1946. el 
régimen utilizará, en momentos de crisis, 
este método que, en su opinión, le dotarla 
da una legitimidad directamente expre¬ 
sada por el pueblo, la plaza de Oriente Me¬ 
saría a convenirse en el símbolo de una 
supuesta comunión entre el dictador y sus 

súbditos. 


hecho con la vanguardia del 
progreso, con los últimos vesti¬ 
gios del pensamiento español. 
Esto es lo que han hecho con 
todos nosotros, todos esos 
puercos reunidos, demócratas y 
camisas azules. Esto es lo que 
han conseguido hacer de nos¬ 
otros: COBARDES. ■ J.H. 

(Versión castellana de José 
María Solé Mariño; 


31 












I ;0DAV1A hoy, seis años 
y medio después de la 
| muerte de Franco, hay 

quienes consideran su pro¬ 
longada permanencia en el 
poder como prueba irrecusa¬ 
ble de unas dotes políticas, más 
que excepcionales, milagrosas. 
Son por regla general gentes 
que movidas por intereses per¬ 
sonales exaltan hiperbólica¬ 
mente todo lo que el fran¬ 
quismo pudo tener de positivo 
mientras silencian, olvidan y 
niegan en forma colérica que 
tuviese nada de negativo Quie¬ 


nes así hablen, dejando a un 
lado las razones egoístas que 
puedan impulsarles, ignoran o 
fingen ignorar de una manera 
deliberada que 3a duración del 
mando de un dictador no 
entraña en modo alguno la pre¬ 
sunción de unas dotes carismá- 
ticas, ni la complacencia del 
pueblo que le sufre, ni menos 
aún las excelencias de un sis¬ 
tema caprichoso, absolutista y 
autoritario. En el curso de la 
historia son muchos los tiranos 
que se mantienen lustros ente¬ 
ros a la cabeza de sus países 
respectivos, sin que la posteri¬ 
dad encuentre luego el más 
ligero pretexto para glorificar 
su memoria. Suelen ser todos 
ellos hombres habilidosos, 
astutos, crueles, carentes de 
escrúpulos que recurren a cual¬ 
quier medio con tal de seguir 
mandando. Algunos ofrecen 
extraordinarias semejanzas con 
Franco no sólo por estar domi¬ 
nados por la pasión de mandar, 
sino por los medios utilizados 
para alcanzar el poder y los tor¬ 
tuosos procedimientos de que 
se valen para conservarlo. 

Para el mantenimiento de 
Franco en el poder —contra la 


voluntad del pueblo como 
demuestran los referendums de 

1976 y 978 y las elecciones de 

1977 y 1979— mucho más efi¬ 
caz y efectivo que la ayuda de la 
iglesia ultramontana, del capi¬ 
talismo nacional e internacio¬ 
nal y de los sectores más reac¬ 
cionarios del país, es una 
terrible represión cuya cruel¬ 
dad, duración e intensidad 
resultan muy difícil de concebir 
hoy incluso para los que hubie¬ 
ron de padecerla en sus propias 
carnes. Aunque ignoremos aún 
el número exacto de víctimas, 
pasan indudablemente del 
millón los españoles que entre 
1936 y 1975 penan en los infini¬ 
tos presidios, cárceles, comisa¬ 
rías, cuartelillos, campos de 
concentración, destacamentos 
de trabajo y batallones de forti¬ 
ficaciones o castigo organiza¬ 
dos por el franquismo en toda 
la geografía nacional. Si en 
carta que dirige el 27 de mayo 
de 1943 al conde de Barcelona 
el propio Franco habla de "más 
de cuatrocientos mii procesa¬ 
dos”-, si a Charles Foltz, corres¬ 
ponsal de la Associated Press 
en España le dicen en 1945 de 
una manera extraoficial en el 
Ministerio de Justicia que entre 
el 1 de abril de 1939 y el 30 de 
junio de 1944 ha habido en las 
prisiones españolas 192.684 
muertos {lo que equivale a más 
de cien diarios durante cada 
uno de los 1.917 días que siguen 
al final de la guerra civil, com¬ 
prenderemos perfectamente el 
efecto intimidartorio que este 
ininterrumpido lustro tras lus¬ 
tro (recordemos que el 27 de 
septiembre de 1975 Francisco 
Franco ponen los últimos cinco 
enterados a otras tantas senten¬ 
cias de muerte) produce en el 
ánimo popular. Con un número 
infinitamente menor de fusila¬ 
mientos dictadores tan odiados 
por sus pueblos como los Duva- 
Ilier en Haití y Pinochet en 
Chile continúan en 1982 disfru- 



El general Mola, 



32 



















tando del poder en sus países 
respectivos. 


BARBARIE 

PERFECTAMENTE 

PREPARADA 

Acaso más estremecedor que 
el número de víctimas de este 
terror sea que no se trata de algo 
imprevisto protagonizado por 
un grupo de incontrolados e 
irresponsables dominados por 
la sed de venganza en el curso 
de una encarnizada y san¬ 
grienta pelea. Existen pruebas 
sobradas de que la barbarie es 
perfectamente preparada con 
anterioridad ai comienzo de (a 
guerra y friamente ejecutada 
más tarde a lo largo de años 
interminables. Que ha sido 
organizada con toda precisión 
antes de que suenen los prime¬ 
ros disparos lo prueba fuera de 
toda duda una de las instruc¬ 
ciones reservadas del general 
Mola —“El Director” de la 
conspiración— que ya en el mes 
de abril de 1936 dice a los ele¬ 
mentos dirigentes del futuro 
alzamiento: «Se tendrá en 
cuenta —indica textualmente— 
que la acción ha de ser en 
extremo violenta, para reducir 
lo antes posible a un enemigo 
fuerte y bien organizado. Desde 
luego, serán encarcelados todos 
los directivos de ios partidos 
políticos, sociedades o sindica¬ 
tos desafectos del movimiento, 
aplicándose castigos ejemplares 
a dichos individuos para 
estrangular los movimientos de 
rebeldía o huelgas». Las ins¬ 
trucciones de Mola se cumplen 
al pie de la letra apenas iniciado 
el Alzamiento. Así el J9 de julio 
de ! L16 en el bando preparado 
y firmado por el general FanjuI 
declarando el estado de guerra 
en Madrid y bajo un encabeza¬ 
miento que afirme que «El 
Ejército Español, dispuesto a 



ilustración que acompaña el lento de 

Miguel Hernández: "Un año de guerrillas 

en Galicia'*. 


salvara España de la ignominia 
y a que no sigan gobernando 
bandas de asesinos ni organis¬ 
mos internacionales» ordena y 
manda entre otras cosas: 
«Serán considerados como 
rebeldes o sediciosos los que 
traben combate con la fuerza 
pública y cuantos uniformados 
o sin uniformar lleven armas», 
«los porteros serán considera¬ 
dos como autores de auxilio a 
la rebelión, cuando hayan per¬ 


mitido la entrada en las fincas a 
personas que hayan realizado 
actos de lesión a la fuerza 
pública»; «queda prohibida la 
publicación de todos los perió¬ 
dicos y revistas de cualquier ■ 
clase que sean, necesitando 
para ello permiso especial mío. 
Las radios no publicarán más 
noticias que las que ordene mi 
autoridad y al principio y fin de 
las emisiones terminarán con la 
“Canción de los Soldados”; se 
constituirá en esta División con 
carácter permanente un Con¬ 
sejo de guerra para juzgar y 
condenar a quienes realicen 
actos de los indicados y a los 
que no han sentido en el fondo 
de su alma el santo estímulo de 
la defensa de España»; «quedan 
disueltos todos los sindicatos 
marxistas que serán clausura¬ 
dos, incautándose el gobierno 
de la documentación» 

Lo que se dice en los bandos 
no queda por desgracia en letra 
muerta, sino que se lleva a la 
práctica de una manera impla¬ 
cable. Se demuestra el mismo 
17 de julio, dia inicial de la 
sublevación, en la ciudad de 
Melilla y en esa noche en Ceuta, 
Ictuán y Larache. donde las 



El general Queipa de Llano durante una de sus charlas por Radio Sevilla, durante la ouerra 

civtl. 


33 

























íropds del Ejército republicano, prisioneras de los soldados de Franco 


autoridades militares —el gene¬ 
ral Romerales y el teniente 
coronel Lapuente Bahamonde 
entre otros muchos— son fusi¬ 
lados inmediatamente. Igual 
sucede pocas fechas después en 
Andalucía, Galicia, Aragón, 
Navarra y Castilla en que son 
fusilados —sentenciados en 
consejos de guerra sumarísimos 
o sin compadecer ante ningún 
tribunal— los generales Batel, 
Caridad Pita, Salcedo, Núñez 
del Prado. Mena v Campins y el 


almirante Azaróla por mante¬ 
nerse fieles al gobierno legal 
que les ha nombrado, así como 
la casi totalidad de los diputa¬ 
dos del Frente Popular, de los 
gobernadores civiles y de las 
Figuras más conocidas de los 
sindicatos obreros y de los par¬ 
tidos marxistas, republicanos o 
liberales, perpetrándose críme¬ 
nes tan execrables como las de 
Blas Infante en Sevilla, García 
Lorca en Granada, Luis Rufi- 
Linches en Galicia. Leopoldo 


Alas hijo de “Clarín” en 
Oviedo o el compositor Anto¬ 
nio José en Burgos. 

De perfecto acuerdo con las 
instrucciones de Mola en los 
primeros meses del Alzamiento 
no se ocultan los crímenes en la 
zona nacional; se dejan los 
cadáveres abandonados en 
lugares más o menos frecuenta¬ 
dos y en algunos sitios — 
Vallado!id, por ejemplo— las 
ejecuciones se convertían en 
espectáculo público al que con¬ 
curren centenares de curiosos. 
Se persigue con ello un efecto 
intimidatorio que se consigue 
en muchos de los casos. El 
mismo objetivo tienen las char¬ 
las radiadas del general Queipo 
de Llano, dando cuenta noche 
tras noche de las barbaridades 
perpetradas en la jornada y ya 
el 23 de julio de 1936 afirma 
amenazador e insultante: «Las 
mujeres de los rojos han apren¬ 
dido que nuestros soldados son 
hombres de verdad y no mili¬ 
cianos capones». Veinticinco 
días más tarde afirma por la 
radio: «El ochenta por ciento 
de las familias andaluzas están 
de luto y no vacilaremos en 
recurrir a medidas más extre¬ 
mas». En 1937 se cree obligado 
en cierta forma a justificar las 
numerosas ejecuciones y lo 
hace en la forma siguiente en su 


romes 3i * mam n ti 

fll AfrO TRIUNFAL 


6 página» 

(5 céntimo9 I 
-—- 1 

Añ» Sí « Kúmftro 3 S. 5 t 9 


@1 norte tre Castilla 

niARiO INDEPENDÍENTE DE VALLA DOLIO 

FUNDADO 6 N 1 »»-* 
ct *0* «a* c«oula mm ca c±mTWLum* 





MifirnitiiainFHHiitmwi'llttllBaMiifflF.Hmifm 

LA CANTID AD DE POBLACIONES Y TE RRENO CONQUISTADO ES ASOMBROSA Y LOS P RISIONEROS 
... HECHOS SE APROXI MAN A CINCUENTA MIL, SIENDO INCALCULABLE EL BOTIN DE G UER RA 


PARTE OFICIAL DE GUERRA 


DIA 30 DE MARZO DE 1939 



a Patencia 


Cabecera de EL NORTE DE CASTILLA , del 31 de mar/o de 1939 




34 

















































Fuerzas de Ja Falange desfilando por las calles de Madrid, trés su ocupación por el Ejército 

de Franco, 


alocución radiada del 7 de 
marzo: «Nos vemos obligados a 
fusilar a mucha gente en 
Málaga, pero siempre tras ser 
juzgada en consejo de guerra. 
Hay que tener en cuenta que ios 
que son condenados a muerte 
son ejecutados inexorable¬ 
mente, ¡porque no tenemos la 
intención de imitar a los débiles 
gobiernos de 1934!». 

De los crímenes cometidos en 
los primeros meses de la con¬ 
tienda civil sobran testimonios 
y ejemplos. Tanto gentes que 
han luchado en el bando fran¬ 
quista como el comandante 
Ansaldo y los que han permane¬ 
cido unos meses en su zona 
como Antonio Bahamontes. 
jefe de propaganda de Queipo. 
el juez burgalés Villaplana o el 
párroco de Aísasua nos infor¬ 
man de hechos que si en un 
principio pudimos considerar 
exagerados al final tuvimos que 
admitir como veraces y exactos. 
Del trágico alcance de la brutal 
represión granadina nos ente¬ 
ramos muchos años después de 
ocurridos los hechos cuando los 
trabajos de investigación en 
torno al asesinato de García 
Lorca demuestran que el poeta 
sólo es uno más entre los milla¬ 
res de ejecutados. De Logroño, 
ciudad de la que nada se ha 
dicho y donde el alzamiento 
triunfa sin encontrar resisten¬ 
cia, sabemos hoy que sólo en un 
cementerio clandestino cerca 
del pueblo de Lardero están 
enterrdos los cuerpos de 2.000 
asesinados. Algo parecido 
sucede en multitud de lugares 
repartidos por toda la geografía 
peninsular; la insular asimismo 
porque de Baleares conocemos 
por el católico francés Berna-, 
nos lo que en Mallorca se hace 
y en Canarias hemos sabido 
algo de los presos arrojados a 
las simas volcánicas. Un testi¬ 
monio fehaciente nos lo ofrece, 
persona tan poco sospechosa de 
simpatías marxistas como el 
primer ministro de Instrucción 
Pública de Franco, don Pedro 
Sainz Rodríguez que en la 
página 326 de su libro de 
reciente publicación “ Testimo¬ 
nio v recuerdos" dice hablando 

M- 


del tries de septiembre de 1936: 
«Yo sabía, que Franco estaba 
en Cáceres y las dificultades 
que había habido en Extrema¬ 
dura. Cuando atravesé el 
puente sobre el Guadiana, 
todavía me acuerdo como si lo 
estuviera viendo: en ambos pre¬ 
tiles había cadáveres asomados 
sobre el rio». Robert Brasillach. 
nazi francés fusilado como 
colaboracionista con los alema¬ 
nes en 1945 y corresponsal de 
prensa en España en 1936 
escribe que por parte de las tro¬ 
pas moras «la violación de 
mujeres y la castracción de 
hombres al ocupar las localida¬ 
des de Andalucía y Extrema¬ 
dura, son operaciones de 
género casi ritual». MarcJunod 
presidente suizo de la Cruz 
Roja Internacional escribe que 
en agosto de 1936. encontrán¬ 
dose en Aranda de Duero, su 
acompañante el conde de Valle- 
llano le dice: «Esta es Aranda la 
roja; lamento decirle que hemos 
tenido que encelar a todos sus 
habitantes y que ejecutar a 
muchos». Él mismo Junod 
cuenta que tras llegar a un 
acuerdo con el gobierno Gira! 
para un amplio intercambio de 
prestís y prisioneros políticos, el 
general Mola rechaza indig¬ 
nado la sugerencia exclamando 


colérico: «¿Cómo puede usted 
esperar que vayamos a cambiar 
un caballero por un perro rojo? 
Si libertase a mis prisioneros, 
mi propio pueblo me conside¬ 
raría un traidor. Ha llegado 
usted demasiado tarde, señor. 
Esos perros han destruido ya 
los valores espirituales más glo¬ 
riosos de nuestra patria». 

Las autoridades franquistas 
no han dado nunca datos ni 
cifras oficiales de los asesinados 
en los primeros meses de la gue¬ 
rra. Sí al iniciarse la lucha, 
siguiendo las órdenes de Mola y 
con la finalidad de amedrentar 
al adversario, se alardea de los 
rojos ejecutados, después se 
tiende un espeso velo de silen¬ 
cio sobre estos hechos, negán¬ 
dose cínicamente que hayan 
podido producirse. En cambio, 
durante largos lustros se habla 
a diario de las barbaridades 
perpet radas si muí tana nea- 
mente en zonas republicanas 
elevando considerablemente su 
número. En realidad si es evi¬ 
dente que en una y otra parte se 
cometen excesos, atropellos y 
matanzas, preciso y lógico es 
señalar una diferencia esencial 
entre los dos bandos: que mien¬ 
tras en un lado los crímenes y 
ejecuciones se perpetran por 
individuos que escapan al con- 


35 




















tro! de los gobernantes porque 
estos no cuentan con los ele¬ 
mentos precisos —dada la 
sublevación no solo de parte det 
ejército y de las fuerzas arma¬ 
das, sino incluso de la policía, 
la magistratura y la maquinaria 
estatal— para impedirlo, en el 
otro son las autoridades de 
hecho quienes cometen los 
mismos hechos siguiendo un 
plan meticulosamente trazado. 
En efecto, si en la zona republi¬ 
cana cesan por completo los 
paseos y los asaltos a las cárce¬ 
les tan pronto como el gobierno 
dispone de los instrumentos 
necesarios para imponer su 
autoridad, en la otra continúan 
a lo largo de muchos años. Y si 
en agosto de 1938 el gobierno 
republicano suspende la ejecu¬ 
ción de toda sentencia de 


muerte, los franquistas siguen 
cumpliéndolas inflexiblemente 

4 

hasta finales de septiembre de 

1975. 

¿Cuántas son las víctimas 
ocasionadas en una y otra zona 
por este terror inicial? Lo igno¬ 
ramos a ciencia cierta por no 
existir estadísticas Hables y 
totales de cualquiera de los dos 
campos en lucha. Durante siete 
lustros el franquismo —al que 
nadie puede contradecir— sos¬ 
tiene que son más abundantes 
en el territorio republicano que 
en el suyo propio. Sin embargo, 
la lógica más elemental lleva a 
un convencimiento diametral¬ 
mente opuesto. No sólo porque 
en un campo el terror no es en 
ningún momento tan generali¬ 
zado v sistemático como en el 
otro, sino por la simple dura¬ 


ción del mismo y la seguridad 
republicana de contar con el 
apoyo y respaldo de la inmensa 
mayoría de la población, mien¬ 
tras sus adversarios consideran 
que la hostilidad de las grandes 
masas obreras y campesinas 
únicamente puede ser vencida 
merced a una serie ininterrum¬ 
pida de castigos de sobrecoge- 
dora dureza. En cualquier caso 
y con auténtico rigor especula¬ 
tivo cabe achacar la totalidad 
de ios atropellos y desmanes a 
quienes preparan, organizan y 
dan comienzo a una guerra civil, 
que siempre es la más bárbara e 
incivil de todas las guerras. 


LAS CIFRAS DE PRESOS Y 
FUSILADOS 

Cuando el I de abril de 1939 
cesan tas hostilidades, el fran¬ 
quismo tiene perfectamente 
organizada la maquinaria polí¬ 
tica, policial, jurídica y admi¬ 
nistrativa para controlar el país 
y disfrutar durante largos años 
los frutos su victoria. La Junta 
Nacional de Defensa primero y 
los sucesivos gobiernos del 
Caudillo después tejen una 
complicada red de organismos 
diputadores de los que difícil¬ 
mente podrá librarse ninguno 
de los adversarios del régimen, 
especialmente los moradores de 
las zonas que han estado en 
manos de la República. La 
organización represiva mon¬ 
tada desde el principio del 
movimiento, ampliada y pro¬ 
bada en las distintas provincias 
y regiones que sucesivamente 
van ocupando —Extremadura 
y parte de Castilla la Nueva 
primero. Málaga y el Norte 
después, Aragón en 1938 y 
Cataluña, Levante, Murcia y 
Madrid en 1939— alcanza un 
grado extremado de eficacia. 
Aparte de la reforma del 
Código militar que convierte 
todos los consejos en sumarí- 
simos y de urgencia, se invierte 
la norma universal de derecho 
según la cual el que acusa debe 
probar y, tomando la simple 
denuncia como prueba feha¬ 
ciente, corresponde al acusado 



El capean Rojas condenado en 1939 por la matanza de Casas Viejas y protagonista de Ja 

represión granadina de 1936. 


36 







demostrar su inocencia. Junto a 
estos consejos de guerra per¬ 
manentes funcionan otros tri¬ 
bunales especiales en virtud de 
las ieyes de responsabilidades 
políticas, de masonería y 
comunismo y de bandidaje y 

terrorismo en virtud de las cua¬ 
les y por un mismo supuesto 
delito una persona puede ser 
condenada a muerte o largos 
años de presidio por una causa 
y por otra a la incautación de 
todos sus bienes, a la prohibi¬ 
ción del ejército profesional, al 
destierro o a muchos años de 
presidio más. En todos los 
organismos estatales, provin¬ 
ciales o locales, así como en la 
totalidad de los colegios profe¬ 
sionales, sociedades culturales, 
recreativas, benéficas y depor¬ 
tivas se nombran juntas depen¬ 
dientes de las autoridades mili¬ 
tares que realizan un 
escrupuloso expurgó de funcio¬ 
narios, socios o beneficiarios 
que excluye en el acto y sin 
posibilidad de apelación a 
cuantos consideran desafec¬ 
tos al régimen o sospechosos 
de simpatías hacia otras ideolo¬ 
gías. El hecho de haber traba¬ 
jado durante la guerra en ciu¬ 
dades o pueblos de la zona 
adversaria constituye motivo 
suficientes para un despido, 
igual que triunfar en unas opo- 
siones o alcanzar un puesto des¬ 
tacado entre 1931 y 1936. Una 
pregunta y una respuesta que 
llegan a hacerse famosas en la 
posguerra son las siguientes: 
"¿Quién es masón?" “El que 
está delante de tí en e) 
escalafón". 

Paralelamente y para ocupar 
las plazas dejadas vacantes por 
muertos, exiliados, presos o 
suspendidos, se organizan unos 
famosos "exámenes patrióti¬ 
cos" merced a los cuales en 
muy corto tiempo, cualquier 
bachiller que haya combatido 
en las fuerzas nacionales se 
convierte en médico, abogado, 
ingeniero o arquitecto. Sin 
necesidad de título universita¬ 
rio alguno, los millares de alfé¬ 
reces provisionales ingresan en 
la burocracia del estado o en 
cualquiera de los abundantes 


organismos paraestatales. 
Dada la abundancia de presos y 
de establecimientos penitencia¬ 
rios, varios centenares de ellos 
ingresan en 1940 en el cuerpo 
de prisiones. 

Mientras figuras prestigiosas 
de la ciencia que por no haber 
tenido actividades políticas se 
creen libres de toda medida 
sancíonadora se ven excluidos 
de sus cátedras e incluso del 
ejército, de la medicina, la abo¬ 
gacía o cualquiera de las profe¬ 
siones liberales, se designan a 
dedo a quienes les sustituyan. 
Algo parecido sucede en todos 
los aspectos de la actividad 
laboral. Los caballeros mutila¬ 
dos, los condecorados o los 
simples combatientes tienen 
preferencia para ocupar desde 
los puestos más altos hasta los 


más modestos. Excombatientes 
no sólo son los funcionarios 
públicos, los policías y los 
guardias municipales, sino 
también los taxistas, los sere¬ 
nos, los porteros y hasta los 
humildes avisadores de coches. 
Los rojos —y en principio lo 
son todos los moradores de 
todas las provincias en poder de 
la República— tropiezan con 
enormes dificultades para 
encontrar trabajo; y han de 
aceptar con agradecimiento 
puestos inferiores a sus cono¬ 
cimientos y someterse a una 
explotación indecorosa de 
aprovechados empresarios. Ni 
que decir tiene, por otra parte, 
que la concesión de licencias de 
construcción, de la apertura de 
nuevos comercios, de las licen¬ 
cias de importación de lo que 



Ultima fotografía de D. Julián Basieiro. lomada en el patio de la cárcel de Car mona, le 

acompaña Carmelo Antomás. 


37 

























sea y del estraperto en gran 
escala, están durante muchos 
años en las mismas manos. 

Los excombatientes republi¬ 
canos, aunque no lo hayan sido 
por voluntad propia sino por la 
movilización de sus quimas, 
pasan indefectiblemente por los 
campos de concentración en 
los que se aparta y selecciona a 
cuantos han ostentado mandos, 
pertenecido a! comisariado o 
distinguido por su entusiasmo, 
valor, inteligencia o habilidad 
en las unidades castrenses. 
Todos ellos, así como los mili¬ 
tantes de partidos políticos u 
organizaciones sindicales, son 
conducidos a comisarías, cuar¬ 
telillos y lugares de interrogato¬ 
rio antes de comparecer ante los 
correspondientes consejos de 
guerra. C uando no se encuentra 
en ninguno de los casos ante¬ 
riormente citados y son meno¬ 
res de veintitrés años han de 
continuar en filas y repetir el 
servicio militar, ahora en bata¬ 
llones de trabajo, fortificacio¬ 
nes o castigo. De los que nada 
se sabe son enviados en situa¬ 
ción de libertad provisional a 
sus pueblos de origen con sal¬ 
voconductos que no les permi¬ 
ten apartarse de la ruta fijada 
para el viaje y presentarse 
inmediatamente a las autorida¬ 
des —que han sido avisadas 
previamente de su llegada—por 
si en el pueblo hubiese pre¬ 
sentada alguna denuncia contra 
ellos. 

Durante más de treinta años 
las autoridades franquistas han 
tenido un cuidado exquisito en 
no proporcionar cifras oficiales 
de exactitud comprobable del 
número de fusilados con poste¬ 
rioridad al final de la guerra ni 
de los presos y detenidos políti¬ 
cos. Oficiosamente se ha dicho 
y publicado que estos últimos 
ascienden a 92.413 en 1939, 
suben a 247.487 en 1940, des¬ 
cienden a 216.640 en 1941 y en 
años sucesivos bajan con lenti¬ 
tud y paulatinamente hasta 
33.541 en 1948. Pero éstas no 
son todas las personas privadas 
de libertad por motivos políti¬ 
cos a lo largo de la década que 
sigue al cese de las hostilidades. 


De un lado, porque esas cifras 
no incluyen a las mujeres pre¬ 
sas. que en los años señalados 
suman muchos miles ni tam¬ 
poco a los que se hallan en 
campos de concentración, bata¬ 
llones de fortificaciones v casti¬ 
go que suman muchos más; ni 
siquiera a los que están deteni¬ 
dos y son interrogados en los 
innumerables cuartelillos y 
comisarías. En las estadísticas 
tampoco aparecen los muchos 
millares en situación de prisión 
atenuada o libertad vigilada, 
que en poco diferencia de el 
encarcelamiento afectivo ni los 
desterrados que obligatoria¬ 
mente han de vivir en lugares 
muy alejados de sus t a miliares 
con la obligación inexcusable 
de presentarse a las autoridades 
cada siete o quince días. 

Con mayores dificultades 

w 

aún se tropieza para tratar de 
averiguar el número de muertos 
violentamente en el mismo 
periodo de tiempo. La diferen¬ 
cia existente entre los censos 
anteriores a 1935 y los posterio¬ 
res a 1939 puede señalar a 
grandes rasgos las mermas 
sufridas por la población en el 
curso de la guerra y de la inme¬ 
diata posguerra. Existen dos 
factores, sin embargo, que qui¬ 
tan toda credibilidad a los resul¬ 
tados de este tipo de investiga¬ 
ción. De un lado el número 
exacto de personas exiliadas y 
la fecha del regreso de no pocas 
de ellas. De otra porque los 
censos posteriores a 1939 están 
considerablemente incrementa¬ 
dos como consecuencia de los 
racionamientos de víveres, 
tabaco, gasolina y una larga 
serie de productos. La posesión 
de una cartilla de raciona¬ 
miento significa una posibili¬ 
dad de no pasar tanta hambre y 
hay millares de personas que 
tienen una cartilla en su pueblo 
de origen y otra en su lugar de 
residencia. Las familias procu¬ 
ran no dar de baja a ninguno de 
sus miembros aunque esté 
muerto, se encuentre preso, 
haya cambiado de domicilio o 
se halle en el extranjero. Aparte 
de esto, millares de proveedores 
v explotadores del mercado 


negro disponían de abundantes 
cartillas falsas o duplicadas 
cuya aparición en los censos de 
los años cuarenta aminoran 
considerablemente el número 
de muertos en las guerra o de 
fusilados después de ella. 

Mucho más aproximado 
resulta un cálculo basado en las 
muertes violentas reflejadas en 
los datos consignados anual¬ 
mente en los estadillos del Insti¬ 
tuto Nacional de Estadística. Si 
de los datos referentes a 1935 
—último años de paz— se des¬ 
prende que mueren violenta¬ 
mente —accidentes laborales y 
de tráfico, crímenes, suicidios, 
etc.— 7,289 personas en e] con¬ 
junto de la nación, bastará mul¬ 
tiplicar su número por diez 
para tener el total de los que 
fallecen violentamente en el 
transcurso de una década nor¬ 
mal lo que nos da una difra de 
72.284. Como esas mismas 
estadísticas nos dicen que en los 
diez años que van de 1939 a 
1948. ambos inclusives, el 
número de muertes violentas se 
eleva a 196.433, la diferencia 
entre ambas cifras —exacta¬ 
mente 124.149— constituye 
excelente indicio para conocer 
toda la dureza inhumana de 
una terrible represión. 

Aunque la cifra pueda pare¬ 
cer exorbitante es indudable¬ 
mente menor que la real. Por 
una razón suficiente: que en 
1939 se restablece la utilización 
de una vieja ley de 1870 en vir¬ 
tud de la cual, y para evitar a los 
descendientes de las personas 
ejecutadas como castigo de sus 
crímenes la vergüenza de su 
muerte infamante, dispone: «El 
fallecimiento producido por 
pena capital se inscribirá en 
virtud de) testimonio judicial 
de la ejecución que hará refe¬ 
rencia al parte facultativo de la 
defunción y se evitará que la 
inscripción refleje la causa de la 
muerte». Así como en las cárce¬ 
les suelen certificarse como 
infartos o asistolias las muertes 
por hambre, en buena parte de 
los registros civiles se anota la 
defunción de muchos fusilados 
como debidas a simples hemo¬ 
rragias. Persona tan simpati- 


38 



Una de tas miles da salas, galerías o brigadas de las cárceles franquistas, Robledano 

dibujó la de Valdenoceda en 1941, 


zante con e! franquismo como 
el conde Galeazo Ciano, minis¬ 
tro de Negocios Extranjeros de 
Italia y yerno de Mussolini, 
visita oficialmente de península 

varios meses después de termi¬ 
nar la guerra y escribe textual¬ 
mente en su “Diario”: «Sería 
inútil negar, sin embargo, que 
sobre España pesa todavía un 
sombrío aire de tragedia. Las 
ejecuciones son aún muy nume¬ 
rosas; sólo en Madrid, de 200 a 
250 diarias: en Barcelona, 150 y 
80 en Sevilla que en ningún 
momento estuvo en manos de 
los rojos». Incluso el mismo 
generalísimo en el texto de la 
carta dirigida a don Juan de 
Borbón en 1943 deja entrever 
bastante de ésto al escribir tex¬ 
tualmente: «¿Es que no tiene 
trascendencia para Vuestra 
Alteza la obra de liquidación 
del problema de la justicia que 
da comienzo con más de cua¬ 
trocientos mil procesados para 
acabar, a fuerza de generosi¬ 
dad, pero sin claudicaciones ni 
mengua de la ejemplaridad, 
reducida a menos de setenta mil 
presos, autores principales de 
crímenes o con gravísimas 
reponsabílidades?». Si tenemos 
muy presente que el propio 
Caudillo asegura solemnemente 
que la liquidación de la contien¬ 
da fratricida «no debe hacerse a 
la manera liberal con amnistías 
monstruosas y funestas más 
bien son engaño que gesto de 
perdón», que cumple celosa¬ 
mente su palabra y no da una 
sola amnistía en los treinta v 


nueve años de su mandato, 
cabe preguntarse con fundado 
pesimismo: ¿Cuántos de los 
trescientos treinta mil procesa¬ 
dos de los que habla en su carta 
y que ya no están recluidos en 
1943 fueron ejecutados con 
anterioridad ti esta última 
fecha? í.a respuesta no tiene 
lógicamente nada de agradable. 

LAS CARCELES 
FRANQUISTAS 

De lo que son las cárceles y 
presidios franquistas en los 
años más duros de la represión 
no necesito recurrir a testimo¬ 
nios ajenos porque los conozco 
a fondo por una dolorosa expe¬ 
riencia personal. El día t de 
enero de 1940, nueve meses jus¬ 
tos después del cese de las hosti¬ 
lidades, hay en las numerosas 
prisiones madrileñas —Porlier, 
Torrijos, Ventas, San Antón. 
San Lorenzo, Santa Engracia, 
Barco, Comendadoras, Ronda 
de Atocha, Conde de foreno. 
Yeserías, Claudio Coello, 
Duque de Seslo, Santa Rita, 
Príncipe de Asturias, Miguel de 
Unamuno, Cisne, etcétera— 
alrededor de 65.000 presos polí¬ 
ticos. A ellos hay que sumar 
otros ocho o diez mil encerra¬ 
dos en las cárceles de Alcalá de 
Henares. Colmenar, El Escorial 
y Aranjuez, aparte de doce o 
catorce mil más que integran 
los llamados batallones de tra¬ 
bajo, de fortificaciones y de cas¬ 
tigo. Unidos a los que todavía 


permanecen en los diversos 
campos de concentracción 
suman por encima de las cien 
mil personas en una población 
total que difícilmente alcanza el 
millón de habitantes. 

Otros varios millares, cuyo 
número exacto resulta muy 
difícil precisar han sido juzga¬ 
dos y condenados en los dos¬ 
cientos setenta días transcurri¬ 
dos desde la “liberación” de 
Madrid. En la capital de 
España funcionan de manera 
ininterrumpida cinco consejos 
de guerra sumarísimos y de 
urgencia, ante los que compa¬ 
recen entre ciento cincuenta y 
doscientas personas diarias, 
excepto los domingos y fiestas 
de guardar. Abundan las penas 
capitales y rara es la semana 
que no hay tres, cuatro y hasta 
cinco “sacas” en cada una de 
las prisiones. Los condenados a 
penas menores y los indultados 
integran frecuentes y nutridas 
expediciones con destino a los 
viejos penales de Burgos, 
Ocaña, Chinchilla, El Dueso, 
San Miguel de los Reyes, Figue- 
ras, Cartagena y el Puerto de 
Santa María, así como a los 
improvisados precipitadamente 
en fortalezas, conventos, 
monasterios o fábricas aban¬ 
donadas en Celanova, Valde- 
noceda. Porta Coelis, Osera, 
Dueñas, Palencia, San Cristó¬ 
bal, San Fernando y otros cien 
lugares más. 

Estoy en ia prisión madrileña 
de Yeserías, al final del paseo 
de las Delicias, desde el 3 de 
agosto de 1939 en que llegué, 
luego de cuarenta y nueve días 
de pesadilla en los centros poli¬ 
ciacos de Almagro, 36 y Alcalá 
82. (De las treinta personas 
que, procedentes de los campos 
de concentracción de Levante 
interrogatorios y veintitrés más 
rias el 16 de junio anterior, 
cinco mueren en el curso de los 
interrogados y veintitrés más 
somos condenados a muerte, de 
las cuales dieciocho son ejecu¬ 
tados.) Yeserías es un edificio 
moderno construido para asilo 
y recogida de mendigos que 
antes de la guerra suele albergar 
entre sesenta y setenta cinco mil 


39 












indigentes. Convertida en pri¬ 
sión ai concluir ía lucha civil, 
pasan de cinco mil los re¬ 
clusos que se hacinan en su 
interior cuando ingreso y de 
seis mil en marzo de 1940 
cuando soy trasladado a la cár¬ 
cel de Santa Rita en Caraban- 
chel Bajo. En cada una de las 
salas donde solían dormir en 
tiempos de paz seis u ocho per¬ 
sonas, hemos de hacerlo luego 
entre trescientas cincuenta y 
cuatrocientas que apenas tene¬ 
mos sitio para sentarnos en el 
suelo. 

Por falta material de espacio 
no se admiten colchones, almo¬ 
hadas, maletas o equipajes. Lo 
máximo que se permite a los 
presos es un macuto o una 
bolsa pequeña en que guardar 
una muda o algo de comida y 
un abrigo o una manta para 
envolverse al dormir. Dispo¬ 
nemos de treinta y cinco centí¬ 
metros de ancho y metro y 
medio de largo para descansar 
y hemos de hacerlo material¬ 
mente incrustados unos en 
otros, durmiendo de lado y con 
las piernas dobladas. Para 
darse la vuelta durante el sueño 
tenemos que hacerlo a un 
mismo tiempo los setenta u 
ochenta integrantes de cada 
una de las cuatro filas que ocu¬ 
pan totalmente el suelo de la 
galería. Peor todavía es la 
situación de los recién ingresa¬ 
dos que tienen que permanecer 
toda la noche en el cuartito de 
los lavabos y los retretes. 
Durante el día apenas podemos 
movernos y sin tropezar unos 
con otros. Los patios también 
resultan insuficientes y sólo 
salimos a ellos dos o tres veces 
por semana poco más de una 
hora en cada ocasión. 

En Yeserías como en todas 
las cárceles pasamos hambre 
Nuestra alimentación consiste 
en un trozo de pan negro que 
nunca sobrepasa los ochenta 
gramos de peso, un cazo de un 
líquido negruzco y caliente que 
llaman malta por las mañanas y 
otros dos cacitos de caldo — 
uno al mediodía y otro al 
anochecer— de olor, color y 
sabor indefinibles en los que 


cuando hay suerte solemos 
encontrar un puñadito de mue¬ 
las o guijas, un trocito minús¬ 
culo de boniato y alguna raspa 
de corvina (“el bacalao de las 
clases menesterosas", según 
palabras paternalistas del Cau¬ 
dillo). Una vez por semana 
comunicamos con la famiia y 
podemos recibir un paquete. 
Por desgracia, en la calle está 
todo racionado y nuestras fami¬ 
liares carecen del dinero preciso 
para comprar de estraperlo. 
Junto al hambre, los chinches, 
los piojos y la sarna —que casi 
todos padecemos como fruto 
lógico del hacinamiento y ¡a 
falta de higiene— constituyen 
una obsesión angustiosa. 

Todas las tardes, excepto los 
sábados, salen de Yeserías entre 
veinte y treinta reclusos en 
dirección a las Salesas para ser 
juzgados a la mañana siguiente 
y retornar luego a la prisión, 
una mayoría condenados a la 
última pena. Constantemente 
hay en la prisión de trescientos 
a cuatrocientos sentenciados a 
morir por fusilamiento, repar¬ 
tidos en las diversas salas hasta 
que deciden reunirlos a todos 
en una sola —la séptima— con 
objeto de tenerlos más vigila¬ 
dos. Tres, cuatro y hasta cinco 
noches por semana se producen 
otras tantas “sacas” en que un 
número variable de condenados 
son conducidos a Portier para 
ser fusilados al amanecer en las 
tapias del cementerio. 

Como seis noches por 
semana se reúnen en las Salesas 
unos centenares de presos de las 
distintas cárceles madrileñas, a 
la tarde siguiente los que retor¬ 
nan de Consejo traen notas, 
informaciones y recados de 
otras prisiones. Estamos perfec¬ 
tamente enterados de lo que 
sucede en todas y conocemos 
con unas horas de retraso los 
nombres de los compañeros, 
amigos o simples conocidos de 
cualquiera de ellas fusilados en 
los días precedentes. En todas 
las prisiones se respira una 
atmósfera similar a la de Yese¬ 
rías y son iguales, el hambre, 
los piojos, el hacinamiento, la 
dureza del trato y las tres for¬ 


maciones diarias para pasar 
recuento, cantar los himnos 
falangistas y dar los gritos de 
rigor. Aunque una mayoría de 
reclusos deben estar procesados 
son mayoría los que ignoran 
exactamente por qué, ya que 
nadie se ha tomado la molestia 
de comunicárselo. Como me 
sucede a mí, muchos han fir¬ 
mado una declaración policial 
sin leerla siquiera ni otro pro¬ 
pósito siquiera que salir cuanto 
antes del infierno dantesco de 
comisarías, cuartelillos, centros 
de Falange y otros cien lugares 
de detención e interrogatorio. 
Con todos sus sinsabores la 
peor de las cárceles es un 
paraíso comparado con los 
sitios por dónde casi todos 
hemos pasado antes de llegar a 
ellas. Unos pocos han sido visi¬ 
tados en las prisiones por los 
jueces que instruyen sus proce¬ 
sos; generalmente, sin embargo, 
los jueces tienen tanta prisa 
que, como le sucede al mío, juez 
especial de prensa y antiguo 
redactor de “El Debate", les 
falta tiempo para leernos las 
declaraciones firmadas contra 
nuestra voluntad y tras unos 
minutos de hablar se marchan 
para volver. 

LOS CONSEJOS DE 
GUERRA 

— ¡Eduardo de Guzmán 
Espinosa; preparado con todo 
para Consejo! 

Tampoco para hablar del 
desarrollo de los millares de 
consejos de guerra sumarísimos 
de urgencia que celebra el fran¬ 
quismo en la interminable pos¬ 
guerra española, tengo necesi¬ 
dad de enterarme por lo que 
otros cuentan. Me basta con 
relatar brevemente lo sucedido 
en el que hube de ser conde¬ 
nado, ya que todos se parecen 
entre sí como unas gotas de 
agua a otras. 

Cuando a las cuatro de la 
tarde del 17 de enero de 1940 
vocean mi nombre en Yeserías 
es la primera noticia que tengo 
de que, terminada la instruc¬ 
ción de mi proceso, voy a ser 


40 


juzgado a la mañana siguiente. 
Exactamente igual tes sucede a 
otros dieciseis reclusos de la 
misma prisión que media hora 
después, convenientemente 
esposados y custodiados por 
varias parejas de ta Guardia 
Civil, montamos en un camión 
descubierto con rumbo a las 
Salesas. Hacemos un breve alto 
en la Ronda de Atocha de la 
que salen otros catorce presos 
más y poco después de las cinco 
y media entramos sin bajarnos 
en los sótanos del Palacio de 
Justicia. 

Es un día glaciar del más 
crudo invierno. Sopla un viento 
helado que se mete en los hue¬ 
sos y del cielo encapotado cae 
una tina llovizna entremezclada 
con pequeños copos de nieve. 
Las calles están casi desiertas; 
no obstante, tanto en tas cerca¬ 
nías de. las cárceles como a la 
entrada de las Salesas hay gru¬ 
pos de mujeres, familiares nues¬ 
tros, que aguantan impertérri¬ 
tas todas las inclemencias del 
tiempo con la remota esperanza 
de ver a sus deudos o poder avi¬ 
sar a las familias de quienes van 
a ser juzgados a la mañana 
siguiente. 

En el rastrillo de entrada al 
ancho pasillo de los calabozos 
nos obligan a descender y nos 
cuentan luego de quitarnos las 
esposas. Antes que nosostros 
han llegado camiones de la cár¬ 
cel de mujeres de Ventas, de 
Santa Engracia, San Lorenzo y 
San Antón. En el curso de la 
tarde van llegando otros con 
más reclusos del resto de las 
prisiones. En tota!, somos más 
de doscientos a los que distri¬ 
buyen en seis o siete calabozos 
mientras las mujeres habrán de 
dormir tiradas en el suelo del 
pasillo. 

A las ocho reparten una cena 
tan escasa y poco alimenticia 
como la que recibimos en las 
cárceles. Media hora después 
con el pretexto de lavar el plato, 
beber agua o ir a los retretes 
-—situados al fondo del 
pasillo— podemos salir de los 
calabozos un momento v 
hablar con los traídos de otras 
prisiones. Encontramos a 


muchos compañeros, amigos o 
simples conocidos de la guerra, 
de los campos de concentración 
a las comisarías por que todos 
hemos pasado. Entre ellos está 
Miguel Hernández al que 
conozco hace años. Me sor¬ 
prende al terminar la lucha 
armada. Lamento que no sea 
así y se lo digo; igual le sucede a 
él con respecto a mí, ya que 
ninguno de tos dos podemos 
hacernos ilusiones acerca de la 
suerte que nos espera. 

Dos años más joven que yo y 
ocho o diez centímetros más 
alto. Miguel Hernández es un 
hombre de fuerte contextura 
Isica, aíre sereno y mirada 
franca. Está sin abrigo y viste 
unos pantalones de pana y un 
grueso jersey con cuello de 
cisne. Unos minutos hablamos 
de suerte de amigos y conocidos 
mutuos; yo le doy noticias de 
Ascanio, Girón y Mesón 
recluidos en Yeserías y éi de 
Aselo Plaza y otros compañe¬ 
ros encerrados en Conde de 
Toreno. 

—¡Ya está bien de cachon¬ 
deos! —grita de pronto irritado 
unos de los guardias que nos 
vigilan— ¡A los calabozos todo 
Cristo! Me van a meter un 
paquete y antes que eso... 

De regreso en el calabozo 
hablo con quienes comparten 
mi encierro de lo que hemos 


podido saber por los proceden¬ 
tes de las otras prisiones. Luego 
nos tumbamos en el suelo para 
procurar dormir. Hace mucho 
frío porque por un ventanillo 
pegado ai techo entra un frío 
helado. Algunos que han traído 
mantas pueden combatirlo con 
cierta eficacia; yo no he traído 
más que un abrigo y aunque 
procuro envolverme con é! no 
consigo que los pies entren en 
calor... 

—¡Daros prisa en lavaros — 
nos despiertan los guardias 
apenas amanece por los conse¬ 
jos comienzan a las diez y una 
hora antes...! 

Nos sobra tiempo, no sólo 
porque ninguno pierde dema¬ 
siado tiempo en acicalarse, sino 
porque los consejos se retrasan, 
A las diez empiezan a llamar a 
los que han de comparecer en el 
primero de los cinco que se 
celebran esta mañana. Pasa de 
las diez y media cuando oigo mi 
nombre. - 

—Ponte en esa fila —ordena 
un guardia que lleva una lista 
en la mano cuando salgo del 
calabozo. 

Formados en fila de a dos 
estamos las personas que 
vamos a ser juzgadas a un 
mismo tiempo. Vigilándonos 
con los fusiles en la mano, una 
docena de guardias civiles. Nos 
ponemos en marcha unos 



El dictador, rodeado de miembros del clero. Irás su victoria militar sobre una parte de la 

Nación 


41 

















Una rara tolo de una partida de maquis, durante la inmediata posguerra 


minutos después mientras 
siguen llamando a los que han 
de ser juzgados en otros Conse¬ 
jos. Vamos hacia e! rastrillo, 
pero no llegamos a él. A la 
derecha del pasillo hay una 
puerta cerrada. La abre uno de 
los guardias que van delante y 
le seguimos todos. Somos vein¬ 
tinueve en total. Entre los que 
van en cabeza distingo a Miguel 
Hernández. La puerta conduce 
a una escalera estrecha por la 
que subimos. Arriba, en el des¬ 
cansillo hay otra puerta más 
lujosa que la de abajo. La cru¬ 
zamos y salimos a una de las 
salas del Palacio de Justicia. 

—Sentaos ahí. Cuando entre 
el tribunal poneros en pie, en 
posición firmes y sin hab ar una 
sola palabra. ¡Al que abra 
siquiera los labios.,.! 

Ocupamos dos largos ban¬ 
quillos colocados ante el 
estrado. Tras de nosostros, los 
guardias ocupan otro, sin soltar 
los fusiles, vigilando nuestros 
menores movimientos. Aunque 
no nos permiten volvernos 
oímos entrar a quienes acuden 
a presenciar el acto. r*or su 
escaso ruido no deben ser 
muchos. 

Por orden de los guardias nos 
ponemos en pie cuando por una 
puerta del fondo entran uni¬ 
formados los componentes del 
tribunal y se sitúan tras una 
larga mesa. También hacen lo 
mismo, el fiscal y el defensor 
que dejan sobre sus mesitas 
respectivas montones de pape¬ 
les. Toma asiento el presidente, 
le imitan los vocales y hacen lo 
mismo fiscal y defensor. Son las 
once de la mañana del jueves 18 
de enero de 1940 cuando 
reunido el Consejo de Guerra 
Permanente número 5 de la 
plaza de Madrid da comienzo el 
juicio en que se deciden nues¬ 
tras vidas. 

Con la lectura del apunta¬ 
miento da comienzo el Consejo. 
El relator lee con rapidez, con 
el gesto de quien realiza una 
labor mecánica, aburrida y 
pesada. Ni levanta la voz ni da 
la debida entonación a las 
palabras. Aún estando tan cerca 
del estrado perdemos frases y 


aún párrafos enteros. Lo que 
lee no parece interesar a los 
miembros del tribunal, que 
escuchan con gesto ausente y 
ditraído, enfrascados en pen¬ 
samientos que ninguna relación 
guardan con lo que se ventila en 
¡a sala. Tampoco el fiscal y e! 
defensor le prestan demasiada 
atención. Uno y otro repasan 
los papeles que tienen sobre la 
mesa y de vez en cuando tachan 
o corrigen algo de lo que serán 
sus informes. 

La lectura se prolonga veinte 
minutos largos. Es una relación 
de nombres, casi totalmente 
desconocidos para mí, seguidos 
de una serie de graves imputa¬ 
ciones. A unos les acusan de 
formar parte del comité - del 
pueblo; a otros de haberse 
incautado de una tierras o de 
una empresa; a la mitad de 
haber pertenecido como volun¬ 
tarios al Ejército Popular; a 
unos cuantos de participar en el 
asalto de los cuarteles, de 
incendiar iglesias o de hacer 
guardia en la chekas. Miguel 


Hernández y yo figurábamos en ■ 
último lugar, lo que en este 
trance y circunstancias no signi¬ 
fica precisamente un honor. 

Miguel está sentado en el 
primer banquillo; yo en el 
segundo pegado materialmente 
al ocupado por las guardias. 
Los cargos contra tos dos guar¬ 
dan ciertas semejanzas, A Her¬ 
nández le culpan de haber sido 
comisario y pertenecer al Par¬ 
tido Comunista, intervenir en 
mítines y con érencias y realizar 
una intensa y constante propa¬ 
ganda contra las fuerzas nacio¬ 
nales. A mi de ser militante de 
la Confederación Nacional del 
Trabajo, haber sido redactor- 
jefe del periódico izquierdista 
“La Tierra” y director de “Cas¬ 
tilla Libre” en cuyas columnas 
se realiza una campaña alen¬ 
tando a una resistencia criminal 
cuando la guerra está perdida, 
pretendiendp convertir en vic¬ 
torias las derrotas rojas, siendo 
responsable moral de toda clase 
de tropelías y desmanes. 

Cuando termina el relator, 


42 











uno de los miembros del tribu- 
nal anuncia que iba a comenzar 
el interrogatorio de los proce¬ 
sados; pero el supuesto interro¬ 
gatorio no pasa de ser una sim¬ 
ple formalidad. Ya antes de 
nombrar al primero advierten 
que no podemos hacer otra 
cosa que contestar si o no a lo 
que nos pregunten sin hablar de 
nada que no se relacione direc¬ 
tamente con las preguntas; 
añaden que todo lo que pudié¬ 
ramos alegar en nuestro des¬ 
cargo figura ya en las declara¬ 
ciones prestadas durante la 
instrucción del sumario y no 
tenemos por qué repetirlo. 

El interrogatorio de los pro¬ 
cesados se desarrolla con velo¬ 
cidad vertiginosa. A medida 
que van nombrándonos tene¬ 
mos que ponernos en pie, sin 
accionar con las manos que 
deben permanecer como los 
brazos pegados a) cuerpo. Con 
nadie pierden el tiempo y a nin¬ 
guno le consienten más que 
contestar con monosílabos a 
unas preguntas de trámite. Es 
inútil que algunos quieran 
matizar o explicar sus respues¬ 
tas. Apenas pronunciadas dos 
palabras, le cortan imperativos: 

—¡Siéntese.,.! 

No queda más remedio que 
sentarse porque de no hacerlo 
en el acto los guardias obligan a 
cumplir la orden. Concluidos 
los interrogatorios se inicia un 
pequeño descanso al objeto de 
que tanto el fiscal como el 
defensor consulten sus notas y 
preparen las conclusiones defi¬ 
nitivas. Los miembros del tri- 
* 

bunal se levantan y abandonan 

la sala. A nosotros también nos 

■ 

gustaría levantarnos, pero ios 
guarías advierten: 

— ¡Quietos, sentados, sin 
moverse nadie, hablar ni hacer 
señas.,.! 

Ni siquiera podemos volver 
la cabeza para tratar de descu¬ 
brir si entre el público existente 
al acto están algunos familiares. 
Uno de los presos sentado a mi 
lado pregunta en voz baja y en 
tono respetuoso a los guardias 
cuando comparecen los testi¬ 
gos. 

—Aquí no tienen porque 


venir; ya han declarado ante el 
juez. 

La pausa se prolonga media 
hora. Al cabo los miembros del 
tribunal regresan a sus puestos 
y se reanuda el Consejo. 

—Tiene la palabra el señor 
fiscal. 

El fiscal empieza a hablar y 
lo hace durante veinte minutos 
en tono duro, agresivo, 
hiriente. Las palabras chusma, 
horda, criminales, salvajes y 
asesinos se repiten una y otra 
vez con machacona insistencia. 
En su informe abundan más los 
adjetivos que los sustantivos. 
Nos llama canallas, chacales, 
ignorantes, analfabetos, cobar¬ 
des, resentidos e infrahombres. 
Pero acaso más o ensivo que 
los vocablos sea el aire de 
abrumadora superioridad pro¬ 
pia y de absoluto desprecio 
hacia nosotros con que se 
pronuncian. 

Su apasionada disertación 
tiene dos partes perfectamente 
diferenciadas. En la primera, 
que dura seis o siete minutos, 
acusa a veintitantos de los pro¬ 
cesados de todas las barbarida¬ 
des habidas y por haber, atri¬ 
buyéndolas a los malos 
instintos y a la crasa incultura 
de sus autores, cuya incapaci¬ 
dad para distinguir el bien del 
mal les convierte en una peli¬ 
grosa amenaza para la socie¬ 
dad. En la segunda, que dura 
justamente el doble echa sobre 
los hombros de los restantes — 
Miguel y yo— todas las culpas 
de los demás sumadas a las 
nuestras propias. 

Según el fiscal nuestra 
máxima culpabilidad estriba 
precisamente en no ser analfa¬ 
betos, incultos ni ignorantes; en 
la capacidad de comprender 
dónde está el bien e inclinarnos 
resueltamente por el mal; en 
haber permanecido en zona 
roja durante la guerra, escri¬ 
biendo en defensa de una causa 
maldita, excitando con nuestra 
propaganda la resistencia con¬ 
tra las armas nacionales. Y al 
final, cuando se derrumba el 
edificio que nuestras mentiras 
contribuyeron a levantar, inten¬ 
tando eludir la acción de la jus¬ 


ticia: yo marchando a Alicante 
para tomar barco; Miguel bus¬ 
cando refugio en Portugal, en 
cuya frontera es rechazado, y 
acogiéndose más tarde a una 
embajada extranjera. 

Cuando se cansa, al fin, de 
acumular culpas sobre nuestras 
cabezas, cambia de tono y con 
frialdad impresionante empieza 
a calificar los hechos y solicitar 
condenas. Todos los procesa¬ 
dos estamos incursos en delitos 
de auxilio y adhesión a la rebe¬ 
lión. Para los primeros —tres o 
cuatro— pide penas de doce 
años y un día a veinte años de 
reclusión. Para los segundos 
veinte años y un día, reclusión 
perpetua o muerte. No es fácil 
llevar la cuenta de las distintas 
penas solicitadas dado nuestro 
estado de ánimo; creo, en cual¬ 
quier caso, que las peticiones de 
última se elevan a diecisiete; 
entre ellas están, naturalmente, 
las solicitadas para Miguel 
Hernández y para mí. 

—Puede informar el señor 
defensor. 

El defensor —al que no 
hemos nombrado ninguno, con 
el que no hemos cambiado una 
sóla palabra cuyo nombre igno¬ 
ramos en este preciso instante 
es un hombre joven, ponderado 
y sereno que hace con absoluta 
buena fe e indudable voluntad 
todo lo que puede en favor de 
los procesados. Como más 
tarde dirá a los familiares de 
algunos, recibe los veintinueve 
expediente la tarde anterior y 
no ha podido leerlos. Sin 
tiempo material para estudiar 
cada caso, teniendo qe infor¬ 
mar sobre la marcha con todas 
tas limitaciones que imponen 
los consejos de guerra sumarí- 
simos de urgencia, su labor tro¬ 
pieza con enormes dificultades. 
En realidad, apenas puede 
hacer otra cosa que contestar al 
fiscal con sus propios argumen¬ 
tos. 

Admite que, como ha dicho 
el fiscal, una parte de los incul¬ 
pados sean ignorantes e incul¬ 
tos, incluso enfermiza morbo¬ 
sidad. Pero entiende que nada 
de ésto puede ser considerado 
como agravante, sino como 


43 


eximente; en el peor de los 
casos, como atenuante. El anal¬ 
fabetismo pocas veces es culpa 
de quienes lo padecen, sino del 
ambiente familiar y en último 
término de la sociedad. En 
cuanto a los enfermos, todavía 
existen razones más sólidas 
para reducir al mínimo el 
castigo. 

Considera que Miguel Her¬ 
nández es un buen poeta; de 
temperamento ardoroso y exal¬ 
tado, pero excelente persona. 
Contra él no hay más que sus 
versos políticos, su labor en el 
comisariado y su adscripción al 
comunismo marxista; pero 
nadie le imputa una acción des¬ 
honesta o sanguinaria. En 
cuanto a mí estima que me he 
limitado a cumplir lo que con¬ 
sideraba mi deber, dada la sig¬ 
nificación política que tenía con 
anterioridad a la guerra, y que 
por grande que fuese mi res¬ 
ponsabilidad, empezaba y con¬ 
cluía con mi labor periodística. 

Respecto a las sentencias, el 
defensor solicita que sean reba¬ 
jados en un grado las penas 
pedidas por el fiscal. Los acu¬ 
sados de adhesión debemos ser 
condenados, de acuerdo con lo 
señalado en el párrafo segundo 
del artículo 238 del Código de 
Justicia Militar a cadena 
perpetua. 

Finaliza el Consejo con las 
alegaciones de los procesados. 
En realidad ésta última parte 
del Consejo es puramente 
nominal y teórica porque a nin¬ 
guno le dejan hablar arriba de 
dos minutos. Hay un poco de 
desconcierto cuando uno de los 
inculpados pregunta por qué le 
han condenado a muerte 
cuando ni el relator ni el fiscal 
le han nombrado para nada, 
excepto ese último al solicitar 
las condenas. Le contestan con 
aspereza que todavía no le han 
condenado a nada porque 
todavía no se ha dictado sen¬ 
tencia. Y en cuanto a los moti¬ 
vos de la petición fiscal, han 
sido expuestos con absoluta 
nitidez. 

—Si estaba usted dormido o 
no entiende el castellano, la 
culpa es suya. 


El juicio termina pocos 
minutos después. Los compo¬ 
nentes del tribunal dejan sus 
asientos para abandonar la 
sala. Los guardias nos obligan a 
lenvantarnos para ganar la 
escalera que conduce a los 
calabozos. Puedo volver la 
cabeza y mirar al público. La 
concurrencia ha sido muy 
escasa. La constituyen menos 
de cincuenta personas, proba¬ 
blemente familiares de los pro¬ 
cesados, fuera de ellos, no 
parece que nadie se preocupe ni 
interese por nuestra suerte. 

—Es ya la una menos diez,— 
dice uno de los civiles que nos 
conduce hablando con un 
compañero. 

Hago un cálculo fácil y 
rápido. El Consejo ha durado 
menos de dos horas. Descon¬ 
tando el descanso de media 
hora, ochenta minutos escasos. 
Ochenla minutos en que se ha 
decidido la suerte de veinti¬ 
nueve personas, más de la 
mitad de las cuales acaban de 
ser condenadas a morir fusila¬ 
das. 

En el ancho pasillo de los 
calabozos reina cierto barullo 
cuando bajamos. Otros dos 
consejos han terminado casi al 
mismo tiempo y estamos con¬ 
fundidos y revueltos mas de un 
centenar de los que han compa¬ 
recido en ellos. Los dos juicios 
restantes no tardan en concluir 
y otro centenar de presos viene 
a aumentar la confusión 
reinante. Los guardias imponen 
orden a gritos y empujones. 

—Que cada uno vuelva al 
calabozo en que dejó sus cosas 
—ordenan- porque no tardarán 
en llegar los camiones para 
devolverlos a sus cárceles. 

Entro en el calabozo en que 
pasé la noche anterior. Están ya 
de regreso catorce o quince de 
los presos de Yeserías y Ronda 
de Atocha. La atmósfera es 
sombría. Para la mayoría los 
fiscales han solicitado penas de 
muerte y casi todos piensan, 
como yo mismo, que tienen 
muy escasas posibilidades de 
salvarse. 

No hay que darte vueltas 
—dice un hombre cuarentón 


con aire de campesino al que vi 
por primera vez la tarde ante¬ 
rior al subir al camión que nos 
traía—. ¡Nos matarán a todos! 

Recoge la manta porque hace 
frío y va a tumbarse en un rin¬ 
cón. Regresan en este momento 
los que han comparecido en el 
último de los consejos. Uno de 
ellos resume lo sucedido 
diciendo: 

—De treinta y cinco, veinti¬ 
dós “pepas”. 

Un coche celular viene a 
recoger a las mujeres y queda 
despejado el pasillo. Media 
hora después unos camiones se 
llevan a los presos de Comen¬ 
dadoras, Conde de Toreno, 
Santa Engracia y San Antón. 
Nuestro camión se retrasa mas 
de la cuenta. Cerca de las tres 
de la tarde viene el guardián del 
rastrillo metiéndonos prisa. 
Uno de los vehículos que debía 
llevarse a los presos se ha ave¬ 
riado y otro tiene doble trabajo. 

—Salid rápidos que el 
camión tiene aun que hacer 
varios viajes. 

Salimos al pasillo, pero den¬ 
tro del calabozo queda tum¬ 
bado el individuo que hace 
hora y media aseguraba que 
nos matarían a todos. Cre¬ 
yendo que está dormido, un 
guardia entra furioso a desper¬ 
tarle. Tira de la manta y 
exclama disgustado y colérico; 

—¡Lo único que nos faltaba 
esta tarde...! 

Nos acercamos para ver lo 
que sucede. El hombre per- 
mance tumbado inmóvil con las 
ropas manchadas de sangre. 

—Se ha cortado las venas de 
la muñeca. 

Está muerto. Acude, el sar¬ 
gento y varios guardias más que 
comprueban que no alienta. El 
sargento reacciona violento 
contra nosotros. Tras hacernos 
formar nos increpa a voces: 

—¡Sois una partida de hijos 
de puta...! No pensáis mas que 
en joderme. En cuanto me des¬ 
cuido, suicidios... ¿Porqué no 
os mataís en la cárcel antes de 
venir aquí...? Levároslo, llevᬠ
roslos antes de que pierda la 
cabeza y empiece a tiros con 


44 


estos cabrones,.. ¡Fuera de 
aquí! 

Los guardias nos empujan 
hacia el rastrillo donde aguar¬ 
dan los civiles mientras el sar¬ 
gento continúa vociferando a 
nuestra espalda. Atravesamos 
el rastrillo de dos en dos y van 
esposándonos a medida que 
salimos. Un cabo nos cuenta, 
compara nuestro número con el 
que aparece en unos papeles que 
tiene en la mano y^comprueba 
que falta uno. ¿Dónde está? 

—Se suicidó cortándose las 
venas. 

El cabo se encoge de hom¬ 
bros, indiferente. Le preocupa¬ 
ría si en el momento de suici¬ 
darse hubiera estado bajo su 
custoria. Pero no le basta que se 
lo digan de palabra; necesita un 
justificante escrito de por qué 
devuelve un preso menos. Nos 
hacen subir al camión y espe¬ 
ramos. El cabo de la Guardia 
civil atraviesa el rastrillo y 
habla con el sargento de Segu¬ 
ridad. Los dos juntos desapare¬ 
cen de nuestra vista discu¬ 
tiendo. Diez minutos mas tarde 
el cabo regresa guardándose 
unos papeles. 

—Asunto resuelto. ¡Vámo¬ 
nos! 


EL TERROR QUE 
NO CESA 

Las sentencias dictadas por el 
Consejo de Guerra Permanente 
número 5 de la Plaza de Madrid 
son aprobadas por el ilustrí- 
simo Auditor de Guerra con 
fecha 25 de enero de 194;). Una 
mayoría de los condenados son 
fusilados en el primer semestre 
del año. Una minoría somos 
indultados. Miguel al final de la 
primavera de 1940; yo el 21 de 
mayo de 1941. (Es tal la situa¬ 
ción y la política represiva del 
régimen que yo debo el conti¬ 
nuar vivo o permanecer un año 
más condenado a muerte, con 
todo el espanto que esto significa. 
En efecto, apenas indultado Her¬ 
nández es conducido en unión 
de varios centenares más a la 
cárcel de Palencia donde se 
amontonaban cuatro veces más 


presos de los que puede conte¬ 
ner; el invierno del 40 al 41 es 
duro y penoso en toda España; 
en la cárcel de Palencia el ham¬ 
bre es espantosa y cada día 
fallecen varios reclusos víctimas 
de la falta de alimentación y de 
las enfermedades carenciales 
derivadas de elia. Muy alejado 
de su familia, Miguel enferma; 
cuando en gracia al temible 
“turismo penitenciario” 
—ideado por don Máximo 
Cuervo, propagandista católico 
y director de la Biblioteca de 
Autores Cristianos para mayor 
castigo de rojos— es trasladado 
a Ocaña ya la tuberculosis 
muerde en sus pulmones; una 
nueva condución ordinaria le 
lleva al Reformatorio de Adul¬ 
tos de Alicante, donde ingresa 
mas muerto que vivo. En esta 
prisión fallece el 28 de marzo de 
1942. Yo logro sobrevivir por¬ 
que permanezco dieciseis meses 
en celda de condenado en la 
prisión de Santa Rita, donde los 
miles de reclusos han decidido 
espontánea y generosamente 
renunciar a un poco del escaso 
rancho que reciben para que los 
sentenciados a morir fusilados 
reciban un poco más de 
comida. 

Con el transcurso de los años 
el número de presos va dismi¬ 
nuyendo por la muerte de 
muchos, el cumplimiento de 
condenas y los indultos — 
nunca amnistías— que muy 
espaciados entre sí va conce¬ 
diendo el franquismo. Se cie¬ 
rran muchas cárceles y se inau¬ 
guran otras como la nueva 
Cárcel modelo de Carabanchel. 
Pero en el fondo y la forma, la 
situación sigue siendo la 
misma, amontonamiento de 
presos, falta de condiciones 
higiénicas, escasez de comida y 
trato inhumano de los reclusos. 
Los presos que van siendo libe¬ 
rados —mi certificación de 
libertad definitiva tiene fecha 
de 15 de diciembre de 1948-— 
van siendo sustituidos por los 
acusados de delitos posteriores 
al final de la guerra, de la reor¬ 
ganización clandestina de par¬ 
tidos políticos y sindicatos 
obreros o por haber combatido 


en el maquis —donde la lucha 
se prolonga hasta bien entrados 
los años sesenta— con varios 
millares de muertos y doble 
número de prisioneros. El 
terror franquista persiste duran¬ 
te durante la vida entera de su 
fundador. Sus últimos consejos 
de guerra sumarísimo y de 
urgencia tienen lugar en el 
verano de 1945 y terminan con 
los fusilamientos de cinco anti¬ 
fascistas el 27 de septiembre de 
1975. 

Con absoluta certeza puede 
afirmarse que el terror sistemᬠ
tico es, aquí como en todas par¬ 
tes, e! principal y casi único sos¬ 
tén de todas las dictaduras. Y lo 
que justifica, por encima de 
todos los argumentos que sus 
partidarios puedan esgrimir los 
muchos años que don Francisco 
Franco Bahamonde ocupa el 
poder en el estado español. 
■ E. G, 



Monumento a ias victimas de la Barranca 
de Lardero, obra del escultor Rubio Da! 
mat* Memoria viva de un pasado Que no 

debe repetirse. 


45 














El telón de silencio 


f 1 L siguiente artículo apareció por primera 
rf vez en la revista « Esprit», de París, 
M. J número de septiembre de 1956, En 1959 
fue reproducido en el libro «Apologie de la Cen¬ 
sure», de Laurent Goblot, en las Editions Subervie. 
Se mencionó en «Esprit» que el texto, enviado desde 
España, no podía aparecer firmado. Esta es la pri¬ 
mera vez que se publica en su idioma original. 


A 


veces el Ministro de 
Información y Purismo, 
don Gabriel Arias Sal¬ 
gado, piensa. Son momentos 
importantes en la vida del 
Ministerio, Los pasillos se tapi¬ 
zan de silencio, los ujieres mon¬ 
tan guardia en torno al despa¬ 
cho y espantan como a moscas 
a los funcionarios suficiente¬ 
mente insensatos como para 
pasar silboteandc la melodía 
triste e histórica del himno 
imperial descubierto por el 
padre Otaño —musicólogo del 
régimen— en el archivo de 
Salamanca: ese himno que 
desde entonces martillea varias 
veces al día el oido de los espa¬ 
ñoles cuando precede al boletín 
de información de Radio 
Nacional al que en el lenguaje 
popular se sigue llamando «el 
parte», como en la guerra. 

Los ujieres son antiguos 
combatientes de las JONS. 
Están mal contenidos en su uni¬ 
forme de paño azul con los 
galones del Cuerpo de Porteros 
Civiles: ha sido su único botín 
de guerra. Se llevan el dedo a la 
boca para indicar lo que e! 
momento tiene de anormal: 

— ¡Su Excelencia está 
pensando! 

Don Gabriel Arias Salgado 
no ejerce frecuentemente esta 
facultad intelectual. Sin 
embargo-el conjunto de sus dis¬ 
cursos y textos ha llegado a 
formar un libro, aparecido 
recientemente, con trescientas 
largas páginas, titulado «Doc¬ 
trina de la Información». Citas 
hábilmente breves e imprecisas 


de los Papas y los Padres de la 
Iglesia, referencias exactas a las 
palabras de Franco, comenta¬ 
rios escépticos acerca de la 
libertad de prensa, estadísticas 
apresuradas y parciales, forman 
el cuerpo principal de este libro 
por cuyas páginas se pasea a su 
placer la doctrina personal de 
Su Excelencia acerca de la 
Información. Si alguien se per¬ 
mitiese faltar al respeto que 
inspira la enfática grandeza de 
Su Excelencia resumiría sus 
doctrinas con pocas palabras: 
la Autoridad tiene siempre 
razón por el hecho mismo de 
tener autoridad; el ciudadano 
medio no tiene, evidentemente, 
los elementos de juicio que 
posee la Autoridad para com¬ 
prender los problemas naciona¬ 
les. El sentido común habría 
requerido que se compensase 
esa debilidad de ese ciudadano 
proporcionándole más elemen¬ 
tos de juicio. Pero el señor 
Ministro no tiene un sentido 
demasiado común, y escoge un 
camino más cierto: convencer 
al ciudadano de que, menor de 
edad y de estado, lo mejor que 
puede hacer es mostrarse respe¬ 
tuoso y obediente hacia la auto¬ 
ridad. Para eso, la Autoridad 
—el señor ministro— dispone 
de periodistas, de escritores. La 
misión de éstos consiste en 
callar lo que la Autoridad 
quiere callar, a difundir todo lo 
que la Autoridad quiere decir. 
Si alguna vez el ciudadano 
tuviera la tentación de alzarse 
contra la Autoridad sería por¬ 
que su visión es corta y su igno¬ 


rancia inmensa: el periodista 
debe sacarle de su error. La 
prensa debe estar «orientada». 
Esta es la clave de Don Gabriel 
Arias Salgado. La Autoridad, 
en este caso, se convierte en el 
mismísimo Oriente; el primer 
rayo de sol que ilumina al 
periodista al comenzar su dura 
labor. Este periodista no nece¬ 
sita buscar la verdad, ni debe 
intentar buscarla, puesto que él 
mismo carece de la autoridad 
necesaria: ¡a verdad se le 
entrega ya encontrada, ya 
definitiva. 

Existe incluso un cuerpo de 
especialistas para la prepara¬ 
ción de las verdades: el Cuerpo 
de Técnicos de la Información, 
a cuyas oposiciones de ingreso 
no tienen acceso los periodistas 
profesionales. Ese cuerpo ha 
sido concebido y creado para ¡a 
elaboración de las «consignas», 
incluyendo la redacción de artí¬ 
culos y comentarios que se 
envían a cada periódico acom¬ 
pañados por la mención «de 
inserción obligatoria», e incluso 
con indicaciones acerca de la 
confección tipográfica y de las 
dimensiones de la titulación. 
Hay dos formas de verdad: la 
objetiva y la subjetiva. La obje¬ 
tiva carece generalmente de 
valor en la doctrina del Minis¬ 
tro. Es un hecho descarnado, 
arrancado de su contexto y sus 
circunstancias. La verdad sub¬ 
jetiva, en cambio, emana de la 
Autoridad que la matiza, la 
completa, la ayuda a conver¬ 
tirse en una verdad bien perfi¬ 
lada. Un ejemplo: decir que en 
el norte del país ha brotado una 
serie de huelgas es una verdad 
objetiva falta de calidad y peso. 
Por el contrario, decir que han 
sido registradas algunas ausen¬ 
cias del trabajo, motivadas por 
«ciertos elementos enviados 
desde el extranjero con instruc¬ 
ciones de provocar» constituye 
una verdad subjetiva, una ver¬ 
dad orientada. 

Don Gabriel Arias Salgado, 
gran caballero, pálido y bonda- 



46 


4 ” 






doso, austero y sencillo, con los 
oíos iluminados por los renejos 
de sus gruesas gafas de estudio, 
resultado de nueve años de apli¬ 
cación en el seminario de los 
padres jesuítas, cree en la vali¬ 
dez de su propia teoría con la fé 
del carbonero (sin que esta 
comparación manche su noble 
sillón en el Consejo de Minis¬ 
tros). Cuando recientemente 
alguien le dijo, con el respeto 
debido, que las artes y oficios 
de la expresión sufrían como 
consecuencia de la práctica de 
sus doctrinas, Don Gabriel dejó 
aparecer en su rostro la sonrisa 
melancólica de la Autoridad 
que sabe, y dio esta razón 
sorprendente: 

—Diga usted lo que quiera, 
pero le voy a hacer una revela¬ 
ción. Antes de que implantáse¬ 
mos estas nuevas normas de 
orientación el noventa por 
ciento de los españoles iban al 
infierno. Ahora, gracias a nos¬ 
otros, sólo se condena el veinti¬ 
cinco por ciento de los 
españoles... 


Cayó un silencio admirativo 
tras estas palabras, y don 
Gabriel dejó brillar aún más su 
sonrisa. Después, continuó: 

—Puedo dar algunos detalles 
más concretos... Tengo en mi 
poder estadísticas relativas a los 
vicios solitarios en las escuelas. 
Si se comparan estas cifras con 
las de la época de la República 
se observa una disminución 
notable, incluso espectacular. 
¿Qué puede usted oponer a 
ésto? 

Nada. Nadie podía oponer 
nada. Como no pudo nada 
tampoco un antiguo secretario 
de Arias Salgado a lo que éste le 
había dicho unos años antes. 
Arias Salgado era entonces 
Gobernador de Salamanca y 
por su cargo disponía de un 
palco permanente en el teatro. 
Un día, su secretario se atrevió 
a preguntarte: 

—Señor Gobernador, ¿asis¬ 
tirá usted esta noche al teatro? 

Seco y cortante: 

—No. ¿Por qué? 

—Porque si usted no utilizase 


su palco, vo me permitiría... 

Arias Salgado le miró triste¬ 
mente y después, con una voz 
cansada, débil, bondadosa, 
susurró: 

—Entonces, hijo mío, usted 
es una de esas personas que van 
al teatro... 

Si se piensa que Don Gabriel 
es hoy el ministro del teatro — 
porque ese arte perseguido a 
través de los siglos depende del 
ministerio de información y 
Turismo—,esa respuesta puede 
hacer meditar acerca del vigor 
de la escena española. 

De esta forma se ha acabado 
por instituir en España una 
serie de medios de información 
y de expresión bien orientados, 
según ¡as consignas de la ver¬ 
dad subjetiva. La prensa espa¬ 
ñola responde exactamente a 
las esperanzas puestas en ella. 
Y, sin embargo, nuestra Auto¬ 
ridad ha perdido su batalla. 
Don Gabriel Arias Salgado, 
sobre quien pesa hoy el dolo¬ 
rido fantasma de la destitución 
en la primera crisis que ha va. 


47 





















Gabriel Anas Salgado. Ministro de Información y Turismo de 1951 á 1962 


ha sido vencido: no ha sido 
capaz de encontrar lectores 
para sus anémicas y aburridas 
publicaciones. Una informa¬ 
ción publicada recientemente 
por la UNESCO cita a España 
entre los últimos países de la 
lista de lectores periódicos: sólo 
Grecia y Turquía ocupan luga¬ 
res más bajos. Incluso naciones 
de alto coeficiente de analfabe¬ 
tismo, como Egipto, presentan 
mayor número de periódicos en 
relación con los habitantes. Un 
ejemplo lo explica todo: uno 
sólo de los grandes diarios 
madrileños de antes de la gue¬ 
rra, «El debate», o «El socia¬ 
lista», vendía más ejemplares de 
los que suman todos los diarios 
madrileños de hoy, cuando la 
población de la capital se ha 
duplicado. Los siete diarios de 
Madrid venden normalmente 
en las calles de la ciudad unos 
250.000 ejemplares. Muchos de 


entre ellos ofrecen probable¬ 
mente las más bajas cifras de 
tirada de las capitales europeas. 
«Arriba», órgano oficial de la 
Falange, apenas alcanza los 
diez mil ejemplares diarios, 
aunque su tirada of icial sea más 
alta puesto que cuenta con las 
suscripciones oficiales y un ele¬ 
vado número de ejemplares se 
distribuyen gratis a los afiliados 
a Falange en todo el país. «El 
Alcázar», fundado en Toledo 
durante el sitio de la escuela 
militar, y transferido ahora a 
Madrid como periódico de la 
tarde, ha descendido a tres mi ; 
ejemplares diarios. En provin¬ 
cias hay algunos periódicos que 
no pasan de los mil ejemplares 
diarios. 

¿Cómo, con esas cifras de 
venta, pueden continuar exis¬ 
tiendo esos periódicos? En pri¬ 
mer lugar, reduciendo sus gas¬ 
tos. La prensa española no 


puede disponer de grandes ser¬ 
vicios mundiales de informa¬ 
ción y de colaboraciones. Lo 
esencial de cada publicación 
esta suministrado por la tra¬ 
ducción clandestina de artícu¬ 
los de la prensa extranjera, la 
colaboración de los aficiona¬ 
dos, tas notas y los discursos 
oficiales, las fotografías de 
publicidad cinematográfica y 
las que distribuyen los agrega¬ 
dos de prensa de las embajadas 
extranjeras: todo ello consti¬ 
tuye una contribución eficaz a 
la cultura del aburrimiento vigi¬ 
lada por la censura. Para lo 
demás, la Agencia EFE es sufi¬ 
ciente. Dirigida por el teórico 
de asuntos exteriores del 
gobierno, Pedro Gómez Apari¬ 
cio, esta agencia se nutre exclu¬ 
sivamente de las informaciones 
que le suministra la agencia 
norteamericana United Press 
deplorablemente traducidas. La 


48 




























primera «orientación» para 
modificar ese material corres¬ 
ponde personalmente a Gómez 
Aparicio; lo cual no excluye las 
intervenciones ulteriores y ofi¬ 
ciales de la censura: ia del 
Ministerio de Información, la 
del Ministerio de Asuntos Exte¬ 
riores, cada una de ellas inde¬ 
pendiente de la otra. 

Cuando las noticias llegan a 
publicarse no solamente han 
perdido su «verdad objetiva», 
sino también su actualidad. 
Ninguna agencia extranjera — 
ni France Presse, ni Reuter. ni 
Associated Press— ha conse¬ 
guido vencer ese monopolio, a 
pesar de la oferta reiterada de 
contratos superiores a los de 
United Press. Fue en vano que 
llegasen incluso a aceptar que 
las noticias fuesen retocadas de 
acuerdo con las instrucciones 
del Ministerio: no han conse¬ 
guido nada. 

Mientras don Gabriel Arias 
Salgado elabora consciente¬ 
mente y minuciosamente su 
«Doctrina de la Información», 
alguien, en otro despacho del 
mismo ministro, se encarga de 
su realización efectiva. Don 
Juan Aparicio López, director 
general de prensa, es, podría 
decirse, el escudero de Arias 
Salgado. Físicamente los dos 
personajes recuerdan una cari¬ 
catura de Don Quijote y San 
cho, aunque sus cualidades 
morales sean diferentes. Alto, 
delgado, ligeramente inclinado 
por el peso de la Autoridad 
sobre sus espaldas, el Ministro 
es idealista. Pletórico. exaltado, 
pequeño y audaz, don Juan 
Aparicio tiene ia misión de 
dirigir los asuntos del perio¬ 
dismo en esta baja tierra. Dis¬ 
tribuye sanciones y premios, 
tiene sus favoritos sus enemi¬ 
gos. La cabeza pelada, el vien¬ 
tre potente, la mano en el cha¬ 
leco, cultiva un cierto parecido 
con Napoleón Bonaparte. Una 
enorme mesa en su despacho 
está cubierta de un zoo de cris¬ 
tal: colecciona miniaturas de 
animales. Y extravagantes cor¬ 
batas. Es un hombre que escapa 
a lo ordinario. Dotado de una 
prodigiosa memoria que cultiva 


y exhibe con orgullo, Aparicio 
guarda en su cerebro los datos 
de cada uno de los dos mil 
periodistas españoles: vida 
íntima, artículos publicados, 
situación económica, no duda 
en utilizar estos informes 
cuando lo juzga conveniente. 
Sus ideas personales acerca de 
la libertad de prensa difieren de 
tas del Ministro en que cree que 
él se puede conceder a sí mismo 
la libertad completa de escribir, 
pero no a los otros. Arias Sal¬ 
gado no se concede ni siquiera a 
sí mismo la libertad total. 

Del despacho de Juan Apari¬ 
cio salen diariamente las reglas 
de la censura. Determina el 
lugar y la dimensión que deben 
ocupar las noticias en cada 
periódico. Fija los temas de los 
que no se puede hablar y aque¬ 
llos que, por el contrario, deben 
ser exaltados y comentados. 
Organiza las campañas que 
deben ser orquestadas en los 
diferentes periódicos del país. 
No hay un sólo tema, por 
pequeño que sea, que escape a 
su perspicacia. Por ejemplo, 
hace poco dio a los directores 
de los periódicos la orden de 
hablar abundantemente —con 
artículos y fotografías— de un 
concurso de habaneras organi¬ 
zado en la ciudad de ¡ orrevieja, 
en la provincia de Alicante. 

La habanera es una canción 
que combina los ritmos y los 
temas españoles con los de las 
Antillas; es el último recuerdo 
de la guerra de Cuba. Don Juan 
Aparicio acababa de comprar 
una finca en ese pueblo, con la 
modesta pero sólida fortuna 
que ha podido acumular 
durante sus años de servicio a la 
Autoridad y no soportaba que 
un acontecimiento de tanta 
importancia sentimental como 
el concurso de habaneras 
pudiese quedar ignorado del 
mundo. Esta misma pasión que 
Aparicio puede poner en satis¬ 
facer un tema personal la 
reserva también para temas 
más distantes y extraños de la 
realidad española. Así se 
empeña en demostrar que 
Eisenhower no está tan 
enfermo como parece: así 


demuestra la afiliación de Pie- 
rre Mendes-France a la 
masonería. 

La sagacidad desplegada por 
Juan Aparicio para evitar que 
los españoles vuelvan a caer — 
por ignorancia— en algún tema 
peligroso le ha hecho célebre. 
Se tardó un cierto tiempo en 
comprender por qué ias noti¬ 
cias relativas a la caída de 
Perón fueron discretamente 
limitadas por los servicios de la 
censura. ¿No era Perón un 
enemigo de! catolicismo? ¿No 
se había mostrado, durante los 
últimos años de su dictadura, 
enemigo del régimen español? 
Ciertamente: pero en la caída 
de Perón el pueblo podía ima¬ 
ginar la caída posible de 
¡•'raneo. Las fotografías mos¬ 
trando cómo las estatuas de 
Juan Domingo y de Evita se 
arrastraban por las calles de 
Buenos Aires no pudieron 
jamás publicarse en la prensa 
española. Algo parecido se 
reprodujo con la noticia de la 
muerte de Stalin. «No hay que 
darle demasiada importancia», 
aconsejó Aparicio a los directo¬ 
res de periódico. «Títulos de 
cuerpos pequeños, y nada de 
fotografías, nada de biografías. 
No intenten especular con lo 
que pueda ahora suceder en 
Rusia». A quienes, estupefac¬ 
tos, preguntaban las razones de 
esta orden, Aparicio les res¬ 
pondía con una verdad 
subjetiva: 

—Si por desgracia Franco 
muriese, los periódicos rusos no 
publicarían ni biografías, ni 
fotografías, y no considerarían 
el acontecimiento como 
extraordinario. Nosotros 
debemos adoptar la misma 
actitud. 

Pero la verdad objetiva era 
otra: por una parte, no conve¬ 
nía mostrar que la URSS podía 
cambiar de política y admitir la 
«dótente»; por otra parte no 
convenía dejar ver al pueblo 
que la muerte de un sólo hom¬ 
bre con poder absoluto puede 
cambiar la vida en un país. 
Incluso ahora la prensa espa¬ 
ñola se obstina a demostrar que 
nada ha cambiado en la URSS 

49 



Pedro Gome* Aparicio en el momento de la jura de su cargo como Vocal del Tribunal de 
Apelación de Etica Profesional Periodística., en la década de los sesenta. 


A propósito de esta acción de 
Aparicio un periodista ameri¬ 
cano ha contado que, algún 
tiempo después, Franco recibió 
en audencia privada al perio¬ 
dista Francisco Casares, secre¬ 
tario de la Asociación de la 
Prensa de Madrid, el cual se 
atrevió a exponer tímidamente 
la mala situación de los perió¬ 
dicos españoles. Franco dijo, 
más o menos: 

— Como siempre, ustedes 
dirán que es por culpa de la 

censura, Y no tendrán razón. 
Lo que pasa es que los periodis¬ 
tas españoles no conocen su 
oficio. Un ejemplo: acaba de 
morir Stalin. Era una gran oca¬ 
sión para los periodistas. Y he 
visto que se han limitado uste¬ 
des a publicar una pobres noti¬ 
cias: ni una fotografía, ni una 
biografía... ¡No irá usted a 
decirme que es por culpa de la 
censura! 

francisco Casares, eviden¬ 
temente, no se lo dijo. 

Juan Aparicio es probable¬ 
mente e! político más sagaz del 
régimen. Ha descubierto que la 
peor amenaza para la situación 
española está en la sucesión de 
las nuevas generaciones. Los 
periodistas supervivientes de la 
guerra o de la posguerra tienen 
numerosas razones para acep¬ 


tar la dictadura de la dirección 
de la dirección general de 
prensa. Aunque en España se 
cultive la gerontocracia, el 
reino de la senilidad, como un 
estimable valor político, ¡a 
renovación de la profesión 
periodística es inevitable. Para 
proveer, Aparicio ha creado —y 
es su obra preferida— dos 
escuelas de periodismo, una en 
Madrid y otra en Barcelona. La 
legislación del Ministerio 
obliga a los directores de perió¬ 
dico a reclutar su personal 
exclusivamente entre los perio¬ 
distas en posesión de un 
diploma oficial que entrega la 
dirección general, que firma 
Aparicio y que ratifica la firma 
de Arias Salgado. Hay, además, 
una disposición paralela que 
bloquea la distribución de títu¬ 
los y que desde hace años se 
reserva exclusivamente a los 
alumnos que salen de la 
Escuela. Para ingresar en la 
Escuela se exige, además del 
título de bachiller, un certifi¬ 
cado de antecedentes penales 
negativo, un certificado de 
adhesión al régimen y una 
autobiografía completa caligra¬ 
fiada por el aspirante. Durante 
los cursos se vigila cuidadosa¬ 
mente a cada estudiante Una 
forma ligeramente liberal de 


considerar los problemas, la 
publicación de una novela o de 
un libro de poemas que, aún 
aprobados por ia censura, no 
hayan recibido la bendición 
personal de don Juan Apari¬ 
cio, una conversación dema¬ 
siado libre en un café, son ele¬ 
mentos suficientes para 
provocar la expulsión. Ocurre a 
veces que un alumno no sepa 
por qué un profesor le suspende 
reiteradamente, aunque 
conozca a fondo la asignatura: 
es que ese profesor ha recibido 
de Aparicio la orden de actuar 
de tal manera que el alumno no 
tenga acceso a los cursos supe¬ 
riores y abandone la profesión. 
Los profesores son nombrados 
directamente por el director 
general de prensa, sin ningún 
examen previo, sin concurso ni 
oposición. De la misma manera 
pueden ser expulsados sin nece¬ 
sidad de abrir un expediente 
administrativo. 

Se calcula que aproximada¬ 
mente el ochenta por ciento de 
alumnos que ingresan en la 
escuela no llegan a terminar sus 
estudios: han sido eliminados 
por sus tendencias personales, 
culpables de diferir de las del 
director de la escuela y de la 
prensa, Juan Aparicio. 

Este sistema de prensa no 
permite ni siquiera utilizar la 
tensión o la emoción por temas 
que incluso favorecerían al 
régimen, puesto que la polé¬ 
mica está prohibida, sea cual 
sea su causa. No hay ninguna 
posibilidad de discusión entre 
católicos practicantes, o entre 
falangistas militantes, dado que 
la Autoridad no puede admitir 
las «rupturas de unidad»; y 
entiende por «unidad»» las 
reglas que ella misma emana. 
La atonía nacional instaurada 
asi repercute de manera angus¬ 
tiosa, estos últimos años, sobre 
las otras artes y medios (u ofi¬ 
cios) de la expresión. Más grave 
que la censura en sí —que un 
;scritor con oficio y experiencia 
puede siempre bordear, como 
lo hicieron los clásicos españo¬ 
les del tiempo de la 
Inquisición— es la atmósfera de 
censura. Ya el lector tiene 


50 



miedo de la letra impresa: sose- 
cha en ella o propaganda o bal¬ 
buceo, Cualquier traducción 
extranjera se vende más en 
España que cualquier libro 
nacional. Ciertamente existe 
también una censura para las 
traducciones, pero es mucho 
más cómoda que la que ator¬ 
menta a los escritores españo¬ 
les, porque se entiende siempre 
que los escritores extranjeros 
expresan problemas de ios 
otros. Escritores católicos como 
Graham Greene o Bruce Mars- 

- s % 

hall son tolerados —pero no 
recomendados— porque tratan 
de cuestiones que conciernen a 
los católicos del extranjero, no 
a los de España, puesto que un 
español no necesita plantearse 
dudas ni problemas, si uno de 
esos escritores hubiera nacido 
en España, o sus personajes 
fuesen españoles, y los aconte¬ 
cimientos relatados referidos a 
España, esos libros no aparece¬ 
rían ¡amás. Lo mismo sucede 
con el cine. 

Después del periodismo, e! 
cine es el arte más perseguido. 
La persecución está calculada 
directamente según el número 
de personas que la especialidad 
alcance. Periodismo y cine son 
populares. Después viene e! tea¬ 
tro, muy abandonado estos 
últimos tiempos por los espec¬ 
tadores. Vienen a continuación 
la novela y el ensayo. Se puede 
afirmar que para la poesía la 
censura apenas existe. Es el lujo 
del Ministerio de Información 
y, al mismo tiempo, su trampa. 
Los poetas españoles se han 
separado del pueblo por la pos¬ 
guerra. Se vio desaparecer ias 
formas populares de poesía: la 
canción, el romance, los estilos 
de Lorea y de Machado; se 
regresó a una manera culterana 
y preciosista de componer el 
verso. Garcilaso y Góngora 
fueron los modelos de la juven¬ 
tud de 1939; el soneto y el ale¬ 
jandrino sus armas de expre¬ 
sión. En esta forma exce¬ 
sivamente perfecta habitaba el 
vacío; todo lo más, algunas 
ideas metafísicas o teológicas, 
algún amor platónico cantado 
en adivinanzas o galimatías. El 


pueblo se encontró sin poetas, y 
los poetas sin pueblo. 

Ahora un libro de poemas 
tiene una tirada máxima de 
quinientos ejemplares, a veces 
doscientos cuando no son cien, 
o incluso cincuenta... Si se hace 
un censo de los poetas, su nú¬ 
mero sobrepasa al de ejempla¬ 
res de un libro de poemas. Es 
decir que la poesía española se 
reduce a un movimiento ínter- 
profesional. poetas leyendo a 
poetas, poetas que escriben 
para poetas aislados de la reali¬ 
dad nacional y de su sensibili¬ 
dad. A veces y paradójica¬ 
mente, esta situación favorece a 
ia poesía, que se beneficia de la 
tolerancia desdeñosa de la cen¬ 
sura; eso ha permitido una 
resurrección espléndida. Espa¬ 
ña puede ahora contar con poe¬ 
tas libres de gran envergadura y 
de intención generosa. 

El teatro ha sufrido la devas¬ 
tación por la acción directa 
sobre el público. Se ha desacos¬ 
tumbrado al público. Después 
de la guerra se ha favorecido un 
teatro grosero y vulgar como 
no lo ha habido en ningún país 
del mundo, y se ha acostum¬ 
brado a los espectadores a 
aceptar un humor vacío y unas 
escenas grotescas que no se 
relacionan en nada con la reali¬ 
dad. Poco a poco las circustan- 
cias han modificado ese teatro 
hasta reducirlo a una finura de 
lenguaje y de situaciones que 
mantenían siempre el vacío. 
Hay un círculo vicioso: el escri¬ 
tor tiene la impresión de escri¬ 
bir para un público indiferente, 
desprovisto de cultura: como 
los precios de las localidades 
son muy altos y los horarios no 
se acomodan a los del trabajo, 
los espectadores constituyen 
una selección blanda y burgesa 

susceptible de horrorizarse por 
Cualquier escena fuerte o por 
cualquier problema planteado 
con claridad. Es así como el 
autor está obligado a nivelar 
por abajo el contenido de su 
obra. El círculo se cierra por el 
hecho de que el espectador 
consciente, descontento de esa 
falta de intención, cansado de 
no reconocerse jamás en la 


escena, abandona las salas y 
cesa de ejercer su presión sobre 
los autores. Pero hubiese sido 
mejor construir esa frase en 
pasado, porque desde hace un 
año se observa una reacción 
considerable. Y esa reacción 
viene del público: más exacta¬ 
mente, viene de los jóvenes 
espectadores, de estudiantes 
que sostienen en estos momen¬ 
tos uno de los más espectacula¬ 
res impulsos de España. Los 
estudiantes van en masa a los 
estrenos; si la obra está muerta, 
hecha de concesiones y de nada, 
los estudiantes protestan, mani¬ 
fiestan su opinión por ruidosos 
por ruidosos pateos. El pateo es 
una vieja tradición del especta¬ 
dor español: hubo, a principios 
de siglo, una famosa «Partida 
de la Porra» que destruía con 
gritos y pateos las obras menos 
convincentes: y a veces rompía 
las butacas v amenazaba con 

w 

incendiar el teatro. Resurge, 
ahora, con los universitarios 
como protagonistas. A partir 
de la guerra civil esta costum¬ 
bre un poco escandalosa desa¬ 
pareció. Resurge ahora prota¬ 
gonizada por los univeristarios. 
El año pasado el gerente de uno 
de los teatros de Madrid que se 
había distinguido más en pre¬ 
sentar obras sin contenido no 
quiso admitir que los estudian¬ 
tes rompiesen una obra que 
había montado con grandes ilu¬ 
siones financieras: se lanzó 
sobre uno de los muchachos y 
le pegó. La reacción estudiantil 
tomó envergadura enorme. 
Durante tres días consecutivos 
el teatro tuvo que estar cerrado 
porque los estudiantes lo inva¬ 
dían apenas se abrían sus puer¬ 
tas. Hubo manifestaciones en 
las calles, se lapidó el edificio de 
un periódico que se había per¬ 
mitido dar una versión errónea 
del suceso, los carteles anun¬ 
ciadores de la obra fueron ras¬ 
gados y quemados. Se enviaron 
consignas a otras ciudades para 
que los estudiantes bloquearan 
las compañías que el mismo 
empresario mantenía en gira. E! 
conflicto se hizo tan violento 
que el desgraciado empresario 
fue obligado a escribir una 


51 



Gabriel Anas Salgado durante un acto Oficial, en su etapa ministerial 


nos. Cada vez que un jurado ha 


carta abierta en la que pedía 
perdón en un estilo muy 
humilde, y el Gobierno le infli¬ 
gió una fuerte multa para cal¬ 
mar a la opinión pública. Los 
estudiantes cesaron entonces su 
bloqueo, pero la obra había 
perdido todo su prestigio y salía 
de cartel (I). 

El problema más grave del 
teatro español, en este 
momento, reside en la falta de 
facilidades para los autores 
nuevos. Los empresarios conti¬ 
núan pensando que el nombre 
de un autor consagrado es una 
garantía comercial, y rechazan 
las obras de los autores jóvenes. 
En principio, las novelas pue¬ 
den acudir a los concursos ofi¬ 
ciales. Pero los jurados de esos 
premios buscan obras de «inte¬ 
rés nacional» o por lo menos 
con argumentos que no perju¬ 
diquen la falsa atmósfera de 
«nunca pasa nada», tan labo¬ 
riosamente establecida por el 
Ministerio de Información. 
Como los autores jóvenes no 
obedecen estas reglas los con¬ 
cursos se desarrollan general¬ 
mente sin concursantes válidos, 
o bien el premio se divide entre 
cuatro o cinco autores anodi- 


(!) El empresario a que se refiere el 
autor fue Arturo Serrano, del Infanta Isa- 
he! de Madrid. 


coronado una obra del tipo 
llamado «constructivo», el 
público ha rechazado absolu¬ 
tamente su elección. 

Como las condiciones 
comerciales de la novela son 
malas, puesto que una novela 
no tiene una tirada superior a 
dos o tres mil ejemplares, los 
editores están mejor dispuestos 
hacia la juventud. Esta apertura 
necesaria para revitalizar la 
edición ha permitido la apari— 
ción de unos cuantos novelistas 
muy interesantes que escapan 
como pueden de los imperati¬ 
vos oficiales de Juan Aparicio, 
que ataca duramente a los 
novelistas realistas en su perió¬ 
dico «El Español», y desde la 
altura de su semanario «La 
Estafeta 1 iteraría», mantenidos 
los dos por el presupuesto 
público. Estos escritores no tie¬ 
nen capacidad de respuesta, 
porque la censura la prohíbe, 
por suave que sea: las cabezas 
de la prensa española son 
inatacables. 

Con respecto al cine se ha 
producido una reacción popu¬ 
lar parecida. Hasta la «era Bar- 
dem» el cine español sufría 
realmente muy poco la censura 
directa: un guión llegaba a la 
realización absolutamente cen¬ 
surado después de haber 
pasado por las manos de todos 


los lectores oficiales. El sistema 
de producción cinematográfica 
estaba astutamente concebido. 
En primer lugar, el Sindicato 
del espectáculo concede un 
préstamo considerable a quien 
quiera producir una película: 
basta con presentar un expe¬ 
diente en el que se encuentra el 
guión completo, el reparto y un 
presupuesto provisional. Sí el 
Sindicato lo aprueba —primera 
censura— concede inmediata¬ 
mente una ayuda financiera 
importante a la producción. 
Generalmente los productores 
presentan un presupuesto ficti¬ 
cio, muy elevado, con el fin de 
que los préstamos concedidos 
por porcentaje sean muy altos y 
cubran los gastos totales de la 
película. Después de ésto, una 
Junta de Clasificación, sin inge¬ 
rencia política visible, disimu¬ 
lada bajo una apariencia exclu¬ 
sivamente estética, clasifica las 
obras presentadas en varias 
categorías: la más alta es la lla¬ 
mada «de interés nacional». 
Esta Junta puede primar pelícu¬ 
las, con una prima que tiene el 
aspecto de un simple permiso 
comercial. Consiste en conce¬ 
der ai beneficiario eí derecho de 
importar una película extran¬ 
jera V de distribuirla y explo¬ 
tarla en el país. Cuanto mejor 
está clasificada la película, más 
permisos de importación 
recibe. Un permiso de importa¬ 
ción de una película americana 
se vende en el mercado negro al 
precio aproximado de un 
millón de pesetas. No es necesa¬ 
rio acentuar, por lo tanto, que 
el verdadero objeto de esta 
Junta es político y que actúa, de 
Hecho, como una censura. Este 
sistema de presiones económi¬ 
cas hace que cuando la futura 
película llega en forma de guión 
a la censura oficial y en forma 
de bobinas a las salas de pro¬ 
yección ha sufrido ya todas las 
operaciones que garantizan su 
asepsia perfecta. El trabajo de 
los censores procesionales con¬ 
siste únicamente en realizar los 
pequeños detalles que habían 
escapado a la fantasía de los 
guionistas, directores y produc¬ 
tores más leales. Ejemplo: en 


52 













una película, un automóvil 
huye rápidamente por una 
carretera, la pareja de la Guar¬ 
dia Civil, sorprendida por la 
rapidez del automóvil, reac¬ 
ciona tarde y sus disparos no 
alcanzan al vehículo que des¬ 
aparece tras una curva. Escena 
cortada por los censores. FJ 
comentario de éstos decía así: 
«Cuando la Guardia Civil dis¬ 
para, alcanza siempre lo que 
apunta». 

Con las películas extranjeras 
se realizan extraños arreglos. 
Raras son las películas que tie¬ 
nen la oportunidad de ser pro¬ 
yectadas como lo fueron en sus 
países de origen. En el 
momento del doblaje se organi¬ 
zan modestas modificaciones, 
la más sencilla, que afecta 
solamente a la imagen, consiste 
en reducir el tiempo de dura¬ 
ción de los besos: en el instante 
más patético de la escena sen¬ 
timental la cabeza de El se 
acerca a la de Ella, e instantᬠ
neamente se separan: las tijeras 
del censor han cortado unos 
cuantos metros. Antes el 
público asistía con resignación 
a estas mutilaciones. Ahora el 
siente humillado, tratado con la 
severidad con que en otros paí¬ 
ses no se trata ni a los niños, y 
protesta ruidosamente. Las 
reformas que se realizan con el 
diálogo, en el rodaje, consisten 
principalmente en modificar e! 
estado civil y la situación de los 
personajes. Generalmente, la 
mujer adúltera deja de serlo y el 
marido se convierte en el her¬ 
mano: como la película 
«Mogambo», ¿Por qué razón 
Grace Kelly no podía unirse a 
Clark Gabíe y ser feliz con él? 
Simplemente, estaba prometida 
en Gran Bretaña a un mutilado 
de guerra, y a los mutilados de 
guerra no se les puede abando¬ 
nar en la víspera de su matri¬ 
monio. En «El puente de 
Water loo» (Waierloo Bridge) el 
drama consistía en que un aris¬ 
tócrata británico se enfren¬ 
taba con la oposición de su 
familia que no le consentía 
casarse con una joven prosti¬ 
tuta francesa. Semejante profe¬ 
sión femenina no podía ser 



Juan Aparicio durante un acto en la Escueta Oficial de Periodismo fue Delegado Nacio¬ 
nal de Prensa entre 1941 y 1945. y Director General de Prensa entre 1951 y 1957. 


mencionada en los periódicos, 
el teatro, en el cine o la litera¬ 
tura españoles. Los censores 
transformaron los diálogos en 
el doblaje y consiguieron que el 
matrimonio siguiese siendo 
imposible porque la jovencita 
había sido bailarina. Pero 
como, a pesar de todo, la ver¬ 
dad objetiva se hacía transpa¬ 
rente, la película fue retirada 
pocos días después de su 
estreno para no volverse a ver 
jamás. 

La censura española no tiene 
leyes ni reglas. Es un poder per¬ 
sonal y coyuntura!, ejercido a 
partir de! Ministro de Informa¬ 
ción, cuyos ejecutantes direc¬ 
tos, los censores, llevan al 
extremo límite para evitar ser 
sancionados ellos mismos. 
Saben que, en la duda, cortar 
no supone para ellos ningún 
riesgo. La censura española es 
algo más que una serie de 
decretos y de organismos. Es 
una atmósfera, una creación de 
tipo canceroso que comienza en 
las escuelas y que el ciudadano 
sigue encontrando en su casa 
por la pesadez de la radio ofici¬ 
al, de los periódicos, del cine, de 
los libros; que pretende defor¬ 
mar al hombre hasta hacerle 
admitir que la vida es una cosa 
y la expresión otra, y que no 
hay ninguna relación entre las 
dos. La censura española no se 
propone únicamente evitar que 


se sepa; trata de evitar que se 
piense e incluso que se imagine. 

Es fácil comprender que la 
misma enormidad de su intento 
impide su realización. Este 
estado de censura perfecta no 
puede mantenerse más que 
durante un tiempo muy corto, 
incluso si se beneficia de circus- 
tancias favorables. Al final de 
la guerra civil los supervivientes 
de la catástrofe que se había 
llevado un millón de vidas 
españolas deseaban descansar o 
regresaban dispuestos a acep¬ 
tarlo todo, incluso vivir con el 
miedo perpetuo de ser conside¬ 
rados como enemigos del nuevo 
régimen: no podían reaccionar 
contra el ambiente que creaba. 
Muchos de entre ellos no reac¬ 
cionarían jamás, incapaces 
desde entonces de escapar a la 
condena moral. Se han insta¬ 
lado sin siquiera saberlo. Igno¬ 
ran lo que se produce actual¬ 
mente en España, no 
comprenden la revolución de la 
juventud frente a un sistema 
mental en el cual no participa. 
Se ha cometido una terrible vio¬ 
lencia; tan grave que esta juven¬ 
tud que accede ahora al tei reno 
de expresión y de la opinión no 
sabe todavía como situarse y 
que es lo que quiere exacta¬ 
mente. Pero sabe muy clara¬ 
mente lo que no quiere, y los 
primeros rasgos de su unidad se 
revelan en esta convicción. ■ 


53 












E 


S va era la consigna que 
en los primeros meses 
del exilio republicano 
de América circulaba entre los 
españoles, una masa ingente 
que iba llegando a México en 
barcos portugueses —los 
“Sinaia", “Serpa Pinto”. 
"Ouanza”— o de otras nacio¬ 
nalidades — “Winnipeg”, 
“Cuba”, “Ipanema”, “Méxi- 
que"— fletados por el archige- 
neroso gobierno mexica¬ 
no para llevar a su país a todos 
los derrotados que lo quisieran, 
y nacionalizarlos en ocho días 



si lo quisieran también, a fin de 
que tuvieran una personalidad 
jurídica y civil por el mundo. 

Hay que empezar por México 
en este repáso o recuerdo de la 
España fugitiva en la posgue¬ 
rra, porque México, con esas 
manos abiertas fue el país que 
más derrotados albergó. Las 
cifras fluctúan, según qué inves¬ 
tigadores, entre la despropor¬ 
ción de 160 mil a 15 mi!. Me 
inclino a creer más en la cerca¬ 
nía de la primera por cuanto el 
español nuevo se encontraba en 
todas partes del extenso país, en 
aquellos años 40 de nuestra 
posguerra. 

Naturalmente, las condicio¬ 
nes de entrada y asentamiento 
fueron muy distintas en los 
diferentes países americanos. 
Mientras México abría las Uni¬ 
versidades, los periódicos, las 
fábricas a los refugiados, según 
su extracción social, otros paí¬ 
ses con posibilidades de vida y 
trabajo, como Colombia, 
Venezuela, Argentina, Chile, 
ponían “pegas" a veces insal¬ 


vables, para entrar. Había que 
echar mano de la influencia, de 
la claudicación o del soborno. 


LA CALLE DE ALCALA 

Cuba era accesible para 
quienes tenían familias recla¬ 
mantes, las familias más cerca¬ 
nas en la antigüedad. Pero en 
Cuba no había ni una peseta 
por ganar aquellos años del 
segundo golpe batistiano, 
cuando “Batista se disfrazó de 
Batista” y se presentó en el 
cuartel de Columbia para des¬ 
baratar la intentona que se cer¬ 
nía sobre él. 

Asi la verdadera posguerra 
de los españoles huidos, sus 
efectos, se pasaron en México. 
Para esparcir la masa y contro¬ 
larla mejor, el gobierno Cárde¬ 
nas daba toda clase de facilida¬ 
des al que quisiera cultivar la 
tierra, ofreciendo grandes pre¬ 
cios en el Estado de Chihuahua, 
al norte del país. La JARE 
(Junta de Ayuda a los Republi- 





Ciudad Universitaria de México, en cuya construcción colaboraron arquitectos españoles del exilio republicano 


54 


































exilio de América 




féliH Gordón Grdas, uno dé tos jefes del 
Gobfei* o republicano español en el exilio. 

canos Españoles) controlada 
por Indalecio Prieto tra el teje¬ 
maneje del barco “Vita” (anti¬ 
guo “Giralda” de Alfonso 
XIII) hizo una recomendación 
con acentos dictatoriales, una 
casi disposición de que todos 
los refugiados se fueran a Chi¬ 
huahua, pero ninguno le hizo 
caso. Todos querían vivir en el 
Distrito Federal, en la misma 
ciudad de México, por los cafés, 
por las cantinas ¡ tabernas), por 
los centros políticos o sindica¬ 
les, contándose ■ sus casos. 

En Colombia, país de vida 
difícil, yo quería ir a México 
por recuperar el ambiente, en 
los últimos meses del 39. Mi 
amigo y compañero Capuz me 
lo quería quitar de la cabeza: 

—No, hombre, no; no vayas 
a México, Aquello parecerá 
ahora la calle de Alcalá. Te 
encontrarás a las mismas gen¬ 
tes, con los mismos rencores y 
partidismos, no habrá trabajo 
para todos... 

En efecto, era “la calle de 
Alcalá”. Por la avenida Juárez 


se encontraba uno a todos los 
conocidos, corno si no hubiese 
salido de Madrid, y había par¬ 
tidismo y rencores... y comida. 
Unos a otros se echaban !a 
culpa de haber perdido la gue¬ 
rra; el rechinar de dientes se 
notaba. “Si yo tiro de la 
manta...” No había mantas de 
que tirar porque todos tenían la 
suya. 

Ha habido refugiados espa¬ 
ñoles en México que se han 
pasado la prolongada vida de la 
posguerra en el país sin dar 
golpe. Viviendo a trancas y 
barrancas, claro, pero planchán¬ 
dose el traje todos los días bajo 
los colchones, y pidiendo piti¬ 
llos a los amigos, pero sin tra¬ 
bajar y sin que los moleste 
nadie, sin documentación 
incluso, diciendo todos los 
años: “En enero, Juan Ter¬ 
cero”. Porque el primer año, 
desde mayo hasta diciembre lo 
creía todo el mundo a pie junti- 
llas. Más luego, todos los años, 
la frase se decía en cachondeo. 


LA TORRE DE BABEL 

Decía un juez de Murcia, 
inteligentísimo y humorista, 
dos cosas afines: 

—A mí me liberó Franco. 

Y tanto. Había dejado en 
España a una señorita de pro¬ 
vincias. de familia reacciona¬ 
ria. que le echaba una bronca ai 
marido cada noche que volvía 
del casino habiendo perdido al 
“poker”. No cuando había 
ganado. En el exilio nadie le 
impedía ni le pedía cuentas 
cuando jugaba al poker, que 
era todas las noches que conse¬ 
guía algún dinero. Y no tenía 
que juzgar ni condenar. La 
“dolce vita” del exilio. 

Si no se confundían todas las 
lenguas, porque no había más 
que una, grande y libre, nuestra 
posguerra en América, confun¬ 
dió todos tos quehaceres. Todas 
las actividades y aficiones, los 
proyectos, las suposiciones. Se 
acabó el porvenir. El labriego 
se hizo escritor y el escritor 



Pablo Casáis, uno de los epígonos dé la postguerra española en América, charla qui con 
los artista* caribeños de una exposición pictórica en Puerto Rico, 















labriego. El militar comer¬ 
ciante. El abogado actor de tea¬ 
tro. La meretriz se convirtió en 
gran señora y la gran señora 
fregó platos en las tabernas. El 
rico fue pobre y el pobre pode¬ 
roso. El poeta vendía vinos. El 
policía era corredor de medici¬ 
nas. El periodista vendía leche. 
Hubo unos años en que una 
gran mayoría de españoles 
refugiados vendía varilla corru¬ 
gada para la construcción. Un 
país en gestación constante 
como México necesitaba cons¬ 
truir, y aquel producto era de 
venta fácil a comisión. Todo el 
mundo hispano hablaba de 
varilla corrugada. Era una lata. 

Al principio los mexicanos se 
alborotaron v hubo altercados 
y encuentros como en los parti¬ 
dos de fútbol. Los españoles 
venían a quitarles el pan. Poco 
a poco se fueron calmando los 
ánimos y estalló la convivencia. 
Había para todos. El humorista 



"Por el cristal amarillo uno de los libros 
de Juan Ramón Jiménez escritos en la 
postguerra, desde su refugio de Puerto 

Rico. 

Antoniorrobles decía: “Los 
mexicanos ¡«o pasarán 1 1 ’ Y el 
caricaturista Ernesto Guasp 
dijo una vez: “Lo malo de este 
país, es el el que busca trabajo 
lo encuentra.” 



Alberti durante su postguerra en Italia. Ai fondo su compañera. Ja otra gran exiliada, María 

Teresa León. 


“GACHUPINES” Y 
“REFUGACHOS” 

Si digo que en veinte años de 
exilio americano no he visto un 
refugiado español como tal 
obrero —albañil, carpintero, 
metalúrgico, minero— no exa¬ 
gero nada. Quizá la mayoría de 
la emigración forzosa la consti¬ 
tuyó el elemento más o menos 
intelectual o de profesiones 
liberales. Es verdad que en toda 
vida de refugiado hispano en 
América se ha pasado algunos 
días aislados sin comer o 
comiendo poco —dos, tres— 
pero siempre había algo a que 
agarrarse, o una ayuda gene¬ 
rosa, sin necesidad de abando¬ 
nar la corbata y el traje 
planchado. 

Aguantar el machismo del 
mexicano que como revancha a 
la invasión hacía elogios de 
Franco y de los otros dictado¬ 
res auropeos, en presencia de 
los refugachos , como nos lla¬ 
maban, incitaba a la sonrisa y 
la sorpresam con lo bien y lo 
libre que se podía uno mover en 
aquella tierra inagotable. 

Sin embargo, no se llamen a 
engaño. Aquellos tiempos de 
nuestra posguerra en México 
han pasado con mucho, aunque 
para otra emigración forzosa 
española, para la segunda diás- 
pora todavía hay sitio. 

Cuenta Tisner {Avelí Artis- 
Gener) tan magnifico escritor 
como agudo dibujante, que 
algunas veces había hecho qui¬ 
tar a fuerza de persuasión, la 
banderita de la cruz gamada, a 
algún automovilista mexicano. 
Sólo tenía que decirles que los 
alemanes habían hundido al 
petrolero de México Potrero de 
Llano para que desapareciera del 
coche la enseñita ominosa (1). 
El Patriotismo sobre todo. Pero 
la mayoría de las veces el 
patrioterismo. 

Aquellas inquinas se habían 
unido a los recelos y aires triun¬ 
falistas de la Honorable Colo¬ 
nia Española —llamada así por 


(!) -ivefí Anís~iiener t 7 a diáspora repu¬ 
blicana’. Plaza A Janes, Barcelona 1978 . 


56 

























el gobierno mexicano— de los 
españoles viejos, los “gachupi¬ 
nes” —llamados así a su vez 
por el pueblo— que habían 
dejado el terruño cuarenta años 
antes huyendo del servicio mili¬ 
tar y ahora de ancianos eran 
millonarios. Ellos eran los que 
representaban paradójicamente 
á la España de Franco, los pro¬ 
veedores de dinero y barcos lle¬ 
nos de chamarras, zapatos, 
vituallas para el ejército lla¬ 
mado impropiamente naciona¬ 
lista. Pero los “gachupines” 
comenzaron a buscar trabaja¬ 
dores entre los refugiados o 
“refugachos” por aquello de la 
mano de obra más apta y res¬ 
ponsable y por encontrar espo¬ 
sos para sus hijas y nietas que 
tuvieran sangre española total. 
Este complejo de raza propició 
el braguetazo de algunos refu¬ 
giados jóvenes y menos jóvenes 
que se dejaron querer sin darse 
cuenta de que aquello no era 
“hacer la América” sino 
uncirse al yugo... con flechas. Y 
abandonaron el matrimonio a 
poco de consumado, importán¬ 
doles madre {para decirlo en 
mexicano) la moral católica y la 
otra, pues a los suegros no 
había quien les sacara un cen¬ 
tavo. Naturalmente, por eso 
eran millonarios. 


LA “SEGUNDA VUELTA” 

Debo recalcar que la mayoría 
de los refugiados de posguerra 
no pensaban en enriquecerse en 
América. Pensaban en volver, y 
volver si no triunfantes del 
todo, con el enemigo derrotado 
—“en enero Juan Tercero”— y 
a ser posible pidiendo cuentas. 
“Tiene que haber segunda 
vuelta”, decían algunos compa¬ 
rando la guerra con un cam¬ 
peonato de fútbol. Esperaban 
la hora de la venganza y sólo 
pensaban en subsistir hasta 
entonces. «Yo no he venido a 
América de gachupín, por 
voluntad propia, me han 
traído. He venido por no ir a la 
cárcel o al paredón», se oía 
decir también. Y no había nin¬ 
guno que por crítica o conse¬ 
cuencia no conllevara el senti¬ 
miento político en las venas, la 

discusión o la marcha de la 

* 

militancía política... todavía. 
Dejar un momento la maleta de 
los muestrarios para acudirá la 
tenida o a la reunión de célula o 
al Centro Íbero-Americano de 
la calle Carranza donde se alo¬ 
jaba la CNT, era como una 
obligación moral para el abo¬ 
gado o simplemente para el ale¬ 
gre ocioso. Continuaba abierta 
la espita ideológica; no se podía 



**Yo y mi Sombra Anguío Recto. yo y mí Sombra Libro Abierto". Oleo sobre masonitede 
la pintora Paloma Altolagutre, hija del poeta de la generación del 27 y de la poetisa 
Concha Méndez, del mismo grupo. Paloma llegó a Cuba con sus padres en el 39. Uno de 
aquellos alevines que pronto se revelaron como estupendos artistas. 



Otro poeta 'del éxodo y el llanto", Luis 
Carnuda, desembocó en EE.UU, y México 
durante la postguerra, como en tina nube.,. 


remediar. Y vencía el compañe¬ 
rismo después del rechinar de 
dientes. 


NO ESTAN TODOS LOS 
QUE SON 

Muy poco se ha hablado en 
la España recuperadora del 

movimiento intelectual y artís¬ 
tico del exilio en la posguerra. 
Muy poco. Se han recuperado 
—o descubierto— a Sánchez 
Albornoz o Max Aub, desorbi¬ 
tando los valores, porque en el 
franquismo había muy pocos. 
En cambio no se ha hablado 
por desconocimiento de nove¬ 
listas y ensayistas como Simón 
Otaola o Alvarito Albornoz 
—cada cual su estilo— un 
humorista hijo de don Alvaro 
—de cuyos libros en el destierro 
tampoco se ha hablado— y a 
quienes Luis G. Berlanga defi¬ 
nió en una interviú como el 
inventor del humorismo espa¬ 
ñol de nuestra época. Quizá 
una opinión desproporcionada, 
pero no del todo injusta. Alva¬ 
rito —designación amistosa 
obligada por determinante de 
su personalidad— había publi¬ 
cado en España inmediata- 


57 


















mente antes de la guerra, dos 
novelas de las que nadie se 
acuerda porque el horno no 
estaba para bollos, pero que 
fueron comidilla de mediatiza¬ 
dos cotarros literarios: “Doña 
Pabla" y "Vampireso español”. 
Durante la guerra publicó un 
delicioso libro de cuentos, 
“Matarile”, cada uno dedicado 
a un amigo, y en la posguerra 
una novela titulada “Las niñas, 
los niños y mi perra”, y varios 
tomos de “Revoleras”, libros 
inesperados. Libros para gente 
con imaginación: Proust, 
Ramón, Schwob, Sterne, Que- 
vedo. Otaola ha publicado en 
México unos diez o doce ensa¬ 
yos y novelas. Para mí los 
mejores "Los tordos en el 
Pirul”, “En el lugar ese...” y 
“El hijo de la chingada”. Anto¬ 
nio Ros * ' los ciegos de la 
Biblia” y otros muchos, escrito¬ 
res y poetas desconocidos prác¬ 
ticamente para la España que 
no se movió, y cuya enumera¬ 
ción sería problemática para 
tan poco espacio. 

No hablemos, porque no 
podemos tampoco por la 
misma causa, de la obra plás¬ 
tica en el exilio posguerriano. 
Aparte Renau el andariego — 
otros redescubierto sin embar¬ 
go— Climent, Antonio Rodrí¬ 
guez Luna, un cordobés a quien 
alguien ha comprado con 
Goya, Espert, Ramón Peina¬ 
dor, Guasp, Salvador Barto- 
lozzi, el Tisner antes mencio¬ 
nado... Había que poner 
asimismo el etcétera por no 
alargarse en el espacio disponi¬ 
ble y en el propósito. 

En el arte de la ficción 
esplendió desde el primer 
momento la madrileña Ofelia 
Guilmain, que de la mano de 
Benito Cibrián —un actor ya 
conocido anteriormente en 
España— debutó en el Bellas 
Artes de México ha poco de lle¬ 
gar, como amateur, y ha llegado 
a configurarse como la mejor 
actriz dramática del teatro que 
se hace hoy en aquel país. 

En el periodismo Ricardo del 
Río, subdirector del colosal 
diario “Novedades"; Octavio 
Alba, dirige después de varias 



Juan Rejano, poeta y periodista, cordobés 
de España. Como poeta alcanzó gran con¬ 
sideración en (a postguerra sufrida en 
México Como periodista realizó una de 
las más bellas revistes literarias; 

"Romance". 

brillantes actividades en el 
ramo, un periódico de los más 
leídos día a día en el mismo 
país: "Cine Mundial”. Y l.uis 
Suárez, que ha llegado a jefatti¬ 
rar la gran revista “Siempre!” y 
publicar varios libros de repor¬ 
tajes resonantes. 

En Buenos Aires, los perio¬ 
distas españoles de la posguerra 



Alvaro de Alborno/ y Salas, sorprendente 
humorista escritor, que publicó vanos 
libros en ia postguerra, durante el exilio en 
América. Humorista de ley, a lo Ramón, a 

lo Guevedo.,. 


reanudaron sus actividades 
profesionales a renglón 
seguido: Manuel Fontdevila, 
que había sido el director de 
“Heraldo de Madrid”, Juan 
González Olmedilia, Mariano 
Perla, Ramón Sampelayo, 
Clemente Cimorra, Francisco 
Madrid, Carlos Rodríguez... 
Menos el último, todos falleci¬ 
dos ya. También ha muerto 
Eduardo Borrás, que dejó eí 
periodismo por el teatro con un 
último gran éxito: “La cigarra 
no es un bicho”. Y Gerardo 
Ribas, que siguió sus mismos 
pasos hasta en el punto final. 

Aunque no están lodos, 
imposible dejar en el bolígrafo 
a Manuel D. Benavides, autor 
de “El último pirata del Medi¬ 
terráneo", ácida biografía de 
Juan March. y libros en el exilio 
concernientes a nuestra guerra 
como "La escuadra la mandan 
los cabos”, el mayor éxito y 
difusión. 


LA AÑORANZA 

—Como me lo hacían a mi en 
Albacete...— empezaba siem¬ 
pre el profesor Navarro 
negando con la cabeza la exce¬ 
lencia de un arroz abanda, 
cocinado a la alta escuela gas¬ 
tronómica del Prendes, el res- 
taurant español de más fama en 
México. 

Era el espejismo de la año¬ 
ranza, que acometió a todos sin 
excepción en los primeros días, 
y aún años, de la posguerra en 
el exilio. 

—Estoy que me “pinchan”— 
decía un boticario de Badajoz 
al ver a un caraqueño jugar con 
una cuchara voladora en una 
terraza nocturna de la plaza 
Bolívar. 

Estaba que “lo pinchaban”. 
No sabía donde ir. Ya no le 
importaban los horribles moti¬ 
vos que le habían hecho saltar 
de España. Estaba dispuesto a 
afrontar la cárcel, la “pepa” 
incluso, mejor que recapacitar y 
sentirse a gusto en ambiente 
libre y emprender un trabajo 
sin penas. 

O. 


58 












Enrique Loubet, otro magnifico periodista 
español hacho en la postguerra del exilio. 

—Me habéis hecho desgra- - 
ciado sacándome de España— 
clamaba también Gabriel Tri¬ 
llas Blazquez, director de “Las 
Noticias” de Barcelona, que 
seguramente hubiera pagado 
con la vida su militancia 
comunista. 

Habíamos hecho lo indeci¬ 
ble. lo milagroso, por haberlo 
llevado hasta Colombia, donde 
en Bogotá se hizo rico con el 
tiempo, siempre llorando y sus¬ 
pirando por las Ramblas, que 
habían presidido la infancia y la 
juventud suyas. Nunca había 
salido de España. 

Hasta entonces no pudo cali¬ 
brar la falta de espíritu del 
español de su época. Reflexio¬ 
naba yo en aquellos conquista¬ 
dores precursores y llegaba a la 
conclusión lógica. Casi todos 
eran fugados de presidio que 
preferían las torturas del sol a 
las de la inquisición. Y también 
—pobres ingenuos republica¬ 
nos— creían que la venganza 
fascista española no iba a ser 
tan dura. Una vez más se perfi¬ 
laba la división del alma hispᬠ
nica en dos calidades opuestas. 

Y... "en enero Juan Ter¬ 
cero”. o “como me !o hacían a 
mí en Albacete...” 

—Pero, hombre de Dios —le 
dijo en Buenos A res don Angel 
Ossorio y Gallardo en una 
comida de 14 de abril en Bue¬ 


nos Aires— no me va usted a 
decir que este churrasco que nos 
estamos comiendo se lo hacían 
mejor en Albacete... 

—Sí... No está mal, pero la 
verdad, a mí la carne, como... 

—¡Basta! 

El profe Navarro saltaba de 
un país a otro. Todos saltába¬ 
mos de un país a otro, bus¬ 
cando algo que nos disipara la 
añoranza. Y la verdad es que 
sólo lo conseguimos en ese 
México en que al final nos con¬ 
fundimos con aquel pueblo que 
al principio nos había recibido 
con hostilidad. 


LOS ARQUITECTOS 
Y LOS MEDICOS. 

Me remito otra vez a Tisner: 
«Claro está que el generalizado 
deseo de volver era más agudo 
en los primeros tiempos de exi¬ 
lio: después, a medida que 
transcurrieron lustros y déca¬ 
das, la gente empezó a sospe¬ 
char que lo del retorno no se 
había hecho para su generación 
y, lógicamente, miraron con 
más insistencia el negocio fami¬ 
liar que no el cerro de maletas 
apiladas en el dosel, el armario 
empotrado, en espera de aque¬ 
lla feha que jamás llegaría.» 



Antonio López Fernández, ayudante del 
general Miaja en la guerra civil, montó en 
México un negocio editorial durante la 

postguerra. 



Luis Suartz. un gran periodista español 
hecho en la postguerra del exilio, redactor 
)#fe de la revista "]Siempre!", 

Sí; el “enero Juan tercero" 
fue apagando su consecuencia. 
Ya daba vergüenza repetirlo. 

Y se fue produciendo la sim¬ 
biosis y tamo el puerto de 
Veracruz en México, como los 
edificios de Luis Lacasa en 
Moscú —buen apellido para un 
arquitecto— fueron construi¬ 
dos por españoles refugiados. \ 
se laboró con acento paterna¬ 
lista en muchos. Había que 
situarse al principio, conforme 
se iba perdiendo la esperanza 
de volver de pronto. Había que 
ponerse a trabajar. 

Aparte los arquitetos, no se 
sabe porque la emigración 
republicana fue tan copiosa en 
médicos. Quizá porque la 
mayoría eran socialistas. Algu¬ 
nos regresaron pronto a España 
y lo pasaron mal. pero la mayo¬ 
ría decidieron desde el primer 
momento quedarse en América 
fiados en que su profesión es 
necesaria en cualquier meri¬ 
diano y llegaron a establecerse. 
Hoy han muerto muchos allí. 

A Colombia, Venezuela y 
México fueron a parar la mayo¬ 
ría de ellos; pero donde mejor 
se desenvolvieron fue en 
México, que no Ies exigía some¬ 
terse a una reválida del titulo 

■ 

profesional. 

La medicina y cirugía espa¬ 
ñolas siempre habían tenido un 
gran prestigio en las Repúblicas 


59 





















En esta foto de una boda principesca en París, vemos a la derecna y casi de espaldas a 
Fernando Martínez Domen, que había sido presidente de la Junta de Compras para el 
Ejército de la República Española durante la guerra y que al fmal fuá a pasar la postguerra 

a Colombia viviendo como un potentado. 


hispanoamericanas, y los médi¬ 
cos fueron recibidos por la 
población doliente con una 
esperanza que tenía mucho de 
sugestión malinchista. Tanto 
que los numerosos médicos 
autóctonos preveían una desi¬ 
gual competencia, y en algunos 
países de escasa población se 
tomaron medidas al respecto, 
para evitar que en la capital 
acaparasen la clientela los refu¬ 
giados españoles. 

Pero ellos llegaban en son de 
paz, ajenos a aquella sugestión 
por una parte y a los recelos por 
otra que habían despertado, y 
se encontraron por ejemplo en 
Bogotá, con una campaña de 
Prensa hostil y discriminatoria. 


LOS NUEVOS CONQUIS¬ 
TADORES 

Me ocurrió un caso relacio¬ 
nado indirectamente con esta 
pugna. Yo vivía en casa del 
periodista también español 
Miguel Capuz —muerto en 
Barcelona hace unos años—que 
tenía tres hijos de corta edad. 
La criada era madre de un niño 
de dos con el que habitaba su 
cuarto en la casa, un piso inte¬ 
rior de reducidas proporciones. 
I.a mañana de un domingo eí 
niñito amaneció muy enfermo. 


Llamamos a un médico particu¬ 
lar y nos dijo que la enfermedad 
era sarampión y que convenía 
ingresar al pequeño en el Hos¬ 
pital Infantil para que no se 
contagiaran los otros que había 
en la casa. 

La criada subió a un taxi que 
le proporcionamos, y con el 
niño en los brazos llegó al Hos¬ 
pital Infantil, donde no se lo 
admitieron alegando que era 
domingo y los domingos no se 
admitían enfermos. 

Cuando la madre, que era 
una joven y tímida indita, 
regresó con su niño y aquella 
razón en los brazos, a mi me 
pareció ésta tan monstruosa 
que me presté a acompañarla 
para que volviera otra vez al 
hospital con el enfermito, y 
pude comprobar que era ver¬ 
dad: como era domingo no le 
querían admitir al hijo, incluso 
reconociendo que tenía un 
sarampión bastante avanzado. 

Hablé con el médico de 
guardia tratando de hacerle ver 
la sinrazón de la razón. El 
médico, un hombre joven de 
rasgos' europeos, me escuchó 
con una sonrisa sarcástica, y al 
final me dijo: 

—Es usted español, ¿no? 

—Sí. 

—¿Refugiado? 

—Sí. 


—Y, ¿no sabe que ya se 
acabó la época de los 
conquistadores? 

Caí en la cuenta. Eso era lo 
que nos creían a los que huía¬ 
mos de España: conquistado¬ 
res, como nuestros antepasa¬ 
dos, los padres de los 
conquistados. 

En Venezuela, el miedo a los 
médicos en la segunda mitad 
del 39 y primera del 40, tenía 
otro cariz. A Venezuela fueron 
más médicos que a Colombia, 
entre ellos el ilustre dermató¬ 
logo catedrático de la Facultad 
de Madrid, doctor Sánchez 
Covisa. ¡Lástima que haya por 
ahí un facha con los mismos 
apellidos! 

No reaccionó aquella docta 
población médica como la 
colombiana en los primeros 
momentos. Covisa fue recibido 
con toda reverencia, así como 
otros médicos de menos catego¬ 
ría y fama, y todos ellos, aco¬ 
giéndose a las leyes liberales del 
país, se establecieron y adqui¬ 
rieron en seguida clientela. 
Sobre todo el que acabo de 
nombrar, considerado en justi¬ 
cia verdadera eminencia. En sus 
consultas había cola, v los 
clientes acudían de distintos 
puntos de la nación como los 
peregrinos a La Meca. A pesar 
de todo, en esto intervenía en 
gran parte la sugestión de que 
antes hemos hablado, ya que en 
Caracas, donde ocurrió el caso. 



Margarita Xirgu. símbolo de la postguerra 
española en América 


60 






















hay y había muy buenos médi¬ 
cos venezolanos. 

Cobrar consulta en Bolíva¬ 
res, moneda que entonces 
estaba a 3’20 por &, era un 
negocio muy productivo aún 
dado el nivel de vida cara de 
Venezuela. Covisa se contenía 
un poco, quizá avergonzado de 
ganar el dinero tan fácilmente. 


LA SEGUNDA CONQUISTA 

De pronto surgió allí tam¬ 
bién el instinto defensivo y apa¬ 
reció una disposición ministe¬ 
rial obligando a los médicos 
extranjeros a someterse a un 
ejercicio de reválida como 
requisito para ejercer la profe¬ 
sión. Covisa en realidad se 
resistía a ejercer ante el run-run 
de protestas despertadas. 

No pasó por las armas de la 
reválida. Era un hombre de una 
timidez y una discreción abso¬ 
lutas. No quería ninguna sus¬ 
ceptibilidad ni exponerse a 
reprobar; interferirse en los 
intereses de hombres que 
habían estudiado su misma 
carrera. Le dolían las reservas 
mentales que pudiera haber en 
tomo a su persona. Desdeñaba 
el dinero que se le ofrecía pró¬ 
digo y honórico por su ciencia. 
El no había ido a “hacer la 
América"; había llegado a 
aquellos confínes por otras cau¬ 
sas lejanas de su voluntad. Pero 
era médico y tenía una misión 
ineludible ante el dolor. Ade¬ 
más era preciso ganar lo nece¬ 
sario para vivir. Lo necesario. 
Eso le dió la clave de su con¬ 
ducta. Nada más ni nada menos 
que lo necesario. 

Fue una decisión irrevocable 

% 

que tranquilizó su conciencia y 
libró de escrúpulos su ética pro¬ 
fesional. El doctor Sánchez 
Covisa anunció que sólo aten¬ 
dería cinco consultas diarias a 
50 bolívares cada una. Era lo 
necesario para vivir, sin que 
nadie le pudiera echar en cara 
que te quitaba el trabajo a los 
demás. 

Limitarse a ganar 250 bolíva¬ 
res diarios constituía un sacrifi¬ 
cio, no lo duden ustedes: ñor- 



Dibujo de Santiago Ontañon - inédito— quién resolvió su postguerra en Buenos Aires 
como escenógrafo de Margarita Xirgu, y en Perú como director de un teatro oficial. 


que aquel hombre, si hubiera 
querido habría podido atender 
veinte consultas diarias y 
cobrarlas mucho más caras. 

Otros médicos conocidos que 
arribaron a Venezuela en exilio 
fueron los hermanos Martín 
Antonio, uno de los cuales, 
fallecido allí, había sido dipu¬ 
tado radical-socialista en las 
legislativas republicanas. Estos 
se fueron a ejercer al interior 
del país, donde había mucha 
malaria y pocos médicos, y se 
ganaba bastante más dinero 
que en Caracas todos los que 
decidían irse a los Estados esta¬ 
ban exentos de la reválida. Lo 
que quiere decir que lo único 
que temían los profesionales 
venezolanos era la competencia 
en la zona privilegiada de 
Caracas. 


La perspectiva de irse al inte¬ 
rior íes atemorizaba a algunos 
de los que se fueron. Es el 
temor español a lo descono¬ 
cido, que luego nos resulta tan 
familiar. 

Y así fue. Una segunda ola 
colonizadora, bordada sobre 
fondo de riqueza como en la 
primera llamarada de la 
Conquista. 

En México no hubo pro¬ 
blema. Los médicos, como los 
abogados, podían ejercer 
libremente con sólo mostrar un 
título de una Universidad espa¬ 
ñola. Al descargar allí la emi¬ 
gración masiva dió proporcio¬ 
nalmente el mayor número de 
médicos también; pués como 
todos sabemos la entrada en 
México era más fácil que en 
ningún otro país de América. 


61 



















LOS POETAS “DEL EXODO 
Y EL LLANTO” 

Hablar de ¡os poetas españo¬ 
les en la postguerra del exilio es 
un tema muy manido, Pero es 
un tema que debo consignar en 
este resumen lo más completa¬ 
mente posible. De entre ellos 
conviene citar a algunos cuyas 
trayectorias han sido poco 
mencionadas: Pedro Salinas. 
Muerto en Boston en 1951, su 
obra, acabada la guerra, se cifra 
en tres libros. Poesía junta 
(1942). El contemplado (1947) y 
Todo más claro y otros poemas 
(1949) 

Un buen poeta catalán, 
Miguel y Vergues, recién lle¬ 
gado a México creyó que 
comenzaba una nueva vida, y 
revalidó la carrera obteniendo 
el título de doctor en Letras de 
la ¡ Iniverisdad Autónoma, en 
la que unos años después 
explicó una cátedra llamada de 
Independencia Mexicana. 
Pocos eruditos podrían encon¬ 
trarse en México que supieran 
tanto como él sabía de esa 
época independista. 

Juan José Domenchina 
había sido secretario de Azaña. 
Publicó en América tres libros 
de poesía: Exul Umbra (1948). 
Perpetuo arraigo y La sombra 
desterrada (1950). Estaba 
casado con Ernestina de 
Champurcin, también poeta o 
poetisa. Al emigrar, se encontró 
el matrimonio con que ninguno 



Rafael Banqueas*, primer actor y director 
teatral y empresario, para quien la post 
guerra le hizo encontrar en el exilio mexi¬ 
cano su definitiva consagración artística 

de los dos tenía una profesión 
de la que vivir. El poseía la 
carrera de maestro de escuela 
pero no la había ejercido nunca 
y andaban desorientados, 
pasándolo mal con sólo la poe¬ 
sía a cuestas. 

Pedro Garfias: Publicó cua¬ 
tro libros en los primeros años 
de la posguerra. Tan buen tipo 
humano como poeta, sus ami¬ 
gos le tuvieron que recluir en un 
sanatorio de esos donde dicen 
que quitan el vicio del 
alcoholismo, 

¿Qué de que vivía? Es más 
fácil explica: de que bebía, pues 
al “trago' estaba invitado 
siempre. Todo lo más que le 
costaba era recitar de vez en 
cuando una poesía propia. L a 


vida, lo que se llama la vida, 
aunque los flamencos no 
coman, ya es más difícil. Poe¬ 
sías de la guerra española 
11942), De soledad y otros pesa¬ 
res (1948). 

Emilio Prados. Emigrado 
también de los del 39, estuvo en 
Francia y Suiza antes de 
situarse definitivamente en la 
tierra argentina para dedicarse 
a trabajos editoriales. La licen¬ 
ciatura de Filosofía y Letras 
también le sirvió a Prados para 
defenderse económicamebte 
allí. Asimismo una revista lite¬ 
raria bonaerense llevaba su 
marchamo inconfundible. 
Estrechó más sus relaciones con 
Alberti hasta en e! sufrimiento 
político. Con Manuel Altola- 
guirre —su paisano— que se 
quedó en la Habana y fundó 
una editorial que fue un 
fracaso—, tuvo Prados alguna 
correspondencia al principio, y 
proyectos comunes, que se fue¬ 
ron dispersando en la turbulen¬ 
cia de ia vida del primero. 

Juan Rejano, poeta puro 
llegó a México con el oleaje 
humano que llevó el “Sinaía". 
Presentó un proyecto de revista 
literaria —“Romance”— en 
una editorial y le fue acep¬ 
tando. Juan Ramón Jiménez 
dijo en una interviú que aquella 
publicación era lo mejor que se 
había hecho en esa materia por 
los refugiados españoles en 
América. 


ENRIQUE DIEZ-CANEDO 

Cuando acabó la guerra, 
Enrique Diez-Cañado, miem¬ 
bro de la Real Academia Espa¬ 
ñola, era embajador en la 
Argentina. Hombre sencillo y 
realista, mitad por mitad de 
poeta y crítico, reunió al perso¬ 
nal de la Embajada y le habló 
claramente: 

—Señores —dijo—. Les 
aconsejo que cada uno de uste¬ 
des tome el rumbo que les dic¬ 
ten sus ideas o sus sentimientos. 
Yo he acabado mi misión, y 
paso a ser sólo un amigo de 
todos. El que se quiera marchar 
a España puede hacerlo. Que 



En Id postguerra española en America se revela asimismo una dramaturaga de gran 
fuerza intelectual, Maruxa Vilalta, llegada a México de niña, con sus padres En Ja foto una 
escena de su farsa trágica. Jí Ésta noche juntos, amándonos tamo", centenaria en repre¬ 
sentaciones. 


62 











nadie se considere ligado por 
ningún compromiso con mi 
actitud, de la misma manera 
que yo considero lógica y natu¬ 
ral y la respeto profundamente, 
la actitud que engendre el sen¬ 
timiento político de cualquiera 
de ustedes. Les estoy muy agra¬ 
decido a todos por sus servicios 
prestados. 

Después de este “speach". 
Cañedo lió sus bártulos para 
marcharse a México. Estaba 
dispuesto a acompañarlo el 
primer secretario de la Emba¬ 
jada, Oños de Plandolit, Pero a 
este fue a visitarlo un padre 
jesuíta poco antes de la partida, 
hablaron largamente, y des¬ 
pués, Oños se excusó ante 
Cañedo, y se fue a España. 

Sólo cinco años más de vida 
le quedaban a aquel excepcio¬ 
nal escritor, crítico y poeta. 
Murió en México el 44, a los 65 
años de edad, sin ocuparse ya 
de nada, escondido y casi igno¬ 
rado. Parecía más viejo, tanto 
por su actividad reatraída como 
por su semblante, coronado por 
escasa cabellera completamente 
blanca. 

Lo mató la labor dura, irre¬ 
sistente, poco dúctil, del exilio. 
Si en lugar de México se 
hubiera ido a Francia, se habría 
destacado más su personalidad, 
porque allí le es más difícil 
rechazar homenajes a un 
extranjero capaz de mostrarle 
al país sus propios valores olvi¬ 
dados. Este era el caso de 
Cañedo. Pero Francia no 
estaba entonces para ser refugio 
de intelectuales. 

La última vez que le vi fue en 
un restauran! modesto, sentado 
frente a una taza de “con¬ 
somé". Yo hice como “que el 
no me había visto", para evi¬ 
tarle el embarazo de saludarme. 
¡Qué sección de comentarios 
habría hecho el crítico en esos 
años finales, si algún diario 
mexicano se hubiera dado 
cuenta de que el poeta, cuando 
es buen poeta, es un estúpido 
periodista, capaz de adaptarse a 
la noticia viva de cada día con 
más emoción que nadie! 

Le acompañaba su hijo, espí¬ 
ritu creador y emprendedor —a 


diferencia en lo segundo del 
padre— donde se ha engarzado 
el talento de éste que se fue a la 
eternidad a seguir leyendo. 

EL ESCENOGRAFO 
FONTANALS 

Este es el caso de un hombre 
que en plena guerra se fue a 
México acompañado al elenco 
teatral de Josefina Díaz y 
Manuel Collado —el primer 
Collado— con el autor Alejan¬ 
dro Casona. 

Fontanals llegó a México en 
un momento propicio para el 
mercado cinematográfico de 
aquel país. 

Una juventud de esfuerzo y 
amarguras fue compensada al 
fin en la posguerra mexicana, al 
comenzar la lucha por la vida, 
con un matrimonio feliz con¬ 
traído con una hija de la con¬ 
desa de Subervielle, destacada 
dama de la aristocracia fran¬ 
cesa, que tantos miembros tiene 
radicados en México. 

De su esposa decía Fonta¬ 
nals: 

—Encontré esa mujer que 
sólo se encuentra en las novelas 
optimistas. 

Y era verdad. El tópico de la 
mujer ideal se desarrolló en este 
caso. La mujer del artista que 
sabe entenderle, y lo que es más 


difícil aún interpretar sus 
gustos. 

Aprovechando una vieja 
finca cortesía na de Coyoacán, 
Manuel Fontanals reconstruyó 
una hermosa casa con potrero y 
jardín, de amplias salas decora¬ 
das al buen gusto clásico, 
sobrio, colonial; pero de un 
colonial sin fiorituras, severo y 
cómodo, como las casas de 
aquel pueblo fundado por 1ler- 
nán Cortés, que recuerdan la 
claridad de los patios y las 
estancias extrañas. 

Su primer trabajo en México 
fue presentar una comedia de 
Casona para debut de la com¬ 
pañía Díaz-Collado. La 
empresa estaba parca de dinero 
y Fontanals le daba vueltas a su 
magin para que todo saliese lo 
más barato posible. En el 
comedor del hotel donde se 
hospedaban había sobre las 
mesas unas tarjetas descri¬ 
biendo el “menú”, muy origina¬ 
les, en las que campeaba un 
raro dibujo de tipo cubista. 
Manolo pensó que aquellas tar¬ 
jetas diseminadas por el telón 
de fondo del decorado de la 
obra produciría un efcto de 
gran impresión desde e! 
público. Sólo les faltaba algo 
así como un redondel en el cen¬ 
tro para producir incluso una 
sensación de relieve. Y, de 
piorno... ¡ah, pues allí estaba el 



José Baviera, 0 U 0 de los actores españoles que triunfaron durante la postguerra en Ame¬ 
rica, aparece aquí, a la derecha, interpretando la obra de Luis G Sasuto "Con la frente en 
el polvo", quien aparece a la izquierda encamando a uno de los personajes 


63 














efecto completo! Agarró el 
tapón corcholata de la botella 
de cerveza y la colocó en e! cen¬ 
tro de la tarjeta, Justo. Manolo 
pidió al “Maitre” unas cuantas 
tarjetas del “menú” y se llenó 
los bolsillos de tapones corcho- 
latas. Clavó estos sobre aque¬ 
llas en el telón que figuraba a 
pared frontal del escenarios, y 
cuando Casona entró en la sala 
antes de comenzar el ensayo 
general, se quedó asombrado: 

—Eres un artista, Manolo. 
¡Qué bonito está eso! 

—¿Verdad? 

—¡Magnífico! 

—Pués no ha costado ni un 
céntimo. 

—¿Por qué? 

—Sube y lo verás... 

Casona subió al escenario, y 
al ver de lo que se trataba torció 
el gesto. Cambió por completo 
su entusiasmo: 

—No, no Manolo. Esto no 
puede ser. 

—¿Cómo? Pero, no te gus¬ 
taba tanto desde las butacas? 
¿Se nota desde el público lo que 
es? 

—No, pero... Yo no puedo 
permitir que una obra mía se 
presente así...con estas mise¬ 
rias... 

Josefina Díaz y Manolo 
Collado se pusieron tristes. 
¡Con el poco dinero que tenían 
y lo barato que les había salido 
aquello! Y Fontanals, rojo de 
ira, se encaró a Casona: 

—¿Sabes lo que pasa? —le 
dijo. —Que tu eres de profesión 
maestro de escuela, y eso... ¡se 
paga! 


AUTORES VARADOS 

Muchos autores teatrales 
republicanos emigrados en 
América tuvieron que dedicarse 
también a otros menesteres 
que. unas veces se derivaban de 
la profesión autora! y otras 
divergían por completo. Tam¬ 
bién los había que tuvieron que 
dedicarse al santo ocio par falta 
de adaptación, o simplemente 
de posibilidades de trabajo. En 
la Argentina murió a poco 
Jacinto Grau, el hombre que 



Lorenzo ütt Rüdíib un primar riCíür sur 
giendo en México con fuerza y tálenlo, 
ilegó a! país de niño, como tantos otros. 

Fruto de Ja postguerra en el exilio. 

cargo siempre con el sambenito 
de su “jettatura". En Chile 
vivió al principio sus alegres 
días Joaquín Montero, de la 
escuela vernácula catalana, en 
compañía de su yerno “Ami- 
chatis", también autor. 

A México los autores españo¬ 
les llegaron, naturalmente, en 
mayor número: Leandro 
Blanco, Alfonso Lepa na. 
Magda Donato. León Felipe. 
Alfredo Muñíz, el maestro 
Penella, José L. May ral. Arturo 
Mori, Eduardo Ugarte, Víctor 
Mora, Avelino Artis —padre de 
“Tisner"— y algunos otros en 
receso. 

A Cuba llegaron dos autores 
olvidados, Fernando de la 
Milla, sevillano, y Enrique 
López Alarcón, malagueño. 
Este comenzó a vivir en La 
Habana mal pagado, redac- 



Luis Burtutil reafirma su calidad la posi 
guerra en América 


tando una página diaria de un 
periódico, dedicada a España y 
las cosas españolas. La Univer¬ 
sidad le rindió homenaje publi¬ 
cado en limitada edición de lujo 
un tomo con doce sonetos 
suyos, que el fue enviado a los 
amigos de diferentes países, en 
dedicatoria de afecto. Aunque 
lo pasaba muy mal económi¬ 
camente, si alguien le dijo: 

—¿Por qué regalas ese libro 
tan primoroso? Si lo vendieras 
sacarías algo con que reme¬ 
diarte... 

El, contestó: 

—¿Cómo voy a vender una 
cosa que no me ha costado 
nada? 

En aquel periódico habanero 
arremetió contra todos los 
españoles derrotados por haber 
hecho tan mal la guerra: repu¬ 
blicanos, socialistas, comunis¬ 
tas, anarquistas. Esto le creó en 
torno una cierta ojeriza y le 
aisló de aquel cotarro que al 
principio de la emigración se 
extendía por todos lo países de 
América, 

Lo corriente en los “india¬ 
nos", me atrevo a decir que lo 
natural, es que envíen dinero a 
sus familias en España, como 
consecuenia de la facilidad que 
supone —o mejor suponía— 
ganarlo allí. Pero la profesión 
ya impecune del poeta se 
agrava en América por el 
exceso de competencia. A 
López Alarcón le mandaba 
algún dinero su madre desde 
Málaga, para ayudarle a subsis¬ 
tir. Pasaba angustiasen aquella 
ciudad de españoles inmensa¬ 
mente ricos, ante los que él era 
“inmensamente pobre". 


REMEDIOS HEROICOS 

Prieto, al llegar, se fue a vivir 
a un hotelito de la avenida de 
Nuevo León donde recibía a un 
grupo de amigos. Comenzó 
escribiendo artículos para el 
diario “Excelsior", la revista 
“Siempre!" y algún otro 
periódico. 

Se decía que don Inda era 
accionista de las dos publica¬ 
ciones mencionadas o de una de 


64 













Un fotograma de Mecánica Nacional una de las películas de Luis Alcoriza, gran director sucesor de Bunuel, que aprendió el oficio en la 

postguerra. 


eMas, "Excelsior”, La verdad 
era que la forma de vivir de 
aquel hombre no suponía preci¬ 
samente la de ser accionista de 
cualquier empresa. 

Cuando Prieto llegó a 
México, navegaba viento en 
popa hacia ese hermoso país el 
yate de recreo denominado 
entonces “Vita”, Quizá sea 
reiterativo contar la historia, 
pero es una historia de inme¬ 
diata posguerra y es periodís¬ 
tico contarla aqui. 

El “Vita” iba pilotado por un 
comandante de navio apelli¬ 
dado Ordorica. al mando de un 
comisario político que se lla¬ 
maba —se llamaba porque se 
murió mucho antes que 
Prieto— Vicente Puente Abuin. 
y Nevaba, además de una exigua 
tripulación, un importante car¬ 
gamento de alhajas y otras 
cosas de valor, camuflado en 
latas de galletas de diversos 
tamaños, y consignado al Dr. 
don Juan Negrín, quien tenía 
sus representantes en el puerto 
de Veracruz, con autorizacio¬ 
nes en regla para hacerse cargo 
del valioso botín. 

La discordia entre Prieto y 
Negrín se volvió pelea en París 
una vez terminada la guerra. 


durante una reunión en que si 
no se tiraron los trastos a la 
cabeza fue porque no había 
trastos a mano. Prieto se fue a 
México. El otro se quedó en 
París. Y cuando el “Vita” 
navegaba con viento favorable 
alguien le dio el “chivatazo” al 
primero, con todo género de 
detalles. 

La astucia, la sagacidad, el 
conocimiento de la mayoría de 



Para el pelotari Guillermo Amuchasteguí, 
Ja postguerra fuá encumbrarse al n 1 del 
"Jai-Alai'' erv los frontones de La Habana, 
México. Miami y Shangai. 


sus gentes, siempre fueron 
ca s acterísticas relevantes de 
don Inda; y haciendo uso de 
ellas, puso un radiograma al 
“Vita” en alta mar, ofreciendo 
a Vicente Puente Abuin 100.000 
pesos mexicanos si cambiaba la 

dirección y consignación del 
barco. 

Por consiguiente, en las latas 
se borró el nombre de “Don 
Juan Negrín” y la consignación 
“Veracruz”, escribiéndose 
sobre estas palabras, otras que 
decían respectivamente: “Sr, 
Indalecio Prieto y fuero”, 
“Acapulco”. 

En Veracruz quedaron sen¬ 
tados esperando el barco los 
representantes de Negrín. 

La descarga se hizo sin difi¬ 
cultad en Acapulco. desde el 
barco a un camión que espe¬ 
raba en el pequeño muelle de 
Icacos, de acuerdo con los 
aduaneros, que en el país mexi¬ 
cano suelen ser liberales, y con¬ 
tra lo que digan algunas gentes, 
muy poco interesdos. 

Las obras benéficas en favor 
de los refugiados españoles con 
tal tesoro fueron numerosas, 
hasta que al gobierno de 
México se le ocurrió incautarse 
del sobrante, ■ C. S. 


65 

























Fragmentos 

de una 

clandestinidad 

permanente 



AL vez fue mi generación y no sólo en 
España sino en otros muchos lugares la 
que ha vivido más años de clandestini¬ 
dad. Me refiero a los que integramos desde los 
primeros años de la década de los treinta la 
entonces llamada “vanguardia estudiani¡r\ 
Permanecer a los grupos, con frecuencia minori¬ 
tarios, del estudiantado revolucionario llevaba 
consigo el paso habitual de la legalidad a la 
clandestinidad. Si ahora debo reflexionar sobre 
mi vida política —que, en realidad, nunca fue 
una excepción en aquellos tiempos— debo reco¬ 
nocer que desde casi siempre estuvo marcada 
por un proceso que iba deteriorando poco a 
poco y sin ser consciente de él, el sentido real de 
la vida. A mí. como a tantos otros, ese proceso 
de vivir en una permanente clandestinidad me 
obligó a una singlatura biológica en la que no 
sólo dejé en más de una ocasión el pellejo sino 
que me orientó hacia una mecanización política 
que me separó, más de una vez. de la Historia, 
pese a que uno creyó siempre que la íbamos 
transformando a nuesestro modo. 

“Entré” en la clandestinidad desde muy 
joven, cuando todavía estaba en los últimos cur¬ 
sos del bachillerato. Por otra parte debo confe¬ 
sar que mis recuerdos familiares —a los seis 
años conocí a la Guardia Civil llevándose de mi 
casa a mi padre— establecen una continuidad 
que me condujo, como la más natural, al ingreso 
en el Partido Comunista {en aquel 1932 éramos 
tan pocos en Valencia que la organización juve¬ 
nil no tenía organismos independientes de la de 
los adultos). Muy pronto conocí cierta clandes¬ 
tinidad pues con el triunfo derechista de las elec¬ 
ciones de 1933 los comunistas debíamos iniciar 
trabajos que si bien en aquellos tiempos republi¬ 
canos no eran peligrosos sí rozaban esas zonas 
en las que ciertas actividades “no legales” iban 
configurando nuestra mentalidad. La revolución 
de octubre de 1934 nos movilizó a los dirigentes 
en Valencia, aunque el reflejo de ella en la ciu¬ 


dad fue escaso. Ya a partir de aquel año, hasta 
las elecciones de 1936. nuestras actividades se 
desdoblaron y la vida legal en la Universidad 
conllevaba {entre detenciones, registros y reu¬ 
niones subterráneas) esa otra vida que iba for¬ 
mándose dentro de cada uno de nosotros: la ile¬ 
galidad como una forma más de nuestra “misión 
revolucionaria”, de nuestro diario enfrenta¬ 
miento con el Fascismo. 

La terrible guerra civil, en los primeros 
momentos vivida como un gran caos repleto de 
acontecimientos y en los que la rotura con 
muchas costumbres tradicionales no era sino 
una puerta que se abría a la gran aventura, nos 
movilizó con las armas en la mano “contra el 
Fascismo”, sublevado militarmente contra esa 
misma República con la que. entonces, tampoco 
estábamos de acuerdo. Pero esa guerra significó 
el abandono de nuestras actividades semiclan- 
destinas y el inicio no sólo de una completa lega¬ 
lidad sino la ocupación de la dirección política 
del país. 

La guerra, en mi zona republicana, fue vivida 
por los que nos habíamos convertido en “líde¬ 
res” estudiantiles como una gran aventura 
“legal” que nos iba a conducir a la victoria del 
Partido {por encima de otras consideraciones 
bélicas). Pero unos veintitantos días antes de la 
derrota final, ya tuve que buscar refugio, más o 
menos clandestino, huyendo de la furia de los 
“casadistas”. No fui todavía consciente de que 
esa transitoriedad ¡ba a adquirir en pocas sema¬ 
nas una vivencia adherida constantemente a! 
esqueleto de uno, como forma de huir, como 
forma de permanecer en la vida y en la lucha, 
como transformación de la naturaleza de un 
¡oven que ya no fue ni joven ni de tina sola pieza, 
desdoblado diariamente por las exigencias de la 
clandestinidad. 

En el puerto de Alicante, en abril de 1939, ya 
cercados por los franquistas, asistí como repre¬ 
sentante del Comité Nacional de las Juventudes 


66 











Socialistas Unificadas a una reunión de la direc¬ 
ción central del P. C. E. Se debatió, en esa 
atmósfera de la derrota, la rendición o la resis¬ 
tencia. Se optó por la entrega sin lucha y a partir 
de ese instante en el que las muertes violentas, 
voluntarias o no, nos aproximaban a la realidad 
dramática circundante, fui consciente de que 
tenía que escapar de una inevitable sentencia 
mortal. Ya en el Campo de Concentración de 
Albatera todavía pudimos algunos cuadros de la 
dirección estudiantil cambiar impresiones sobre 
nuestros destinos. El mío, tras varias semanas de 
pasar inadvertido cada vez que las delegaciones 
falangistas nos visitaban para descubrir a los 
sañudamente buscados, logré jugando una vez 
más con el transformismo físico (hacía tres 
meses que había regresado de Norteamérica y 
unas espléndidas hojas de afeitar me rejuvene¬ 
cieron adecuadamente) y con el falseamiento de 
la documentación legal abandonar aquel campo 
que por razones de avituallamiento y de seguri¬ 
dad ya no podia albergar a los excesivamente 
viejos y a los todavía menores de edad. 

Al salir de Albatera, en un tren de vagones de 
ganado, desvencijado y repleto de refugiados 
famélicos, opté por acercarme a Valencia donde 
vínculos familiares me ofrecían seguridades 
inmediatas. Los pocos kilómetros del recorrido 
fueron cubiertos en cerca de veinticuatro horas. 
Cuando llegué a ia estación valenciana y ai 
enfrentarme con una muchedumbre distinta a la 
que durante la guerra había conocido, un reflejo 
probablemente equivocado me obligó a poner¬ 
me unas gafas de sol. Al poco entré en una casa 
familiar que abandoné la misma noche para 
buscar otra más segura en la que permanecí un 
año al cabo del cual entré en otra en el que unos 
camaradas me habían construido, ladrillo a 
ladrillo un buen refugio. Cinco años pasé en esta 
otra casa familiar. Creo que en el primer año de 



Foto "clandestina** hecha en 1940 v Que debía servir a Muñór 

Suay para su documentación "legal". 



Foto de MuñOz Suay y Ramón Piñeiro, dirigente galleguista, en la 

prisión de Yeserias de Madrid, 1948, 


mi vida monacal los contactos con el exterior 
sólo fueron conducidos por familiares. Desde el 
primer día lo que más me preocupaba era cono¬ 
cer la situación de los compañeros, sin pensar 
todavía en una reorganización del aparato cons- 
pirativo pero sí con la seguridad de que a la 
larga habría que iniciar el trabajo clandestino 
que, por otra parte, no podía durar mucho 
tiempo porque el fin de Franco no ¡ba a tardar 
(según los pesimistas, entre los que yo militaba, 
iban a ser unos diez años todo lo más). 

De mayo de 1939 a junio de 1945, como una 
débi¡ tela de araña fuimos tejiendo de unas casas 
a otras y, más adelante, de una ciudad a otra, los 
contactos. En los dos primeros años de la pos¬ 
guerra, sólo con la ayuda personal y física de dos 
compañeros, logré no sólo conservar el anoni¬ 
mato sino que pudimos con elementales y primi¬ 
tivos aparatos de “ciclosti!", construidos por 
nosotros mismos, editar algunos números de 
“La verdad ", órgano dei PC valenciano y 
alguna otra publicación a tas que titulábamos 
con etiquetas “patrióticas”. Recuerdo que en 
aquella especie de vida inmóvil, inmerso en la 
campana pneumática de mi escondite, que se 
prolongó durante seis años, nuestro pequeño 
núcleo resistente que, poco a poco, se fue 
ampliando, siempre débilmente, logró transfor¬ 
marse en una tímida dirección estudiantil. La 
caída en manos de la policía de uno de mis dos 
asiduos colaboradores no nos obligó a cambiar 
de refugio ni cortar unas actividades que en 
aquella época no dejaban de ser arriesgadas. 


67 
























Jorge Semprun y HtcaidO Muñoz Suay un una musa literaria 

(1980). 

La vida de “topo" imprime al que la vive unas 
características especiales. ! as cuatro paredes del 
encierro poseían una permeabilidad voluntaria 
que no tienen las de una prisión impuesta. Y e! 
problema era la transformación que se sufría al 
enfrentarse uno con una sociedad que o se adi¬ 
vinaba o se inventaba, pero que ya era vivida 
teóricamente. La lectura me ocupaba muchas 
horas diarias. Si por una parte los libros ayuda¬ 
ban a conservar la actividad intelectual, eran los 
periódicos, devorados diariamente, los que se 
analizaban para descubrir en ellos las claves de 
la esperanza. Pero, sobre todo, era la informa¬ 
ción oral de los compañeros, no siempre acep¬ 
tada pero sí siempre buscada y exigida, la que 
contenía más interés. Conocer la suerte de los 
amigos y compañeros, verificar los comentarios 
de la calle y, en especial, interpretar los testimo¬ 
nios. en esos años en los que la represión era 
terrible, nos obsesionaba. La vida personal, las 
incidencias íntimas, se doblegaban a la vida 
“misional" dando poco margen a las emociones 
particulares. 

Desde mi escondite íbamos intentando recons¬ 
truir. pero las celdillas de la colmena ideal en 
muy pocas ocasiones eran habitadas por activis¬ 
tas. temerosos con razón por una parte y aisla¬ 
dos otros del contexto nacional y preocupados 
por sus situaciones económicas. 

F.n 1945, ya establecida una frágil organiza¬ 
ción estudiantil (la U.F.E.H., organismo nacio¬ 
nal de las F.U.E. locales, mantenido por nos¬ 
otros dada nuestra “legalidad" orgánica desde 
1935} y en una reunión celebrada en mi escon¬ 
dite con miembros venidos de fuera, se decidió el 
que yo, con todas las documentaciones "legales" 
que me consiguieron los camaradas del Partido, 
me trasladara a Madrid. El viaje, en un W. L., 
acompañado de un familiar, al cabo de seis años 
de inactividad física, no tue nada cómodo, 
aparte del control policiaco de los viajeros que 
no tuvo mayores dificultades que el sobresalto 
previsto. 

Madrid, en aquel verano de 1945, con la victo¬ 


ria de los aliados y la esperanza de los antif ran¬ 
quistas callejeando, pronto me fue, de nuevo, 
familiar. Fue una época en la viviendo en diver¬ 
sas casas, los contactos con otros clandestinos 
del Partido menudeaban y casi siempre, con obs¬ 
tinada torpeza, se celebraban en el Parque del 
Retiro. Fue en aquellos meses cuando al caer la 
dirección encabezada por Zapiraín y Santiago 
Alvarez, tuve que refugiarme en casa de un 
conocido dirigente estudiantil del sindicato 
franquista, el S.E.U. En los primeros meses de 
1946, por otra parte, celebramos una reunión 
“nacional" de la U.i'.E.H. En realidad más que 
organizaciones teníamos en algunos lugares del 
país delegados, casi siempre antiguos militantes 
de la federación universitaria. Casi todos ellos, y 
nosotros mismos dirección nacional, estábamos 
alejados, por unos u otros motivos, de los cen¬ 
tros de enseñanza y poco conocedores de la vida 
universitaria que iba desarrollándose por cauces 
muy distintos de los que vivíamos los profesio¬ 
nales de la clandestinidad. Sin embargo, dentro 
de unos límites no extensos, fuimos creciendo. 
En Septiembre de 1.946 cayó un compañero que 
vivía en Córdoba y que para eludir ante la poli¬ 
cía sus vinculaciones con la guerrilla andaluza 
confesó sus enlaces estudiantiles con Madrid. En 
pocos días fuimos cayendo uno tras otro los 
componentes del Comité Nacional de la 
U.F.E.H. Varios años de cárcel vinieron a 
sumarse a los de la ocultación. Ahora era en la 
cárcel —en aquellas cárceles franquistas todavía 
perduraban las ejecuciones, aunque más esporᬠ
dicas— en las que tuvimos que volver a ciertas 
prácticas conspirativas y clandestinas, para pro¬ 
seguir la vida política fuera del alcance de los 
funcionarios de la prisión. 

Cuando volví a la calle juzgué que mi “caída" 
en el 46 había sido debida, entre otras razones, a 
mi situación de “permanente" y que mis reac¬ 
ciones diarias habían estado constantemente 
acompañadas por preocupaciones motivadas 
por la constante clandestinidad. Había que ini¬ 
ciar otra etapa y la calle y la consolidación fran¬ 
quista me aconsejaban adquirir una profesión. 
Fue el cine la que escogí por vocación y por 
facilidades. Y a partir de esa opción fui un pro¬ 
fesional cinematográfico por una parte y a partir 
del verano de 1.953 otra vez un clandestino, ya 
habituado a esa ambivalencia. 

En el verano del 53 fue el inicio de mi clandes¬ 
tinidad más intensa. Llegué a París el 14 de julio 
y pronto fui detectado por la dirección del 
P.C.E. y casi inmediatamente volví a ver, tras 
cerca de 15 años de separación, a los que 
durante toda la guerra civil habían sido mis 
compañeros en la Juventud. En un comedor de 
uno de esos hogares franceses que a partir de 
entonces me fueron tan familiares, tras varias 
jornadas de mutua información, Santiago Carri¬ 
llo me presentó, por su verdadera indentidad, a 
Jorge Semprún. Quedamos Jorge y yo citados 


68 













para unas semanas más larde en Madrid. Y asi 
iniciábamos la no siempre fácil tarea de ir agru¬ 
pando a los intelectuales comunistas. Partiendo 
de un núcleo constituido por gentes más o 
menos vinculadas al cine, fuimos desparra¬ 
mando nuestra actividad. Muy pronto se des¬ 
gajó de nuestro núcleo primitivo el sector uni¬ 
versitario que representó poco tiempo después 
un papel muy destacado, Las tareas nuestras, 
por otra parte, ya no fueron sólo las derivadas 
de la captación sino las de ampliar la presencia 
del Partido entre los medios intelectuales, prefe¬ 
rentemente literarios y cinematográficos. Y, de 
vez en cuando, una “caída” en Madrid o provin¬ 
cias ponía en tensión los dispositivos clandesti¬ 
nos y en ocasiones el consabido traslado a otra 
casa más segura. 

El tiempo, la intluencia del Partido entre los 
intelectuales (menos efectiva su riguroso tér¬ 
mino orgánico pero suficientemente consistente 
en el ambiental) fueron debilitando en muchos 
casos la rigurosa vida clandestina y en más de 
una ocasión se entremezclaban problemas per¬ 
sonales con los políticos, Pero lo que sí era cierto 
para mi es que cada día debía dedicarme a mi 
profesión y. al mismo tiempo, a las labores del 
Partido. Los viajes al extranjero, debidos a nece¬ 
sidades profesionales, contribuían a establecer 
contactos con las direcciones de nuestro Partido 
y con algunas de los “hermanos”. 



Ricardo Muño/ buay, en la actualidad 


Hasta 1962 fui miembro del organismo diri¬ 
gente de los trabajos del Partido entre los inte¬ 
lectuales. Y además de tareas de organización 
redactábamos informes, textos para nuestras 
publicaciones y para la radio, etc. Además de 
mis “relaciones públicas" con personalidades no 
comunistas. Fue una época en la que el Partido 
de una u otra forma estaba presente en muchas 
ocasiones e, incluso, en bastantes acontecimien¬ 
tos. F,1 núcleo de Madrid tendió ramificaciones 
en otros lugares y aunque “las condiciones obje¬ 
tivas" eran las que mandaban, la verdad es que 
nuestra organización distaba mucho de los 
modelos clandestinos de otros paises que habian 
sufrido las ocupaciones nazis. Entre nosotros 
siempre existían, como es natural, bastantes fle¬ 
xiones y no pocos problemas personales. 

En 1962. cansado pedí libertad para mí y 
dimití de mi cargo, de bastante responsabilidad . 
Una serie de acontecimientos personales, profe¬ 
sionales y, sobre todo, subjetivos —calificación 
en la época bastante herética —me condujeron 
al alejamiento del Partido. Hecho que, como era 
de esperar, desencadenó una serie de difamacio¬ 
nes, de excomuniones y de reacciones personales 
y poco políticas. Pero mi decisión fue firme. Yo 
había iniciado mi alejamiento de la clandestini¬ 
dad influido sobre todo por problemas no ente¬ 
ramente políticos, pero a medida que transcu¬ 
rrían las semanas y ya inmerso en esa espiral a la 
que nos conducen nuestras herejías bajo el mar¬ 
tilleo incesante de los ortodoxos, pude ir libe¬ 
rándome de una serie de mitos y, sobre todo, me 
liberé de ese caparazón que treinta años de mili- 
tancia y muchos de clandestinidad habían sepul¬ 
tado no sólo mi carácter sino mi propia vida. A 
partir de 1962, ya atrás la larga y pesada clan¬ 
destinidad, inicié otra etapa en la que liberado 
de tantas trabas, seguí —sin ningún lazo 
orgánico— mi compromiso con la sociedad. Fue 
entonces cuando pude reflexionar y alcanzar lo 
que tantas veces suponía una terrible realidad: 
habíamos sido muchos, muchísimos, los que en 
nuestra época habíamos entregado mucho a un 
sistema que era sencillamente una espantosa 
tiranía. El XX Congreso soviético no fue sino la 
cristalización de algunas dudas relampagueantes 
que pronto disipábamos. Pero algún tiempo 
después ya fueron muchas las desazones que 
sufríamos. Romper con la propia vida de uno no 
me ha sido nada fácil. 

En otros papeles escribí, hace unos años, que 
las crisis del intelectual-militante desembocan, 
en muchos casos, «en el binomio más perfecto 
intelectual-comprometido, posición que permite 
una independencia generadora no sujeta a la 
“praxis" partidista.» Pero lo terrible en esta 
terrible España es que seguimos abocados a 
situaciones que en cualquier momento nos pue¬ 
den convertir, de nuevo, en clandestinos. Y mi 
vocación clandestina, de verdad, ya hace veinte 
años que me la saqué de encima. ■ R. M. S. 


69 
















La Historia no es el 



Enrique 
Tierno Qalván 


A 


veces se rompía la 
vida de conversación y 
de reflexión sobre los 
temas políticos y universitarios 
por alguna que otra incursión a 
los teatros o a los cines que nos 
atraían, bien por io que consi¬ 
derábamos escándalo, o porque 
nos parecían, las obras que pre¬ 
sentaban. de nivel intelectual 
superior al de los tópicos más 
manidos. Pero, pese a todo, 
notábamos lentitud en la histo¬ 
ria. Sólo al final, muy a) fina! 
del período republicano, perci¬ 
bimos la aceleración histórica y 
tuvimos la previsión de que 
algo irremediable iba a pasar, 
aunque esta previsión implicase 
la vivencia de que lo inevitable 
se estaba constituyendo en un 
hecho. A pesar de que el con¬ 
flicto era previsible, el conflicto 
en si mismo nos sorprendió. Sin 
embargo, entre libros y conver¬ 
saciones el tiempo de la historia 
se deslizaba lento y, pese a 
todo, sereno. 


No me atrevería a decir que 
sabíamos lo que queríamos. 
Sabíamos lo que podíamos que¬ 
rer. Queríamos la igualdad, la 
libertad y la utopía en la tierra. 
Pero en nuestra conciencia 


estaba claro, aunque no lo con¬ 
fesáramos. que podíamos que¬ 
rerlo, pero no me atrevería a 
decir que de verdad lo quisié¬ 
ramos. Sólo cuando la guerra 
estalló supimos lo que quería¬ 
mos. y para ello hubo de trans¬ 
currir algún tiempo, hasta 
comprender que la Historia no 
es el camino de los cangrejos, y 
menos cuando lo hombres tie¬ 
nen prisa. En el tiempo de pre¬ 
guerra vivíamos, pese a todo, 
despacio. Quizá nos diéramos 
cuenta inconscientemente de ¡o 
que se aproximaba y gozára¬ 
mos del tiempo que vivíamos 
desde ese peculiar nivel acadé¬ 
mico en e¡ que algunos partici¬ 
pábamos con plenitud, aunque 
los que estaban metidos en la 
acción lo ignorasen. 

No es que careciéramos por 
completo de acción. Anduvi 
mos tanteando, otros compañe¬ 
ros y yo, por diversas organiza¬ 
ciones estudiantiles, pero el 
desengaño, precedido a veces 
del engaño, hizo que todos con¬ 
curriéramos de nuevo al seno 
de la casa madre de los estu¬ 
diantes liberales, a la FIJE. Nos 
solíamos encontrar periódica¬ 
mente en algún ¡ocal del sindi¬ 
cato. Yo iba con frecuencia a 
unos salones que había cerca de 
la Plaza de España, en el edifi¬ 
cio en el está hoy la Asociación 
de la Prensa, y ahí oía. absorto 
y admirado, lo que decían 
algunos universitarios que 
estaban acabando la carrera o 
que va la habían terminado. 
Empleaban expresiones que por 
sí mismas infundían respeto. 

Recuerdo que uno de los 
dirigentes de la FUE se refería 
constantemente a nosotros 
como el “auditorio” y decía 
también, a menudo, “en este 
foro" y cada vez que pronun¬ 
ciaba la palabra “foro” para 
nosotros, jóvenes estudiantes 
de Derecho se abría un hori¬ 
zonte amplísimo de connota¬ 
ciones históricas respetables 
que nos hacía ponernos muy 
serios y tener mayor sentido de 


Aquellos dos años de 
Biblioteca Nacional, de 
vivir entre libros y de dis¬ 
cusiones teóricas, fueron 
realmente dos años aca¬ 
démicos,. ( ). 




\wr-t ni. hMToiu.-t/ i\n- 

fVXÍO t*S vi Cúptíuh (ívl libra 
Cabos sueltos,-' m/fr/# vvniitmvtuv 
por don ¡nriqm lurno (rahán 
(Editorial Brunuera Harcefoim. 
iVH/.f 




la responsabilidad frente a algo 
impreciso pero existente. Aque¬ 
llo impreciso pero existente no 
era, en resumen, más que el 
respeto académico que se ha 
ido perdiendo y no ha sido 
sustituido. 

Recuerdo bien los muchos 
comentarios a las actitudes y 
los discursos de l.argo Caba¬ 
llero. Algunos ¡e tachaban de 
exagerado, apresurado y. con 
frecuencia, revolucionario, e 
incluso había quienes le acusa¬ 
ban de querer perturbar ei 
orden necesario para que 
España sobreviviera. Otros le 
defendían. Yo no le conocía 
entonces personalmente salvo 
por la presencia en los mítines y 
en alguna conferencia, pero 
siempre me pareció un hombre 
íntegro que luchaba contra sus 
propios deseos. A mí me daba 
la idea, y aún hoy me ocurre 
asi, de que Largo Caballero 
hubiera sido feliz de haberse 
mantenido como un obrero 
más luchando por la utopía, 
pero la carga del poder, que 
reduce siempre la utopía a lo 
posible, le mutiló. Luchaba 
contra su propia mutilación 
con un esfuerzo por quedar 
bien ante sí mismo que pocas 
veces tuvo el premio que 
merecía. 

Los dos largos años de pre¬ 
guerra los recuerdo con inten¬ 
sidad y agradecimiento, porque 
nunca existió para mi la tenta¬ 
ción escéptica ni hubo el menor 
desmayo. Visto desde hoy, pre¬ 
guntándome por lo que caracti- 


70 





















camino de los cangrejos 



Entrada a la Biblioteca Nacional de Madrid. 


/■aba aquel periodo de juvenil 
madurez, me respondo a mí 
mismo que la característica 
mayor era la continua mezcla 
entre política y cultura. Cul¬ 
tura académica, primaria, 
secundaria y terciaria, pero cul¬ 
tura académica a través de 
libros, conferencias, seminarios 
y política. Lo que se oia en el 
Ateneo, se escuchaba en ei tea¬ 
tro. se leía en los periódicos, las 
personalidades que nos servían 
de modelo v referencia estaban 
impregnadas de elementos poli- 
ticos que a su vez se realciona- 
ban estrechamente con los 
supuestos culturales. No existía 
alejamiento y mucho menos 
separación. Estar en la Univer¬ 
sidad suponía por principio 
vivir la política, aunque no se 
fuese protagonista. Es exacta¬ 
mente lo contrario a ¡o que 
ocurre hov. Por una división 
del trabajo que nace más del 
deseo de no comprometerse que 
de las exigencias de nuestra 
estructura social, los políticos 
se han profesionalizado y como 
tales profesionales no quieren 
saber apenas nada de la cultura 
académica en cualquiera de sus 
niveles. Sólo algún rato, 
cuando descansan, leen una 
novela u hojean un libro que les 
han dicho que bueno y que 
deben leer. Mala señal, en 
cuanto es propia de todas las 
insolidaridades. 

La separación entre cultura y 
política es en sí misma per¬ 
versa. Destroza el equilibrio de 
la sociedad y oculta la concien¬ 
cia de lo universal, que son 
imprescindibles para que una 
comunidad no se corrompa y 
sus miembros no se dejen coger 
por la indiferencia y la despreo¬ 
cupación respecto de todo lo 
que no sean ellos mismos. 

Nuestra obligación como 
políticos, me refiero a los polí¬ 
ticos de esta hora, sería volver a 
enlazar cultura y política. Es 
difícil, sobre todo cuando no 
existe en general, la conciencia 
de la necesidad de entremezclar 


una y otra. Pasados unos años 
aparecerá claro otra vez, a 
nuestros ojos, que no se pueden 
separar. En cualquier momento 
de creación se ve nítidamente 
que nada es ajeno a nada en el 
orden de las teorías, en el de las 
ideas o en el de la convivencia. 
Pero ahora que no estamos en 
un período de creación, sino de 
declinación de pequenez y ram¬ 
plonería, todo es ajeno a todo 
y en estas ajenidades, la más 
profunda y peor es la que 
separa la cultura de lo que en 
términos generales se llama 
política y en términos concre¬ 
tos, el saber de los políticos. 

Es tan clara esta diferencia, 
que he estado buscando entre 
los estudiantes de uno y otro 
sexo, modelos que pudieran 
indicar que había reaparecido 
el viejo y necesario esquema, 
pero no los encuentro. Encuen¬ 
tro al titulado indiferente que 


busca colocación o al político 
profesionalizado que quiere 
hacer carrera dentro o fuera de 
los partidos. 

Los años a los que me refiero 
no rompieron con la llegada de 
la guerra. No obstante, cuando 
la guerra empezó teníamos la 
visión de las referencias de 
aquellas grandes personalida¬ 
des respecto de las cuales nos 
sentíamos inferiores y obedien¬ 
tes. Algunos nos decepcionaron 
muchísimo. Recuerdo la decep¬ 
ción que me causó Unamuno 
cuando me enteré de la carta 
que habia escrito a los rectores 
de las universidades extranje¬ 
ras, y de su propia actitud 
inicial. 

Durante la guerra y después 
de la guerra fueron cayendo los 
ídolos; pero si los ídolos se 
hundieron, los libros se salva¬ 
ron. Es cierto que durante los 
veinte primeros años de dicta- 


71 






















dura franquista sólo quedaron 
como guía las obras de la gene¬ 
ración del 98 y de los que esta¬ 
ban en torno a esta fecha, pese a 

todas sus imperfecciones y 
vicios. Quizá no convenga sim¬ 
plificar tanto. No eran sólo las 
gentes del 98, también sus 
coetáneos quedaron. Se leía a 
Blasco Ibáñez, Palacio Valdés y 
algunos más recientes. De éstos 
hay algo que es de suyo angus¬ 
tioso. me refiero a la “genera¬ 
ción perdida". No se si emplear 
el plural y decir “generaciones 
perdidas". 

Cuando repaso las coleccio¬ 
nes de "La novela de hoy", de! 
“sábado" y otras más de las 
que siguiendo el ejemplo de 
Sáinz de Robles habrá que ocu¬ 
parse que recogían los ensayos 
de quienes iniciaban su vida 
literaria o a los conferenciantes 
del tiempo y los primeros tan¬ 
teos de científicos incipientes, 
siento como algo personal el 
vacío de aquella generación 
desaparecida. Sobre todo si 
pienso en mis amigos muertos 
en la guerra. Imagino que algún 
día habrá quienes se ocupen de 
aquellos jóvenes de veinte, vein¬ 
ticuatro o veintiocho años, que 
murieron en la contienda 



Alegoría satírica cíe Vicente Blasco Ibáñei 

72 


cuando apenas empezaban a 
escribir literatura, a investigar y 
trabajar en la especulación 
científica. Alguna vez habrá 
que pensar, de acuerdo con la 
práctica y la reflexión, cuáles 
han sido las consecuencias de 
no haber tenido un eslabón que 
capitanease la cultura entre la 
generación anterior y la poste¬ 
rior a la guerra. Pero es cierto 
que no sólo por razones de desa¬ 
parición física faltó el eslabón, 
sino también por la torpe per¬ 
secución franquista. Después 
de la guerra co-ntinuamos 
dependiendo de la generación 
del 98. No teníamos nadie 
nuevo a quien referirnos, salvo 
excepciones. Seguían presentes 
don Blas Cabrera, don Ramón 
Menéndez Pidal. don José 
Ortega y Gasset, Baroja, Azo- 
rín, etc. 

Como no aparecieron gran¬ 
des innovadores, se notaba el 
vacío que dejaron aquellos que 
debían haber sido un puente 
entre los que, en términos gene¬ 
rales, llamaremos noventao- 
chistas V nosotros. De aquí 
que, admitámoslo o no, somos 
hijos de la generación del 98. 
aunque históricamente se nos 
considere nietos. Por otra 
parte, nosotros tampoco hemos 
hecho nada o casi nada, me 
refiero a los que tenemos ahora 
alrededor de los sesenta años. 
Somos culpables de que las tra¬ 
ducciones tengan mas impor¬ 
tancia para los jóvenes españo¬ 
les que lo que inventan y 
escriben en lengua vernácula 
sus compatriotas. Se que la 
culpa es fundamentalmente del 
régimen autoritario, pero, en 
rigor, hemos de admitir que 
también es de nosotros, repeti¬ 
dores eternos de viejos concep¬ 
tos, Se percibe esto en nuestra 
independencia y arbitrariedad, 
a veces también en nuestra falta 
de sistema. Me parece que en 
los políticos es perceptible la 
falta de ese eslabón en la 
cadena, porque los jóvenes 
falangistas y jonsistas que 
sobrevivieron no eran un esla¬ 
bón de nada, es más, muchos de 
ellos se consideraban “noventa 
y ocho" al pie de la letra, mucho 


más que los pocos de entre los 
“rojos” que nos esforzábamos 
por salir de la cárcel intelectual 
de la herencia que nos dejaron 
los pensadores del primer tercio 
del siglo. 

Un ejemplo espléndido de 
todo esto puede ser Dionisio 
Ridruejo. Yo le conocí tarde, 
diría que muy tarde, porque 
más o menos el conocimiento 
ya maduro se produjo con rela¬ 
ción a lo que fue el escándalo de 
Munich. Le conocía de bastante 
antes, aunque la madurez de 
nuestras relaciones llegó con 
este conocimiento. El año 53 le 
había tratado por primera vez y 
en el 55 andaba en la modesta, 
y en cierto modo para él 
heroica, conspiración de aque¬ 
llos meses. En el 57 estuvimos 
unos días juntos en la prisión de 
Carabanchel. Esto me bastó 
para interpretarle. Su entu¬ 
siasmo respecto de Machado y 
su incuestionable liberalismo, el 
ser Ridruejo de Soria y pertene¬ 
cer yo también de modo muy 
hondo a la misma región, me 
permitían entender mejor su 
intimidad e incluso su 
conducta. 

El Dionisio Ridruejo falan¬ 
gista. uno de los prohombres 
circunstanciales durante la gue¬ 
rra, se anulaba en las contra¬ 
dicciones propias de un discí¬ 
pulo del noventa y ocho a 
distancia. Sus esfuerzos por ser 
del presente estaban siempre 
condicionados por su irreme¬ 
diable permanencia en el 
pasado. Particularmente por¬ 
que era un esteta. A quienes no 
teníamos ambiciones literarias 
ni artísticas y cultivábamos el 
Derecho, la Sociología, la crí¬ 
tica lingüística o !a filosofía, 
nos era más llevadera la situa¬ 
ción de ambigüedad y duplici¬ 
dad y creo que se nos notaba 
menos la ambición de sobresa¬ 
lir, que es la expresión más alta 
de la ambigüedad y también su 
manifestación más perceptible. 
Pero en casos como el de Dio¬ 
nisio Ridruejo, la situación y al 
mismo tiempo las actitudes 
eran siempre difíciles porque 
resultaban irónicas, un falan¬ 
gista, que seguía siendo un 








Francisco Largo Caballero, 


observador liberal y escéptico, 
como la mayor parte de los del 
noventa y ocho y, a la par, un 
hombre atropellado por la gue¬ 
rra y desorientado que buscaba 
su norte, Ambas cosas, que 
eran reales, se disimulaban y 
cobijaban detrás de! antifaz de 
convencimientos y radicalismos 
absolutamente falsos. Por eso 
hizo muy bien Rídruejo al dejar 
la falsedad radical, buscar su 
propio destino y aprovechar la 
ocasión que deparó la caída de 
Serrano Súñer para salir de la 
trampa y saber qué podía que¬ 
rer y qué quería. Lo que podía 
querer las circunstancias se lo 
mostraron, pero lo que quería 
lo aprendió tarde. La lucha 
interna y exterior en Dionisio 
Rídruejo nos sirvió a muchos 
de buen ejemplo para ver claro 
y nos permitió reflexionar 
mejor desde los mismos u otros 
supuestos. Tendré nuevas oca¬ 
siones de hablar de Dionisio 
Ridruejo, pero no me parece 
conveniente, ahora ni después, 
añadir qué problemas gravísi¬ 
mos me contó una vez, durante 
un largo paseo, estando ya rela¬ 
tivamente próxima su muerte. 

Todo cuanto llevo, acumu¬ 
lado hoy en la memoria, me 
hace ver más claro respecto de 
aquella oquedad que la guerra 
abrió y que no se llenó con 
nada, porque los cadáveres no 
llenan huecos de la historia; al 
contrario, los hacen más 
grandes. 

Mas volvamos al hilo de lo 
que puede entenderse como 
narración principal. A la biblio¬ 
teca de la calle del Duque de 
Medinaceli concurría con 
menos frecuencia, pero no 
pasaba semana sin que uera a 
visitarla. Era una biblioteca no 
muy grande pero selecta, que 
para los estudios de letras, 
sobre todo literatura y filosofía, 
resultaba mucho más cómoda v 

i** 

mejor que la propia Biblioteca 
Nacional. Allí no había tertu¬ 
lias. las conversaciones eran 
cortas y en la puerta de la calle. 
Veía, sobre todo, a alguna 
muchacha de mi propia clase de 
Literatura o Introducción a la 
Filosofía, que por entonces 


daba don Vicente Gaos. 
Recuerdo a una, buena conoce¬ 
dora del griego, que se sentaba 
junto a mí y solía ayudarme en 
los pasos difíciles. La recuerdo 
con sumo gusto y mucho agra¬ 
decimiento, pues me enseñó a 
manejar bien los diccionarios 
clásicos, los grandes dicciona¬ 
rios críticos alemanes, para 
orientarme en el mundo labe¬ 
ríntico de las ediciones de los 
filósofos griegos. 

Había otra, una muchacha 
que estudiaba en el mismo 
curso, el primero de comunes, y 
tenia una enorme predilección 
por las preguntas de carácter 
metafisico referente a temas en 
que muchas veces la pregunta 
no tiene más sentido que la 
propia intención del preguntar. 
Sin embargo, me complacía 
acompañarla un largo trecho, 
que podía llegar hasta el Retiro, 
bordeando gran parte del par¬ 
que. Otras veces íbamos hasta 
casi el antiguo Hipódromo. 
Escuchaba sus opiniones, inten¬ 
tando penetrar en el significado 
de preguntas como ¿qué es el 
ser?, ¿qué es la vida?, y otras 
análogas. 

El espectáculo de aquella 
inteligencia fina y sedienta bus¬ 
cando respuestas propias y 
acabadas, resultó sumamente 
aleccionador. Yo creo que las 
conversaciones con mi compa¬ 
ñera de estudios que, repito, se 


daban en paseos muy largos, a 
veces enriquecidos por pausas, 
sentados en los bancos o alivia¬ 
dos con algún café tomado para 
sobrellevar el frío, aprendí a 
desconfiar respecto de lo que 
creemos descubrimientos valio¬ 
sos en el ámbito intelectual, que 
apenas tienen más alcance que 
el de renovar las preguntas y 
exigir más respuestas. Algo 
parecido a un escepticismo 
ponderado que, sin excluir la 
necesidad de inquirir, me ha 
hecho vacilar siempre antes de 
quedar satisfecho con las res¬ 
puestas. Quizá desde entonces 
he tenido dificultades para 
embarcarme en ninguna con¬ 
cepción del mundo sistemático, 
elaborada metódicamente, con 
un criterio metafisico que se 
despliega desde el hallazgo de 
unos fundamentos incon¬ 
movibles. 

En la Biblioteca Nacional 
aprovechaba el tiempo con mis 
compañeros para leer, sobre 
todo, de temas jurídicos, parti¬ 
cularmente los que se referían a 
Derecho Político, Don Nicolás 
Pérez Serrano, con su gran 
capacidad persuasoria, su 
método claro y notable habili¬ 
dad de comentarista y glosador, 
nos permitía sacar consecuen¬ 
cias de las consecuencias e 
impulsaba a todos a estudiar la 
Constitución del 31. analizar su 
alcance y encontrar las compa- 


73 










Ramón Menéndez Pida! 


raciones mayores y más sobre¬ 
salientes con otros textos 
análogos. 

A don Nicolás le debo el 
primer impulso de estudiar con 
especial interés la disciplina que 
constituye el Derecho Político o 
Derecho Constitucional a la 
que, pasados algunos años, me 
dedicaría con mayor empeño. 

El estudio universitario no 
tenía nada de abstracto, de 
lejano ni de exclusivamente 
académico. Se vivía todos los 
días en la práctica, y cuando 
nos ponían un caso práctico 
podíamos confirmarlo en las 
sesiones del Parlamento, a las 
que asistí como estudiante 
alguna vez y que me causaron 
siempre una impresión suma¬ 
mente penosa. Tuve que luchar 
contra mí mismo para no incu¬ 
rrir en la crítica acerba del sis¬ 
tema parlamentario, porque me 
pude dar cuenta de que, aunque 
malo, era realmente el medio 
del que disponíamos para 
avanzar por el camino del pro¬ 
greso y de la igualdad, no sólo 
política, sino también social. 

En el Parlamento oí grandes 
y buenos discursos y pude valo¬ 
rar las distintas clases de orato¬ 
ria política. Aprendí entonces, 
o creí aprender, que la mejor 
oratoria en un Parlamento, lo 
mismo que en la clase, es la que 
fija las ideas y sujeta al auditor 


sin permitirle distracción 
alguna. Dos clases de parla¬ 
mentarios habia desde el punto 
de vista de la oratoria, 
hablando en general y exclu¬ 
yendo los matices. Quienes 
hacían preguntas normalmente 
retóricas y quienes formulaban 
el discurso reflexionando sin 
preguntar. Los que pregunta¬ 
ban enlazaban con la tradición 
parlamentaria clásica y quizá 
fuesen los que más llamaban la 
atención, aunque por lo común 
tenían menos contenido. Por el 
contrario, quienes seguian su 
propio discurso empeñándose 
en una reflexión en la que pare¬ 
cían ignorar al auditorio, for¬ 
mulaban las opiniones con 
mayor densidad y exigían 
mayor atención, aunque el pro¬ 
pio orador no la reclamase con 
el tirón de la pregunta. 

De los oradores reflexivos y 
capaces. Azaña quizá se llevase 
e! premio. De los que eran 
dados a las preguntas, había 
muchos. Casi todos ellos de 
menor calidad que don Manuel, 

En el Parlamento no sólo 
encontré la dificultad de que no 
era fácil creer en sus virtudes, 
sino que tuve la experiencia, yo 
diría que intuida más que per¬ 
cibida con la práctica y en 
sosiego, de lo que el político es 
en cuanto llega a poseer los 
caracteres de un profesional. El 


político que se interpreta a sí 
mismo y a los demás como per¬ 
sonas atareadas en un sólo 
quehacer, incluido en un 
ámbito propio del que no puede 
salir, porque aparecería desleal 
e irresponsable, acaba perdién¬ 
dose para la generosidad e, 
incluso, en muchos aspectos 
para la honradez. 

Las grandes personalidades 
me parecía que no eran pro¬ 
piamente políticas. Unos eran 
científicos, otros literatos o 
profesores, pero los que practi¬ 
caban la política como una pro¬ 
fesión se hacían cada vez más 
pequeños en estatura moral y 
más rígidos en sus concepcio¬ 
nes. A veces lo comentaba así 
con algún amigo, que subía y se 
sentaba en la tribuna a oir las 
intervenciones. Nos fijábamos 
con curiosidad en ios jóvenes, 
por lo común vestidos de 
oscuro, muy ajetreados, que 
dejaban su asiento para hablar 
con personas de mayor edad, 
tratándolas con respeto y sim¬ 
patía aparente y buscando su 
aprobación. 

Cuando muchos años depués 

he ido al Parlamento v no sólo 

■* 

a contemplarlo desde la tribuna 
pública, he comprobado que 
aquella inicia! y casi infantil 
experiencia era verdadera. Esto 
me ha empujado a huir siempre 
que he podido de la actividad 
política en cuanto actividad 
profesional y también a eludir 
llegar a la cumbre de la profe- 
sionaüzación, haciendo de la 
política un medio de vida. De 
este modo he intentado evitar la 
pequenez y la rigidez. Es una 
lección que me alegra, aún 
ahora, haber aprendido tan 
pronto, pues permite conservar 
la generosidad y un horizonte 
amplio intelectual e incluso sen¬ 
timental. 

Entretanto, en la calle — 
prosigo mí discurso— crecía el 
desorden, no tanto por los tiros 
y las muertes, como por el con¬ 
vencimiento moral que tenía¬ 
mos quienes vivíamos en 
Madrid, de que el desorden no 
se iba a detener. No se veía su 
fin por medios pacíficos. 

Ya he dicho que cuando esta- 


74 


















lió la guerra estaba impregnado 
de este convencimiento e 
incluso tenía la previsión, más o 
menos difusa, de que había de 
sobrevenir algún autoritarismo. 

Con la muerte de Calvo 
Sotelo, la conciencia de lo irre¬ 
mediable se hizo más profunda. 
El recuerdo no intelectualizado, 
sino puramente sensorial, lo 
vinculo al calor y a las cancio¬ 
nes populares que se oían con 
mucho ruido por todas partes, 
y al uso excesivo de radios 
puestas con volumen muy alto. 
El recuerdo fonético y casi epi¬ 
dérmico de la temperatura alta 
lo mantengo irremediablemente 
asociado al fin de la República 
y el comienzo del gran 
desorden. 

Me viene a la mente, ignoro 
la razón, una persona notable 
de la que algo quiero decir, que 
me permite establecer una 
comparación que tiene en sí 
misma importancia por la pro¬ 
pia distancia temporal de los 
términos que se comparan. Me 
refiero a Gil Robles, porque 
entonces conocí a Gil Robles, y 
después he conocido a don José 
María Gil Robles. Quiero decir 
que la notoriedad política con¬ 
lleva la familiaridad y la 
vida privada la distancia; en el 
teatro con el común de las 
gentes. 

Gil Robles era entonces una 
persona relativamente gruesa, 
con apariencia de quien tiene 
más aspecto nervioso que la 
condición de nervioso. De ora¬ 
toria fluida y respuesta ágil, 
reflejaba una inteligencia 
rápida y al mismo tiempo algo 
que se asemeja a una profunda 
insatisfacción. Quizá me equi¬ 
voque, pero entonces e incluso 
después de la guerra, he tenido 
la idea de que había algo que le 
obligaba y que soportaba, pero 
de lo que no estaba satisfecho. 
A mi juicio, don José María 
nunca tuvo la oportunidad de 
ser un estadista que trabaja por 
el Estado y por la Nación, sino 
un político condenado á traba¬ 
jar por intereses muy concretos 
de clase y de partido. Ésto 
debía repugnar a Gil Robles. 
Me parece que se sentía pro¬ 


fundamente descontento. Es 
una apreciación que después, 
en cierto modo, he confirmado, 
ya que cuando tuve ocasión de 
volverle a ver por los años 57. y 
accedió a firmar una carta que 
enviamos a Francia por un pro¬ 
cedimiento secreto, encontré 
que coincidía más consigo 
mismo que aquella otra perso¬ 
nalidad de la República que 
hablaba con firmeza y agresivi¬ 
dad en el Parlamento. Sospecho 
que los muchos años de exilio, 
el sufrimiento, la certeza de no 
haber comprendido bien a 
otros y de no haber sido com¬ 
prendido bien por los otros, le 
daba una tranquilidad que 
nacía de la independencia y de 
la posibilidad de reflexionar e 
incluso arrepentirse. Me parece 
que sus limitaciones durante e! 
período republicano le impe¬ 
dían vivir así y le producían un 
enorme descontento que. sin 
traslucirse, se percibía en oca¬ 
siones. A mí, al menos, me 
pareció percibirlo. 

I odos pasamos, en muchí¬ 
simo menor grado, la experien¬ 
cia de Gil Robles. Según nos 
acercábamos a la guerra se 
hacía más difícil la convivencia 
ponderada con los compañeros. 


con los amigos e incluso con los 
vecinos. Sin embargo, pasé bien 
esta prueba, sin grandes dificul¬ 
tades. Las asperezas en la con¬ 
vivencia nacen muchas veces de 
la excesiva preocupación por 
los modos de convivir. El estar 
más o menos distraído o abs¬ 
traído y no conceder al hecho 
de convivir nada más que la 
importancia que los otros, en 
cuanto personas, merecen, me 
sustrajo a muchas preocupa¬ 
ciones. A veces, la demasiada 
importancia que con absoluta 
falsedad nos concedemos a 
nosotros mismos hace que 
mengüe nuestra independencia 
y sosiego. 

El agradecimiento psíquico y 
mental del desorden es peor que 
el desorden mismo aunque, si 
bien se mira, había razón de 
sobra para estar tan preocu¬ 
pado por los hechos como lo 
estaba entonces el ciudadano 
medio. La medida del desorden 
era la inquietud creada por el 
rumor, las noticias deformadas, 
el convencimiento profundo de 
que las dificultades ideológicas 
para entenderse unos con otros 
se convertirían abiertamente en 
hostilidad y agresión y que, 
cualquiera que fuese el grado de 



Dionisio Ridruejo en compañía de Gonzalo Torrente Ballester. 


75 





















violencia real violencia mayor y 
más temible. En cierto modo, lo 
contrario de lo que se está 
viviendo cuando escribo estas 
páginas. Ahora, el nivel de 
ambivalencia entre pesimismo y 
optimismo es relativamente 
alto, mucho más de lo que era 
entonces. El Estado está mejor 
organizado y el miedo provoca 
mayor espanto y hace víctimas 
en sectores que, pese a todo, no 
ven otra salida racional que la 
de continuar. Tenemos hoy la 
conciencia de que viajamos en 
un barco que no permite el 
trasbordo. 

De lo que entonces pasó, 
refiriéndolo a la clase dirigente 
con algún ejemplo, basta el que 
he citado del asesinato de Calvo 
Sotelo. La otras referencias 
descienden de pronto apun¬ 
tando a algún militar de gra¬ 
duación media. Las demás se 
resolvían en querellas, a veces 
mortales, entre militantes de 
uno y otro partido, que no des¬ 
collaban especialmente. Los 


atentados como el de Jiménez 
de Asúa no se repitieron en 
exceso. Sin embargo, la con¬ 
ciencia de la proximidad de la 
violencia grande, colectiva e 
inevitable, era mucha. 

Contribuían a crear esta con¬ 
ciencia generalizada de desor¬ 
den las leyes del gobierno repu- 
blicano que alteraban la 
situación social heredada de la 
monarquía, fundamentalmente 
del canovismo. Leyes como la 
de la reforma agraria, que pro¬ 
vocan desconfianza, miedo y 
reacciones de hostilidad entre la 
burguesía del campo. El divor¬ 
cio, que ponía en juego las res¬ 
puestas convencionales de la 
clase media. Las leyes relativas 
a materias de culto y clero que 
implicaban también reacciones 
de violencia contenida o explí¬ 
cita en una gran parte de la 
población rural y urbana. 

Muchas veces se ha comen¬ 
tado el vacío que existía entre 
los republicanos, teóricos de 
laboratorio que concibieron el 


modelo de una España alejada 
de la realidad social definida 
por la ilustración de la clase 
liberal dirigente tal y como 
estaba reflejada en la Constitu¬ 
ción y las aspiraciones del pro¬ 
letariado insurgente. Este 
hecho convertía a la Constitu¬ 
ción en una norma casi quimé¬ 
rica, pues quimérica tiende a ser 
cualquier Constitución que no 
expresa la realidad social y eco¬ 
nómica. La España bella y 
lúcida pero irreal, sellada por el 
texto constitucional, no enca¬ 
jaba en el tejido vivo de la con¬ 
vivencia. De este modo, el texto 
de 1931 se parecía al de 1812 en 
cuanto los dos tendrían que 
esperar tiempo para que el pro¬ 
ceso de la historia forjase una 
sociedad a la que fuese posible 
aplicarlos. 

La Constitución de 1931 ha 
necesitado cuarenta años largos 
de tristezas y falsa abundancia 
para que la sociedad española 
tenga la suficiente flexibilidad 
y modernidad que le permita 



Vista aérea del estanque del Retiro, 


76 

















recibir los principios constitu¬ 
cionales que, expresados con 
menos lucidez, se recogen en la 
Constitución de 1978. Es nota¬ 
ble la tendencia quimérica de 
las Constituciones que esta¬ 
blece paralelos tan incuestiona¬ 
bles como el que hay entre la 
Constitución del 12. en cuanto 
“constitución del futuro" y la 
del 31, como “constitución 
futurable". 

De tos grandes temas el que 
más se discutió por la clase 
media, pero no por lo que lla¬ 
maríamos convencionalmente 
el proletariado ni, según lo que 
recuerdo y he leído después, 
por la alta burguesía, fue el 
divorcio. 

Para la cíase media, inclu¬ 
yendo en esta expresión una 
franja muy ancha de la socie¬ 
dad española, acepta el divorcio 
era admitir que por parte de la 
mayoría se había perdido sacri¬ 
ficio personal, tiempo y, tam¬ 
bién, que las pocas cosas inmu¬ 
tables que se admitía que 
quedaban iban desapareciendo 
irremediablemente. No hubo 
resignación ante la pérdida de 
lo que se consideraba inmuta¬ 
ble o permanente. No existía 
conciencia tan profunda como 
la de lo perecedero ni tan pro¬ 
fundo esceptismo como el de 
hoy. 

Muchos no caímos en el escep- 
tismo absoluto por la sencilla 
razón de que no se puede ser 
escéptico con entusiasmo; al 
menos con un entusiasmo 
hondo y real, no fingido. 
Cuando se han perdido los 
entusiasmos y se puede ser ple¬ 
namente indiferente, aunque 
con amargura inconfesable. 
Aceptar en aquel tiempo de 
entusiasmos el divorcio era 
para la clase media tanto como 
aceptar que se estaba perdiendo 
el apoyo personal y colectivo de 
los miembros de un grupo, que 
se fortalecía respondiendo a sus 
propias exigencias. Hoy la clase 
media está mucho más desper¬ 
diciada y menos definida de lo 
que estaba entonces. 

Los comentarios que oía 
fuera de los ámbitos académi¬ 
cos eran casi todos condénalo- 



Manuel Azaña 


ríos del divorcio. Sólo los más 
progresistas aceptaban la idea. 
Decir sí suponía una declara¬ 
ción atrevida de liberalismo 
sospechoso, teñido de tenden¬ 
cias revolucionarias, exclu¬ 
yendo, como es lógico, las 
excepciones. 

De mis recuerdos entresaco 
el de un profesor de música a 
cuya clase asistía para que me 
enseñase violín, que nos advir¬ 
tió que se iba a divorciar. Per¬ 
dió alguno de sus alumnos, par¬ 


ticularmente alumnas, porque 
sus madres, asustadas, las 
retiraron. 

Cuando la ley de divorcio se 
promulgó y se aplicó hubo bas¬ 
tante gente que se acogió a ella, 
pero no demasiada. No porque 
no existiría en la conciencia de 
muchos el convencimiento de 
que para su propia felicidad, 
para la felicidad de la otra per¬ 
sona e incluso para los hijos, el 
divorcio era bueno, sino por e! 
miedo a tos demás, el miedo al 
“qué dirán”, tortísimo siempre 
en España. 

Nuestro desarrollo en el 
orden de las formas de vida y de 
los modos de convivencia se 
puede medir razonablemente 
por el menosprecio cada vez 
mayor al “qué dirán". Incluso 
en los pueblos, lo que los demás 
opinen empieza a tener menos 
importancia. Esto significa un 
cambio profundo, porque 
en España tradicionalmente se 
llamaba honra a la respuesta 
personal respecto de la opinión 
de los otros, hasta el extremo de 
depender de ella. 

Mantenía yo relaciones con¬ 
tinuas con personas de diferen¬ 
tes estratos de la clase media y a 
través de los periódicos me 
informaba de la opinión de 
otros sectores. Esto contribuía 
a que a conciencia de desorden 
psíquicamente ampliado a la 
que he aludido antes fuese en 
mí grande y poderosa. Por otra 
parle, metido en el ámbito 
familiar, sin demasiados con¬ 
tactos con organizaciones polí¬ 
ticas o sindicales, mantener una 
actitud predominante de obser¬ 
vador, aunque sin negarme 
nunca al compromiso, era fácil. 

Recuerdo que, a pesar de las 
inquietudes y algarabías de gen¬ 
tes que gritaban una u otra 
cosa, de las manifestasciones, 
de los grandes desfiles de obre¬ 
ros con pañuelos rojos y alpar¬ 
gatas, que marchaban con tono 
amenazador en grandes forma¬ 
ciones, vivía tranquilo en mi 
casa en la que sólo el ceño de 
preocupación de mi padre y sus 
mutismos cada vez mayores 
ponían un dejo de alarma, que 
rara vez se formulaba en una 


77 



















opinión explícita. Se avecina¬ 
ban días de gran entusiasmo 
mezclado con mucho sufri¬ 
miento. Los jóvenes teníamos 
fe. 

En las guerras, al menos así 
fue en la guerra civil española, 
hay siempre un foco de lozanía, 
entusiasmo y generosidad que 
hace que la corrupción, el 
egoísmo, la deslealtad parezcan 
circunstanciales, excepcionales 
y siempre extrañas al propio 
proceso. Después, los términos 
de la relación se alteran y lo que 
llega a ser extraño y excepcio¬ 
nal es la honradez y la lealtad. 

No quiero concluir este capí¬ 
tulo sin hacer otra reflexión 
porque, pese a lo que acabo de 
decir, cuando la guerra con¬ 
cluyó permanecía intacta la fe 
de muchos de los jóvenes en las 
ideas y en los hombres. 

Se ha extendido la especie de 
que acabamos.la guerra absolu¬ 
tamente faltos de capacidad de 
respuesta, escépticos y persua¬ 
didos de que nos habían 
embarcado en una estúpida 
aventura. Eramos muchos los 
que teníamos algunas razones 
para que se inclinasen en este 
sentido nuestros pensamientos 
y, sin embargo, seguimos con¬ 
vencidos de que nos habla 
derrotado una coalición de 
poderes prácticamente invenci¬ 
ble. Conservábamos el entu¬ 
siasmo y la conciencia muy 
clara de que, antes o después, la 
Razón, que en este caso equiva¬ 
lía a nuestras razones para 
luchar y mantenernos en nues¬ 
tros principios, acabaría por 
triunfar. De no haber sido así, 
nos hubiéramos metido todos 
en la penumbra de la vida pri¬ 
vada y neutral respecto de los 
acontecimientos políticos, y 
poca o ninguna inquietud 
hubiera tenido el general 
Franco y los que le servían. 

Crecieron durante la guerra 
tópicos que después impondría 
el nuevo régimen. Tópicos 
nacionales e internacionales. 
Los nacionales son de sobra 
conocidos por casi todos, por¬ 
que hasta hace pocos años han 
subsistido, aunque desgastados 
\ mu vigor. Los internacionales 


también, e incluso yo diría que 
más, porque, en cierto modo, 
aún subsisten. Significa esto, a 
mi juicio, que había una red 
profunda de intereses que defi¬ 
nía la posición de España en el 
mundo y, en cierto modo 
determinaba lo que política¬ 
mente había de ser. 

Creció el tópico de la maldad 
comunista. Creció el tópico, 
parejo, de la bondad de los paí¬ 
ses occidentales y democráti¬ 
cos. Este último con algún 
esfuerzo, porque se le oponía el 
tópico contrario de la grandeza 
de los fascismos particular¬ 
mente de la grandeza y forta¬ 
leza del Estado alemán y, en 
términos generales, del pueblo 
alemán. 

En nosotros, ios jóvenes 
derrotados, se producía una 
nueva contradicción y, en cierto 
modo, un conflicto más entre 
nuestra propia experiencia y lo 
que de nosotros exigía la Histo¬ 
ria. i a Historia nos pedía que 
defendiésemos la posición nor¬ 
teamericana, la francesa y la 
inglesa y nos enfrentásemos con 
las posiciones totalitarias, lo que 
era tanto como enfrentarse con 
el régimen español, y ése era, 
sobre todo y particularmente, 
nuestro deber. Pero la Historia 
que nunca está exenta de ironía, 
nos pedía algo que nos repug¬ 
naba, porque o ignorábamos 
que nuestra derrota había sido 
acuñada por los Estados Uni¬ 
dos, Inglaterra y Francia, es 
decir, los que iban a ganar la 
segunda gran guerra y los que 
la propaganda quería convertir 
en nuestros altados y protecto¬ 
res. Sabíamos, y la experienia lo 
fue demostrando, que no era sí. 
y que sólo querían tenernos por 
aliados en función de intereses 
muy concretos; no en defensa 
de los que habían sido vencidos 
y que, en principio, eran los 
más próximos ideológicamente 
a los que los países democráti¬ 
cos decían defender. 

Esto creó en muchos de los 
que habíamos quedado en 
España e intentábamos de un 
modo u otro mantenernos fir¬ 
mes en nuestras posiciones polí¬ 
ticas y en nuestra concepción 


del mundo, una situación 
extrema de perplejidad intelec¬ 
tual e inquietud psíquica, ya 
que los grandes países demo¬ 
cráticos a los que teníamos que 
vincularnos si queríamos tener 
posiciones claras, eran los que 
sostenían el régimen de Franco. 
Hay que hacer una excepción 
con los comunistas, que enton¬ 
ces no eran muchos, los cuales 
tenían menos perplejidad y 
menos inquietud porque 
seguían una linea recta y clara. 
La perplejidad crece con la am¬ 
bigüedad y el Partido Comunis¬ 
ta no ha entrado en la ambigüe¬ 
dad hasta que, arrastado por 
consideraciones estratégicas 
y tácticas de importancia, se 
ha convertido en lo que co¬ 
múnmente llamamos euro- 
comunismo. Pero más allá de 
la perplejidad, del desconcier¬ 
to, quizá, sobre la propia ironía 
de la Historia, estaban los con¬ 
vencimientos profundos. Me 
atrevería a decir, que, sobre 
todo y particularmente, entre 
quienes sostenían, o mejor 
dicho se sostenían sobre 
supuestos ingenuos pero claros, 
como eran los principios anar¬ 
quistas. Esta ingenuidad y los 
principios —de ahí la fuerza del 
anarquismo— no eran propia¬ 
mente políticos, sino morales. 
De una moral que impregnaba 
una concepción del mundo y 
tenía una gran salud, en cuanto 
era una moral utópica. De esta 
moral tardamos en curarnos, 
algunos no nos hemos curado 
nunca de ella. Pero al poco de 
acabar la guerra se planteó el 
problema de la práctica y de 
acercarse a los hechos de tal 
manera que no se nos escapasen, 
de un método suficiente para 
conducirlos según nuestros 
intereses. De aquí que muchos 
tuviéramos que optar por par¬ 
tidos y entrar en el juego de 
éstos sin el distanciamiento ni el 
olímpico desprecio que el anar¬ 
quista suele adoptar hacia las 
formaciones políticas en gru¬ 
pos. Para poder hacer algo era 
necesario hacerlo con los 
demás, con disciplina y en 
conexión recíproca los diferen¬ 
tes partidos. Esto se tardó en 


78 



Fachada del Palacio del Congreso de tos Diputados. 


conseguir, mas por unos que 
por otros. Algunos ni siquiera 
lo intentaron. En términos 
generales se demoró bastante, 
porque si bien ia ilusión de los 
que estaban dentro de las cárce¬ 
les era firmísima, para los que 
estábamos fuera de ellas la cer¬ 
teza no era tan firme, en cuanto 
a la próxima caída de los que 
habían ganado la guerra. La 
derrota nos dio un sentido práctico, 
como suele ocurrir con todas 
las derrotas en cuanto atañe a 
los vencidos. El vencedor puede 
gozar de las ventajas de defen¬ 
der quimeras de un modo u 
otro, porque siempre tiene la 
fuerza de la victoria. Pero los 
vencidos, si quieren hacer algo, 
tienen que someterse a la prác¬ 
tica y olvidarse de muchas de 


las ideas generales y de los 
paraísos soñados. Era esto 
cierto en general y en cada caso 
particular. 

Hubo quienes se aplicaron a. 
los negocios, los más absurdos 
negocios. Quienes se entrega¬ 
ron simplemente al estudio, 
quienes se ocultaron en el 
campo y allí trabajaron; pero 
nadie escapó de la práctica. Fue 
una gran lección, que aprendi¬ 
mos poco a poco: que tos ven¬ 
cidos tienen que convertirse en 
amantes de lo concreto y saber 
vivir entre las cosas, lo mismo 
en los campos de coneentrac- 
ción de Francia que en el 
Madrid cotidiano de posguerra. 
«El hambre —0 Lee uno de nues¬ 
tros proverbios— es buena 
maestra de la vida.» Las leccio¬ 


nes del hambre son siempre lec¬ 
ciones prácticas. Luchamos 
incluso para conseguir los 
libros que no teníamos y seguir 
aprendiendo los idiomas cuyo 
aprendizaje habíamos iniciado 
o perfeccionado durante la gue¬ 
rra. Se nos veía con el dicciona¬ 
rio en la mano, intentando 
completar lo que no habíamos 
podido aprender. Situación 
difícil, porque apenas cabía 
salir fuera de España y, por 
otra parte, el quehacer durí¬ 
simo de ganar para vivir no 
permitía demasiado tiempo 
para estudiar. Este no fue mi 
caso en concreto, pero por lo 
general ocurría así. 

Pocas veces, me parece, la 
juventud ha visto de un modo 
tan claro que para sobrevivir 
hay que dejar de soñar en el 
futuro y quedarse a solas con el 
presente, y pese a todo, los ven¬ 
cidos, a solas con el presente, 
no dejábamos de tener una gran 
confianza en el futuro. Impre¬ 
cisa, indeterminada a veces, 
esta confianza se mantenía, 
pero disminuyó hasta casi 
extinguirse cuando nos perca¬ 
tamos de que el general Franco 
continuaba, no tanto por su 
voluntad y Firmeza o por sus 
amenazas, como por ser una 
pieza necesaria para los planes 
de los aliados. 

Aunque después quizá insista 
en ello —no sé si volverá a 
surgir—, quiero adelantar que 
durante un año o año y medio 
por lo menos, muchos de los 
jóvenes derrotados, los que no 
nos fuimos y estábamos en 
libertad, vivimos de la ayuda de 
nuestras familias, dedicándo¬ 
nos al estudio y sin demasiadas 
esperanzas en tener un puesto 
cómodo en una sociedad casi 
exclusivamente definida por la 
clasificación politica. 

Mucho habíamos visto en 
este sentido durante la guerra y 
mucho habíamos remediado, 
pero apenas era comparable 
con lo que veíamos después del 
triunfo de los nacionalistas. Se 
era rojo o azul. Rojos clasifica¬ 
dos como tales había muchos, 
pero que lo dijesen o no lo 
negasen, muy pocos. Quiero 


79 



































José M Gil Robles y Guiñones. 


decir que los que no ocultába¬ 
mos nuestro pensamiento 
teníamos poquísimas posibili¬ 
dades de salir adelante. Sin 
embargo, recuerdo ese período 
como una etapa muy grata, de 
lecturas y conversaciones ocul¬ 
tas, de pasarnos papeles con el 
sentimiento de que hacíamos 
algo de extrema importancia 
cuando en realidad era muy 
poco o muy poca nuestra con¬ 
tribución a que cayera el régi¬ 
men de Franco. Sobre todo, 
recuerdo aquella época como 
de privacidad casi absoluta. Me 
parece que los que entienden 
bien lo que la vida privada son 
los que han sido vencidos y 
apenas tienen espacio para lle¬ 
var una vida pública: horas de 
lectura en el Ateneo y muy 
poco esparcimiento alguna vez 
que otra al cine, pocas posibili¬ 
dades de comprar libros y lar¬ 
gas veladas en familia, sentados 
alrededor de una mesa y de un 
brasero que nos calentaba, 
leyendo hasta pasada la media¬ 
noche, cada cual enfrascado en 
su libro y quizá metido en sus 
propios temores e inquietudes y 
también en su propio fracaso. 
El hecho es que tiene mérito, y 
a mi juicio giande. que muchos 
de los jóvenes derrotados salié¬ 


ramos adelante y nos mantuvié¬ 
ramos firmes en nuestros con¬ 
vencimientos. Menos mérito 
tenían los adultos. La actitud 
de los jóvenes, como suele ocu¬ 
rrir, era más digna. La condi¬ 
ción de éstos resultaba menos 
propicia a la concesión y más 
capaz de sobrellevar una vida 
cuya hostilidad vemos impues¬ 
ta. Eramos capaces de esta acti¬ 
tud y la sostuvimos bastantes, 
quizá porque no encontrába¬ 
mos más que hostilidad, hosti¬ 
lidad y miedo. Al terminar la 
guerra se instauró el reinado del 
miedo y la mayor parte de la 
población vencida temía. Se 

temía mucho en Madrid pero 
más que se temía, quizá, en 
provincias. En Soria, de donde 
tengo mis mejores datos y 
razones para opinar con más 
acierto, el temor era grande, 
porque la represión innecesaria 
había sido extremadamente 
dura. Poco a poco, lentamente 
nos fuimos rehaciendo y nuestra 
vida, no la de todos pero sí de 
bastantes de nosotros, ha sido 
un esfuerzo porque no se hun¬ 
diese por completo lo que con 
nosotros llevábamos de ilusión y 
esperanza. Lo único que merece 
la pena citar en mérito de los 
que dentro de España estuvi¬ 
mos años y años sin hacer ape¬ 
nas otra cosa que esperar, es el 
haber sabido esperar sin entre¬ 
garnos psíquicamente a lo 
inmediato por falta de con¬ 
fianza en el futuro. Nos mantu¬ 
vimos y sólo ese hecho es 
meritorio. 

Haber conservado el opti¬ 
mismo y los convencimientos 
entre tantas dificultades, ven¬ 
ciendo la decepción provocada 
por la derrota, es algo riguro¬ 
samente asombroso. Por mi 
parte, además de los convenci¬ 
mientos, fue la visión de las 
gentes modestas, su afán de 
trabajo, el inmenso espíritu de 
sacrificio, el esfuerzo perma¬ 
nente por sacar a los hijos ade¬ 
lante y, como una luz perdida 
en el fondo de todos los deseos 
y acontecimientos, el ansia de 
poder expresarse, decir sus pen¬ 
samientos y defender sus 
intereses. 


Recuerdo uno de esos hechos 
incidentales que no se olvidan 
nunca y que están siempre 
como hijos en el camino de la 
vida de cualquier persona. 
Hacia el año 42, en la plenitud 
del hambre colectiva, comiendo 
pan negro y duro, sin posibili¬ 
dades de empleo o colocación 
para la mayor parte de los 
españoles vencidos, recuerdo 
que estaba en la estación de 
Antón Martín una mañana, sin 
que sepa ahora qué iba a hacer 
allí, quizá camino del Ateneo. 
Me senté un momento en uno 
de los bancos, esperando el 
tren. Junto a mí, en el banco, 
estaba una pareja que compo¬ 
nían un padre y su hijo. El 
padre delgadísimo, moreno, de 
corta estatura, pero con un aire 
de viveza y energía sorpren¬ 
dente y con algo honrado en las 
facciones, que transmitía con¬ 
fianza. El chiquillo no tendría 
más de nueve años, también 
delgadísimo, se cogía con las 
dos manos en el borde del 
banco como si estuviese dis¬ 
puesto a saltar en cualquier 
momento y marchar a hacer 
algo urgente. Yo, que estaba 
cansado, dejé pasar un par de 
trenes y mis acompañantes 
también. Al cabo, el padre, con 
voz tranquila, persuasiva y sin 
el menor matiz de humildad, 
me dijo: «¿Me puede prestar 
algún dinero? No tenemos 
trabajo. Mi mujer, un chico más 
pequeño y éste y yo hemos 
salido a ver si encontramos 
quehacer. No tenemos comida 
para hoy.». Yo llevaba en el 
bolsillo —nunca he usado 
cartera— un billete de 25 pese¬ 
tas, que era cuanto podía gastar 
hasta que al dia siguiente me 
volvieran a dar dinero mis 
padres. Llevé la mano al bolsi¬ 
llo dei chaleco, saqué el billete y 
se lo di. Ahora que lo pienso 
debió ser un gesto natural que a 
ellos debió parecerles absolu¬ 
tamente lógico. Me fui sin 
hablar palabra y, por uno de 
esos azares que no se dan con 
frecuencia, al cabo de un mes o 
mes y medio, los vi pasar por la 
calle de Blasco de Garay y 
empujando con denuedo los 


80 










dos, padre e hijo, un carrito de 
mano en el se amontonaban 
unos muebles. El padre no me 
vio, pero el chico sí, y me hizo 
un gesto alegre y amistoso con 
la mano. Siempre que me piden 
un favor recuerdo el gesto de 
aquel muchacho y la pareja que 
formaba con su padre, como si 
fuese un símbolo universal de 
solidaridad y desgracia y, si 
puedo hacerlo, no dudo un ins¬ 
tante. La miseria, la privación o 
la escasez también ayudaron a 
muchos a mantenerse sin 
claudicar. 

Sin que alcance a explicar de! 
todo el porqué, aquello me 
pareció un símbolo. Todas las 
gentes humildes trabajaban 
empujando su carro de mano, 
aspirando a llegar a más sopor¬ 
tando el peso de la derrota, ya 
que la guerra fue la gran 
derrota de los que trabajaban 
sin utilizar a los demás y espe¬ 
rando, por otra parte, que la 
historia representada poco a 
poco por algunas gentes que 
aceptaron ese papel les ofre¬ 
ciera otra vez la oportunidad de 
decidir por sí mismos en algu¬ 
nos de los puntos esenciales que 
tocaban a sus intereses y a sus 
ideas. Con este y otros ejemplos 
se reanimó mí confianza en el 
pueblo tenaz, silencioso y hon¬ 
rado, con el que me sentía satis¬ 
fecho y en el fondo igual, y eso 
me ha mantenido optimista 
hasta hoy. Sobre cualquier 
pesimismo está esa confianza 
profunda, irrompible, en lo que 
vagamente llamamos pueblo, 
pero que está compuesto por 
nosotros. Eso me llevó en su día 
a fundar un partido popular y 
hoy —y creo que igual será 
mañana— a posiciones de 
intransigencia en lo que se 
refiere a jugar con la confianza 
de los demás, o intentar ejercer 
una pura y simple administra¬ 
ción sobre ilusiones que no se 
pueden administrar desde una 
oficina o a través de las relacio¬ 
nes de un aparato político. Sólo 
se pueden administrar las ilu¬ 
siones adentrándose en la ilu¬ 
sión, participando de ella y 
corriendo con los peligros que 
cualquier ilusión, cuando es 


colectiva y tiene carácter polí¬ 
tico social, lleva consigo. Al fin 
y al cabo, la guerra me enseñó a 
mantenerme en actitudes fir¬ 
mes, también me enseñó 
paciencia, me entrenó para 
soportar, y me alejó de la des¬ 
lealtad o del engaño. Sin 
embargo, el período franquista 
educó a mucha gente para el 
engaño, para el ofrecimiento 
sin base, para los discursos 
vacuos dirigidos a gentes que 
van a escuchar deseosas de 
creer, y torció el espíritu y la 
mente de muchos jóvenes. 
Quizá por mi condición de pro¬ 
fesor creí —y desde entonces lo 
creo así— que lo más perento¬ 
rio de la política es educar para 
la rectitud y el entusiasmo a los 


jóvenes que están empezando; 
porque cualquier desmayo en 
este quehacer es un retroceso de 
decenios en el proceso de la 
Historia de un pueblo. Cuando 
vemos la Historia compuesta de 
vacíos que se alternan con 
períodos llenos, o dicho en otras 
palabras, como un discontinuo 
cultural, cometemos el error de 
no apreciar el fundamento que 
se contiene en un término que 
hoy se emplea poco pero que es 
insustituible; me refiero al tér¬ 
mino “progreso”. La guerra, y 
sobre todo el perder la guerra, 
aumentó en muchos de nos¬ 
otros, los jóvenes que luchamos 
por nuevas ideas y nuevas insti¬ 
tuciones, la fe en el progreso. ■ 
E. T. G. 



Fachada del Ateneo de Madrid, 


81 


































4 4 


ü 


V filie exce/lent. epa¬ 
tan!. i raimen f une trou- 
vaiUe". me di jo Philippe 
Grumbach, redactor jefe de 
“L? Express ", cuando le entre¬ 
gué. una mañana de la prima¬ 
vera de 1958, ya en los esterto¬ 
res de la !V República, el 
artículo que me había pedido, 
con unas horas de plazo, sobre 
la España de Franco. El artí¬ 
culo se titulaba "V exii inté- 
rieur” (El exilio interior) y se 
publicó esa misma semana. Yo 
iba más seguro del título que 
del artículo, porque 7/ Ex¬ 
press' de entonces era un 
semanario de mucho “peso” y 
porque estaba yo haciendo mis 
primeros pinitos escribiendo en 
francés y todavía no las tenía 
todas conmigo en el uso de las 
preposiciones y otros yerbajos. 

He olvidado lo que decía en 
el artículo, pero recuerdo per¬ 
fectamente que el título brotó 
de él como un chorro, como 
una imperiosa necesidad. 
Consciente del hallazgo que 
suponía la expresión, lo fui 
también de haber encontrado 
con ella el título exacto, necesa¬ 
rio imprescindible, de la novela 
que. más que rondarme por e! 
magín, andaba runruneándome 
por otros adentros. Sin 


embargo, estaba entonces muy 
lejos de suponer que la expre¬ 
sión haría fortuna —si llego a 
saberlo, la patento en Gine¬ 
bra— hasta convertirse en un 
verdadero cliché, y mucho más 
lejos aún de imaginar que llega¬ 
ría incluso a ser utilizada (¡cie¬ 
los!) hasta por los propios 
franquistas, más o menos exo¬ 
nerados hoy por el prefijo ex. 
como, por ejemplo, Adolfo 
Suárez. En una de sus raras, y 
no por ello preciosas, interven¬ 
ciones parlamentarias, Suárez 
se descolgó un día con eso del 
“exilio interior”. Cuando un 
Adolfo Suárez u otro cual¬ 
quiera de sus congéneres 
emplea una expresión de cuño 
literario, ya puede decirse que 
esta se ha convertido en un 
lugar tan común como un uri¬ 
nario público, aunque de 
mucha menos utilidad. 

Escribí la novela en Copen¬ 
hague y en París, con el placer 
añadido de darle un corte de 
mangas a la censura de Gabriel 
Arias-Salgado. Apareció en 
París, en 1961, bajo el título 
*7.’ exii intérieur", en traduc¬ 
ción de i laude Couffon, quien 
en su prólogo la entroncó, por 
su cuenta y riesgo, con la 
novela picaresca, a pesar de la 
deliberada ruptura de tono y 
forma que divide sus partes 
primera y segunda. La editó 
Julliard, en la famosa colección 
de Maurice Nadeau, “Les leí- 
tres nouvelles". Entre 1961 y 
1964 se publicó, en Estados 
Unidos, por Simón and Schus- 
ter, en Inglaterra, en Rumania y 
en Hungría, con el mismo título 
en sus diferentes traducciones. 

A salvo de unas páginas 
publicadas, en 1961, en “Los 
¡unes de Revolución" . de La 
Habana, “El exilio interior" 
sigue inédita en castellano, lo 
que supongo habrá que atribuir 
a mis bien patentadas pereza y 
desidia, las mismas que han 
permitido a los editores extran¬ 
jeros embolsarse la mayor parte 


de mis derechos de autor. Cues¬ 
tión sin importancia, pues yo 
me doy por bien pagado con 
que la novela gustara —al pare¬ 
cer bastante más que a mí— a 
Alejo Carpentier, a Maurice 
Nadeau, a Federico de Onís, a 
Sender y a algunos más. 

Lo curioso es que el título se 
despegó de la novela v empezó 
a navegar con propulsión autó¬ 
noma. Tanto que se subió en 
marcha a otros libros. Hace 
algunos años pude ver en un 
catálogo de una editorial fran¬ 
cesa un libro de poemas titu¬ 
lado " V exii intérieur" . y 
mucho más recientemente, 
hacia 1977 o 1978, la editorial 
de la revista "Materiales" 
publicó aquí una obra del psi¬ 
quiatra francés Roland Jaccard 
titulada —¡adivina!— “E! exi¬ 
lio interior”. Esto revela o más 
bien confirma dos cosas: el 
largo viaje semántico realizado 
por el sintagma y la ignorancia 
de muchos de nuestros editores 
de esa literatura española para¬ 
lela o descuajada, tan rica que 
es la del exilio... exterior. 
Habría bastado al editor de 
marras asomarse al ya antiguo 
libro de Marra López sobre la 
novela exiliada, o a la Historia 
de la Literatura, de Max Aub. 
para ver que “El exilio interior" 
era un título ya registrado. 
Espero que se entere ahora. 

La generosa memoria de 
Haro Tecglen exhumó del 
olvido mi vieja novela juvenil, 
en febrero de 1975. en 
“Triunfo", en un articulo en el 
que se preguntaba por qué no se 
había publicado todavía aquí. 
No estaba todavía el horno 
para bollos de esa harina, ni tal 
vez lo esté ahora ya para nove¬ 
las de esta catadura. ¿La 
España franquista? Una vieja, 
una remota historia. De eso 
hace ya mil años, papá. 
¿Franco? Connais pas. 

Me invita Haro Tecglen a 
sacar ahora del desván de mi 
pereza y a desempolvar unos 


82 
















Esta portada de 'ABC' 1 del 9 de noviembre de 1940* refleja dramáticamente una de las realidades de la posguerra española, “la recogida 

de niños mendigos ' 


83 


















































(as Ramblas Imm Hullosas ,i puní i|"M í> s íIh los 40 



Las cas tañeras, escena típica de la España de los 40. 


84 



















































fragmentos de "El exilio inte - 
ñor", y a acompañarlos de una 
introducción. Es lo que voy 
haciendo, pero llegado a este 
punto, me asalta la escandali¬ 
zada sospecha y con ella el ego¬ 
céntrico rubor, de que voy des¬ 
caminado, pues el exilio 
interior no es ni una vaina lite¬ 
raria, ni una ya fatigada muleti¬ 
lla para uso de políticos o 
periodistas. Es, fue, una reali¬ 
dad histórica. Una realidad 
que. en sentido lato y como 
contrapunto a la España des¬ 
cuajada y peregrina del exilio, 
comprendía a la España aherro¬ 
jada, cautiva y marginada en su 
propio territorio físico, es decir, 
a todos aquellos españoles que 
resistieron pasivamente o cuya 
única colaboración con el fran¬ 
quismo consistió en no luchar 
activamente contra él. En sen¬ 
tido más restringido, exilio 
interior era el repliegue indivi¬ 
dual de la conciencia a la 
impura subjetividad, una con¬ 
ciencia inconsciente de que « los 
hombres no son impotentes más 
que cuando admiten serlo», 
cuando éramos millones los que 
nos sentíamos, uno a uno, 
impotentes.. 


Exilio interior era consti¬ 
tuirse en islotes dispersos, era 
coger el petate y acampar a 
extramuros de la "polis”, era 
sumirse en la fascinante con¬ 
templación del propio ombligo 
o deleitarse cultivando margari¬ 
tas en él, era abismarse en un 
curso de radio por correspon¬ 
dencia con la Escuela Maymó o 
desinfectarse con acicalados 
sonetos o con blasfematorios 
exabruptos, era comprarse un 
biombo y aislarse del mundo, 
era responder con una fuga 
hacia adentro a la agresión 
desde los muros y los periódi¬ 
cos de esa »inmunda imagen que 
querían darnos de nosotros mis¬ 
mos». í:ra, en una palabra, el 
autismo social. Todas estas 
actitudes subjetivas de nau¬ 
frago, de sálvese quien pueda, 
eran, claro es, formas objetivas 
de colaboración. Por omisión e 
inhibición. 

Era una época aquella, la de 
los primerísimos cincuenta, en 
la que salvo una ínfima minoría 
activa, la sociedad española se 
dividía, además de en clases 
muy marcadas, en dos catego¬ 
rías: la de los enchufados y la de 
ios desenchufados. Los enchu¬ 


fados eran los que leían el céle¬ 
bre verso de Machado así: 
caminante no hay camino, se 
hace camino al reptar. Los des¬ 
enchufados eran los que se des¬ 
conectaban, como hacen a 
veces los sorderas con sus apa¬ 
ratos cuando quieren ponerse a 
salvo de las tonterías o de los 
vanos discursos del si glo. 

No todos esos muros y 
biombos, levantados con la ilu¬ 
soria intención de ponera buen 
recaudo la propia dignidad y la 
autoestimación, eran volunta¬ 
rios. Los había también 
impuestos por la fuerza misma 
de las cosas. El más alto y 
espeso de ésos muros era el de 
nuestra ignorancia. Nuestra 
ignorancia era prodigiosa, ver¬ 
daderamente enciclopédica. 
Nos habían robado dos genera¬ 
ciones de maestros —los mejo¬ 
res que ha habido jamás aquí—. 
y la. España más próxima, la 
que teníamos más a mano, era 
nada menos que la de la gene¬ 
ración del 98 o la de la metafí¬ 
sica polémica sobre “el ser \ no 
ser de España” entre A mélico 
Castro y Sánchez Albornoz. 

Los oportunistas, los listos 
jóvenes de hoy, que así cabe 



Otra visión de la España de los 40; las colas para conseguir víveres. 


85 























llamar a los que se ahorraron 
aquella época, difícilmente 
podrán comprender la situa¬ 
ción cultural de esos años 
—baste decir que la literatura 
estaba bipolarizada por Vicky 
Baum y La jos Zilahy— por 
mucho que pueda sorprenderles 
enterarse de que'"Sobre ¡os 
ángeles " o " Marinero en tie¬ 
rra", de Rafael Alberti, corrían 
de tapadillo, clandestinamente, 
entre los más enteradillos, que 
eran los menos. ¡Y qué decir de 
Sartre, de quien acabo de entre¬ 
comillar dos citas más arriba, 
que de habernos llegado antes 
nos habría ahorrado tantos 
años y meandros en busca de 
las evidencias más accesibles y 
manifiestas! Tuvimos que des¬ 
cubrir en la práctica, mucho 
antes de que él nos lo dijera, 
que “£/ desvelamiento de una 
situación .se hace en )• por (a pra¬ 
xis que ¡a cambia ", 

He rehuido hasta aquí, no sé 
si deliberada o subconsciente¬ 
mente, rememorar la vida coti¬ 
diana de entonces. Cotidiana, 
lo era, cierto, ¡y de qué modo! 
Lo que se dice vida...No, me 
faltan ganas y valor para 


rememorar aquí, a la evocadora 
luz de un candil de carburo 
marca Petromax, aquellos sal¬ 
voconductos necesarios para ir 
a Avila; las cartillas de racio¬ 
namiento y los purés marca San 
Antonio; los ayeos de Pepe 
Blanco; el estraperlo; la venta 
de colillas; Isabel la Católica y 
sus rutas imperiales; las dosis 
falangistas de aceite de ricino; 
las rifas de un kilo de tocino; la 
Niña de Fuego aquella a quien 
no había quien le apagara los 
ardores por causa de la pertinaz 
sequía; las puntas finolis del 
Pidux; los eternos noviazgos 
que se apolillaban en los cafés; 
los atildados poetas que rasca¬ 
ban testimonialmente sus liras a 
lo Garcilaso y otras bucolias; el 
negro porvenir de recuelo que 
se nos leía en los pardos pesos 
de la achicoria; los bigotitos 
Finos y los ¿usted sabe con 
quién está hablando?; los certi¬ 
ficados de pobreza, de bau¬ 
tismo y de buenas costumbres; 
las instancias, con sus corres¬ 
pondientes pólizas, en las que 
deseábamos a los jerarcas ocu¬ 
pantes que Dios les guardase la 
vida por muchos años; la 


omnipresencia del bicarbonato, 
estimulada por discursos, ser¬ 
mones y editoriales de prensa; 
en dos palabras, aquella 
inmunda, sofocante mediocri¬ 
dad. 

Ninguna otra generación ha 
merecido tanto como esa el 
calificativo de perdida. El fran¬ 
quismo nos robó la juventud y, 
al mismo'tiempo, nos prohibió 
la vejez. ¿Qué queda en la vejez 
si se la priva del derecho a la 
nostalgia? ¿Quién, fascistas de 
mierda aparte, puede sentir 
nostalgia por aquella época de 
mierda? Queda el obligado 
recurso, cuando nos llegue el 
futuro, de convertirnos en vie¬ 
jos verdes, que tal vez sea la 
única forma digna y decente de 
ser viejo. Con la incógnita pen¬ 
diente de sí para entonces los 
medios podrán justificar los 
fines, Pero eso no tiene mavor 
importancia. Lo que importa 
de verdad es que la libertad 
arraigue de una vez y para 
siempre por estos pagos, y que 
podamos deportar definitiva¬ 
mente al pasado a todos los exi¬ 
lios, interiores y exteriores. 



Los niños do “Auxilio Social 


86 















f>p‘ lrul 

; t MtK ,rOS 


U carencia de materias primas dió origen a soluciones tan 'originales" como los gasógenos... 


87 











































































Los nmos, peidedores de todas tas guerras 


I 

Todo lo que he dejado atrás 
es una huida. Los hay que viven 
la infancia. Otros, como yo, la 
huyen. Pues no era exactamente 
un viaje ai porvenir, sino una 
fuga. El resultado puede pare¬ 
cer el mismo. Sea como sea hay 
que tirar hacia adelante. Pero 
no, no es lo mismo. 

Esto lo he comprendido más 
tarde. Aquel día —quizá hace 
ya tres, quizá haga cuatro 
años— creía estar aún andán¬ 
dolo hacia mi cita inaplazable 
con el porvenir. He corrido tras 
él como el galgo en pos de la 
liebre en el canódromo. Sólo 
que al galgo no le dejan descu¬ 
brir que la liebre es falsa. 

Once años caben en un 
segundo. Mi entrada en la 
Facultad aquella mañana de 
Octubre estaba precedido de 
once años vividos en un desafio 
permanente. Once años de 
soledad en el esfuerzo. Los 
otros entraban “de la mano de 


Vendedora* de agua 

en la 
Plaza Mayor 
de Madrid 

88 





I 

"///f/ffill 






























Los gentes. **bien " tomando el aperitivo en la calle madrileña de Serrano 


papá'. Yo me conducía a mí 
mismo. Había una cierta 
embriaguez en repetírmelo. Y 
una emoción de víspera. Me 
confortaba pensar que salía de 
la soledad para integrarme a un 
medio. Me ilusionaba pensar 
que en él tal vez encontraría 
alguien en quien depositar esta 
palabra difícil: amigo. 

¡La universidad! Sonaba alto 
eso. Yo era universitario. 
Cuando niño se me había 
declarado exento de porvenir. 
He aquí que yo me lo había 
ganado. Yo me preguntaba sí ia 
emoción del primero que puso 
el pie en América podía compa¬ 
rarse a la mía. ¡La universidad! 

Entré así en la Facultad, 
l odo esto, a la distancia, se 
llama ingenuidad. Me hace son¬ 
reír ahora. Y sin embargo, mi 
ingenuidad cohabitaba con una 
desconfianza subterránea. Pues 
había una sospechosa intensi¬ 
dad. La desconfianza se cuela 
de contrabando, se esconde en 
la intensidad, como el hombre 
que, atemorizado, cruza un 
bosque nocturno y acalla el 
miedo cantando. 

Quizá hace ya tres años, 
quizá haga ya cuatro... y sin 
embargo me pilla mucho más 


lejos. Ahora que me he 
excluido, ahora que he enviado 
al diablo a la universidad, me 
parece enormemente lejana 
aquella manaña de Octubre, 
tan desvaída en el recuerdo 
como el sol que la ocupa. 

Mi decepción no se deja 
escribir. Habría que biogra¬ 
fiarla "al ralenti", asediar 
estrechamente al tiempo. Y aún 
se escaparía “el aire". No se 
puede enjaular el aire en pala¬ 
bras. La indignación no se deja 
escribir. Sacadla del grito, de la 
maldición, de la blasfemia, y se 
quedará en cueros, avergon¬ 
zada, indecisa, boquiabierta. Y 
ocurre que he perdido ya hasta 
el grito. 

¿De dónde sacan todos estos 
cretinos ese orgullo de ser uni¬ 
versitarios? Universitarios ¿de 
qué Universidad? ¿Qué Univer¬ 
sidad era esa en la que un pro¬ 
fesor de f ilosofía tenía que inte¬ 
rrumpir un curso sobre el 
pensamiento de Jaspers, por la 
protesta conminatoria de un 
obispo imbécil? 

¿Qué Universidad es esta que 
da asilo en sus aulas a ese tipo 
que patalea contra el materia¬ 
lismo rociándonos de frases 
chabacanas, y a toda esta “cul¬ 


tura” rancia que apesta a 
sotana? Y a ese otro energú¬ 
meno que apostrofa desde su. 
cátedra a los protestantes: 
“¡esos chupabibiias!' ¿Qué 
hace este tipo aquí? ¿Qué hago 
yo aquí? ¿Es esto esa universi¬ 
dad a la que yo soñaba llegar? 

— ¡Santa ira! ¡Santa ignoran¬ 
cia! ¿Le oís? Aún queda inge¬ 
nuidad en este mundo. ¿De 
dónde sale este varón virtuoso, 
este nuevo Catón? ¿Acaba de 
llegar del extranjero? ¿O nos 
cae de un planeta perdido para 
traernos una lección de huma¬ 
nismo? ¿No será el salvaje 
anunciado por Huxley para 
inquietarnos en nuestro mundo 
feliz? Rafael, examina su ana¬ 
tomía para ver si es normal... 

Me contemplaban irónica¬ 
mente, fingiendo un maravi¬ 
llado asombro. Finalmente, el 
llamado Rafael, un tipo feo con 
ferocidad, emitió su diagnós¬ 
tico: 

— Bah! Apesta normalidad. 
Lo único interesante en él es su 
curiosidad. Un tipo que pre¬ 
gunta estas cosas no se ve todos 
los días. Esto vale unos vasos. 

—¿Tú crees que vale la pena 
iniciarle? 

—Eh! ¿Qué os pasa? Bajad- 


















Penitentes en las procesiones, otra escena característica de los anos cuarenta. 


me un poquito ese tono. Yo he 
salido de otro cascarón que 
vosotros. Eso es todo. Vosotros 
os creeis que estáis de vuelta, 
¿no? 

—¿De vuelta? No. La ida no 
valía la pena, 

—Nosotros estamos de lado. 
En la orilla. 

El tercer tipo, que había 
permanecido silencioso hasta 
entonces, habló con un tono 
normal. 

—¿Dónde has hecho bachi¬ 
llerato? 

“En ningún sitio. He estu¬ 
diado solo y me he examinado 
siempre por libre. Os he dicho 
que vengo de otro cascarón. 

—Ah! Eso explica todo. 

— Pero, al fin y al cabo, has 


estudiado en los textos oficia¬ 
les. Más o menos, debías estar 
al corriente, saber en qué país 
vives. 

— Sí. respondí. En una 
“democracia orgánica” en la 
que todo lo que no es obligato¬ 
rio está prohibido. No sé quien 
dijo esta frase un alemán, me 
parece. 

—Hum! ¿De acuerdo en que 
“ser español es lo mejor que se 
puede ser”? 

Yo iba entrando en el juego. 

—Oh, eso es un pleonasmo. 

—España es una “unidad 
grande y libre de destino en lo 
universal”, ¿sí o no? 

—¿Por qué no, si suena bien? 

—“Contra los intelectuales, 
somos actuales”, ¿de acuerdo? 


—Si pudiera comprender lo 
que quiere decir eso... 

— Ninguna importancia. 
Todas estas frases están hechas 
no para ser comprendidas, sino 
para todo lo contrario, para 
impedir pensar. Y bien, este 
rápido examen ratifica mi 
asombro. ¿Qué es lo que puede 
asombrarte aquí? 

—Yo creía que al menos la 
universidad habría escapado en 
algo a la quema... Yo creía que 
la función de la universidad era 
el respeto a la verdad. 

Rafael rompió a reir. Usaba 
una risa desagradable. 

—¿Oís? ¡La verdad! Aquí los 
profesores se limpian el culo 
con la verdad. Higiénica activi¬ 
dad mal pagada, además. 

—¡Es indignante! 

—Indignante... ¿Qué quiere 
decir eso? Al fin y al cabo, 
poner los cuernos a la verdad 
por escepticismo no es un delito 
mayor, ¿eh? 

—Haría falta saber qué es la 
verdad. 

— Digamos, repuse, que 
todas las tentativas de aproxi¬ 
mación merecen ser estudiadas 
con objetividad... 

Se echaron a reir escandalo¬ 
samente. los muy cabrones, 

Rafael dijo: 

— Hay una verdad oficial, 
establecida “sub especie aeter- 
nitatis”. Esta verdad queda 
resumida en el tomismo v su 
sucursal: el neo tomismo. Esta 
verdad es la que se nos enseña 
aquí. 

—¿Tú no sabías que la cul¬ 
tura es un film del far-west? 
Hay los buenos {los escolásti¬ 
cos, los idealistas) y los malos 
(los materialistas). El combate 
acaba siempre en un “happv 
end”. ¿Qué culpa tienen nues¬ 
tros queridos profesores de que 
una tradición moral bien esta¬ 
blecida exija que ganen siempre 
tos buenos? No hay que darle 
vueltas. Al final de todo anta¬ 
gonismo, el gordinflón de 
Santo Tomás acaba siempre 
casándose —por la iglesia— 
naturalmente con la rubia 
verdad. 

— Pero ¿creéis que son since¬ 
ros, al menos.? quiero decir, ¿si 


90 































Una garita para la venta de lotería, el cupón pro-ciegos y el teléfono publico, todo un 

símbolo de los años del hambre. 


su enseñanza corresponde a sus 
convicciones? 

—Son consecuentes. Para 
ganar una cátedra hay que fir¬ 
mar antes una confesión de 
adhesión at Régimen. Profesar 
luego principios opuestos sería 
una traición. 

A Rafael le bailó de nuevo la 
extraña sonrisa que atormen¬ 
taba su rostro: 

—Hay una grandeza indiscu¬ 
tible. casi hegeliana, —su voz se 
dobló de ironia— en proferir 
traicionarse a sí mismo que 
traicionar al Estado. El Estado 
está por encima del individuo, 
¿no? 

—Y naturalmente, además 
de su adhesión al Régimen 
deben aceptar el estatuto de la 
Universidad. Carlos, tú que te 
lo sabes de memoria, con un 
soniquete de colegial. 

—‘ Según la ley del 29 de 
Julio de 1943 sobre ordenación 
de la Universidad española... 
Bla-bla... Vivíamos momentos 
de crisis y ruina en que si la 
educación intelectual estaba 
desquiciada, habían sucumbido 
también en manos de la libertad 
de cátedra la educación moral y 
religiosa. 

—¡Viva Dios! —gritó Rafael. 

Un movimiento de miradas 
se convengió en él. 

—...“Un clima pernicioso de 
liberalismo pedagógico... El 
patriotismo, ahogado por la 
corriente extranjerizante, 
laica...” 

—¡Viva Cartagena! —gritó 
de nuevo Rafael. 

—«La ley, además de reco¬ 
nocer los derechos docentes de 
la iglesia en materia universita¬ 
ria, quiere ante todo que la uni¬ 
versidad sea católica. Todas sus 
actividades —la voz de Carlos 
subrayó el texto— tendrán 
como guía suprema el dogma y 
la moral cristianos v lo estable- 

i# 

cido por los sagrados cánones 
respecto a la enseñanza**. 

—¡Viva la hostia! 

—«...Es imprescindible para 
una auténtica educación el 
ambiente de piedad que contri¬ 
buya a fomentar la formación 
espiritual en todos los actos de 
la vida del. estudiante... La ley 


exige el fiel servicio de la Uni¬ 
versidad a los ideales de la 
Falange... La exaltación de los 
valores hispánicos... Mantener 
siempre vivo y tenso en el alma 
de la Universidad el aliento de 
la auténtica España...»*. Uf! 
Esto va a costarme tres tintos. 
Es mi tarifa. 

—Desconocías esto, ¿verdad? 
Pues bien, ahora ya sabes 
donde estás. 

— En la auténtica España. 

—¡Oh, luz de Trento! 

—¡Oh, martillo de herejes! 

—¡Oh, cuna de héroes y 
santos! 

—¡Centinela de Europa! 

—Amén. 

Asi es como Ies conocí. Poco 

* 


a poco me uní a ellos. Nunca 
salían del “bar”. Se les pasaba 
la mañana bebiendo vino y 
hablando de todo en un tono 
cínico y burlón. 

— Hay que hacer algo con el 
ocio, ¿sabes? 

— Yo conozco un tipo que 
suele hacer interminables dis¬ 
cursos para predicar el silencio 
como única actitud coherente. 

Carlos rió. 

— Pero nosotros somos 
enormemente coherentes. No 
hablamos, croamos. 

—¿Croáis? 

—Sí. Aquí el tiempo se ha 
estancado. Esto es una enorme 
charca putrefacta. Habitantes 
de una charca, ¿qué otra cosa 


91 

























'*EI mundo entero al alcance de todos tos españoles 


más coherente que convertirse 
en ranas? 

— ¡Qué megalómano! En 
renacuajos, Carlos, corrigió 
Rafael. 

— Afortunadamente, dijo 
Joaquín, el hombre tiene a su 
disposición la facultad de adap¬ 
tarse al medio. 

—Es formidable la vitalidad 
del instinto de conservación, 
dijo Carlos. Se es capaz de con¬ 
vertirse en renacuajos, en ame¬ 
bas, antes que de diñarla. Y te 
encuentras aún con tipos que te 
dicen que no se puede vivir sin 
principios. ¡Qué estupidez! Está 
demostrado que para vivir 
basta con estar vivo. Eso y la 
inercia hacen un hombre. Aquí 
estamos. Y mirad todos esos. 

Una compacta muchedum¬ 
bre de palabras se movía en el 
aire. El “bar" de la facultad 
estaba siempre lleno entre clase 
y clase. 

—¿Los veis? Están viviendo 
su vida. ¿Por qué no van a vivir 
su vida? En el fondo, ¿qué es lo 
que pasa? Nada. No pasa abso¬ 
lutamente nada. Se buscan un 
rinconcito en la charca. Un 
título universitario, unas oposi¬ 
ciones y una silla segura pegada 
al trasero para toda la vida. Sí, 
la mayoría de todos estos, lle¬ 
gado el momento, se añadirán. 
Nosotros nos hemos ausentado 
va del porvenir. 


Fui conociendo poco a poco 
a esta mayoría. Vivía en el 
esquema trazado por Carlos 
indiferentes a! resto. 

«Al fin y at cabo, no hay que 
exagerar. Aquí se puede vivir. 
Mientras no metas la nariz en 
política...», 

«Al fin y al cabo, no se puede 
pedir grandes cosas a la vida*». 

«Al fin y al cabo, hay que 
vivir, ¿no? 

Y para vivir, hay que ejercer 
la técnica del compromiso: la 
ignorancia, la indiferencia, el 
conformismo. 

«Al fin y al cabo, no hay más 
remedio que adaptarse. ¿Para 
qué rebelarse? Lo único que se 
consigue es envenenarse la 
sangre”. 

Yo lo conseguí. Me envene¬ 
naba la sangre. 

—¿Qué se puede hacer? Hay 
que hacer algo. No podemos 
quedarnos con los brazos 
cruzados. 

Carlos reía. 

—Cuando se vive en una 
charca inmóvil, no se puede 
nadar contra la corriente. 

— Habría que inventar antes 
la corriente, dijo Joaquin, con 
su lógica y displicencia 
habituales 

— Pues eso es precisamente lo 
que hay que hacer, crear la 
corriente, 

—¡Qué juventud tan alboro¬ 


tada usas! gruñó Carlos. Nos 
fatigas. 

—Menos mal que la juventud 
es efímera, intervino Rafael, sin 
dejar de dibujar. 

—Pero ¿cómo se puede vivir 
así? ¿No os sentís en medio de 
una pesadilla? ¿Dónde acaba 
aquí la ficción y empieza la 
realidad? 

Carlos alzó su vaso en un 
gesto distraído. 

— La ficción es un estado de 
hecho. Ergo. la ficción es la 
realidad. 

—Lo que da a la realidad, 
dijo Joaquín, el derecho a la 
viceversa. 

—Y a la viceversa, el de la 
versavice, encadenó Rafael, sin 
alzar los ojos de su dibujo. 

—Yo te diré lo único que se 
puede hacer, —dijo Carlos— lo 
único que vale la pena: desarro¬ 
llar nuestra capacidad de 
repugnancia al máximo, para 
estar a la altura de los tiempos y 
de... nosotros mismos. 

Rafael se anticipó a Joaquín 
que parecía querer decir algo. 

—Yo estoy por el retorno al 
mono. Ha llegado el momento 
de sacar billete de vuelta. Claro 
es que este programa encon¬ 
trará la oposición de los con¬ 
servadores y de los progresistas. 
Y sin embargo, yo no conozco 
un objetivo más revolucionario 
que el que yo propongo: el 
regreso al mono. Revoluciona¬ 
rio, sí. La etimología viene en 
mi ayuda. Yo no veo otra salida 
al hombre que el regreso at 
mono. Sí, por más vueltas que 
le doy... Mirad mi dibujo. ¿Qué 
os parece? 

Un cristo en la cruz. Un 
cristo con el cuerpo terrible¬ 
mente distorsionado, retorcido 
trabajado por el dolor hasta el 
tuétano. Pero el rostro denun¬ 
ciaba un placer intensísimo, 
como sacudido por un pode¬ 
roso orgasmo. 

—¿Os asombra? Era un 
masoquista. 

XII 

Su mirada recorría despa¬ 
ciosamente el cuarto de estar, se 


92 










I 


I * 



El autor de "Exilio interior", durante la 

posguerra. 


detenía en cada objeto, como si 
ensayara la lenta posesión de 
las cosas, o bien como si bus¬ 
cara su sitio entre ellas. Primer 
movimiento hacia la costum¬ 
bre, primer gesto de penetra¬ 
ción en la nueva atmósfera a la 
que debía acogerse, como un 
extranjero que caminara a tien¬ 
tas sus primeros pasos por el 
nuevo país. Retorno a lo desco¬ 
nocido. Regresado. Sus manos 
temblaban, cargadas de caricias 
urgentes, contenidas para 
retardar e! contacto. 

Un silencio denso, casi táctil. 
Había vivido tantos anos la 
espera de aquellos minutos, que 
ahora no le parecían presentes, 
reales. ¿Intentaba expulsar de sí 
la memoria para vivirlos 
virginalmente? 

Su mirada se clausuró tras 
los párpados, por unos segun¬ 
dos. Sus manos agarraron fuer¬ 
temente el frutero, desde siem¬ 
pre injustificable sobre el 
aparador, como sí exigiera del 
objeto la prueba irrefutable de 
la realidad. Sus manos se aflo¬ 
jaron, resbalaron, infinitamente 
lentas, y palparon torpemente 
el mueble, como un ciego en 
busca del eco de la evidencia. El 
tiempo se concentraba en el 
tacto. Ocho años insustituibles. 

—¿Recuerdas? 

Ella le señalaba la horrible 
figurita de porcelana. Una son¬ 
risa urtiva denunció el recono¬ 
cimiento. Un gesto como para 


espantarse el recuerdo. La 
memoria le hacía daño. Aquella 
estatuilla le llevaba demasiado 
atrás. Había que saltar ocho 
años. Su mirada huyó de la 
estatuilla, como abrasada, y 
recorrió las paredes. El reloj. El 
calendario. Los dos habían 
medido el tiempo. Un tiempo 
extranjero, un tiempo que 
había caminado otros caminos, 
un tiempo del que é! había 
vivido exiliado. Nos miró, 
sobresaltado, como asombrado 
de encontrarnos contemporᬠ
neos. 

Con paso vacilante se dirigió 
hacia el sillón. Se sentó, 
tímidamente. 


Los brazos caídos, desmaya¬ 
dos hasta las manos en las que 
los dedos traducían su emo¬ 
ción, nos miraba, como bus¬ 
cándonos más allá, más atrás 
de nosotros. 

Ella parecía abandonarse a la 
silla en que estaba sentada, 
como fundiéndose con ella, 
estática, descansando de un 
largo cansancio. Vivía así los 
primeros minutos de la libera¬ 
ción de sus hombros. Andrea 
permanecía tranquila. Como 
siempre, era la única que se sen¬ 
tía cómoda en el silencio. Yo. 
sumido en una expectación casi 
frenética, casi intolerable. ¡Qué 
sobresalto ante su voz! 



Portada de la edición inglesa de "Exilio Interior , 


93 

























—Pero ¿cuándo va a llegar 
Emilio? 

—Siempre viene tarde. El 
hace va su vida. 

Y de nuevo el silencio. 

Había que hacer algo con el 
silencio. Había que poblarlo de 
palabras. 

Era urgente recuperar el 
tiempo. Un padre caído como 
un aerolito, un padre recién 
nacido para su hi¡o, que le mira 
fijamente. El se defendía aún de 
la palabra, anclaba su angustia 
al silencio, se atrincheraba en 
él. Tenía que hacernos caminar 
su ausencia. llevarnos de la 
mano por ella para, al final del 
viaje, encontrarnos. 

Su voz acometió súbita y 
rabiosamente el pasado. Luego, 
poco a poco, se fué apagando 
hasta hacerse monótona, 
impersonal, despegada, en un 
yo “conjugado” en tercera per¬ 
sona, un “yo” desvalido que no 
encontraba sus cimientos, un 
“yo” casi huérfano de humani¬ 
dad. Memoria alucinante de los 
tres hombres golpeándole bru¬ 
talmente. El dolor explotando 
el cuerpo hasta sus últimas 
posibilidades. Cada golpe 
avanzaba hasta el cerebro como 
una llamarada enloquecida 
para descargar en el grito. El 
grito en carne viva del hombre 
torturado. La precisión de los 


golpes, su sabiduría anatómica, 
í iolpes cargados de experien¬ 
cia, bien entrenados en el des¬ 
precio del hombre. No había 
nada que justificara estos gol¬ 
pes. Pues no descargaban la 
cólera, no transportaban el 
odio. Sólo el desprecio. Por eso 
lo que hacía daño no eran tanto 
los golpes como las sonrisas de 
los verdugos. 

Una semana de tortura dia¬ 
ria. El cuerpo ya inerte, ya 
enloquecido. La carne en jiro¬ 
nes, el alma devastada. Hasta la 
sonriente confesión de los ver¬ 
dugos. Todo había sido inútil. 
Los seis hombres habían sido 
encontrados y fusilados. ¿Inú¬ 
til? ¿Qué sabían ellos de! hom¬ 
bre? Su silencio inexpugnable 
había alzado la fraternidad v 

mr 

afirmado a! hombre. Aquellos 
hombres no habían muerto 
solos. Esta fraternidad, estas 
muertes, daban testimonio de! 
hombre ante los bárbaros. 

Millares de hombres reduci¬ 
dos al instinto de conservación. 
Millares de hombres sometidos 
a un hambre cuidadosamente 
racionada, dosificada, enloque¬ 
cedora. Millares de hombres 
muriéndose de hambre a raci¬ 
mos y facilitando así la agota¬ 
dora tarea de los piquetes de 
ejecución. Millares de hombres 
con el alma muerta y e! cuerpo 


enfermo arrastrando penosa¬ 
mente lo que aún les quedaba 
de vida, los últimos restos. El 
hombre viviendo alrededor de 
su estómago, su centro de gra¬ 
vedad. Inútiles los esfuerzos del 
cerebro por evadirse. 

Diez hombres han decidido 
la huelga de hambre, del ham¬ 
bre absoluta como protesta 
contra el hambre envilecedora. 
Fusilados ante todos por su 
intolerable conducta. El ham¬ 
bre voluntaria no entra en 
juego. El hombre no existe. 
Toda tentativa de asumir 
libremente cualquier acto es un 
atentado al orden nuevo, el 
orden del desprecio. 

Habrá que irse acostum¬ 
brando al orden nuevo. Pri¬ 
mera lección: ei individuo no 
tiene más valor que una bala. El 
centinela es recompensado por 
su celo con siete días de vaca¬ 
ciones. Pero hay tipos que ni 
tan siquiera valen una triste 
bala. En el patio, un falangista 
ha matado a porrazos a un 
hombre que ha tentado, de 
palabra, a su dignidad. El 
falangista, profundamente per¬ 
suadido de que "el hombre es 
portador de valores eternos”, 
no podía tolerar tal insolencia V 
expidió al imprudente a la 
eternidad. 

No es suficiente. Hay que 



La Ciudad Universitaria en 1936. la Facultad de Medicina y Farmacia, desde el Hospital Clínico 


94 















£1 Penal deí Dueso 


arrodillarlos, humillarlos hasta 
la última raíz de ellos mismos. 
¡Qué hermoso cuadro estos 
millares de hombres cantando 
los himnos fascistas! ¡Ay de 
quien se niegue a cantar los 
himnos del orden nuevo! 

¿Qué hace ese hombre que 
sale de las filas? Su testamento. 
IJn grito: “¡Muera el fas¬ 
cismo!". Los verdugos no com¬ 
prenden. ¡Cambiar la vida por 
un grito! Absurdo. El tipo es 
sin duda un intelectual. Esta 
vez, los verdugos están inmuni¬ 
zados contra toda remota posi¬ 
bilidad de remordimiento. Se 
trata de un suicidio, es evidente. 
De un suicidio tanto más estú¬ 
pido cuanto que el tipo habría 
escapado probablemente con 
unos años de cárcel. La situa¬ 
ción es clara, La obligación de 
un suicida es morir, la de un 
verdugo, matar. Los verdugos 
no comprendían que el grito de 
aquel hombre incomprensible 
significaba su voluntad de 
renunciar a la vida para no 
renunciar a sí mismo, puesto 
que la vida y el hombre son 
incompatibles en el orden 
nuevo. 


Vuelta a la tortura. Se quiere 
arrancarle confesiones de crí¬ 
menes sobre los que poder 
realizar la parodia de un juicio. 
Un rojo sin crímenes no es rojo. 
De nuevo el cuerpo recorre su 
calvario. ¿Para qué? A efectos 
finales, era igual declarar haber 
cometido los crímenes que ellos 
necesitaban. Pero para él había 
una pequeña diferencia. Acce¬ 
der a sus deseos, aunque sólo 
fuera por ahorrarse la tortura, 
significaba convertirse de víc¬ 
tima en cómpi'ce. 

A efectos finales fué igual. 
Quince minutos para condenar 
a muerte a dieciocho hombres 
en bloque. El tribunal repre¬ 
sentó con toda seriedad su 
papel. El creía asistir a una 
comedia, a un guiñol grotesco. 
A! final, sus manos rompieron 
a aplaudir. Pero sus aplausos 
provocaron la cólera del tribu¬ 
nal. Extraños actores. Dema¬ 
siado mosdestos. 

Condenado a muerte. La 
expresión es extraña. EJ hom¬ 
bre que condena a muerte a 
otro ¿alberga la ilusión de que¬ 
dar él excluido, exento? Conde¬ 
nar a muerte a un hombre es 


robarle su muerte, quitarle el 
derecho de morir por sus pro¬ 
pios medios. Nada más perso¬ 
nal, nada más íntimo que la 
muerte. 

El compañero de celda que se 
ha ahorcado ha creído morir así 
de su propia muerte, morir de y 
por sí mismo. Pero es un error. 
No ha querido confesarse que 
su suicidio le venía de fuera, 
que no se suicidaba sino que le 
suicidaban. Nunca se suicida 
nadie en primera persona. No 
se puede decir “yo me suicido". 
Me suicidan. Es así. 

Y era esta muerte extranjera 
la que venía al alba, la “saca” 
anunciada por la campanilla 
del cura. La campanilla sonaba 
con una alegría impertinente. 
El cura, funcionario del asesi¬ 
nato. traia ta palabra del Cristo 
en la boca. El cura hablaba de 
la muerte a los condenados, con 
una escrupulosa precisión de 
detalles, anticipándoles ios ges¬ 
tos que harían, el mecanismo 
del miedo... Los sacramentos 
eran las mejores muletas para 
vadear el fugaz segundo entre el 
más acá y el más allá. A pesar 
de todo, no se podía descartar 


95 



















































( ti rtnstn'<> penitencia¬ 
rio* único en ei mando, 
debido a i a inicia tica 

k 

del ( andido 


L ite* {mu* 1WÍHMI au wn^ll^cii V ItUCÍKl üll |WÍI 
■lint, hijo U «leí l'alr* n»H» IVnlrai *1* 

^ Pftiv. mui b * tnl# Uifí" , 

hw infórmame |ím'iirh¥fHJiWfthi *«i 

niw4MttTW y lo* n*|mrtit1inw l.n iliru:rr! v*w ■*! 4* 

IVl^fyifhV .li* ilipha 

Km* -‘U nbr* n mu pn«4i* 4«* K m > ií*n* 

im*+.J*i| «leí nmt pu*f 

« vf.rrtíMÍM r»*wi K^nwrírt^in • *« **h*n 

tim pmtqlirti *laf mivmlu bwho m ^«H-ln'inn*-* 

v a*t¿ tkvjüflMik I* *»imíí*í*I*» 1 v Xm iMmriTNi I*' I*- 
ctk^tiwrnwrp |<nti!#wiinii «1*4 E*l«*iijffiin 
KJ tvcUnmlú <|r Prtn4NM4. \»n Urt* *-l*rffirHt*d 
1* ib- *!f-VI|>1|IM «lo Uml+» l*A * W ll111 " 

4Í,«. | M ¡n|í« í» entrial» 4e cti la* v4rr*W (Vr- 

rl P«trtuici tlr Rmlrtir ¡no i1*> Pena* Iva ijnrriAi ovi 
t*r <jw «4 |pfrwn viviera ttwente 4o I* hnrt«fi* wl I im* 

■ le *u Pal na y «no «lo lo* mi-itK* **nntar*imí*nto* 4*‘l 
ElinnyTT> T y «|ul*o, iw'btt fotk» +|iir lWw* n * l |>- * 
iwbwv i.lw p^op t*l vrr tinnmiTiWi y rmiaurlo* tf- 
k-> itu- :il**1«l*-* k \ -«'Tr.l i'l e->j>irii i”» 


El ?ocn ítf Ptíciii del Furon*- 

t J Ctut 7*i df Rede ación de Pe- 
fi» por ti Tríbulo. don Ja»! 
Miru Sinchtt de MuUia, 
a£oiBp*ñjdo dtl director d« U 
fifiilé*. do* Acúnelo ToW 


p 1 iflltUilnt ili- |ih|m )■> <|l.i* Ir hl l 

Irlm ib Ir,|*|i" n n t ili« hvU'H- 1***1 «le jert*» í* 
uMtt mim-nli* >lr «UíiiNti-u i ii.li> nal a i ■»** -te b« mm- 
iiiiu« rn*]UM*%. *** un r*Mrnwb** fin *nn a -í'enj.ca* ehm~ 
Int y <‘nn« iihint», ib- Un» rat«*» >lr -virlriláL v ** tnaa 
In -n Itll ItlMnmH-illi* «le iMl-tnii- lli'b* 1 -biaJ tm d 
íinlrii nlit-nvM y |inUiniru ( 


i É ,iri|iw r*n r'f*' Mfilni, i-mim f>6rti de l*as del Cauéillm 


«* i. "! fi■*- Iri mt*Uif ma* 

i-r* «le wtiw bien a K*|hiii* 
«■* tumerrla luru 

T*hI“ ***** **■ Ua 11uj¡ t a* |«i 

■m ¡a -Km i] dina* 

lamb*. r\ i.‘Himrin, a 

«la imi Kiiiila^HHili' |traei«*«i 
■ U* niii-rinr* 


\ i u n cartel* ni 
¡uta (* aceto o/ícíomo 

/(mIi Hfiun, r-l *i*mn«mi i«i 
ir |iw jHi’Hif % i|ei nli" Uml 

b.ta-, lili |V lili ai 1*1 iti» |*l*ni 

l Húmala, ni tan»|a*r*'» nnn 

.u'iln iSiai tii >’li iiPNn un 

1114*1 iiii, Milntmali%*• 
i liiniiiab* p|i l' r - ^niiL *|«»lr*' 

iit i mi i« | 9 imnp| ¡i i n* i|i-| mmiili' 

, - iiii |p¡>nm <n ib T b 1 » 1 ‘Iim* 
Vib- v ilH^J ■ 1<lrli|ilip* n lii™* 

I un III||J|N|M> lililí rílMiim. I|ll»< 

ií \ i■ il«- iHiuiiiitn \ enm t u 

i - In+ 1 n ^ jniicniri fi <in 


!iihuj> hfcfcn pn» un ifj*.iuv 
•1# ! i(idv i HurU'té UilIltA 



K1 i aiiJillo litjM ru iw ilei lanai i«i«ea «le 
lia ÍUIH: 

«... IVm ii a» 1.1 •—4+ ^ liilllMtikv íiliiiiajewvi» 

■•npen-i^l, rlem-iitiHi eMiip)a«lin* i4lt(««nakra. 
míe uim |ir*i}*ai^iti>tla mdilt» i »li£ita», |r4 ™í 
ilai illa ib- >■"-*» j+n || «agamia, | mf¥, al y 

mirilla nuk'hiiiiiriiii ib r *h •■molíala nal *tv I 

i-o, y e** i*ni¡i|ii(fiK>iiti<, iiu 1 ^ i hti Pina 

t na 1 elía mira bbnii m «'najiib 1 e 

rutallia «l«■ firmiililas lan. *b* U** |iinip*n* ri' 
r» L * iti*l |iiim«*| fnllm-T‘ 1 , i’l i latiri ib- t* Uata* Na** 1 
nal hwvHmtii -n itliy*' nmi>b i un el minm (iillfi"* 
iU' ln mái|!Miiiui, ainiiiin uiihIh vi l'iilr ifcr la 
biu la iinitii tiiv 1 *■ ili'i <l,n I ib- Abril dr y 

<l*nr *un f i|«ana ia % nn mi i|tnln a t**la iilan*. -Ii w*d* 
»\ »i íjiiniit n i r i l i niiililb dr r«li« i 

Im tte*iofru*n 

I Ta*|«mt*iui*p tu* iioiiillipi .b* Ih l'r i- u n pie 
lint >n liim lni, vCi»! I mil*', ► . |^va*k* «-»‘ la* f* 1 

iihIi'm b u»- timvimin niDtuli i \ |niiiirlit y n* 1* 

tb |pTi'»ii- lni|n i *'n al un a! ***«' \ l* 

ijitrni \ t Mu** |iitili> n lp i, ía, ma ii»i i nh 1 ib ¡<a** 
i|il< id 1 ‘iililAi * -.i r i .ilttij,« | t >i la « iT* a >iski» 
ib- la ii'ua 

b11* i* r i*ii i l ■ - «iihk* iii'ii 4>it * * i i. i h ii a 

|'*i ir** i ulii ti i ri i-.ipii ii .4 - i ,, na 

V** |d‘ki 111 Itl llíl ll. Itl l ■ ■ 4 1 1< I >t < -m k’ fiak 

Itan 


«I , 1 * 1.1 11 ' >-1 I' II 


>’t» . 1 


' p 


*■. \ 


Portada de 1 Redención", semanario confeccionado por los presos de la cárcel de Porlier. 


96 







































Un domingo por la mañana en la cárcel de Porhe? 


la posibilidad de que la infinita 
misericordia divina se exten¬ 
diera incluso a los rojos. ¡Ah, 
incomprensible que esta gente 
no quiera ir al cielo! Estos 
hombres que han luchado para 
poder vivir, para vivir una vida 
habitable, no quieren morir. El 
cura no comprendía. Los guar¬ 
dianes tampoco. Cuando el 
condenado se echaba a llorar, le 
decían: “Hay que morir como 
un hombre”. Ellos no sabían 
que lo humano es tener mie¬ 


do, no querer morir más que de 
su propia muerte. El día no es 
una promesa, una luz para 
caminarla. Es la amenaza, es el 
alba escoltada por la campani¬ 
lla y el coro de fusiles. 

Ocho, doce, quince hombres, 
quince muertes diarias. Eclipse 
del mundo. Y en los que quedn, 
la terrible fatiga de resucitar 
otra vez a la espera, a estos 
segundos que enhebran la 
angustia de vivir desviviéndose. 
La angustia de auscultar cada 


segundo, de apoyar toda la vida 
en cada minuto. Angustia hasta 
no saber si lo que se quiere es 
prolongar la vida o precipitar la 
muerte. Los hay que gritan 
pidiendo que se les deje vivir y 
los que reclaman la muerte, 
más impacientes por librarse de 
la angustia que de la vida. 

Los días van pasando, tensos 
como cables. Por su celda, los 
hombres pasan v se van. El con¬ 
tinúa. Es uno de los veteranos 
de la galería. Pero continuar es 
una manera de decir. Para él se 
ha detenido ya el tiempo. La 
vida v la muerte le son va 

ir «r 

extrañas, una y otra le son 
igualmente inútiles e incom¬ 
prensibles, una y otra desapare¬ 
cerán juntas, definitivamente en 
unos segundos. Ilusión la de 
creer matar en él a un hombre. 
No matarán más que una indi¬ 
ferencia cansada a la que el 
corazón presta aún sus latidos 
por pura costumbre. Testigo de 
sí mismo y de los otros, üe 
Pablo, e! hercúleo campesino 
que por encima de todo quería 
aprender a leer y que cuando le 
sacaron de la celda se obstinó 
en gritar: “¿Por qué... Por 
qué... Por qué?” ¿Quién podía 
responder a su pregunta? Uno 
de los guardianes le dijo: “no 
seas curioso, hombre”, tal vez 
para vencer el malestar provo¬ 
cado por tan indiscreta pre¬ 
gunta. Testigo de Hernández, el 
humorista, el hombre que con¬ 
fesaba haberse acostumbrado a 
morir pero no a madrugar. A lo 
que añadía que era una broma 
de mal gusto matar a un hom¬ 
bre a las seis de la mañana. 
«Una hora tan imposible, escri¬ 
bió al director de la prisión, que 
yo no la conozco sino por refe¬ 
rencias. Pues yo soy un hombre 
de buenas costumbres y no he 
madrugado jamás. Quisiera no 
tener que cambiar mis costum¬ 
bres en e! último momento, a 
malas horas, mangas verdes. A 
las seis de la mañana me es 
absolutamente imposible hacer 
nada, ni tan solo morirme. A 
esa hora no fusilarán en mi más 
que mi subconsciente. Por ello, 
me permito rogar de (a recono¬ 
cida bondad de usted, señor 


97 


















director, cuya vida guarde Dios 
muchos años, que ordene me 
fusilen a mediodía. Si, me haría 
realmente feliz que me fusilaran 
a mediodía. 

A Hernández no le perdona¬ 
ron el madrugón. El director 
tenía un espíritu equitativo que 
le hacía rechazar todo privile¬ 
gio. A pesar de todo, el "sub¬ 
consciente” de Hernández salió 
de la celda bromeando. Uno de 
los guardianes rió y te palmeó 
amistosamente la espalda, 
como a un camarada con el que 
se sale a beber un vaso a la 
taberna de la esquina. 

Testigo de Juan. De Juan 
que no se resignaba a irse de la 
vida sin haberla vivido Juan no 
podia creer en su muerte. 
Todos los días esperaba la 
conmutación de su condena 
con una seguridad tal, con una 
fé tan inamovible, que la hacia 
compartir a todo el mundo. A 
tres milímetros de las balas, 
todavía su fé debió agarrarse a 
la vida como una lapa, a la 
esperanza de que su bala fuese 
vegetariana. Pues en verdad, 
era imposible morir cuando se 
tenía veinte años, cuando la 
mirada estaba aún hambrienta 
de luz, cuando se creía aún que 
la vida debía estar hecha para 
algo. Sí, parecía imposible ese 
cuerpo vaciado, el brutal fre¬ 
nazo de un corazón abierto de 
par en par al porvenir, tanta 
vida impetuosa abortada. Un 
cuerpo joven, poderoso, con la 
vida en huelga y las últimas 
células esquiroles prolongando 
los últimos ecos del asombro... 

Testigo de tantos, de tantos 
hombres desfilando con los ros¬ 
tros descompuestos. 

Y un día, la noticia que no le 
llegó a Juan, la de la conmuta¬ 
ción de su pena de muerte por 
la de reclusión a treinta años y 
un día. Acababa de nacer, le 
dijeron sus camaradas. Nacer 
¿a qué? Estaba ya tan bien alo¬ 
jado en la indiferencia... Había 
que acostumbrarse otra vez a la 
vida, cuando ya ésta estaba 
anestesiada en él, habría que 
habitar de nuevo el tiempo al 
que él se había sustraído ya. Se 
le permitía vivir un futuro. Por 



Una publicación da la época, alentada por 
la revista " Redención 

el momento, este era treinta 
años y un día de prisión. Con 
un poco de constancia lograría 
salir valetudinario. Pero vivo. 
Cualquier condenado a muerte 
habría acogido con alegría este 
futuro, la reclusión a perpetui¬ 
dad. Todos aquellos hombres 
habían combatido por la liber¬ 
tad, habían ido al combate dis¬ 
puestos a morir por la libertad. 
Y estos mismos hombres esco¬ 
gieron sin dudar ni un segundo 
la reclusión a perpetuidad por 
salvar su vida. ¿Paradójico? No. 
Era la muerte extranjera lo que 
ellos rechazaban. Los que 
habían muerto combatiendo 
habían hecho su muerte. Esta si 
era una muerte habitable. 

Treinta ños y un día de pri¬ 
sión. Diez mil novecientos cin¬ 
cuenta días. Muchos se morían 
indisciplinadamente antes de 
acabar su condena. 

El preso normal vive de la 
esperanza. Para ellos no había 
esperanza. Sólo al final de la 
guerra mundial. Tras aplastar 
al fascismo en Europa, iban a 
rematarlo en España. Era una 
cuestión de días. La esperanza 
les alborotó el corazón a todos, 
La guerra civil no había termi¬ 
nado. Su sacrificio no había 
sido inútil. Ellos habían sido los 
primeros en combatir ai fas¬ 
cismo. No podían ser abando¬ 


nados. Era imposible. Dice 
usted que Truman no...? 

Vamos, hombre! Recupera¬ 
ron el uso de la alegría. Vivían 
en la ansiedad, en la impacien¬ 
cia en vísperas del triunfo. 
Pero, incomprensiblemente, el 
tiempo fué pasando. La última 
cabeza de la hidra seguía aso¬ 
mado, temerosa, en la última 
charca de Europa. Primero fué 
el asombro, luego la cólera. 
Traicionados otra vez. Millares 
de hombres enjaulados y los 
que se habían echado a la mon¬ 
taña, escupieron a los vencedo¬ 
res. 

Y de nuevo fué la muerte en 
el alma, la desesperación coti¬ 
diana. Las puertas de la cárcel 
no daban a la libertar. Todo el 
país era una cárcel inmensa. 
Pero había que descender de las 
grandes palabras.Libertad allí 
era la calle, lo que se escapaba a 
las miserias de la cárcel. La 
libertad era la "libertad vigi¬ 
lada” con la que iban saliendo 
algunos de los condenados por 
“adhesión a la rebelión militar” 
como cínicamente escribían los 
rebeldes. Aquella libertad por 
la que se había ido a! frente 
había degenerado en esta mise¬ 
rable libertal entre comillas. 

No, decididamente, ocho 
años no se dejaban contar. 
Ocho años... Se decía en un 
segundo. Pero si se les desme¬ 
nuzaba minuto a minuto, el 
tiempo se escapaba a cualquier 
calendario de vida ordenada y 
buenas costumbres. Serían pre¬ 
cisos otros ocho años para con¬ 
tarlo, y por el momento se iba 
haciendo hora de irse a dormir. 

Sus últimas palabras se des¬ 
mayaron en una sonrisa 
borrosa. 

Ella suspiró y dijo: «Hay que 
olvidar esta pesadilla. Para 
empezar a vivir, para que todo 
sea como antes». 

Andrea, los ojos cuajados de 
lágrimas, asentía. 

El se encogió de hombros. Su 
mirada se detuvo en mis puños 
cerrados y luego en mi rostro 
contraído. Se vió continuado en 
mis puños cerrados y nuestras 
miradas declararon el encuen¬ 
tro. ■ M, S. 


98 























Escena de la semana santa madrileña. Irás la victoria de las tropas de Franco, 


99 























La prensa española 
en ios años 40 



¡ L “cuarto poder” se 

había desplazado de la 

I_I Prensa a su Delegación 

Nacional. Con la misma desfa¬ 
chatez con que se imponía la 
inserción de un comentario 
sobre cualquier extremo, se 
prohibía entonces la mención 
de un nombre o de una infor¬ 
mación determinadas. Esta era 
otra de las facultades de que 
gozaba la Vicepresidencia de 
Educación Popular. Las más de 
las veces, estas limitaciones, 
obedecían a una finalidad ten¬ 
denciosa, pero otras respondía 
a un mero capricho, o a com¬ 
placer a un amigo y versaban 
sobre asuntos pueriles, siquiera 
el aire de secreto y misterioso 
en que se envolvían parecía 
querer insuflarles una trascen¬ 
dencia de la que, evidente¬ 
mente, carecían. Vean algunas 
muestras de estas consignas 
prohibitivas: «Comunicación 
reservada a todos los directores 
de periódicos, que no deberá 
ser publicada en la prensa bajo 
ningún concepto, STOP. Se rec¬ 
tifica el contenido de las bases 
que convocaron a un certamen 
para el Decálogo del Campa¬ 
mento, en el sentido de que los 
trabajos que se presenten no 
sean publicados en los periódi¬ 


cos autorizados sino que se 
remitan a la Delegación Nacio¬ 
nal del Frente de Juventudes, 
departamento de publicaciones. 
Marqués de Riscal, 16, Madrid, 
en dónde se seleccionarán los 
trabajos más atinados .para 
poder otorgar el premio». «Ese 
periódico se abstendrá en lo 
sucesivo de publicar en la sec¬ 
ción demográfica, los domici¬ 
lios de los nacidos y fallecidos 
en esta capital». «Queda termi¬ 
nantemente prohibida la publi¬ 
cación de noticias relacionadas 
con madrinas de guerra para 
nuestros heroicos voluntarios 
de la División Azul». «Adjunto 
le remito para su publicación en 
el número correspondiente a 
mañana de ese diario, nota rela¬ 
tiva a los ejercicios espirituales 
celebrados en Montemayor de 

Pitilla». 

La intromisión de la Vicese¬ 
cretaria en la vida de los diarios 
españoles alcanza a veces lími¬ 
tes increíbles como revela esta 
reprimenda por haber publi¬ 
cado una inocua nota de reda¬ 
ción explicando el retraso de 
una crónica de su colaborador 
B.Calderón Fonte («y por ello, 
esta Jefatura Provincial aperci¬ 
birá a la Dirección de «El Norte 
de Castilla» «con el fin de que 
en todo momento vigile con el 
mayor cuidado la oportunidad 
de publicar notas de redac¬ 
ción») o esta otra, verdadera¬ 
mente bochornosa, que se dis¬ 
tribuyó unos años más tarde 
entre todos los periódicos 
nacionales, con ocasión del 
fallecimiento de don José 
Ortega y Gasset, y que literal¬ 
mente dice así: «Ante la posible 
contingencia del fallecimiento 
de don José Ortega y Gasset, y 
en el supuesto de que así ocu¬ 
rra, ese diario dará la noticia 
con una titulación máxima de 
dos columnas y la inclusión si 
se quiere, de un sólo artículo 


encomiástico, sin olvidar en él 
errores religiosos y políticos del 
mismo, y, en todo caso, elimi¬ 
nando siempre la denomina¬ 
ción de «maestro». 

Ahora que tanto se habla de 
si la Falange detentó o no el 
poder a lo largo de los últimos 
cuarenta años parece oportuno 
traer a colación algunas con¬ 
signas que aluden a actos cele¬ 
brados por otros grupos que 
igualmente habían participado 
en la guerra a las órdenes de 
Franco y que, sin embargo, no 
podían encontrar en los diarios 
eco de sus conmemoraciones 
porque las instrucciones de la 
Vicesecretaría de Educación 
Popular en estos casos eran 
terminantes. Creemos que estas 
dos, la primera de febrero de 
1943 y la segunda de marzo del 
mismo año, son suficiente¬ 
mente expresivas, con la parti¬ 
cularidad de que en estas con¬ 
signas, persuadido seguramente 
quien las dictaba de su arbitra* 
riedad, se acentúan las medidas 
precautorias para que la prohi¬ 
bición no trascienda y el lector 
pueda estimar la deficiente 
información e inhibición o falta 
de interés de los propios direc¬ 
tores. Veamos: «Para su cono¬ 
cimiento y más exacto cumpli¬ 
miento a continuación le 
trascribo circular cifrada reci¬ 
bida por el teletipo de esta 
Delegación (la Provincial) en el 
día de hoy: los periódicos, salvo 
nueva orden, publicarán úni¬ 
camente la referencia transmi¬ 
tida desde Madrid de los fune¬ 
rales que organizará el 
Gobierno en sufragio de D. 
Alfonso XIII, absteniéndose de 
cualquier otra información y de 
inserción de esquelas. Esta 
Delegación vigilará el cumpli¬ 
miento de la presente orden. No 
creo necesario recordarle que 
esta noticia es de carácter 
SECRETO y por tanto no ten- 



100 


















El escaso poder del 

“cuarto poder” 


drá conocimiento de ella nada 
más que usted (el director) 
haciéndose responsable en caso 
de que por cualquier negligen¬ 
cia trascienda a otras personas. 
Por Dios, España, etc.». O esta 
otra, de la Delegación local: 
«Por el presente pongo en su 
conocimiento que con referen¬ 
cia a la fiesta de los Mártires de 
la Tradición sólo publicará ese 
diario la reseña de la misa que 
con tal motivo se ha celebrado 
en la iglesia de El Salvador, 
quedando por tanto suprimidos 
todos los comentarios relativos 
a la citada misa. Lo que le 
comunico para su conoci¬ 
miento y más exacto cumpli¬ 
miento. 

Los diarios españoles, 
durante una prolongadísima 
etapa, quedaron relegados a 
una condición servil, donde no 
solamente la Vicesecretaría de 
Educación Popular tenía atri¬ 
buciones sobre ellos sino que 
tácticamente, se las otorgaba a 
cualquier organismo, pequeño 
o grande, que disfrutara de 
alguna autoridad. Lo más grave 
de una dictadura, son las 
pequeñas dictaduras que 
genera, y ante las cuales toda 
persona, física o moral, queda 
inerme. A continuación trans¬ 
cribo una carta del Concejal 
Delgado del Servicio de Lim¬ 
pieza del Ayuntamiento de 
Valladolid en el año 43 
—reveladora de un estado de 
hípersensibilidad, normal en 
aquella época en todo el que 
ocupaba cargos— que en tér¬ 
minos imperativos invita al 
director de "El Norte de Casti¬ 
lla” a que rectifique una infor¬ 
mación publicada anterior¬ 
mente en el diario: «Muy señor 
mío: Visto por esta Delegación 
del Servicio de Limpieza el 
suelto publicado en su perió¬ 
dico con fecha 4 del presente 


mes (la carta es del 5) con el 
título “Por decoro y por 
Higiene”, esta Delegación 
invita al firmante de dicho 
suelto a visitar dichos parajes a 
que alude para comprobar la 
veracidad de lo que expone... 
No creo que el interesado de 
dicho suelto pueda hacerse ase¬ 
sorado debidamente de las 
condiciones en que se encuen¬ 
tran en la actualidad dichos 

* 

parajes, ya que están en desa¬ 
cuerdo con lo que dicho señor 
manifiesta, puesto que en la 
(iglesia de la) Antigua se ha ins¬ 
talado después de verificar su 
limpieza adecuada, un foco 
eléctrico para facilitar vigilan¬ 
cia que un Guardia Municipal 
presta constantemente día y 
noche... En cuanto a las inme¬ 
diaciones de la Casa de Cervan¬ 
tes se ha de hacer constar que 
no existen más que unos 
escombros que son debidos a 
una obra que se lleva a cabo en 
dicho paraje... Por todo lo 
expuesto, invito a ese periódico 
de su digna dirección, rectifique 
PUBLICAMENTE el suelto 
antedicho, toda vez que esta 
Delegación ha sabido subsanar 
con antelación a su suelto, los 
defectos aludidos en el mismo». 
En otra ocasión —27 de marzo 
de 1946— es la Fiscalía de 
Tasas la que se permite formar 
un expediente a nuestro diario 
con motivo de una información 
sobre la adulteración de la 
leche, por ¡o cual la Dirección 
de “El Norte” apela en estos 
términos ante el Fiscal Supe¬ 
rior: «Hace tiempo publicamos 
una relación, dada por la citada 
■iscalía, de lecheros castigados 
con multa y cierre de sus esta¬ 
blecimientos, medida, ésta, que 
hizo temer al público por la 
escasez de leche. Estos últimos 
días se me han quejado los lec¬ 
tores por la escasez de este ar¬ 


tículo y he podido comprobar 
que era cierta, y con el mejor 
deseo de evitarla y cooperar 
con la autoridad correspon¬ 
diente, como lo prueban otros 
artículos anteriores, escribí el 
que acompañó. No le diré mi 
sorpresa cuando al día siguiente 
recibí un oficio del señor Fiscal, 
para que compareciera ante él 
para responder del artículo 
citado. Por deferencia al cargo 
que aquél ostenta y no por creer 
que un Fiscal de i’asas pueda 
pedir cuentas a un director de 
un periódico de lo que en él se 
publica... comparecí ante él 
exponiéndole primero con la 
mayor amabilidad cuanto se le 
ocurrió preguntarme. Creyendo 
que lo correspondía era una 
aclaración al concepto que da 
la Fiscalía a la palabra “cie¬ 
rre”... le ofrecí las columnas del 
periódico para su aclaración... 
Hasta aquí el motivo que si V.I. 
cree de su competencia sabrá 
juzgar; pero lo que más me 
interesa hacer constar ante V.I. 
es la forma violenta en que ter¬ 
minó nuestro diálogo y no por 
mi parte; y más aún, manifes¬ 
tarle, con el mayor respeto, mi 
protesta por la frase irreverente 
contra la Santa Hostia pronun¬ 
ciada ante mí, sacerdote (por 
estas fechas el director de “EL 
Norte” era un sacerdote 
impuesto por la Delegación 
Nacional de Prensa), por el 
señor Fiscal y en presencia del 
señor Juez de Tasas. Cierto que 
luego se arrepintió, pero la 
ofensa (por lo que así respecta 
está perdonada) creo merece a! 
menos ser conocida por V.I., no 
como descargo de un expe¬ 
diente, ya que estoy persuadido 
de la inexistencia de la más leve 
falta, sino más bien como repa¬ 
ración y por prestigio del cargo 
que este Fiscal Porvincial 
ostenta». ■ M. D. 







Francisco 

Umbral 



ESE ai personalismo del 
título y de cuanto uno 
escriba, debo advertir 
que yo no soy un torturado/ 
atormentado/acomplejado/ 
frustrado/castrado por la edu¬ 
cación franquista, por las 
memorias de los cuarenta/cua- 
renta, que si vuelvo sobre el 
tema es porque me lo piden y 
porque la vida, como sin que¬ 
rer, nos va especializando, nos 
va monotematizando, con lo 
cual, a lo mejor, nos salva, o 
cuando menos, nos da, a falta 
de una personalidad, una insis¬ 
tencia (que viene a ser lo 
mismo). De modo que lo que 
uno puede contar hoy respecto 
de la formación/deformación 
“imperial’' que sufríamos los 
niños de posguerra, está lleno 
de altruismo sociológico, o de 
vibráfonos literarios, pero, en 
cuanto a la capacidad crítica, la 


reserva uno, poco o mucha, 
para causas más presentes y 
acuciantes. Y en cuanto al odio, 
en su forma social de resenti¬ 
miento, la vida le va purgando 
a uno de eso, como el saber 
beber y orinar, toda una exis¬ 
tencia, nos va limpiando el 
riñón, hasta que, como dijo 
Neruda, “mis riñones me 
escuchan”. 


FORMACION POLITICA 

Si pierdo la memoria, qué pureza. 

Pére Gimferrer, 
Elijo esta cita de mi admi¬ 
rado y querido Gimferrer, no 
sólo por cuando explica el tema 
enunciado más arriba con el 
laconismo privilegiado de los 
poetas, sino porque precisa¬ 
mente Gimferrer es el primer 
poeta que. mediados los 



A miüarct comulgan en estas dios de mayo, fir lasiglesias »tadr¡!. 

los HTÜtfjr de las escudas públicas v de los grupas W - 
colares de tas parroquias. He aguí¡ tres Ututos fotflgm- 
ftos g m- reflejan la alegría de los pegueñricto* Wf ¡S' 

cuando, después de haber cumplido cdn c*fe x » .¿f ^ 
deber de la Iglesia, san <tffttsaiado\ 

ron ct sncutfHlo desayuna fíne ¡ i»» 

sirven monos piadoso -*,, Sjj* " «?• ■ 

(F otos J . .W uro )Street» 


La prensa franquista recogía, en la decad,. de los cuarenta, noticias como ésta, de unos niños agasajados con el suculento desayuno que 

íes sirven manos piadosas... 


102 




































sesenta, nace a la fama libre ya 
del pecado original franquista/ 
antifranquista. 

Hasta él, todo había sido 
poesía social, socialrealismo, 
prosaísmo, de Otero y José 
Hierro para abajo. La respuesta 
culta, natural y mecánica a una 
formación política de la guerra/ 
posguerra que entendía España 
como contienda y hablaba de 
una antiespaña tan difícil de 
entender para los educados 
como los anticuerpos de la 
física. 

Gimferrer pierde la memoria 
histórica —qué pureza— y 
canta Venecia, el mar de los 
teatros, la cultura y la Historia 
como un presente (no hay otro 
más ancho, rico ni poblado que 
la cultura), como pérdida abso¬ 
luta. voluntaria y ejemplar de la 
sucia y alienante memoria his¬ 
tórica inmediata. Aparte de 
cambiar para un cuerto de 
siglo, por lo menos, la poesía 
peninsular en dos lenguas, 
Gimferrer nos da permiso a 
todos los niños de posguerra 
—derechas o izquierdas, escri¬ 
tores o no— para olvidar la 
política, la formación y la f or¬ 
mación Política. 

¿Cómo era esa Formación 
Política de los colegios? Una 
cosa donde Aurora Bautista 
(que luego me ha cogido del 
brazo en grandes manifestacio¬ 
nes madrileñas de izquierdas) se 
nos confundía con Agustina de 
Aragón, Juana la Loca e Isabel 
la Católica. 

Y esta confusión revela ya 
que la iconografía generada por 
el Régimen de Franco era a su 
vez confusa, profusa, difusa, 
más movida por e! horror al 
vacío histórico (vacíos que el 
propio Régimen producía) que 
a entender y explicar la Historia 
como lo Heno, el ámbito donde 
siempre está pasando algo, 
“desde los tiempos más remo¬ 
tos hasta nuestros días”, como 
decía, eso sí, mi Enciclopedia 
infantil. 


La formación Política pro¬ 
piamente dicha, era una cosa 
que nos daban semanalmente 
unos jóvenes asténicos y enlu¬ 
tados, quizá maestrillos en 
paro, que iban por el colegio 
con los 29 puntos de la Falange 
en el bolsillo (me parece que 
eran veintinueve) y unas cuan¬ 
tas canciones montaraces para 
aliviar. 

Encima de tí me pongo, 
Puente de ¡a Segó vía na. 
encima de tí me pongo 
por ver cómo corre ei agua. 

Con ei aire que llevas 
cuando vas a lavar 
el jabón de ¡a ropa 
te has dejado llevar, 
te has dejado llevar, 
te has dejado llevar... 

(Aquí, en este estribillo obse¬ 
sivo como un poema de Nicolás 
Guillén, es donde entrábamos 
nosotros, los escolares, magne¬ 
tizados por el ritmo, habién¬ 
dolo hecho una lectura erótica 
ai subtexto de la coplilla 
—erotismo ingenuo de todo el 
folklore—, golpeando rítmica¬ 
mente los pupitres, con escán¬ 
dalo de tinta en los tinteros). 

Más que el entusiasmo 
patriótico, habían conseguido 
nuestros instructores el entu¬ 
siasmo tribal. Un poco asusta¬ 
dos, acudían a dibujar en la 
pizarra un gran rostro de José 
Antonio Primo de Rivera, a 
tiza. Había un instructor bajito 
al que le salía muy bien, con 
aquel peinado tirante de José 
Antonio, a lo Blas Pifiar. 

Yo vi en seguida que lo único 
que sabía dibujar aquel señor 
era el Fundador de la Falange, 
y que de eso vivía, dibujándolo 
a tiza de grupo escolaren grupo 
escolar, como esos grandes 
dibujantes aficionados que sólo 
saben hacer el pato Donald, y 
siempre igual, como una 
calcamonía. 

A la mañana siguiente, venía 
el maestro cotidiano y macha- 


diano, que quizá era un pie- 
depurado, o casi, y borraba 
mansamente la cara de José 
Antonio, para dibujar el conti¬ 
nente australiano. Ahí había 
terminado nuestra formación 
política de la semana. 

Más tarde, cuando trabajé de 
botones en un Banco, nos 
daban una hora libre, los tunes, 
con desgana del interventor, 
don José Hernández (para la 
gran Banca, los falangistas eran 
rojos, o casi) y allí, en un gal¬ 
pón ocre, entre la guardia de 
asalto (cuartelillo), o Policía 
Armada, y los ciego del cupón, 
oficina, otros jóvenes pálidos y 
enlutados, alguno con camisa 
azul, nos daban asimismo 
Formación Política y, sobre 
todo, la revista Juventud , que 
era lo que yo iba buscando, 
porque venían las firmas de 
Manuel Alcántara, Salvador 
Jiménez, Leopoldo Panero, 
alguna vez, Francisco Alemán 
Sáinz y otros. Era como había 
que leerlo todo. Los enrolles de 
Gabriel Elorriaga era lo único 
que yo me saltaba. 

O sea que uno ha tenido lo 
que se llama una formación 
Política. 



Dibujo do Garios Sáinz de Tejada 


103 








FORMACION RELIGIOSA 







; f • 


..V r.; iH'tfitilto 


■ . r 


conocer. úijarifas que h uj r 

rej/üíjr *¿¡ /prflitKrim í) 

examen briHante al fin de; varso. 

Na es ¿lite vayamos -.i condenar ;,,s 

Í¿& 1 ' M, ,__ 


Es bonito que un ni ña, que uno 
ñiño, sin dejar, naturaimeníf ios jue¬ 
gos alegres y tradictanufrt. que re¬ 
vean tí espíritu j drKtimüL.’i el raer* 
po. tengan también Lt ufufan Je Lvr, 
df (wom libros nuevos. Je Je varar 
la t lectoras propias de su edad Con- 
w«, sin embirgiK Úner r:tc J ia cni- X 
Patacón las fri tan*, r, u* r-vn en fu? 
manos infantiles. 

En primer lugar, un pona na aban- 
J&rar fas me* nríT*úri.:\ por fas 
usas útiles $'n iurctsntiti% aquellas 
que forman tas materias Je estudia 
úntame el cuno. Sún nrayanos tos 
bbrot de texto, las lecciones que se- 
ida el profesar para cada día o para 

toda semana. Obra neciamente ef cuntes y fas novelas Hay fibras 
*Ma*0ur se posú fas horas muer fas educativos, fibras científicos y fibra* 
kytnda etienfo t y novelas, y apenas recreativos aquellos. $■ e tratan de 
**£* to s libros que más ír imparte cuestiones moralts.dd r -fmstenmien- 

" i, i, i,. — 


t de i\ . sautoy l> ííí.n r i.r,(**;*« 


/ hombres grandevqw m ¡*o\ que 
■nvi'n fitro d cdttdw n pora ampliar 
) t imphfúK <i *' vuruicimtiiita* Jf í*r 
ryair/it, corno dtscipctom s de i-n*/* * 
M'A'rh lt Je descubrí numlos, noticias 
históricas a twctoncs técnica? j ttqae- 
f!as finalmente que snfaim el es pirita, 
hdlagan a ta imaptítadúu ^nt: turnen 
V dfhciiüK 

También ésWs pueden ser útiles 
para tas niños, pt 'u ieh1v\ o j r nmrte- 
ración, c&n criterio, tmn ¡deertana- 
dos, U Jf cuentos, fas no\ rfas y fas his¬ 
toríelos hacen que l j< purtt en su 
tilmo tierna fa afu fan a icet, j ¿Je- 
mé*. en ellas pueden aprenderse 
chnñ casas buenas; pero deben ser kts- 
torieta t limpia s.snn a%. »?íf ) r a licádoraa; 
n& reto fas truculentos, cuentas de lo- 
tirones.hazañas de hombres perversos, 
escenas terroríficas, cuentos exóticas 
O idiota mente fantásticos. Toda esto 
ha sido prohibido recientemente en 
machos países, y últimamente tam¬ 
bién en España. * 


Editorial de Flechas y Petayos \ publicada el 14 de diciembre de 1941 



^Manilo e5 u-n- ^“«cW 
el tiemfio antevedla 




»Juaoit-o es una flecha que el tiempo aprovecha . Historieta publicada en Flechas y 

Pfllayo*" (Archivo Gasea). 


La teología es una querella 
entre los hombres. 
Camilo José Cela. 

Aparte las continuas prácti¬ 
cas religosas, padresnuestros de 
entrada y salida, comuniones y 
confirmaciones en masa, la 
F ormación Religiosa propia¬ 
mente dicha, o sea la Teología, 
nos la daba una sacerdote muy 
anciano, que llegaba de tarde 
en tarde con una lámina enro¬ 
llada del triángulo y el ojo, y 
nos explicaba lo de la Santísima 
’rinidad con un puntero, quizá 
porque resultaba herejía seña¬ 
lar todo aquello con el dedo. A 
mí aquel sacerdote anciano que 
se traía el triángulo enrollado, 
como los otros se traían los 
puntos de la Falange, me pare¬ 
cía como si llegase del cielo, en 
una nube, con las últimas noti¬ 
cias sobre la Santísima Trini¬ 
dad. 

Quería yo ignorar ya, quizá, 
que el sacerdote iba de colegio 
en colegio, a pie, con sü trián¬ 
gulo enrollado bajo la capa de 
la sotana, ganándose la vida 
como un sacamuelas con la 
lámina de muelas y raigones en 
escala muy aumentada. 

Estos eran, más o menos, los 
empleos que daba el Régimen a 
sus buenos servidores peatona¬ 
les. 

La verdadera formación reli¬ 
giosa la había tenido yo antes, 
con unas monjas que tenían un 
libro muy hermoso, en un facis¬ 
tol, siempre abierto por algún 
desnudo, esos desnudos crudi- 
zos y perturbadores sobre los 
que da el sol entero de las 
Escrituras. 

Entre el triángulo enrollado 
del anciano sacerdote y los gra¬ 
bados a todo color de las mon¬ 
jas, hechos como por un Miguel 
Angel gremial, yo me había 
decidido por la anatomía frente 
a la geometría. Por la narración 
frente a la abstracción. Por el 
mogollón frente al sistema. No 
es que no fuera religioso ni 
arreligioso. 

Uno era el agnosticismo con 
las rodillas sucias. 

Uno era un niño de izquier- 


104 












































































































das sin ser ya un niño y sin 
saber muy bien lo que era la 
izquierda. 

FORMACION PATRIOTICA 

Mi infancia es mi patria 

Mallarmé 

El niño es, ante todo, el 
patriota de su propia infancia. 
Luego, ya de mayor, este 
patriotismo será deliberado y 
literario, como en Mallarmé. O 
como en Juan Ramón: «Infan¬ 
cia, isla de oro». O como en La 
Rocherfoucault: «Sólo nuestros 
primeros amores son involun¬ 
tarios». 

De ahí que ia Formación 
Patriótica del franquismo fuera 
redundante. Nos subrayaban 
tanto ia idea de Patria que no 
hacían dudar de ella, o llegaban 
a provocarnos el rechazo. Pues 
claro que el niño es patriota: 
naturalmente patriota de su 
pueblo, de su calle, patriota de 
su perro, de su gato, de sus 
padres, de sus amigos, de su 
geografía (la poca que he 
visto), y de la geografía carto¬ 
gráfica que habíamos visto en el 
colegio: las provincias estaban 
en un mapa, y cuando el maes¬ 
tro decía “La Coruña”, por 
ejemplo, el alumno tenía que 
aplicar el extremo de un cable 
al botón incógnito de La 
Coruña, que figuraba sin nom¬ 
bre, como todas las demás pro¬ 
vincias. Si se encendía la bom¬ 
billa, es que estábamos en La 
Coruña. Si no se encendía 
nada, a lo mejor era que estᬠ
bamos en Jaén. 

Suspenso en todos los senti¬ 
dos de la palabra, incluso en el 
extranjerizante de suspense. 

No digo que, dentro de la 
pedagogía, no era conveniente 
una asignatura de Formación 
Patriótica (aunque ese patrio¬ 
tismo cultural, no beligerante, 
debiera desprenderse más bien 
del conjunto de los saberes, sin 
asignatura específica). lo que 
digo es que la Formación 
Patriótica o Formación Nacio¬ 
nal, que es como la llamaban 
nuestros instructores, era mala, 
como toda la pedagogía fran¬ 


quista, era simplista como el 
franquismo en sí. 

Los funcionarios más desta¬ 
cados en francología, habían 
decidido hacer de la Historia de 
España una línea recta (la dis¬ 
tancia más corta entre dos pun¬ 
tos) que venía de Viriato a 
Franco, “el César Visionario", 
según poema y leyenda de 
Federico de Urrutía. 

De la pelliza de Viriato al 
viejo cacharro volatín y heroico 
de Ruiz de Alda, todo era una 
continuum, pasando por el 
diente que perdiera Reina Isa¬ 
bel en cierta batalla, diente recogido 
por un capitán y engastado 
para sortija (delicioso feti¬ 
chismo), por el centauro Cortés 
fecundando inditas y por la 
carga de los mamelucos contra 
aquellas hembrazas líricas y 
épicas que eran Clara del Rey y 
Manolita Malasaña. 


Todo, un contmuum que 
venía a resolverse en Franco. 
La Historia entero no había 
sido sino una larga preparación 
(“un largo rodeo", diría Nietzs- 
che) para llegar a Franco. La 
Formación Nacional, por mo- 
notemática (Franco disfrazado 
de Juana la Loca, de Isabel la 
Católica, de Corocota, de 
Menéndez Pelayo, de cardenal 
Cisheros, de carlista (por 
Zuloaga) y de Mussolini (por 
Ridruejo), la Formación Nacio¬ 
nal nos aburría. 

Era como esos espectáculos 
de! hombre/orquesta o del 
transformista, que al principio 
asombra, cuando sale de casta¬ 
ñera, luego de zíngara, luego de 
Charlot y luego de Al Capone, 
pero en seguida vemos que 
siempre es él, el mismo, y nos 
aburrimos. 


De Franco hablan hecho los 



Un anuncio político de los años cuarenta: Un Pelayo proclama las excelencias de una 

conocida marca de polvo da talco (Archivo Gasea), 


105 
















Escena habitual en el Madrid de la inme¬ 
diata posguerra. 


de la Formación Nacional un 
hombre/orquesta. Un guiñol, 
claro, una cosa para niños. 


Pero es que los niños no son 
tontos. 

Mayormente uno. 


DEFORMACIONES 

Hay que mirar por las 
rendijas de la cultura. 

André Gide 

Después de estas informa¬ 
ciones oficiales, a que he alu¬ 
dido, formaciones integrales del 
niño de los años cuarenta, 
habría que hablar un poco de 
deformaciones y deformidades, 
de cómo ese niño se iba defor¬ 
mando. contraformando, con¬ 
tra culturizando. 

A la manera de Gide, mirᬠ
bamos por las rendijas de la 
cultura oficial que nos daban, 
para ver la vida de verdad. 
¿Cuál era la contracultura que 
llegaba a España en los prime¬ 
ros años de la dictadura? 
Somerset Maugham, Lajos 
Zilahy. Margaret Mitchel (la 
autora de “Lo que el viento se 
llevo", luego muerta en acci¬ 
dente), André Maurois (biogra¬ 


fías y la novela Climas , de 
contrabando). 

La cultura Europea de dere¬ 
chas era ya contracultura en 
España, algo que no podía 
leerse ni tolerarse. En cuanto a 
la prensa, a uno no le sería difí¬ 
cil datar el momento en que 
ABC decide ser la contestación 
democristiana. Incluso el Arri¬ 
ba, con los grandes escépticos 
de la derecha Sánchez-Mazas, 
d'Ors, Mourlane-Michelena, 
Ruano, más los grandes violen¬ 
tos de la Falange —Ismael 
Herráiz, García-Serrano (que 
siempre fué mucho más falan- 
guista que franquista, aunque 
luego haya cambiado algo)—, 
incluso el Arriba , digo, iba for¬ 
jando su contestación falan¬ 
gista al franquismo oficial y no 
sé si a Franco. 

Todo esto lo leíamos los 
niños de izquierdas con una 

formación de derechas, miran- 

■ 

do por las rendijas de la cultura 
(oficial), como quería Gide, y 
nos iba formando/deformando 
como oposición infantil y cre¬ 
ciente (en estatura y conciencia) 
al Régimen. 



Una versión infantil de la ‘Fiesta de )a Raía' (Archivo Gasea} 



t-íi.iiiile nr (.i nacho 


df 


allí-» ku hf titb» 


la 




nun . Jírtfr** *^,** dw bamirb* cual rJ *acuchór*raiqíÉÍ 

fltrntov id Sfrfta ia» »*nld» 

i.- S. - 1 '■*+' • .. ■ ■■ 


rá. Oiai : 




*1 



L 


106 


Pelayos montando un nacimiento (Archivo Gasc&i- 

















































LA GRAN RESPUESTA 

Toda la formación franquista 
era, como digo, redundante, 
cacofónica, y ya, sólo por esto, 
mala. El político Francisco 
Fernández Ordónez recuerda 
en reciente libro que el colegio 
del Pilar, casa/cuna, mucho 
más tarde, del pilarismo demo¬ 
crático, era un sitio bastante 
liberal. Así y todo, la formación 
nacional, religiosa y política de 
los niños ricos resultaba tauto¬ 
lógica, contraproducente por 
estragamiento, pues se les repe¬ 
tía en el colegio lo mismo que 
estaban escuchando en casa a 
todas horas. 

Esto engendra la gran res¬ 
puesta estudiantil en cuanto 
esos chicos llegan a la Universi¬ 
dad.Contestan ai SEU o lo uti¬ 
lizan. Algunos, éü- capa cultu¬ 
ral, manejan revistas de ideolo¬ 
gía franquista, Pero todavía 
conservan de entonces, en el 
alma, el correaje sentimental 
del SEU. 

En cuanto a la infancia/ado¬ 
lescencia no universitaria ni 
bachiller, que es la más extensa 
en España, y por supuesto la 
mía, unos conceptos, como he 
dicho, nos resultaban redun¬ 
dantes, por obvios, como el de 
nación, y otros se despegaban 
absolutamente de nosotros, 
como la religión, el civismo de 
derechas y el buen porte y bue¬ 
nos modales que abre puertas 
principales y aquello otro de 
que “la limosna no se arroja: se 
besa y se da en la mano’'. 

No queríamos un pedazo de 
pan asquerosamente besado/- 
baboseado por un niño-vestido- 
de-blanco. Es mucho más digno 
coger el mendrugo al aire, 
como los perros, con la boca. Y 
así fuévcomo nos sobrealimen¬ 
tamos. Si no, estaríamos muer¬ 
tos. Por entonces. Fraga y su 
futurible, o sea el cuñado 
Robles Piquer, eran “jóvenes 
vírgenés" y recubrían de alma¬ 
gre violertto las líricas piernas 
de Rita Hayworth, en las carte¬ 
leras de Madrid. En ellos sí que 
había fracasado la Formación 
Nacional, la Formación Reli¬ 
giosa, la Formación Política. 


La formación, pues, que nos 
dieron o quisieron darnos, 
estuvo altamente ideologizada, 
en detrimento de una ’orma- 
ción científica, humanística, 
técnica, de cuya ausencia se ha 


resentido luego la vida y la 
industria nacional, desde la 
enseñanza a la navegación. El 
sistema de oposiciones —me¬ 
moria repetitiva en lugar de 
memoria crítica—, da lugar a 
que el político arriba citado. 


Fernández Ordóñez, denuncie 
ahora mismo la falta de 7.000 
jueces en España. No es que 
nuestra justicia sea buena o- 
mala: es que falta mano de 
obra, mientras hay tantos licen¬ 


ciados en Derecho que están 
parados. 

Seguimos disfrutando, pues, 
la variada y confusa herencia de 
un sistema que, a falta de enti¬ 
dad histórica, sólo aspiraba a 
detener la Historia. ■ F. V. 


ERA UN NIÑO COMO VOSOTROS 



TSSf 







Ein un romíl v c*otruñ Y tenta. doc* afir*. 

m Ul i hnju# qur parre t* menor Titila el 
n rgr" ensamjaíio y uw* grande* ojo* cwcu- 
v brll lóale* 8* llamaba M*noU> y vivía con 
mí* padrea rn un» íiumlldr coiil* de una atdn 
k* I Allí en loi verdea cumpa», ayudaba a 

- li* pudres rn las Í*ín*# v apacentaba loa fana- 
rt m * domingo. vrjsttdo *u traje dé n*«t* 
que au madre tamba del &rd5n y bur olía a hier¬ 
ba n romanía* iba a i* u oír Mi-w y lu«o 


jugaba con «uit amigo* en Ir pla.-A rt, J.i 
Manotu era felto- era bumu y np sotu» ¡u, -i 
mundo híij hombrea de durrt r^ íríói; pv: 1 un ¡j¡ fc 
aupó que loa h*b:n y que eson hombrea naj^' 
ni Aban tiui IgleaiLUi maUban n km hombre* ¡¡b u 
J ertm y nlftoe y queriac apudrcm* u, 
pana y llenar bivsía sus trjmqudij* rtumu i * ÍL 
inr. para Cúnvt rtlrkü rn Un Infirmo Manolo tíi 
un H!ñr> y ín> safra ü* (tuitbLdo lo qut vr ,i j tt PatFia 
PvTu timaba aqurhos campos donde nucía y vsufi 



" P'P 

t,* * «*.Y* 


amana su casita y a bus paarcs y 
(erneroao de qute lo# hómbfí* mala# 
llegasen hasu *111. el quLyi marchar 
Pimblín con lúa morás de la aldea 
a Iifv guerr* para defender a mi Pa¬ 
tria Y ae etenpd de mi y tr 

prearntó ante un seftm de uniforme 
que tenia en Ia® m&nr;u v*rtn* r* 
tfeltoÁ 

—¿Qué dcseiuf—> pregunta, mi 
rándole con eiirl^tdarí 

-Quiero ir al Fmntfr'-cobtritó 
Manolo 

“iTú' —y el militar V)\ló una 
«t repatos* ra majad* Si no tirite» 
íaera» irí nafa un fusil 

A Mmvníu h partió rm/v mal 
aquella rfsa y a punto estuvo de* 
echarte a llorar, perú fl quclEa tr 
u La guerra y comentó 



tío y hU o pt‘ro auy inerte y no univrO'mEJO 
PcTm# probar y ya cótno me p-tj-rto hin bien 
r.mi ctialqutee hombre 

El de \m esfr*l]M *• puao^t rict y le miro 

nii; railfio 

Tal vez tcnifaí ríiidn Drrí» no purdj darte 
l Ü rn Trenes, qut iríl pf»ro p^t h' metió* 

- i [Ui te ■ ntplt'fc .i np:ir,iar el bigote— KftftlJlG 

w.ti* 'lo. 



Penó Manolo no <r rli- por vencido y u! di* §{. 
fritleiití vokiü u pre^ntnr^ llrtfinl. sobre tu 
iabio un i«iip>fii" piriGhio con rarbón 

¿Qué a.i«niücft c*ío le preguntó el ¿efjpt ót 

- Pucx que V i Ir itl Frmu* ji in me ha 

rrrríflu ri blyol* 

AquelEi vt-z militar tu i vr prhó a reír y rn 
cambio dió u I chico una pnlmadlta en la mclUla 


í;:rcfi UflU y tefltAnJdo y si k rm 
pehas MI vez putlíl'Tri-s si'rnos utl) 
aflora aúti rrn bc trata de coger un 
fusij. pues rcf*s muy chira rilo 

pero hay otr,i¿ manera* de *rrvL r * 
I* Patria 

Y Mando aunque tuvo mueh* pr* 
i-a pues h hubiera iíuMndo más *er 
un «nldbdo. sr cofitrntc con Jo que Ir 
ofrecieron Y una nocím cotí Un iTAje- 
rlilu viejo y rcmrndadu v Uevarifln uf' 
biiU‘ i ti La ruano parn U comida, se 
posó írí rarupi' enemlKo dond** vnA:<- 
ín r!e mi,i-1 fiemi-íi-i ttirudV** y 
Melló * metóroe pidiendo limosna hos- 
Li vi mbiniri Guarl^L Otiiorc; Y n'H 
vló a Hilo» hombrea que miraban con 
nlrmUifi unímt prtpcb^ y aquel rhtiju: 
Mo n ti cómo Lníi comptLV* fsrn 

coiierlrt» ruando éftabart míU riese ul- 



tlRU. v rnr, ellos sr prcAéntó úc nurvo al a flor 

d ( " híV 1 r* T f N Saa 

Su uniiH Jr h guarda le había librado de todos 
lo* pei^rof.. p^rii mtnudo íumo que habla p¿uuk<k 
el vallmié muchacho papeles eran muy im 

pon*ni«« y ri seftin 4c Rui csLiéUaa le puso miw 
conténte *1 veriofi ^Oomo que étan loa planos de 
défenwi d(? un* ciudad que ttaclaa a ¿lloa proa* 
Iu tut ifrtr*d*< 

Y Manolo, aunque aftn no apuntaba ni mucho 
rriffim i! blgthr sobro bu labio, consiguió como 


premio vti aran líu'tc-r, 4 . #»r *lri.n«!.i> v de n i 

ehar al PtviiLi v hov < -1 >;•. ^ itKohli 1 |»np|i’f jv 
pue» »u ruerpfi mas rhw-o qiu su aliun 
p«rrfe im Miento t tn« r* i-»íi? 

Y »in criibar^u. iu> lo r* 

MaotilO fu# unn dr cín> íslims amentos dr 
(Jejo de Jusac con i-w *<‘ it ií1ftvíc'! '* 
plomo y dr ganar cotí riu* la* .pnu 

un soldado d? verdad 1 

firman Mari»! 



Une ' precoz y J aleccionadora" historia de aquellos años, firmada por Carmen MarteJ 


107 







































La Colmena, 

una narración 
de la posguerra 


• ■ « . 1 

NOTA DE EDITORIAL Este texto es el 
capítulo final cíe “La Colmena", novela de 
Camilo José Cela publicada en Buenos Aires 
en 795/. que nos ha sido cedido gentilmente 
por el autor, 
ambiente de 
posguerra. 


La obra refleja magistralmente e 
la vida españólame la inmediata 


9 





H 


AN pasado tres o cuatro dias. El aire va 
tomando cierto color de Navidad. Sobre 
Madrid, que es como una vieja planta 


con tiernos lallitos verdes, se oye, a veces, entre 
el hervir de la calle, el dulce voltear, e! cariñoso 
voltear de las campanas de alguna capilla. Las 
gentes se cruzan, presurosas. Nadie piensa en et 
de al lado, en ese hombre que a lo mejor va 
mirando para el suelo; con el estómago deshe¬ 
cho o un quiste en un pulmón o la cabeza 


destornillada... 


Don Roberto lee el periódico mientras desa¬ 
yuna. Luego se va a despedir de su mujer, de la 
l v ilo. que se quedó en la cama medio mala. 

—Ya lo he visto, está bien claro. Hay que 
hacer algo por ese chico, piensa tú. Merecer no 
se lo merece, pero, ¡después de todo! . 

La I ilo llora mientras dos de los hijos, al lado 
de la cama, miran sin comprender: los ojos lle¬ 
nos de lágrimas, la expresión vagamente triste, 
casi perdida, como la de esas terneras que aún 
alientan —la humeante sangre sobre las losas del 
sudo— mientras lamen, con la torpe lengua de 
los últimos instantes, la roña de la blusa del 
matarife que las hiere, indiferente como un juez 
la colilla en los labios, el pensamiento en cual¬ 
quier criada y una romanza de zarzuela en la 
turbia voz. 

Nadie se acuerda de los muertos que llevan ya 
un año bajo tierra. 

En las familias se oye decir: 

—No olvidaros, mañana es el aniversario de 
la pobre mamá. 

Es siempre una hermana, la más triste, que 
lleva la cuenta... 


Doña Rosa va todos los días a la Corredera, a 
hacer la compra, con la criada detrás. Doña 


Rosa va a la plaza después de haber trajinado lo 
suyo en el Café; doña Rosa prefiere caer sobre 
los puestos cuando ya la gente remite, vencida la 
mañana. 

En la plaza se encuentra, a veces, con su her¬ 
mana. Doña Rosa pregunta siempre por sus 
sobrinas. Un día le dijo doña Visi: 

—¿Y Julita? 

—Ya ves. 

—¡A esa chica le hace falta un novio! 

Otro día —hace un par de días— doña Visi al 
ver a doña Rosa, se le acercó radiante de alegría. 

—¿Sabes que a la niña le ha salido novio? 



—¿Y qué tal? 

—La mar de bien, hija, estoy encantada. 

— Bueno, buen, que así sea. que no se tuerzan 
las cosas... 

—¿Y por qué se van a torcer, mujer? 

—¡Que sé yo! ¡Con el género que hay ahora! 

—¡Ay, Rosa, tú siempre viéndolo todo negro! 

—No, mujer, lo que pasa es que amí me gusta 
ver venir las cosas. Si salen bien, pues mira, 
¡tanto mejor! 

—Sí. 

—Y si no... 

—Si no, otro será, digo yo. 

—Sí, si éste no te la desgracia. 

Aún quedan tranvías en los que la gente se 
sienta cara a cara, en dos largas filas que se con¬ 
templan con detenimiento, hasta con curiosidad 
incluso. 

— Ese tiene cara de pobre cornudo, segura¬ 
mente su señora se le escapó con alguien, a lo 
mejor con un corredor de bicicleta, quién sabe si 
con uno de Abastos. 


108 





















Si e! trayecto es largo, la gente se llega a enca¬ 
riñar. Parece que no, pero siempre se siente un 
poco que aquella mujer, que parecía tan desgra¬ 
ciada. se quede en cualquier calle y no la volva¬ 
mos a ver jamás, ¡cualquiera sabe si en toda la 
vida! 

—Debe arreglarse mal, quizá el marido esté 
sin trabajo, a lo mejor están llenos de hijos. 

Siempre hay una señora joven, gruesa, pin¬ 
tada, vestida con cierta ostentación. Lleva un 
gran bolso de piel verde, unos zapatos de cule¬ 
bra, un lunar pintado en la mejilla, 

—Tiene aire de ser la querida de un médico; 
los médicos eligen siempre queridas muy llama¬ 
tivas, parece como si quisieran decir a todo el 
mundo: “¡Hay que ver! ¿Eh? ¿Ustedes se han 
fijado bien? ¡Ganado del mejor!" 

Martín viene de Atocha. Al llegar a Ventas se 
apea v tira a pie por la carretera del Este. Va al 
cementerio a ver a su madre, doña f ilomena 
López de Marco, que murió hace algún tiempo, 
un día de poco antes de Nochebuena. 

Pablo Alonso dobla el periódico y llama al 
timbre. I.aurita se tapa, le da todavía algo de 
vergüenza que la doncella la vea en la cama. 
Después de todo, hay que pensar que no lleva 
viviendo en la casa más que dos días; en la pen¬ 
sión de la calle de Preciados donde se metió al 
salir de su portería de Lagasca, ¡se estaban tan 
mal! 


—¿Se puede? 

— Pase. ¿Está el señor Marco? 

—No, señor, se marchó hace ya rato. Me 
pidió una corbata vieja del señor, que fuese de 
luto. 

—¿Se la dio? 

—Si, señor. 

— Bien. Prepárame el baño. 

La criada se va de la habitación. 

—Tengo que salir, Laurita. ¡Pobre desgra¬ 
ciado! ¡Lo único que le faltaba! 

—¡Pobre chico! ¿Crees que lo encontrarás? 

—No sé, miraré en Comunicaciones o en el 
Banco de España, suele caer por allí a pasar las 
mañanas, 

Dcsde-el camino del Este se ven unas casuchas 
miserables, hechas de latas viejas y de pedazos 
de tablas. Unos niños juegan tirando piedras 
contra los charcos que la lluvia dejó. Por el 
verano, cuando todavía no se secó del todo el 
Abroñigal. pescan ranas a palos y se mojan los 
pies en las aguas sucias y malolientes del regato. 
Unas mujeres buscan en los montones de 
basura. Algún hombre ya viejo, quizás impe¬ 
dido, se sienta a la puerta de una choza sobre un 
cubo boca abajo, y extiende al tibio sol de la 
mañana un periódico lleno de colillas. 

—No se dan cuenta, no se dan cuenta... 

Martín, que iba buscando la rima de “laurel", 
para un soneto a su madre que ya tenía empe- 


109 













































zaüo. piensa en eso ya tan dicho de que el pro¬ 
blema no es de producción, sino de distribución. 

—Verdaderamente, ésos están peor que yo. 
¡Que barbaridad! ¡Las cosas que pasan! 

Paco llega, sofocado, con la lengua fuera, al 
bar de la calle de Narváez. El dueño. Celestino 
Ortiz, sirve una copita de cazada al guardia 
García. 

—El abuso del alcohol es malo para las molé¬ 
culas del cuerpo humanos, que son, como ya le 
dije alguna vez, de tres clases: moléculas sanguí¬ 
neas. moléculas musculares y moléculas nervio¬ 


sas, porque las quema y las echa a perder, pero 
una copita de cuando en cuando sirve para 
calentar el estómago. 

—Lo mismo digo. 

—... y para alumbrar las misteriosas zonas del 
cerebro humano. 

El guardia Julio García está embobado. 

—Cuentan que los filósofos antiguos, los de 
Grecia y los de Roma y los de Cartago, cuando 
querían tener algún poder sobrenatural... 

La puerta se abrió violentamente y un rama¬ 
lazo de aire helado corrió sobre el mostrador. 

—¡Esa puerta! 


110 


























—¡Hola, señor Celestino! 

El dueño le interrumpió. Ortiz cuidaba mucho 
los tratamientos, era algo así como un jete de 
protocolo en potencia. 

—Amigo Celestino. 

— Bueno, déjese ahora. ¿Ha venido Martín 
por aquí? 

—No, no ha vuelto desde el otro día. se 
conoce que se enfadó; a mí esto me tiene algo 
disgustado, puede creerme. 

Paco se volvió de espaldas al guardia. 

—Mire. Lea-mjuí. 

Paco le dió un periódico doblado. . 


—Ahí abajo. 

Celestino tee despacio, con el entrecejo 
fruncido. 

—Mal asunto. 

—Eso creo. 

—¿Que piensa usted hacer? 

—No sé. ¿A usted qué se le ocurre? Yo creo 
que será mejor hablar con la hermana, ¿no le 
parece? ¡Si pudiéramos mandarlo a Barcelona, 
mañana mismo! 

En la calle de I orrijos. un perro agoniza en el 
alcorque de un árbol. Lo atropelló un taxi por 
mitad de la barriga. Tiene los ojos suplicantes y 
la lengua fuera. Unos niños le hostigan con e! 
pie. Asisten al espectáculo dos o tres docenas de 
personas. 

Doña Jesusa se encuentra con Zurita Bartolo¬ 
mé. 

—¿Qué pasa'ffhí? 

—Nada, un chucho deslomado. 

—¡Pobre! 

Doña Jesusa lee a Punta unas lineas del 
periódico. 

—¿Y ahora? 

— Pues no sé. hija me temo que nada bueno. 
¿Lo has visto? 

—No, no lo he vuelto a ver. 

Unos basureros se acercan al grupo del can 
moribundo, cogen al perro de las patas de atrás 
v lo tiran dentro del carrito. El animal da un 
profundo, un desalentado aullido de dolor, 
cuando va por el aire. El grupo mira un 
momento para los basureros y se disuelve des¬ 
pués. Cada uno tira para su lado. Entre las gen¬ 
tes hay. quizás algún niño pálido que goza — 
mientras sonríe siniestramente, casi impercepti¬ 
blemente— en ver como el perro no acaba de 
morir... 

Ventura Aguado habla con la novia, con 
.1 ulila. por teléfono. 

—Pero ¿ahora mismo? 

—Sí. hija, ahora mismo. Dentro de media 

hora estoy en el Metro de Bilbao, no faltes. 

* 

—No, no. pierde cuidado. Adiós. 

—Adiós, échame un beso, 

—Tómalo, mimoso. 

A la media hora, al llegar a la boca del Metro 
de Bilbao. Ventura se encuentra con Julita. que 
ya espera. La muchacha tenía una curiosidad 
enorme, incluso hasta un poco de preocupación. 
¿Que pasaría? 

—¿Hace mucho tiempo que has llegado? 

—Ño, no llega a cinco minutos. ¿Que ha 
pasado? 

—Ahora te diré, vamos a meternos aquí. 

Los novios entran en la cervecería y se sientan 
al fondo, ante una mesa casi a oscuras. 

—Lee. 

Ventura enciende una cerilla para que la chica 
pueda leer. 

*, * 


V 


111 























—¡Pues si, en buena se ha metido tu amigo! 
—Eso es todo lo que hay, por eso te llamaba. 
Julita está pensativa. 

—¿Y qué va a hacer? 

— No sé, no lo he visto. 

La muchacha coge la mano del novio y da una 
chupada de su cigarro. 

—¡Vaya por Dios! 

—Sí, en perro flaco todas son pulgas... He 
pensado que vayas a ver a su hermana, vive en la 
calle de Ibiza. 

—¡Pero si no la conozco! 

—No importa, le dices que vas de parte mía. 

Lo mejor era que fueses ahora mismo. ; Tienes 
dinero? 

—No. 

—Toma dos duros. Vete y vuelve en taxi, 
cuanto más prisa nos demos es mejor. Hay que 
esconderlo, no hay más remedio. 

—Si, pero.., ¿No nos iremos a meter en un lío? 
—No sé, pero no hay más remedio. Si Martín 
se ve solo es capaz de hacer cualquier estupidez. 
—Bueno, bueno, ¡tú mandas! 

—Anda, vete ya. 

—¿Qué número es? 

— No sé, es esquina a la segunda bocacalle, a 
la izquierda, subiendo por Narváez, no sé como 
se llama. Es en la acera de allá, en la de los pares, 

112 


después de cruzar. Su marido se llama González, 
Roberto González. 

—¿Tú me esperas aquí? 

—Si, yo me voy a ver a mi amigo que es hom¬ 
bre de mucha mano, y dentro de media hora 
estoy aquí otra vez. 

El señor Ramón habla con don Roberto, que 
no ha ido a la oficina, que pidió permiso al jefe 
por teléfono. 

—Es algo muy urgente, don José, se lo ase¬ 
guro: muy urgente y muy desagradable. Ya sabe 
que a mí no me gusta abandonar el trabajo sin 
más ni más. Es un asunto de familia. 

— Bueno, hombre, bueno, no venga usted, ya 
diré a Díaz, que eche una ojeada por su 
Negociado. 

—Muchas gracias, don José, que Dios se lo 
pague. Yo sabré corresponder a su benevolencia. 

—Nada, hombre, nada, aquí estamos todos 
para ayudarnos como buenos amigos, el caso es 
que arregle usted su problema. 

—Muchas gracias, don José, a ver si puede 
ser... 

El señor Ramón tiene el aire preocupado. 

—Mire usted, González, si usted me io pide yo 
lo escondo aquí unos días; pero después, que 
busque otro sitio. No es nada, porque aquí 





























mando yo. pero la Paulina se va a poner hecha 
un basilisco en cuanto se entere. 

Martín tira por los largos caminos del cemen¬ 
terio. Sentado a la puerta de la capilla, el cura 
lee una novela de vaqueros del Oeste. Bajo el 
tibio so! de diciembre los gorriones pian, sal¬ 
tando de cruz a cruz, meciéndose en las ramas 
desnudas de los árboles. Una niña pasa en bici¬ 
cleta por el sendero; va cantando, con su tierna 
voz. una ligera canción de moda, i odo lo demás 
es suave silencio, grato silencio. Martín siente un 

bienestar inefable. 

* 

Petrita habla con su señorita, con la Tilo. 

—¿Qué le pasa a usted, señorita? 

—Nada, el niño que está inalito. ya sabes tú. 
Petrita sonríe con cariño. 

— No, el niño no tiene nada. A la señorita le 

pasa algo peor. 

Filo se lleva el pañuelo a los ojos. 

—Esta vida no trae más que disgustos, hija, 
¡tú eres aún muy chiquilla para comprender! 

Rómulo, en su librería de lance, lee el perió¬ 
dico. “Londres. Radio Moscú anuncia que la 
conferencia entre Churchill, Roosevelt y Stalin 
se ha celebrado en Teherán hace unos días.” 

— ¡Este Churchill. ese! mismo diablo! ¡Con la 
mano de años que tiene y largándose de un lado 
para otro como si fuese un pollo! 

“Cuartel General del Führer. En la región de 
Gomel. del sector central del Frente del Este, 
nuestras fuerzas han evacuado los puntos de..." 
—¡Huy. huy! ¡A mí esto me da muy mala 

espina! 

“Londres. El Presidente Roosevelt llegó a la 
isla de Malta a bordo de su avión gigante 
Douglas." 

— ¡Qué tío! ¡Pondría una mano en el fuego 
porque ese aeroplanito tiene hasta retrete! 

Rómulo pasa la hoja y recorre las columnas, 
casi cansadamente, con la mirada. 

Se detiene ante unas breves, apretadas lineas. 
La garganta se le queda seca y los oídos le 
empiezan a zumbar, 

—¡Lo que faltaba para el duro! ¡Los hay 
gafes! 

Martin llega hasta el nicho de la madre. Las 
letras se conservan basante bien: “R.I.P. Doña 
Filomena López Moreno, viuda de D. Sebastián 
Marco Fernández. Falleció en Madrid el 20 de 
diciembre de 1934”, 

Martín no va todos los años a visitar los restos 
de la madre, en el aniversario. Va cuando se 
acuerda. 

Martín se descubre. Una leve sensación de 
sosiego, siente que le da placidez al cuerpo. Por 
encima de las tapias del cementerio, allá a lo 
tejas, se ve te llanura color pardo en la que el sol 
se para, como acostado. El aire es frío, pero no 
helador. Martín, con el sombrero en la mano. 



nota en la frente una ligera caricia ya casi olvi¬ 
dada. una vieja caricia del tiempo de la niñez... 

—Se está muy bien aquí —piensa—, voy a 
venir con más frecuencia. 

No faltó nada para que se pusiera a silbar, se 

dio cuenta a tiempo. 

Martín mira para los lados. 

"La niña Josefina de la Peña Ruiz subió al 
Cielo el día 3 de mayo de 1941, a los once años 

de edad." 

—Como la niña de la bicicleta. A lo mejor 
eran amigas; a lo mejor, pocos días antes de 
morir, le decía, como dicen, a veces, las niñas de 
once años: “Cuando sea mayor y me case..." 
“El limo. Señor Don Raúl Soria Bueno. 

Falleció en Madrid..." 

—¡Un hombre ilustre pudriéndose metido en 
un cajón! 

Martín se da cuenta de que no hace 
fundamento. * 


113 
















—No, no, Martín. estáte quieto. 

Levanta de nuevo la mirada y se le ocupa la 
memoria con el recuerdo de la madre. No piensa 
en sus últimos tiempos, la ve con treinta y cinco 
años,,, 

| 

— Padre nuestro que estás en los Cielos, santi¬ 
ficado sea el tu nombre, venga a nos el tu reino, 
así como nosotros perdonamos a nuestros deu¬ 
dores... No, esto me parece que no es así. 

Martín empieza otra vez y vuelve a equivo¬ 
carse. en aquel momento hubiera dado diez años 
de su vida por acordarse del Padrenuestro. 

Cierra los ojos v los aprieta eo#i fuerza. De 
repente, rompe a hablar a media voz, 

—Madre mía que estás en la tumba, yo te 
llevo dentro de mi corazón y pido a Dios que te 
tenga en la Gloría eterna como te mereces. 
Amén. 

Martín sonríe. Está encantado con la oración 
que acaba de inventar. 


—Madre mía que estás en la tumba, pido a 
Dios... No, no era así. 

Martín frunce el entrecejo. 

—¿Cómo era? 

Filo sigue llorando. 

—Yo no sé lo que hacer, mi marido ha salido 
a ver a un amigo. Mi hermano no hizo nada, yo 
se lo aseguro a usted; eso debe ser una equivoca¬ 
ción. nadie es infalible, él tiene sus cosas en 
orden... 

Julita no sabe lo que decir. 

— Eso creo yo. seguramente es que se han 
equivocado. 

De todas maneras, yo creo que convendría 
hacer algo, ver a alguien. ¡Vamos, digo vo! 

—Sí. a ver qué dice Roberto cuando venga. 

Filo llora más fuerte de repente. EJ niño 
pequeño que tiene en el brazo, llora también. 

—A mí lo único que se me ocurre es rezar a la 



114 






















Virgenctta del Perpetuo Socorro, que siempre 
me sacó de apuros. 

Roberto y el señor Ramón llegaron a un 
acuerdo. Corno lo de Martín, en todo caso, no 
debía ser nada grave, lo mejor sería que se pre- 
sentase sin más ni más. ¿Para qué andar esca¬ 
pando cuando no hay nada importante que 
ocultar?. Esperarían un par de días —que Mar¬ 
tín podía pasar muy bien en casa del señor 
Ramón— después, ¿por qué no?, se presentaría 
acompañado del capitán Ovejero, de don Tesi- 
í'onte, que no es capaz de negarse y que siempre 
es una garantía. 

—Me parece muy bien, señor Ramón, muchas 
gracias. Ustes es hombre muy cabal. 

—No. hombre, no, es que a mí me parece que 
seria lo mejor. 

—Sí. eso creo yo. Créame si le aseguro que me 
ha quitado usted un peso de encima... 

Celestino lleva escritas tres cartas, piensa 
escribir aún otras tres. El caso de Martín le 
preocupa. 

—Si no me paga, que no me pague, pero yo no 
lo puedo dejar así. 

Martín baja las laderitas del cementerio con 
las manos en los bolsillos. 

—Si. me voy a organizar. Trabajar todos los 
días un poco es la mejor manera. Sí me cogieran 
en cualquier oficina, aceptaba. Al principio, no, 
pero después se puede hasta escribir, a ratos 
perdidos, sobre todo si tienen buena calefacción. 
Le voy a hablar a Pablo, él seguramente sabrá de 
algo. En Sindicatos se debe estar bastante bien, 
dan pagas extraordinarias. 

A Martín se le borró la madre, como con una 
goma de borrar, de la cabeza. 

— También se debe estar muy bien en e! Insti- 
tuto Nacional de Previsión; ahí debe ser más 
difícil entrar. Es esos sitios se está mejor que en 
un Banco. En los Bancos explotan a la gente, al 
que llega tarde un día le quitan dinero al darle la 
paga. En la oficinas particulares hay algunas en 
¡as que no debe ser difícil prosperar; a mí lo que 
me venía bien era que me nombrasen para hacer 
una campaña en la Prensa. 

¿Padece usted de insomnio? ¡Allá usted! 
¡Usted es un desgraciado porque quiere! ¡Las 
tabletas equis (Marco, por ejemplo) le harían a 
usted feliz sin que >e atacasen lo más mínimo el 
corazón! 

Martín va entusiasmado con la idea. Al pasar 
por la puerta se dirige a un empleado. 

—¿Tiene usted un periódico? Si ya lo ha leído, 
yo se lo pago, es para ver una cosa que me 
interesa... 

—Sí, ya lo he visto, lléveselo usted. 

—Muchas gracias.- 

Martín salió disparado. Se sentó en un banco 
del jardínílio que hay a la puerta del cementerio 
y desdobló su periódico. 


—A veces, en la prensa, vienen indicaciones 
muy buenas para los que buscamos empleo. 

Martín se dio cuenta de que iba demasiado de 
prisa y se quiso frenar un poco. 

— Voy a leerme las noticias; lo que sea. será; 
pero ya se sabe, no por mucho madrugar se 
amanece más temprano. 

Martín está encantado consigo mismo. 

—¡Hoy sí que estoy fresco y discurro bien! 
Debe ser el aire del campo. 

Martín lia un pitillo y empieza a leer el 
periódico, 

—Esto de la guerra es la gran barbaridad. 
Todos pierden y ninguno hace avanzar ni un 
paso a la Cultura. 

Por dentro sonríe, va de éxito en éxito. 

De vez en cuando, piensa sobre lo que lee, 
mirando para e! horizonte. 

—En tln, ¡sigamos! 

Martín lee lodo, todo le interesa, las crónicas 
internacionales, el artículo de fondo, el extracto 
de unos discursos, la información teatral, los 
estrenos de los cines, la Liga... 

Martín nota que la vida, saliendo a las afueras 
a respirar el aire puro, tiene unos matices más 
tiernos, más delicados que viviendo constante¬ 
mente hundido en la ciudad. 

Martín dobla el diario, lo guarda en el bolsillo 
de la americana, y rompe a andar. Hoy sabe más 
cosas que nunca, hoy podría seguir cualquier 
conversación sobre la actualidad. El periódico 
se lo ha leído de arriba abajo, la sección de anun¬ 
cios la deja para verla con calma, en algún Café 
por si hay que apuntar alguna dirección o llamar 
a cualquier teléfono. La sección de anuncios, los 
edictos y el racionamiento de ios pueblos del 
cinturón, es lo único que Martín no leyó. 

Al llegar a la Plaza de Toros ve un grupo de 
chicas que le miran. 

—Adiós, preciosas. 

—Adiós, turista. 

A Martín le salta el corazón en el pecho. Es 
feliz. Sube por Alcalá a paso picado, silbando la 
Madelón. 

—Hoy verán los míos que soy otro hombre. 

Los suyos pensaban algo por el estilo. 

Martín, que lleva ya largo rato andando, se 
para ante los escaparates de una bisutería. 

—Cuando esté trabajando y gane dinero, le 
compraré unos pendientes a la Filo. Y otros a 
Punta. 

Se palpa el periódico y sonríe. 

—¡Aquí puede haber una pista! 

Martín, por un vago presentimiento, no 
quiere precipitarse... En el bolsillo lleva el perió¬ 
dico. del que no ha leído todavía 9a sección de 
anuncios ni los edictos. Ni el racionamiento de 
los pueblos del cinturón. 

—¡Ja. ja! Los pueblos del cinturón. ¡Qué chis¬ 
toso! ¡Los pueblos del cinturón! ■ C. J. C 

‘ Camilo José Cela, 1951 


115 



Fernando 
Fernán Gómez 








y —y ERRANDO Fernán Gómez estreno en el 
¡H teatro Esparto! de Madrid su comedia 

M ‘'Las bicicletas son para el verano”: 

* 

comienza en los días anteriores a la guerra civil 
y termina cuando llega no la paz . sino la I icto¬ 
na, como dice uno de sus personajes. Precisa¬ 
mente en el momento en%que empieza la larga 
posguerra de España.* Relata en este artículo, 
aue es en realidad un apéndice a su función , lo 

t m 

que fué de sus personajes principales en esa pos¬ 
guerra. Publicamos tras el artículo la última 

o . .. jh . -m . , & 

escena de la obra. 



o 


¡UlEREN saber qué fue 
de aquella gente, de don 
Luis, doña Dolores, 
Manolita, Luisito, durante los 
años de la posguerra, años en 
los que nadie sabía lo que 
estaba siendo de nadie. Hoy se 
les llama los años del hambre. 
Entonces, no. No se sabía si 
aquello era para siempre. Ni si 
era bueno o malo. Se celebra¬ 
ban misas en acción de gracias. 
Se maldecía, se blasfemaba. No 
se sabía si aquello duraría un 
mes. Ni qué era aquello. Ni si 
duraría años. 

Es difícil que la gente común 
conozca el pasado; siempre hay 
interés en deformarlo, en ocul¬ 
tarlo. En aquellos tiempos era 
imposible conocer el presente. 


DON LUIS 

Poco después de terminar la 
guerra, detuvieron a don Luis; 
permaneció escaso tiempo en el 
campo de concentración y 
pronto fue trasladado a la cár¬ 
cel. Le ¡uzgaron antes de con¬ 
cluir el año de la Victoria, en un 
juicio sumarisimo de urgencia. 
Les juzgaban de diez en diez, de 
veinte en veinte. A don Luis le 
tocó con algunos de los que 


habían constituido el Sindicato, 
con otro que se había incautado 
con él de las Bodegas, con dos 
periodistas, un obrero que había 
incendiado la iglesia de su pue¬ 
blo con el cura dentro, uno que 
estuvo en una cheka... 

En lo que escuchaba el 
informe del fiscal, crecían su 
perplejidad y su asombro. El 
fiscal era un joven capitán; 
parecía recitar una lección con 
un tono frío y un ritmo mono- 
corde que desentonaban de los 
duros dicterios: asaltantes des¬ 
almados, horda inhumana, vio¬ 
ladores de la propiedad, chaca¬ 
les, siervos del marxismo 
internacional... 

Había absoluto silencio en el 
pueblo asistente a la vista. Un 
silencio que duraría a"ños. 

Don Luis buscó con la 
mirada a su mujer y a su hijo, 
que debían de estar entre el 
público. Al verles, intentó for¬ 
zar una sonrisa, pero se le 
humedecieron los ojos. ¿Habría 
notado su hijo que tenía miedo? 
Luis estaba sentado en uno de 
los primeros bancos, junto a su 
madre, y permanecía impasible. 
Doña Dolores lloraba. 

El fiscal pidió algunas penas 
de muerte, dos o tres cadenas 
perpetuas v varias condenas a 


doce años. Fue don Luis de 
estos últimos, los más afortu¬ 
nados: les salió lo que el fiscal 
había pedido doce años. Que 
gracias a la redención de penas 
por el trabajo, se quedaron en 
muchos menos. Su trabajo 
redentor no fue demasiado de¬ 
sagradable. Construyó arolitos 
chinos y escribió versos que se 
editaban en una imprenta de la 
prisión. Estos versos convenía 
que fueran de tema patriótico 
—exaltación de la Cruzada, de 
Franco, de José Antonio-— o de 
tema religioso, porque eran 
mejor acogidos por el cura que 
dirigía la publicación. También 
se podían escribir de «temas 
mundanos», pero siempre que 
se hubiera escrito de los otros. 
Optó don Luis por lo religioso; 
no se encontraba con ánimos 
para afrontar la exaltación de 
los vencedores, aunque había 
algunos presos que lo hacían. 
No tenía conocimientos ni vas¬ 
tos ni profundos sobre la mate¬ 
ria, ni tampoco sobre el arte 
poético, pero se especializó en 
San Isidro Labrador, y dándole 
vueltas al Santo, a Iván de Var¬ 
gas, a Santa María, a los bue¬ 
yes, a los ángeles y al “nose- 
qué” de Madrid, fue colocan¬ 
do romances y copliflas —algu- 


116 

















de aquella gente? 


nos de los cuales pueden 
encontrarse en el librito «Musa 
redimida» y son lo único que 
don Luis publicó en su vida—, 
que unidos a ios farolitos chi- 
nos, justificaron la reducción de 
su condena. 

Pasó mucha hambre en la 
prisión, además de otras cala¬ 
midades, porque aunque el 
estraperlo estaba extendido 
entre los presos y los celadores, 
era para los que recibían dinero 
de fuera, y doña Dolores, Luis, 
Manolita, bien poco le podían 
dar. 

Los años de cautiverio le 
dejaron nuevas amistades, el 
recuerdo de varios cientos de 
compañeros fusilados al ama¬ 
necer y una bronquitis crónica. 
No consiguieron hacerle perder 
su sentido del humor, “sus 
cosas", como decían los amigos 
y los de la familia, pero sus 
ingeniosidades se mecanizaron; 
se limitaba a hacer constante¬ 
mente chistes, juegos de pala¬ 
bras contra Franco, contra el 
régimen. Esta manía le entro 
cuando ya los altados estaban a 
punto de ganar la guerra; antes 
no mencionaba la política ni en 
casa ni con los amigos. La gue¬ 
rra, la cárcel, las ejecuciones, la 
represión, los ocho o diez 
parientes muertos, eran temas 
que se prohibió a sí mismo. 

A los cincuenta y cinco años 
no resultaba fácil encontrar un 
nuevo empleo, menos, si se lle¬ 
vaba en el bolsillo aquel papel 
que decía “ni adicto ni afecto”. 
Se dedicó a agente de seguros, 
ocupación para la que era un 
grave inconveniente su bron¬ 
quitis, que le hacía pasarse 
buena parte del día tosiendo y 
expectorando en el pañuelo. 
Trabajó bastante, pero los ren¬ 
dimientos quedaron por debajo 
del esfuerzo y no consiguió 
reunir una buena cartera. Via¬ 
jaba por provincias, y en uno de 
los desplazamientos coincidió 
con su hija Manolita, que lle¬ 
vaba cuatro meses de gira por 


los pueblos; quizá en verano la 
compañía fuera a un teatro de 
Madrid. Pasó don Luis uno de 
los mejores días de su vida 
viendo la misma función, una 
de Ruiz triarte, por la tarde y 
por la noche, y después 
tomando café y una copas con 
los cómicos en el bar de la esta¬ 
ción, aunque algo le decepcionó 
la charla de los cómicos: toda 
giró en torno a la cuestión 
alimenticia. 

La vida en el Madrid de 
aquellos años le parecía muy 
distinta a la de antes de !a gue¬ 
rra. Con restricciones de luz y 
de agua; sin nombres extranje¬ 
ros en los establecimientos, 
salvo los italianos y alemanes; 
con muchas más cervecerías — 
había una de cuatro pisos, que 
se llamaba Cóndor—. Después . 
del desembarco en Normandía, 
conforme las tropas aliadas 
iban penetrando en el conti¬ 
nente, las nuevas cervecerías 
fueron desapareciendo y empe¬ 
zaron a aparecer boleras y cafe¬ 
terías. La lucha desesperada 
contra e! hambre, el estraperlo, 
la falta de fluido eléctrico, de 
agua, los sistemas para comba¬ 
tir el frío, eran los temas que 
preocupaban a la gente media y 
a la gente baja. A! fin y al cabo, 
los afectados directamente por 
la guerra habían sido una 
minoría: apenas un millón en 
un país que iba para los treinta. 
Los demás podían —debían— 
seguir viviendo. 

Con el paso de los años, lo de 
la bronquitis iba de mal en 
peor. Don Luis tenía fiebre con 
más frecuencia, sobre todo ai 
llegar la primavera, y entre tos 
y tos, esputo y esputo, se 
lamentaba “ay, recuerdos de 
mis prisiones”. 

Tuvo dos o tres pulmonías 
que le obligaron a guardar 
cama y a suspender los viajes. 
Cuando, gracias al nuevo des¬ 
cubrimiento, la penicilina, la 
enfermedad empezaba a ceder, 
don Luis elevaba los ojos al 


cielo y rezaba «Padre Fleming, 
que estás en los cielos, santifi¬ 
cado sea tu nombre...» le reco¬ 
mendaron moderación en las 
comidas, lo cual en los años 
cuarenta era un sarcasmo. Le 
prohibieron fumar, a lo que se 
agarró doña Dolores para 
cambiar por leche la ración de 
tabaco de la cartilla. También 
le prescribió el médico —y así 
lo decía en la literatura de las 
medicinas— vivir en un clima 
marítimo o de bosques, con 
temperatura estable. Esto a don 
Luis le dio risa, y la risa le dio 
tos. 

A veces, cuando le faltaba el 
aire y parecía que los ojos iban 
a saltarle de las órbitas, se 
acordaba de la cárcel y al reco¬ 
brar el aliento preguntaba 
«¿Por qué me pasa esto, si mi 
condena no era de muerte?» 

Un día, cercano ya el año 50, 
Nuestro Padre Fleming debía 
de estar distraído escuchando 
algún concierto de ángeles o 
pensando que a los querubines 
no se Ies podían poner inyec¬ 
ciones, y don Luis murió. 

El día antes, al ver irreme¬ 
diable su final, comentó con su 
hijo Luis que lo que más rabia 
le daba era marcharse cuando 
estaba tan próximo el fin del 
régimen del Caudillo. Los alia¬ 
dos vencedores iban a traer a 
Tspaña la monarquía democrᬠ
tica con don Juan, o quizá la 
república, o lo que quisieran; 
no sería el mundo soñado por 
su sobrino Anselmo el anar¬ 
quista, pero tampoco la mise¬ 
ria, el oprobio, la opresión, la 
injusticia. Estrechó la mano de 
su hijo Luis y con voz ahilada, 
casi inaudible, le felicitó por ¡os 
años que tenía por delante. 

Murió sin saber que los ame¬ 
ricanos estaban a punto de des¬ 
cubrir España. 

DOÑA DOLORES 

El dia en que juzgaron a su 
marido, doña Dolores, en 


117 




Serta Riaia y Agustín González en una escena de XAS BICICLETAS SON PARA EL 

VERANO", de Femando Fernán Gómez, 


cuanto oyó los primeros insul¬ 
tos en boca del fiscal, no pudo 
entender una palabra más. Cada 
palabra suelta que llegaba a sus 
oídos le traía recuerdos de los 
años pasados con Luis; crecía 
su congoja, le afluía cada vez 
más el llanto. Intentó cruzar 
una mirada con su hijo, sentado 
allí a su lado, pero él no tenía 
ojos más que para el fiscal, al 
que miraba sin parpadear, con 
una mirada que podía ser de 
asombro o de terror. 

Nunca había visto doña 
Dolores con claridad la cues¬ 
tión política, porque siempre 
había sentido desconfianza 
hacia los que creían poder solu¬ 
cionarlo todo. Después de la 
condena de su marido, era de 
izquierdas, rabiosamente de 
izquierdas, aunque no podía ir 
gritándolo por las calles. Le 
habían robado los mejores años 
de su vida. Tenían que haber 
sido —con los hijos ya mayo¬ 
res— tos años que destrozó la 
guerra y los que después su 
marido habría de pasar en la 
cárcel. Luis, su hijo, le pedia 
que se contuviera cuando 
estaba en casa de doña Anto¬ 
nia, la vecina, que tenía otras 
ideas. Pero doña Dolores insis¬ 
tía. En su presencia no se podía 


mencionar a Franco. Era un 
hombre que había hecho todo 
—la guerra, las muertes, el 
hrmbre— por su interés. “Y a 
los demás que les parta un 
rayo". Años después llegaría a 
herirle la prudencia de su 
marido, cuando salió de la cár¬ 
cel envuelto en una nube de 
silencio. 

En los meses que siguieron al 
juicio no sabía doña Dolores 
que se reduciría la condena de 
don Luis; la amenaza de aque¬ 
llos doce años de soledad le qui¬ 
taba el sueño, y la angustia la 
asaltaba con frecuencia durante 
el día. 

Se le llenaron el cuerpo y la 
cara de furúnculos. “Eso es de 
los sufrimiento, doña ¡ )olores“. 
decía doña Antonia, la vecina. 
“Es del hambre, mamá — 
opinaba su hijo ! .uis; a causa de 
la avitaminosis, los tejidos no 
tienen defensas". Alguna vez su 
hijo apartó de ella la mirada 
con repugnancia que no conse¬ 
guía disimular. Vivían casi 
siempre solos Luis-y ella con el 
nieto, porque Manolita andaba 
de gira por provincias y sólo 
pasaba en Madrid la épocas de 
parada. Era su hijo quien al ini¬ 
cio de la enfermedad le aplicaba 
las cataplasmas sobre las tume¬ 


facciones purulentas. Tenía la 
madre que vencer el pudor y el 
hijo la repugnancia. Poco des¬ 
pués serta doña Antonia, la 
vecina, quien se prestase a la 
labor. Aprovechaba para hacer 
catcquesis. Si dona Dolores 
rezara más, si fuera alguna vez 
a misa, sentiría más consuelo. 
En cueros y tumbada boca 
abajo y sin dinero para pagarse 
una enfermera, pensaba doña 
Dolores que no era momeqio 
de discutir. La furunculosis 
duró cerca de un año y como 
recuerdo dejó ocho o diez cica¬ 
trices en el cuerpo y cuatro o 
cinco en la cara. 

En una de las visitas a la cár¬ 
cel consultó con su marido lo 
del cambio de piso, porque 
aunque el alquiler era de antes 
de la guerra, no podían 
pagarlo; tendrían que olvidarse 
del sol que entraba por los bal¬ 
cones del comedor. El sueldo 
que Manolita ganaba en pro¬ 
vincias, apenas le llegaba para 
los alojamientos. k»s vestidos y 
las pinturas, poco era lo que 
podía mandar para el hijo. La 
mitad de lo que ganaba Luisito 
como chico de tos recados lo 
entregaba en casa, pero era una 
miseria. Doña Dolores se puso 
a coser para algunas tiendas; 
con todos esos pocos se iban 
defendiendo. “Del primer Año 
Triunfal" —dijo don Luis 
desde el otro lado de la reja—. 

En la guerra mundial empezó 
a verse ciara la victoria de las 
potencias democráticas, y don 
Luis salió de la cárcel mucho 
antes de lo pensado. Doña 
Dolores seguiría cosiendo para 
las tiendas hasta que él encon¬ 
trase trabajo, y también des¬ 
pués, a! empezar don Luis con 
lo de los seguros, que al princi¬ 
pio no daba nada porque hacía 
falta tiempo para relacionarse. 

En los años que don Luis 
pasó en la cárcel, quizá como 
amoroso homenaje, como 
recuerdo a la época en que 
estuvo en las Bodegas, doña 
i íolores empezó a beber dema¬ 
siado anís. Solia abusar un 
poco tas tardes en que se encon¬ 
traba sola con su nieto como 
único testigo. Cuando pasaba 


118 











de la segunda palomita sentía 
un alegre olvido, un abandono 
feliz, reía a carcajadas y bailo¬ 
teaba por la habitación, pero 
con el paso de los años esta sen¬ 
sación dichosa empezó a durar 
poco; le sobrevenían en seguida 
ataques de furia, y antes de la 
vomitona, vociferaba, derri¬ 
baba las sillas, se golpeaba la 
cabeza contra las paredes. Le 
entró un temblor en las manos 
y tuvo que dejar de coser para 
las tiendas. No hubo más reme¬ 
dio que internarla. Salió al 
poco tiempo muy recuperada. 
Sólo tomaba una copita de vez 
en cuando, si no la veían. 

El día en que, de neumonía, 
murió don Luis, su hijo fue a la 
cocina, al sitio donde doña 
Dolores encondía la botella de 
anís, y le preparó una palomita. 
Doña Dolores, deshecha en 
lágrimas, tiró el vaso de un 
manotazo; “¡Quita eso; ahora 
tengo que llorar!” 

Tras la muerte de don Luis 
— Luisito ya se había casado—. 
doña Dolores se encontró com¬ 
pletamente sola. Con el nieto. 
Habló con doña Antonia, la 
antigua vecina, de irse a vivir 
con ella. No quería estorbar a 
Luisito y a su mujer. 


LUÍS 

¡Qué espléndida fue en 
Madrid la primavera! La pri¬ 
mavera del 39. Un suave viente- 
cilio del Guadarrama mecía las 
copas de las acacias frente la 
"casa de los santos”. Ondeaban 
como banderas de la Victoria. 
Un sol tibio doraba las aceras 
en las que las sombras eran 
transparentes pinceladas de 
acuarela. Los tristes ocultaban 
su tristeza, la alegría parecía 
contagiarse de un semblante a 
otro. Qué dulces eran las 
mañanas de los domingos, a ia 
salida de misa, con las hijas de 
los vencedores bien vestidas, 
bien peinadas, proclamando su 
triunfo y su belleza del brazo de 
alféreces, tenientes, capitanes. 
Invadían eí aire los sones de ías 
típicas zarzuelas. También se 
escuchaba “Volverá a reír la 



Agustín González y Gerardo Garrido on una escena d© ' LAS BICICLETAS SON PARA El 

VERANO". 


primavera...” ' era cierto; la 
primavera reía. 

¿Lo había hecho durante los 
tres años de guerra en el 
Madrid asediado? ¿Se poblaron 
de hojas las copas de los árbo¬ 
les? Nunca hubo primavera 
como la del 39. ¿Habían estado 
escondidas todas esas chicas 
tras los cristales protegidos de 
los bombardeos con tiras de 
papel? ¿Acababan de traerlas 
de Burgos, de Salamanca, de 
San Sebastián, de Sevilla? 
Aquel incitante estallido de 
belleza era e! fruto de la Victo¬ 
ria. La Victoria de los señoritos 
y las señoritas. Y entrañaba la 
promesa de que con buena 
voluntad y esfuerzo común 
todos podrían llegar a ser seño¬ 
ritos. Luis quería serlo. Quería 
tener derecho a unas cuantas de 
aquellas señoritas. 

Se quedó atónito al presen¬ 
ciar el juicio contra su padre. 
Los denuestos, los desprecios, 
las humillaciones, se le iban 
grabando uno uno. Pensaba: 
algún día tendré que olvidar 
todo esto. Su madre, al lado, 

era una fuente de llanto. 

* 

Mientras su padre estuvo en 
la cárcel, él sirvió a la Patria. 
Pudo compaginar el servicio 
militar con el trabajo en la ofi¬ 


cina y así conservó el puesto. 
Ya no era el chico de los reca¬ 
dos, era un empleado bastante 
apreciado por sus jefes, que 
cariñosamente le llamaban “el 
rojete”. 

Muchos de sus amigos se fue¬ 
ron a la División Azul, Algunos 
impulsados por sus ideales; 
otros por espíritu de aventura; 
otros para no perder puestos en 
el escalafón de sus empleos; 
otros para lavar la mancha de 
haber estado en la zona roja... 
i ¡niformes del Ejércitos, uni¬ 
formes de Falange... Las chicas 
sólo querían ir con los de uni¬ 
forme. La competencia era 
durísima. ¿No sería la División 
una oportunidad de acompañar 
a Hitler en su paseo militar por 
la U.R.S.S y volver con un uni¬ 
forme? ¿Rebajarían la condena 
a don Luis si su hijo se iba con 
la División? Sólo fugazmente 
asaltaban estos pensamientos a 
Luis, que pronto los conside¬ 
raba disparatados. 

De todos sus amigos divisio¬ 
narios sólo volvieron dos. 
Uno de ellos algunas noches se 
despertaba absolutamente cie¬ 
go, se arrojaba de la cama, con¬ 
seguía bajar a tientas la esca¬ 
lera, salía a la calle y corría de 
un lado a otro palpando tas 


s. 


119 









v 


paredes de las casas, los troncos 
de los árboles, sin dejar de gri¬ 
tar: “¡bombardeo, bombardeo!” 

Seguían viéndose por las 
calles las señoritas de prieta cin¬ 
tura, amplias faldas y largas 
piernas que dibujaban Serny y 
Picó en “La Codorniz”, pero no 
estaban al alcance de Luis. ,Se 
enamoró de una de ellas, que le 
presentaron sus jefes cuando le 
invitaron a pasar un fin de 
semana en “La Berzosa”, un 
hotel a unos quince kilómetros 
de Madrid, con campo alrede¬ 
dor y piscina, en el que se tiraba 
a los pájaros, se nadaba y se 
bailaba a la caída de la tarde y 
que a Luis le pareció algo así 
como lo que debía de ser la 
Costa Azul. Pero aquel amor 
fue imposible. Eli era un joven 
pobre, y a ella no le resultaron 
seductoras las inacabables tar¬ 
des ante un café con leche o en 
un cine de sesión continua, por 
más que a veces los placeres del 
tacto las igualaran at balcón de 
Verona. 

La oficina de importación y 
exportación había prosperado. 
Los negocios iban bien; roza¬ 
ban el estraperlo sin caer en él, 
aunque sí en el tráfico de per¬ 
misos, que estaba autorizado y 
era muy rentable. El sueldo de 
Luis no era malo —menos malo 
de lo que decía en casa—, pero 
no le permitía ninguno de 
aquellos lujos que cada vez le 
atraían más. Sus jefes, que eran 
muy campechanos, muy demó¬ 
cratas, para agradecer eficien¬ 
cia le habían llevado a Pasa- 
poga, a Casablanca. El Villa 
Rosa de verano, con “las 
marimbas de El Salvador”, con 
sus marquesas, sus artistas, sus 
putas de postín, sus banqueros, 
ministros, toreros, le deslum¬ 
bró. Se aficionó a ir por las 
noches con unos amigos a las 
“salas de fiestas” de alterne. 
Las chicas de esos sitios no eran 
las de Serny y Picó, las hijas de 
los vendedores, pero estaban 
bien disfrazadas. Cuando se 
pasaba en las copas, recordaba 
los años de cárcel de su padre, 
lo mal que se vivía en casa, y le 
invadía un sentimiento de 
culpa. 


Su afición a la literatura, su 
costumbre de escribir poesías a 
todas las niñas que le gustaban, 
se quedó en una veleidad de 
adolescencia. Un amigo le llevó 
a la tertulia del Café Gijón 
cuando se reunían los de la 
Juventud Creadora, fue allí 
cuatro o cinco veces. Le llamó 
la atención que en la tertulia 
convivieran los de izquierdas y 
los de derechas; había falangis¬ 
tas, católicos, comunistas, 
algunos que acababan de salir 
de la cárcel, y a veces se 
hablaba de política con un des¬ 
caro y una agresividad que le 
parecían sorprendentes, incom¬ 
prensibles en aquella época de 
represión, de terror. Pero la 
sensación que prevaleció en él 
fue la de una enorme pérdida de 
tiempo. El necesitaba el tiempo 
para algo más, para prosperar, 
para ascender, para ser alguien, 
que le parecía el único modo 
posible, en aquellas circunsta- 
nias, de hacer algo parecido a 
vivir. Cerca de él tenía el ejem¬ 
plo de sus jefes y de muchas 
más personas que trataba en los 
negocios y que —unos por ser 
ricos de antes y otros porque 
iban haciendo su fortuna 
pasando el recibo de los servi¬ 
cios prestados— vivían una 
verdadera vida. 

Se consagró por entero a la 
oficina, prescindió de todo lo 
que no fuera el trabajo y una 
diversión moderada. Recibió su 
recompensa; sus jefes le envia¬ 
ron con más sueldo a la sucur¬ 
sal que habían abierto en Barce¬ 
lona para ocuparse de los 
asuntos del algodón. Allí volvió 
a enamorarse, esta vez de una 
chica de su clase pero de familia 
más acomodada, y se casó. 

MANOLITA 

Manolita pudo seguir traba¬ 
jando en el teatro pero casi 
siempre en giras por provincias, 
que en los primeros años se 
alternaban con largos meses de 
parada. Nunca pensó que ter¬ 
minada la guerra le fuera tan 
difícil alimentar a su hijo. 
Creyó que con la paz abunda¬ 
rían la leche, la Maizena para 


preparar las papillas. Pocos 
meses antes nadie podía supo¬ 
ner que con la Victoria faltaría 
hasta el pan, ni que los bonia¬ 
tos. las castañas pilongas, las 
cáscaras de patata salvarían a 
media España de la inanición. 
Manolita se hizo muy amiga de 
la chica que vivía con Pedrito, 
el hijo de doña Antonia, la 
vecina; fue muy grande su pena 
cuando murió a causa del tifus 
exantemático, ¿recuerdan?, lo 
que la gente llamaba “e! piojo 
verde” pero muy pocos sabían 
que en los libros de Medicina 
tenía un nombre más hermoso; 
tifus del hambre. 

No tuvo mucha suerte Mano¬ 
lita en su oficio. No llegó en 
aquellos tiempos a ser una 
actriz prestigiosa. Pero los 
pequeños problemas del mundi¬ 
llo teatral llegaban a apasio¬ 
narla y nunca perdió la espe¬ 
ranza de que e! próximo 
contrato, el próximo papel, 
habían de mejorar su destino. 

Se resistió a bautizar al niño. 
Le insistieron mucho. Si no 
creía en esas cosas, ¿qué más le 
daba? Tropezaría con inconve¬ 
nientes cuando tuviera que 
mandar al niño al colegio. Con¬ 
sintió en bautizarle, pero no 
antes que don Luis saliera de la 
cárcel. 

Estuvo en América cuatro 
meses con la compañía de la 
Heredia, y a su regreso notó 
doña Dolores que había vuelto 
a sus inquietudes políticas. 
¿Cómo era posible que los 
españoles no hicieran nada, que 
estuvieran mano sobre mano 
soportando la humillación? Sí, 
estaban los “maquis”; pero 
ésos eran los de siempre, que 
habían vuelto del extranjero. 
¿Aquí dentro no se podía hacer 
nada? Manolita en México, en 
Buenos Aires, había visto a los 
exiliados. Pronto la prepara¬ 
ción de una nueva gira, e! 
injusto reparto de los papeles 
de una comedia, la preocupa¬ 
ción por el hijo, le disiparon 
aquellos pensamiento. 

Manolita vivía con otro cómi¬ 
co. Un día, como se decía entre 
la gente del teatro “juntaron los 
equipajes”. No era buen actor. 


120 




Mari Carmen Prendes, Berta Biaza y María Luisa Ponía, an una escena de "LAS BICICLETAS SON PARA ÉL VERANO". 


pero sí guapo y con buena 
figura; iba para galán y no 
pudo serlo porque engordó. 
También fue mala suerte, con 
lo difícil que era en aquellos 
años. Hra una excelente per¬ 
sona, buen amante, pero juga¬ 
dor. De vez encuando llegaba 
una buena racha y los dos lo 
celebraban comiendo mejor. Se 
daban prisa en desmaquillarse 
al terminar la función para lle¬ 
gar a tiempo de bailar los últi¬ 
mos boleros en la l ‘boite“ de la 
ciudad por la que pasaban. 
Giraba Manolita a Madrid para 
que durante unos días también 
su madre y Pepito comieran 
más. Otras veces la racha era 
mala. Estonces eran ellos los 
que se quedaban a media 
ración, porque el escaso giro 
semanal nunca podía faltar. 

A Manolita le quedaban sólo 
unos meses para los treinta 
años. Una espléndida edad para 


la mujer; y más aún para la 
actriz. Se hablaba de que la 
compañía iba a actuar en 
Madrid, y en una de las come¬ 
dias, la que tenía más posibili¬ 
dades de gustar, el papel de 
Manolita era de mucho luci¬ 
miento... 


PEPITO 

Pepito es hijo de José Fer¬ 
nández, capitán del Ejército de 
la República, muerto en la sie¬ 
rra, y de Manolita, actriz. Es 
nieto de don Luís, empleado, y 
de doña Dolores, mujer de su 
casa. Aún no tenía dos años 
cuando terminó la Guerra 
Civil; sí los tenía cuando estalló 
la Segunda Guerra Mundial. 
Una vez le llevaron a la cárcel, a 
que viera a su abuelo. A que su 
abuelo le viera a él. Costó 
grandes esfuerzos y sacrificios 


alimentarle, vestirle, educarle, 
sacarle adelante. Como su 
madre andaba casi siempre por 
provincias y no podía llevarle 
con ella, se crió con sus abue¬ 
los. Su tío Luis paraba poco en 
casa y luego se casó. 

Pepito fue al colegio, leyó 
“Flechas y Pelayos” y “Rober¬ 
to Alcázar y Pedrín”; iba al cine 
del barrio a ver las toleradas. 
Leyó después las novelas de 
aventuras que su tío dejó en 
casa. Algunas eran del abuelo. 
Heredó esa afición, o manía, 
por la lectura. 

Ante sus ojos, en aquellos 
años de máxima lucidez, 
pasaba la vida de su familia. Y 
la de sus amigos, sus vecinos. Y 
la de España. 

Le esperaban la persecución, 
la clandestinidad, el exilio, las 
torturas, la prisión. Había sido 
testido y eligió la peor parte. ■ 
F. F. G. 


121 


























LAS BICICLETAS 


Campo muy cerca —casi 
dentro— de la ciudad. La luz de 
un sol pálido, tamizada por 
algunas nubes, envuelve las 
zonas arboladas y los edificios 
destruidos. Se oye el canto de 
los pájaros y los motores y las 


bocinas de los escasos coches 
que van hacia las afueras. 

(Por entre /as trincheras v 
los nidos de ametralladoras 
pasean Luis y su padre.) 

don luis —Aquello era el Hos¬ 


pital Clínico. Fiíjate cómo ha 
quedado. 

luis.— Eso es una trinchera, 
¿no? 

DON LUIS— Claro; te advierto 
que quizá sea peligroso 



122 

% 


Una escena de "LAS BICICLETAS SON PARA EL VERANO". 












































SON PARA EL VERANO 


pascar por aquí. Toda esta 
zona estaba minada. 

luis.— Pero ya lo han limpiado 
todo. Lo he leído en el perió¬ 
dico. ¿Sabes, papá? Parece 
imposible... Antes de la gue¬ 
rra, un día, paseamos por 
aquí Pablo y yo... Hablába¬ 
mos de no se qué novelas y 
películas... De guerra, 
¿sabes? Y nos pusimos a 
imaginar aquí la batalla... 
Jugando, ¿comprendes? 

DON LUIS—Sí, SÍ... 

LUIS —Y los dos estábamos de 
acuerdo en que aquí no 
podía haber una guerra. 
Porque esto, la Ciudad Uni¬ 
versitaria, no podía ser un 
campo de batalla... Y a los 
pocos días, fíjate... 

don LUIS.— Si, se ve que todo 
puede ocurrir... Oye, Luis, 
yo quería decirte una cosa... 
Es posible que me deten¬ 
gan... 

luis.— ¿Por qué, papá? 

DON LUIS.—Pues... no sé... Pero 
están deteniendo a muchos... 
Y como yo fundé el sindi¬ 
cato... Y nos incautamos de 
las Bodegas... 

luis.— Pero, ¿eso qué tiene que 
ver? Era para asegurar el 
abastecimiento a la pobla¬ 
ción civil... Era un asunto de 
trabajo, no de política. Y 
aunque lo fuera: el Caudillo 
ha dicho que los tengan las 
manos manchadas de san¬ 
gre... 

don luis.— Ya, ya... Si a lo 
mejor no pasa nada... Pero 
están deteniendo a muchos, 
ya te digo, por cosas como 
ésa... Yo lo que quería 
decirte, precisamente, es que 
no te asustaras... Creo que 
hacen una depuración o algo 
así... 

LUIS—¿Y eso qué es? 

don luis.— Pues... Todavía no 
se sabe bien... Llevan a la 
gente a campos de concen¬ 
tración... 


LUIS.—¿Cómo a los de las últi¬ 
mas quintas? 

DON LUIS.— Sí, algo así. Pero 
por estas cosas supongo que, 
al fin, acabarán soltándo¬ 
nos... 

luis.—P apá, hablas como si ya 
te hubieran detenido. 

don luis —Bueno, yo lo quiero 
decirte es que, si pasa, no 
será nada importante. Pero 
que, en lo que dure, tú eres el 
hombre de la casa. Tu madre 
y tu hermana calcula cómo 
se pondrían las pobres... Tú 
tendrías que animarlas. 

luis —Sí. no sé como. 

DON LUIS —Pués Ies dices que. 
estando yo parado, al fin y al 
cabo, una boca menos. 

LUIS.— Qué cosas dices. 

(Un silencio. FA padre ha 
sacado un pitillo, lo ha 
partido y le da la mitad a 
su hijo , Lo encienden.) 

DON LUIS—(Dando una pro¬ 
funda bocanada.) Qué malo 
es, ¿verdad? 

luis.— Sí, papá. Pero se fuma... 
Me parece que, te detengan o 
no, nos esperan malos tiem¬ 
pos, ¿verdad? 

DON LUIS.—A mí me parece lo 
mismo, pero hay que ape¬ 
chugar con lo que sea. 

LUIS—Hay que ver... Con lo 
comenta que estaba mamá 
porque había llegado la 
paz... 

DON LUIS.—Pero no ha llegado 
la paz, Luisito: ha llegado la 
victoria. He hablado con 
doña María Luisa. ¿Te 
acuerdas que alguna vez le 
llevé un kilo de bacalao? 

LUIS—Sí. 

don i.UIS,—Prometió pagarme 
el favor. Por mí no puede 
hacer nada, porque hay que 
esperar a que me depuren... 
Pero dice que un amigo suyo 
a ti podría colocarte. 

luis.— Bueno. Y al mismo 
tiempo estudio. 

don luis. —Eso habíamos 


dicho. Al principio te será 
fácil porque la Física la 
sabrás de memoria. 

LUIS—Sí, he estudiado bas¬ 
tante. 

don LUIS— Pero, ¿has estu¬ 
diado Física roja o Física 
nacional? 

LUIS—Y... ¿de qué me puede 
emplear el amigo de doña 
María Luisa? 

DON LUIS.—(Antes de contestar 
echa una mirada de reojo al 
hijo. Duda un poco y con¬ 
testa con un sonrisa:) De... 
de chico de los recados. 

LUIS.—Ah. 

don luis.— No he encontrado 
otra cosa. Luis. Pero él dice 
que es de mucho porvenir. 
Están montando una oficina 
de importación y exporta¬ 
ción. Y, de momento, no son 
más que tres o cuatro, todos 
de la otra zona. Tu serías el 
quinto. 

LUIS.— Sí, el chico de los 
recados. 

DON LUIS —C ompréndelo. Hay 
que llevar dinero a casa —del 
que vale, no de el de las 
estampitas ésas—. Si Mano¬ 
lita se mete en alguna com¬ 
pañía, lo que la den se lo va a 
gastar en trapos y en pintu¬ 
ras. Y lo de “chico de los 
recados" lo digo un poco en 
cachondeo. Es que dicen que 
al principio todos tendrán 
que arrimar el hombro, y 
habrá que llevar paquetes y 
cosas de un lado a otro. 
luis.— Ya, ya. 

don LUIS—Para ese empleo te 
vendría bien la bicicleta que 
te iba a comprar cuando 
pasase esto, ¿te acuerdas? 

luis.— Ya lo creo. Yo la quería 
para el verano, para salir con 
una chica. 

DON LUIS.—Ah, ¿era para eso? 

luis.—N o te lo dije, pero sí. 

don LUIS— Sabe Dios cuando 
habrá otro verano. 

(Siguen paseando.) FIN 


123 






A 


L terminar la guerra, el 
refugio se quedó vacío. 
Fue una lástima. Lo 
habíamos pasado muy bien. 
Los chicos sobre todo. Me 
acuerdo todavía del olor de la 
tierra húmeda y del brillo de las 
velas en la pared. Cuando 
sonaban las sirenas, mis padres 
y yo bajábamos corriendo la 
escalera, cruzábamos la calle y 
nos refugiábamos en aquel agu¬ 
jero oscuro que habíamos exca¬ 
vado las gentes del barrio en 
medio del paseo. Allí nos acu¬ 
rrucábamos unos contra otros 
mientras caían las bombas 
sobre la ciudad. Mi abuelo, no. 
Mi abuelo prefería quedarse en 
casa metido entre dos colcho¬ 
nes. 

La guerra era una cosa diver¬ 
tida. Para mí, se entiende. Por 
ejemplo, lo de no ir al “colé” 
estaba chupado. Aparte de que, 
¿con qué ánimo se podía exigir 
a un niño que se aprendiera la 
lista de los reyes godos cuando 
los obuses de la marina de 
Franco estallaban en el puerto? 
Nunca pensé que podían 
matarme. A los ocho años 
—esta edad tenía yo entonces 
en Barcelona— sólo se mueren 
los otros. Se pasaba un poquito 
de hambre, claro, pero la aven¬ 
tura, el riesgo y el peligro com¬ 
pensaban. Yo me sentía un 
héroe de hojalata en una guerra 
de pim-pam-pum. 

El aburrimiento llegó con los 
“nacionales". Entraron por la 
Gran Vía. Y yo los ví. Venían 
muy contentos y las mujeres los 
abrazaban muchísimo. Los 
hombres gritaban vítores y en 
los balcones —no todos— 
lucían banderitas. Muy cerca de 
mi casa, sobre el asfalto, la 
noche antes seguramente, 
alguien había arrojado sus 
libros. Elegí uno al azar: los 
versos de Machado editados 
por la Residencia de Estudian¬ 
tes. Como yo no sabía donde 
estaba Colliure, un teniente me 
regaló una tableta de chocolate. 


El metro y el refugio no se 
podían ni comparar. Con el 
ruido de los trenes no había 
forma de dormir y el urinario, 
la verdad, apestaba. Además en 
el refugio estaba “ella", su 
padre tenía una tienda de 
comestibles y Nuria —se lla¬ 
maba Nuria como todas las 
niñas que no se llamaban 
Montserrat— me regalaba a 
veces rodajas pequeñitas de sal¬ 
chichón. No las arreglábamos 
para sentarnos juntos y. cuando 
los estallidos de las bombas 
eran muy fuertes, nos tapába¬ 
mos las orejas al mismo tiempo 
y su mano y la mía se tocaban a 
propósito. En el metro, en 
cambio, te pisaba mucho la 
gente al subir a los vagones. Era 
el veintialgo de enero de 1939 
cuando vi desfilar a las tropas 
desde la boca de! metro de la 
calle Rocafort. 

Si yo hubiera sabido que 
aquel día empezaba la posgue¬ 
rra, a lo mejor me hubiera 
negado a seguir creciendo. Mi 
padre —que siempre fue 
republicano— estaba contento. 
No se si los libros explicaban 
bastante estas contradicciones. 
O si los que ios leen pueden 
comprenderlas sin haberlas 
pasado antes por la piel. Para 


los adultos —y para los niños, 
aunque no lo supiéramos— la 
guerra fue un desastre. Y 
Franco representaba la paz. 
Era imposible saber la conti¬ 
nuación. Ni yo mismo podía 
suponer que me iba a aburrir 
tanto. 

Los comedores de Auxilio 
Social eran feos, pero la sopa 
estaba calentita. Mi infancia fue 
una sobresaltada peregrinación 
de las lentejas —"si quieres las 
tomas y si no las dejas"— a los 
garbanzos y a las algarrobas. 
Me hice “flecha" para ver si así. 
por el camino del Imperio, 
podía llegar al huevo frito. Mis 
padres hablaban —con mal di¬ 
simulada envidia-— de mi tía 
Nieves que cantaba cuplés en 
un cafetín del Barrio Chino y 
que tenía una amistad digamos 
interesada con un mandamás 
carabinero. Pertenecí a la cen¬ 
turia “Roger de í'lor" y, de 
resultas, me dieron un pantalón 
negro, una camisa azul, una 
boina colorada y un chusco 
amoratado. Una vez me lleva¬ 
ron a Mallorca —llovía aquel 
invierno en el monasterio de 
Lluch— y otra a la capital. En 
Madrid sólo había entonces un 
chiringuito en Recoletos y una 
barquita verde en El Retiro. ! 1 








% 




1 mi 


* n® 






B'j 

li 


KT 

ÜJ* j 


|kj|p 

j Vi 


José Sacristán y Conchita Velasco en una escena de "YO ME BAJO EN LA PROXIMA 

¿Y USTED?", de Adolfo Marsillach 


124 












resto se lo estaba inventado 
González Ruano en ABC. 

Menos mal que Hitler inva¬ 
dió Polonia y el asunto se 
animó. En el 36, el hijo de la 
portera era rojo y yo escuchaba 
Radio Sevilla; en el 39, yo me 
hice novio de Winston Chur- 
chill y el hijo de la portera, era 
germanófilo. La vida es así de 
estúpida. Me acuerdo del 
Conde Ciano. Apareció por el 
Paseo de Gracia en un coche 
descubierto y con el saludo fas¬ 
cista como si le hubiera salido 
debajo del brazo un golon¬ 
drino. A su lado Serrano Suñer 
tenía una punta agridulce de 
enfermera. El Gobernador 
Civil de Barcelona era mari- 
quita. Por eso, hacia la mitad 
del desfile, cuando los buenos 
mozos del Frente de Juventu¬ 
des pasaron marciales, con las 
camisas arremangadas y los 
pechos al aire, delante de la tri¬ 
buna de autoridades, al Gober¬ 
nador los suspiros se le escapa¬ 
ban de su boca de fresa como 
en una sonatina de Rubén. 

Me puse de parte de los alia¬ 
dos porque mi libro de cabecera 
lo había escrito Dickens y se 
llamaba “Los papeles postu¬ 
mos del Club Pickwick”, por¬ 
que un tío mío había estado 
una vez en París y aseguraba 
que aquello era la pera y por¬ 
que en el colegio me obligaron 
a estudiar alemán. Recuerdo 
que la profesora —que había 
nacido en Dusseldorf aunque 
acabara viviendo en Caslellde- 
fels— tenía unas piernas largas 
a lo Marlene que nos enseñaba 
generosamente para aliviar — 
supongo— el tedio de la gramᬠ
tica. Si lo de las piernas resul¬ 
taba, lo demás era un desastre. 
Tenía muy mala leche y el día 
en que se enteró de que Ricar- 
dito, el guapo de la clase, había 
agarrado una purgaciones en 
una casa de puterío de la'calie 
Robadors armó la marimorena 
con svásticas y todo. 

Aunque nada parecido a la 


que se organizó la mañana en 
que se produjo el desembarco 
en Normandía. Tres compañe¬ 
ros y yo —que, además, acabᬠ
bamos de descubrir a Baude- 
laire en una librería de viejo que 
estaba en Aribau casi esquina 
con Diputación— golpeamos 
los pupitres en señal de triunfo 
y la profesora —con las faldas 
prácticamente a la altura del 
muslo indoeuropeo— nos 
expulsó de clase. Fue un error. 
Al otro día, Francisco Franco 
declaraba en las primeras pági¬ 
nas de los periódicos que nues¬ 
tro aparejamiento con los exal¬ 
tados países del Eje nunca 
había pasado de una relación 
circunstancial. O sea que a 
España —como a Ricardito— 
le habían pegado unas purga¬ 
ciones de chiripa. 

Entre el 39 y el 45 pasaron 
cosas. Por ejemplo, seis años. 
Es decir que yo luí cumpliendo 
doce, trece, catorce, quince, 
dieciseis y diecisiete sin darme 
cuenta. Bueno, sin dármela del 
todo quiero decir. Lo peor fue 
el principio. Justo en enero de! 
39, y como glosa de la Noche de 
Reyes, mi padre había escrito 
en “La Vanguardia” republi¬ 
cana un artículo dedicado a mi 
que terminaba con este párrafo: 
«Hijo, ¡ayúdame a conservar la 
fe en los hombres y en la gran¬ 
deza de mi patria!. Si esta 
oferta de amor te reconcilia con 
los hombres, me sentiré ali¬ 
viado en esta terrible angustia 
de haberte traído a un mundo 
tan cruel. Porque cuando esta¬ 
llan las bombas y clavas en mi 
unos ojos agrandados por el 
terror y el asombro yo no me 
atrevo a sostener tu mirada. Si 
tú no perdonases a ios hombres 
de hoy, tampoco yo sabría per¬ 
donarlos nunca». Dejando a un 
lado, por delicadeza, mis sen¬ 
timientos personales, yo no se si 
mi padre perdonó a aquellos 
hombres. Lo que si se —porque 
lo viví como un hecho 
objetivo— es que la Victoria le 



Adolfo 

Marsillach 


costó —como consecuencia de 
las líneas que acabo de 
transcribir— su puesto de 
periodista. De modo que los 
mismos que, “al paso algre de 
la paz” le saludaban en la Gran 
Vía fueron los que, un poco 
después, lo “depuraron”. No se 
entiende. Nada de lo que suce¬ 
dió entonces se puede entender. 
Lo malo de nuestra guerra es 
que sigue siendo incomprensi¬ 
ble. 

La depuración y el aval se 
convirtieron en las dos grandes 
palabras de aquellos días. De 
un lado estaban los vencedores 
con sus héroes; de! otro, los 
vencidos con sus muertos. 
Entre las dos aceras, los super¬ 
vivientes. Algunos iban al 
paredón; los menos sospehosos 
eran depurados. La depuración 
era una especie de muerte civil 
interpretada por Santacana. 
Los avales estaban por las 
nubes. A un individuo sin aval 
le podía suceder cualquier des¬ 
gracia. La gente iba por las 
calles con los bolsillos llenos de 
carnés: desde el certificado de 

* 

buena conducta del cura de la 
parroquia hasta el salvocon¬ 
ducto para trasladarse a Lérida 
a echarle un vistazo a la abueia 
Mercedes que se había vuelto 
tísica con el pialo único. A los 
indocumentados se les enviaba 
de una patada en el culo a un 
campo de concentración. Yo, 
como es lógico, prefería ir a! 


125 












Adolfo Mariillach y Conchita Velasco en una escena de YO ME BAJO EN LA PROXIMA 

¿Y USTED?'*, 


cine a ver las películas de Shir- 
ley Temple. 

Lo jodido era que nunca se 
pasaban seguiditas. Unas veces 
porque e! fluido electrónico — 
como se llamaba entonces a la 
electricidad— se desahogaba 
por los plomos de los vestíbulos 
y otras porque, cuando el chico 

se disponía a besar a la chica, 
sonaba el Himno Nacional y 
había que ponerse en pie. el 
caso es que no había forma de 
ver un til míete de cabo a rabo. 

Menos mal que estaba Anto¬ 
nio Machín. Si no hubiera sido 
por él. la posguerra la habrían 
ganado los rojos, pero la gente 
canturreaba sus boleros mien¬ 
tras los cupones de las cartillas 
de racionamiento caían uno a 
uno en la interminable cola del 
tabaco. Machín se vino a 
Madrid a cantarle al Generalí¬ 
simo que "se vive solamente 
una vez" y Don Francisco le 
dijo que bueno, pero que él era 
novio de la muerte y que le fue¬ 
ran dando. La verdad del 
asunto es que a Franco no le 
gustaba bailar. A mi tampoco y 
a la chica con la que yo salía 
entonces —que se llamaba 
Angelines y era algo tetuda— 
mucho menos. Decía que lo 
mío eran las matemáticas. Se 
equivocó. Lo mío era Machín. 

Angelines quería ser Fabiola 
y a lo mejor lo consiguió. Quien 
sabe. Tenía vocación. Cuando 
1c metía mano en las zonas altas 
—ya he explicado que se despa¬ 
rramaba un poquito por esas 
latitudes— se iba corriendo a 
que la confesara Don Justo, un 
mosén de ía iglesia de San José 
Oriol. Y es que la cosa sexual 
no estaba resuelta. Había tres 
opciones: las putas del Distrito 
Quinto, las pajilieras del cine 
Arnau o hacerse un nudo. Lo 
de Angelines, Fabiola v las 
poluciones nocturnas no fun¬ 
cionaba, de forma que el primer 
día que me acosté con una 
señora creí que me iba a hacer 
guardia en los luceros con la 
pata tiesa. 

Realmente lo único que se 
podía hacer en la posguerra, 
con un mínimo de sentido, era 


pecar. El pecado es un gran 
invento. Cuando se habla mal 
de la Iglesia, convendría medi¬ 
tar antes sobre este asunto. 
Había pecados sexuales y polí¬ 
ticos. Los primeros acababan 
en la blenorragia y los segundos 
en la cárcel Modelo. A un tío 
mío lo metieron en chirona por 
masón y mi padre estuvo a 
punto de acompañarte porque a 
alguien se le ocurrió decir que 
era budista. No era verdad. Lo 
que pasaba era que mi abuela 
paterna había sido teósofa 
cuando cayó enferma y se puso 
malísima, una vecina de la casa 
se encerraba con ella en su 
habitación, hablaban de no se 
qué y a la pobre se le quitaban 
los dolores. En los primeros 
años, después de la Victoria 

—yo la sigo escribiendo con 
mayúsculas por asi acaso— las 
gentes se denunciaban unos a 
otros que daba gusto. El 
denunciante hacía méritos y el 
denunciado las pasaba canutas. 
La falsedad o la certeza de estas 
delaciones era lo de menos. De 
repente todo el mundo —o 
casi— se declaró franquista, i i 
denuncia era una conga inter¬ 
minable en las que se empuja¬ 
ban unos a otros camino de la 
comisaría. 


Yo estaba muy pendiente de 
un chico de la clase que tenía el 
padre panadero. Se forró. Allá 
por el año 45 ya se había com¬ 
prado un chalet en Masnou. 
Nunca me invitaron, por 
supuesto, pero algunas veces 
me regalaban una barrita de 
pan blanco. A mi me hacia 
muchísima ilusión. Mucha más 
que la que compraba de tarde 
en tarde a unas mujerucas que 
las vendían en las Ramblas de 
la altura de la calle Escudille- 
ras: se las sacaban de debajo de 
las faldas entre una pequeña 
lluvia de cartillas de tabaco 
rubio y paquetitos de azúcar. 
Eran las grandes parturientas 
de la abundancia del desarrollo. 
Hubiera debido pintarlas Pablo 
Picasso. Al panadero, no. A ese 
lo retrató un tal Segura. Se hizo 
rico, aunque ya antes de la gue¬ 
rra tenía un buen pasar. Lo 
había dicho I raneo en l ugo el 
21 de agosto de 1942: «Nuestra 
Cruzada es la única lucha en la 
que los ricos que fueron a la 
guerra salieron más ricos». 

El aburrimiento... ¿Cómo 
explicar todo el fastidio, tedio, 
monotonía, desgana, bostezo y 
sopor que sentí en aquellos 
años? Claro que estaban Con¬ 
cha Piquer y los Vieneses y 


126 






















Alfredo Mayo y Riña Celi y 
Miguel Ligero y Manolo Cara¬ 
col y el Coyote y Roberto Alcᬠ
zar y Pedrín y el TBO y Zarra- 
Paínzo-Gaínza y Lola Flores, 
pero no eran muy divertidos, la 
verdad. 1 .o más grave es que me 
aburría sin saberlo. Es una lata 
empezar la vida teniendo como 
meta la posibilidad más o 
menos remota de poder com¬ 
prarte un topolino. O quizás, 
quizás, un 4-4. El colegio era 
aburrido, el instituto era abu¬ 
rrido, la Universidad era abu¬ 
rrida y Manolete era aburridí¬ 
simo. Sólo quedaban los 
billares, el Anís del Mono, el 
onanismo y la Legión. Excepto 
en esto último, en lo demás hice 
lo que pude. Hasta que un cura 
me advirtió un día que las 
carambolas me iban a desriño¬ 
nar, el anisete me llevaba 
seguro al delirium tremens y la 
masturbación me podía atacar 
la médula y yo me lo creí. De la 
Legión, en cambio, habló muy 
bien, aunque le dije enseguida 
que lo sentía muchísimo pero 
que yo, por desgracia, era estre¬ 
cho de pecho. Para mi que no se 
lo creyó del todo y que le puso 
un cirio a San Pancracio para 
ver si me cambiaba de opinión. 
Pues ni por esas. Yo prefería 
seguir tarareando por las 
esquinas —estupendo y sali¬ 
do— aquello de: "te he buscado 
por donde quiera que voy / y no 
puedo hadar / para qué quiero 
tus besos / si tus labios no me 
quieren ya besar ”, 

Esta es otra. Desde que a 
Celia Gamez le dió por cantar 
la mora lina de "¡a española 
cuando besa / besa siempre de 
verdad/ y a ninguna le interesa / 
besar por frivolidad", el asunto 
se puso dificilísimo. En cuanto 
a una chica la querías acomo¬ 
dar en las últimas filas de un 
cine de sesión continua, gritaba 
como loca por los pasillos que 
ella era la Carmen de España y 
no la de Mérimée. De manera 
que entre “Isabela de Castilla”, 
y" La Infanta Torera". “Cata¬ 
lina de Aragón”, “Doña María 
de Pacheco” y el "Romance a 
María Cristina” no había quien 
se llevara al huerto a Aurora 


Bautista. Bueno, a lo mejor lo 
había pero no era yo. La repre¬ 
sión sexual de los primeros 
años del franquismo fue algo 
que limitaba al norte con Cifesa 
y al sur con el padre Venancio 
Marcos. En medio estaba Pedro 
Escartín. 

Existía lo imposible: el 
extranjero. Ahora, contado así. 
parece una bobada, pero 
entonces cruzar la frontera — 
incluso legalmente— tenía sus 
riesgos. Unas navidades —creo 
que fue la primera vez que salí 
de mi ciudad— tardé en ir 
desde Barcelona a Bilbao 
treinta y tres horas aproxima¬ 
damente. Vamos, como para 
pensar en acercarse a Esto- 
colmo... Como por lo demás eí 
mito de “las suecas” aún no 
había llegado a este país, pues 
uno se lo tomaba con resigna¬ 
ción. Todavía faltaba mucho 
para que Luis Aguilé explicara: 
' ‘eres sueca, francesa / o quizás 
eres de aquí / sólo sé que estás 
muy bien / sé que el sol español / 
te ha traído hasta aquí / mírame, 
no seas así" . El sol... Torremo- 
linos era un puebiecillo de pes¬ 
cadores que se despertaba en la 
Carihuela, Mallorca un noc¬ 
turno de Chopín entre dos 
ensaimadas y Palomeras un 
nombre a inventar para que se 
bañara en su playa Manuel 
Fraga Iribarne. Nadie hubiera 
apostado un duro por José 
Banús. 

En el extranjero estaban Sar- 
tre, Camus, Juliette Greco y los 
existencialistas. También esta 
Giida, pero pillaba más lejos. 
Cuando leí “La Náusea” 
supuse que había descubierto el 
mundo y cuando interpreté un 
pequeño papel en “A puerta 
cerrada” supe que era mucho 
más apasionante que la primera 
comunión. Me dió por la litera¬ 
tura para no aburrirme tanto. 
La lectura —una cierta lectura, 
por supuesto— era una forma 
de trasgredir las regias. En este 
sentido, los censores se porta¬ 
ron. Entre el Índice eclesiástico, 
la calificación moral de los 
espectáculos que publicaban los 
periódicos y las tijeras adminis¬ 
trativas, las tentaciones eran 


múltiples. "Yo seré La tenta¬ 
ción”, cantaba Arias Salgado 
asomado a las ventanas del 
Ministerio de Información y 
Turismo. Luego, José Antonio 
Girón pasaba el platillo. 

Estudié Derecho porque en el 
Examen de Estado me pregun¬ 
taron qué idioma se habla en 
Chile, no lo supe y me aproba¬ 
ron. En agradecimiento decidí 
apuntarme a Leyes. De lo que 
más me acuerdo —al margen de 
lo mucho que me suspendieron 
en Procesal— es de una 
mañana en que los estudiantes 
decidimos hacer una especie de 
huelga. Aclaro lo de “especie” 
porque una huelga-huelga era 
impensable. Nada en aquellos 
tiempos era como se supone 
que debería ser: el jabón era 
una especie de jabón, el aceite 
una especie de aceite y la chu¬ 
leta una especie de chuleta. El 
café, encima, era achicoria. Yo 
también era una especie de mi 
mismo. 

La especie de huelga consis¬ 
tió en parar la circulación de los 
tranvías en la Plaza de la Uni¬ 
versidad. La gente se sorpendió 
muchísimo porque lo normal 
en Barcelona era que la circula¬ 
ción la parase Carmen de Lirio. 
De Carmen — "en la noche de 
bodas / que haya en tu cama / 
colcha de seda / colcha de 
seda" — se rumoreaba que tenía 
amores con el Gobernador 
Civil. No sé. Puede que fuera 
para compensar lo de aquel 
Gobernador que perdía las 
condecoraciones y lo otro 
detrás de las flechas y pelayos. 
El caso es que los tranvías se 
detuvieron media hora aproxi¬ 
madamente y que a nosostros la 
policía nos dió la manta de 
palos. Lo curioso es que no 
recuerdo el motivo: ni de los 
palos, ni de los tranvías, ni de la 
huelga. No creo que fuera por 
una razón política La Univer¬ 
sidad que yo viví estaba absolu¬ 
tamente dominada por e! SEU. 
Los disturbios estudiantiles en 
serio fueron una modernidad 
que llegó después cuando yo ya 
hacia oposiciones para cabe¬ 
cera de cartel en los teatros. 

La divisa era: Patria, Justicia 


127 


y Pan. No estaba mal traído. 
Las pegas venían del gasógeno. 
Claro que luego llegó el biscu- 
ter y pareció que todo en este 
país iba a marchar más rápido. 
Mientras lo de la Patria, el Pan 
y !a Justicia se ponía en funcio- 
namiento los españoles soña¬ 
ban con tener un teléfono 
blanco. Lo habían visto en las 
películas italianas, cuando 
Amadeo Nazzari llamaba a 
Assia Noris y Vittorio de Sica le 
compraba rosas rojas a Alida 
Valli. En casa no había telé¬ 
fono. Ni siquiera negro. De 
cuando en cuando mí madre me 
mandaba a la farmacia de la 
esquina a telefonear al primo 
Vicente que tenía un enchufe en 
Abastos y que en lo de ayudar 
a la familia se hacía el “lon- 
guis”. El farmacéutico sufría 
del estómago y se pasaba las 
horas muertas dándole al 
bicarbonato Torres Muñoz del 
que se supone le harían algún 
descuento. Durante la guerra, 
como no tuvo forma de guardar 
régimen, mejoró bastante, pero 
después, en cuanto las cosas se 
normalizaron más o menos y ya 
no comía lo que teóricamente le 
debía sentar fatal, se puso otra 
vez malísimo. Se llamaba Don 
Antonio y guardaba el teléfono 
en una caja de Cerebrino Man- 
dri. Lo malo era que se veía 
cable. Cuando me veía entrar, 
disimulaba y escondía la caja 
del Cerebrino debajo del mos¬ 
trador. Entonces yo le pedía 
una botella de Agua de Cara- 
baña y, cuando se marchaba a 
buscarla, tiraba del cable para 
que el teléfono no rodara por el 
suelo hasta llegar a mis manos. 
En el primer momento en que 
Don Antonio volvía con la 
Carabaña, yo le explicaba que 
estaba llamando a la policía 
porque mi tía Consuelo había 
visto a un rojo saltando por los 
tejados. El primo Vicente —que 
estaba al otro lado del hilo 
telefónico— se daba por ente¬ 
rado, con esta contraseña, de 
que o nos enviaba un saquito de 
materias primas o la familia iba 
a cascar el día menos pensado. 
Mientras, todos los teléfonos 
blancos de Roma pasaban por 


las guapísimas señoritas del 09. 
Era otra forma de vivir 
“pericolosamente". 

Los primeros síntomas de 
prosperidad llegaron con los 
guateques. Yo iba bastante a 
unos que organizaba una chica 
de mi Academia que se quería 
casar conmigo. Yo me dejaba 
querer porque su familia tenía 
dinero y su madre preparaba 
unos bocadillos de pan y 
tomate con jamón impresio¬ 
nantes, Aún no estaban de 
moda los canapés: ese fue un 
invento posterior, de cuando 
los planes de desarrollo, el 
Opus y el museo de bebidas de 
Perico Chicote. Se llamaba 
Montserrat —como todas las 
niñas de entonces que no se 
llamaban Nuria— y vivía lejí- 
simos, a! pie del Tibidabo allá 
donde Jacinto Verdaguer dió 
las tres voces. Nunca me com¬ 
prometí demasiado. Lo único 
que tenía que hacer —a cambio 
de los bocadillos y la cerveza— 
era cogerla de la mano un ratito 
en el jardín y después marcarme 
un lento a los acordes de la gui¬ 
tarra de Bonet de San Pedro 
cuando éste se arrancaba con 
aquello de “mira que eres ¡inda 
/ que bonita eres ” y todo el fes¬ 
tival. Con Glenn Miller descan¬ 
saba. “En forma”, por ejemplo, 
lo acostumbraba a bailar 
Montserrat con un chico muy 
alto y con gafas que se movía 
un rato bien. Se acabaron 
casando, tuvieron tres niños, él 
dirige un Banco en Barcelona y 
sólo van al teatro cuando 
estrena Antonio Gala. 

Yo me seguía aburriendo. Y 
eso que llegó de repente el tech- 
nicolor. Fue como saber que se 
podía soñar en colores. Y que 
en el sueño había una enorme 
piscina para que Esther hiciera 
e! salto de! ángel. Entre el tech- 
nicolor y las sulfamidas todos 
los milagros parecían posibles. 
Hasta que Xavier Cugat le 
tocara una samba a Carmen 
Miranda y Mario Cabré descu¬ 
briera, al destapar la caja de 
Pandora, que estaba llena de 
productos sulfamídicos para 
curarle los catarros a Ava 
Gardner. El turismo corrió a 


oler los fetiches cinematográfi¬ 
cos de la Costa Brava y la 
Guardia Civil preparó sus fusi¬ 
les para disparar sobre los pri¬ 
meros bikinis. En San Sebas¬ 
tián ponían multas a los 
caballeros que no usaban trajes 
de baños completos y a las 
señoras que, al salir del agua, 
no se tapaban inmediatamente 
con albornoz. Y, claro, luego 
pasaba lo que pasaba: el día 
que Jorge Negrete llegó a 
Madrid, las admiradoras le 
arrancaron los botones de la 
bragueta por la calle de Alcalá. 
Un cronista de la época escribió 
que eso debió de ser porque se 
les habían subido las sulfami¬ 
das a la cabeza, pero no se yo. 

Los actores de la posguerra 
se sentaban muy bien. Adelan¬ 
taban un poquito la pierna 
derecha al tiempo que retrasa¬ 
ban la izquierda hasta formar 
con los talones de los pies casi 
un ángulo recto procurando 
mantener el busto erguido en el 
respaldo del asiento a la vez que 
dejaban caer elegantemente las 
manos sobre los muslos, que no 
me acuerdo ahora si estaba 
permitido que se llamaran así. 
No era fácil. Se necesitaba 
mucha práctica y, general¬ 
mente, venir además de una 
familia de cómicos. Una vez 
sentados decían sobre todo tex¬ 
tos de Adolfo ’orrado. Si, 
encima, podían decirlos con 
acento gallego el éxito era 
seguro. Isabelita Garcés —en 
graciosa— y María Fernanda 
Ladrón de Guevara —en 
elegante— estaban de moda. 
“Chiruca” y “La madre guapa” 
barrieron las taquillas de los 
teatros. También Tina Gaseó V 
Fernando Granada con “Rum¬ 
bo”. Y José Alfayate y Rafaela 
Rodríguez con “Manda a tu 
madre a Sevilla” y “Los 4 ases” 
con “...Y amargaba”. Y —en sus 
dos Olimpos inalcanzables— 
Rafael Rivelles y Jacinto Bena- 
vente. Faltaban algunos años 
para que Joaquín Calvo Sotelo 
estrenara “La muralla". Y para 
que los actores se pusieran en 
pie para pedir en las asambleas 
su derecho al día de descanso y 
a ia expresión corporal. Ahora 


128 



han mejorado mucho. Ya no se 
sientan como antes para hablar. 
Lo único un poquito incómodo 
es que no se les entiende cuando 

hablan. 

Me hice actor para poder 
sentarme como se sentaban los 
intérpretes antiguos, para con¬ 
quistar la Puerta del Sol, “El 
Gato Negro", “Las cancelas’’, 
“La India”, “El café Gijón” y 
una chica que trabajaba en la 
compañía de Irene López 
Heredia. No lo conseguí. En 
cambio tuve que soportar 
“Cabalgata fin de semana", las 
retransmisiones de Matías Prats 
y los capítulos lacerantes de 
“Lo que nunca muere". Y es 
que la posguerra fue mucha 
posguerra. Algo tan decisivo en 
mi vida que a veces tengo la 
impresión de que no ha termi¬ 
nado, de que aún torea en Las 
Ventas Carlos Arruza, Concha 
Piquer canta Tatuaje", Rama- 
llets para golpes en Las Corts, 
Yvonne de Cario estrena pelí¬ 
cula en el Palacio de la Prensa, 
Agustín de Foxá escribe en 
ABC, Glenn Ford le zurra a 
Rita Havworth, José Carioca es 
“el más simpático lorito de! 
Brasil", Luis Miguel Domin- 
guín se casa con Lucía Bosé. 
Irma Vila canta corridos mexi¬ 
canos, el Padre Peyton organiza 
rosarios. Carossone le pone 
música a “Marcelino Pan y 
Vino”, se abre Pasapoga en la 
Avenida de José Antonio, 
acaba de publicarse “La 
Codorniz" y Franco inaugura 
pantanos para el No-Do. 

A lo mejor son manías pero 
como todo continúa siendo tan 
aburrido tengo la impresión de 
que seguimos —o de que sigo 
yo— en la posguerra. De lo que 
si estoy seguro es de que la gue¬ 
rra terminó. Lo sé porque a mi 
abuelo —ese que cuando los 
bombarderos prefería quedarse 
en casa— lo descubrimos muer¬ 
tos entre los dos colchones víc¬ 
tima de una sobredosis de 
“okal, okal, el lenitivo del 
dolor”. 

Y también porque en el sitio 
donde estaba el refugio hay 
ahora la terraza de un café. ■ 
A. ¡VI. 


Una escena de: 

Yo me bajo en la próxima, 

¿y usted? 

de Adolfo Marsillach 


cuíca.— Y mientras mi marido 
en su juventud tenía una his¬ 
toria lamentable con Maruja, 
la cabaretera, yo iba en tro¬ 
lebús a la Universidad. 
(Cambio de luces. Sonido de 
trolebús. La CHICA mima que 
va sentada en uno de ellos. 
Continúa hablando.) El 23. Y 
un libro. (Saca un libro y 
finge que lee.) Siempre el 23 y 
siempre un libro. En parte 
porque me gustaba leer y en 
parte también para disimu¬ 
lar. Me daba vergüenza. 

ódo me daba vergüenza y 
cuando el catedrático me 
preguntaba: “A ver, señorita, 
a ver qué sabe usted del des- 
potismo ilustrado», me 
entraba como un ataque y no 
sabía si el lema era «todo con 
el pueblo, pero sin el pueblo» 
o «nada para el pueblo, pero 
con el pueblo». Luego me 
enteré de que venía a ser lo 
mismo. 

(Un chico joven —el hombre 
de siempre porque lamenta¬ 
blemente no disponemos de 
otro actor — sube al tranvía.) 


hombre.— ¿Está libre este 
asiento? 

chica —Pues... no sé... 
hombre.— ¿Cómo no sabes? 
CHICA —Es que... 

HOMBRE —¿Está libre o no? 
chica —Sí... sí lo está. 
hombre—G racias. 

(Se sienta a su lado. La 
chica explica a! público.) 
CHICA —No es que fuera tímida, 
es que era tonta del culo, lo 
cual no es exactamente lo 
mismo. 

HOMBRE.— ¿Qué lees? 

CHICA.— Nada. 

hombre.— ¿Nada? 
chica —Es una novela que se 
llama así... «Nada». 
hombre.— (Riéndose de una 
forma absolutamente idiota.) 
Vaya un título. 

CHICA—La ha escrito una 
mujer. Hace tiempo. 
hombre.— ¿I ! na mujer? ¡Qué 
curioso! 

CHICA— Carmen Laforet. Pri¬ 
mer premio Nadal. 

HOMBRE —Carmen... ¿qué? 
chica —Laforet. La-fo-ret. 
hombre.— No conozco. (Y se 



Conchita Vetasco y Adolfo Marsillach en una escena de "YO ME BAJO EN LA PROXIMA, 

¿Y USTED?". 


129 






















tira de risa sin el menor 
motivo.) 

CHICA. — (Al público.) Yo podía 
ser tonta del culo, pero él. 
desde luego, era retrasado 
mental. De manera que nos 
hicimos novios. 

HOMBRE —¿Qué estudias? 

CHICA-— Filosofía v Letras. 

■m 

hombre. —Eso no sirve de 
nada. 

CHICA.—Lo mismo dice mi 
padre. El quería que estu¬ 
diase corte y confección, 
inglés, francés y piano. 

i iombre.—L ógico. 

CHICA— Pero yo que no, que 
tenía que ser Filosofía y 
I.etras. Mi padre me encerró 
en casa v a mi de resultas me 
entraron unos mareos espan¬ 
tosos y me pasaba el día 
vomitando; por culpa de ios 
nervios, no vayas a pensar 
otra cosa. 

HOMBRE.—Ya, ya. 

CHICA.—Es que él si lo pensó y 
antes de que me quedara 
embarazada en serio y ade¬ 
más siguiera poniendo per¬ 
dida la moqueta, me dejó 
que me matriculara en la 
Facultad, 

HOMBRE.— Pues has hecho fatal 
porque lo del corte y confe- 
ción, inglés, francés y piano 
estaba un rato bien. 

CHICA —Puede ser, pero a mí es 
que me apetecía enterarme 
de lo del despotismo 
ilustrado. 

hombre.—L o de!... ¿qué? 

chica.—O lvídalo. 

HOMBRE— Pues yo estudio 
Económicas. Ahí si que hay 
un porvenir. 

chica —¿Tú crees? 

HOMBRE.—Lo que yo te diga. 
Ya verás cuando en este país 
empiecen ios planes de desa¬ 
rrollo. 

chica— Oye, por casualidad, 
¿tu te llamas López Rodó? 

HOMBRE.— No, que yo sepa. Le 
da otro ataque de risa que por 
poco se cae del asiento. Des¬ 
pués ve queda bruscamente 
serio.) Perdona, pero es que 
yo a mí me hago mucha 
gracia. 

chica —Ya veo. 

hombre.— Te contaba que o 


acabo de ministro o de Pre¬ 
sidente del Banco de España. 
(De repente mira por la »ven¬ 
tanilla'-. Comprueba a que 
altura del trayecto están.) 
Discúlpeme, pero... 

CHICA— Tú te bajas en la pró¬ 
xima, ¿no? 

hombre.—S í, t .cómo lo sabes? 
(Infectivamente. El trolebús 
para r el hombre .ve apea.) 
Adiós. 

chica— Hasta la vista. (El 
tranvía vuelve a ponerse en 
marcha. La chica sigue 
explicando a los espectado¬ 
res.) No acabó de ministro ni 
en el Banco de España. Ter¬ 
minó en la cárcel. Pero, 
claro, ésta es otra historia. 
(Cesa el sonido del trolebús. 
La CHICA continúa hablando.) 
Ibamos a meternos mano en 
unos mesones a propósito 
que había allá por la Cava 
Baja. Como además, él, mi 
novio, ese imbécil que 
acaban ustedes de ver, tenía 
un padre con coche de 
importación, pues alguna vez 
se lo pedía prestado y me lle¬ 
vaba a la carretera de Burgos 
a hacer manilas. Bueno, 


ustedes me entienden, i.o de 
«hacer manilas» es una 
manera de hablar porque 
allí, excepto manilas, hacía¬ 
mos de todo. Menos «lo irre¬ 
parable» como decían en los 
seriales de Sautier Casaseca. 
Eso no. Primero porque 
aquello estaba lleno de orti¬ 
gas y resultaba de lo más 
incómodo, y segundo, por¬ 
que mi madre me había 
dicho que me fuera con 
mucho ojo porque como 
volviera a tener mareos v 
esta vez no tuviera la culpa la 
neurosis, me iba a meter en 
Coros y Danzas, hasta que 
cambiara el Régimen. Así 
que cualquiera. (Empieza a 
oírse bajito »Only you». La 
CHICA deja la narración para 
escuchar con cierta nostalgia 
irónica. Luego continúa 
hablando.) ¡Ah, sí! Los Plat- 
ters... Nat King Colé... 
Pepino di Capri... Manolo y 
Ramón. El dúo Dinámico... 
Esa curiosa mezcla del pri¬ 
mer gin-fizz, la braguita 
negra, Lola Flores, Ben-Hur. 
Juana la Loca y ia canción 
del Cola-Cao. (Sube la 


130 







































música. Después baja para 
que la chica pueda seguir.) 
(Jn día, en el segundo curso 
de la Faultad, a! salir de 
clase, vi a unos policías, 
pegando a un chico. Y sin 
saber por qué empecé a gri¬ 
tar insultándoles. Me vi 
rodeada de un grupo de 
estudiantes. Estábamos 
furiosos... exaltados... De 
repente, la policía cargó con¬ 
tra nosotros. Corrí como 
creo que no he vuelto a 
correr en mi vida. Al subir 
por una travesía de San Ber¬ 
nardo, tropecé y estuve a 
punto de caerme. Alguien 
—un estudiante— me tomó 
del brazo y me metió en un 
portal. Un viejecito vendía 
libros de segunda mano. 
Cuando la policía pasó sin 
vernos, el muchacho me dio 
un beso pequeño y me regaló 
un libro: «El segundo sexo» 
de Simone de Beavoir. Aquel 
libro y aquel beso cambiaron 
mi vida. Envié a mi novio y a 
los Platters a hacer puñetas. 

f En ira el hombre.) 

HOMBRE. —(Al publico.) No la 
hagan caso. Le gusta presu¬ 


mir de intelectual, de com¬ 
prometida, de tía cojonuda. 
Nada. 

Palabras. Unas cuantas frases 
mal dirigidas dichas sin 
convicción. 

chica —Yo estuve en el primer 
Sindicato Libre de Estudian¬ 
tes que hubo en la Universi¬ 
dad. 

hombre—S í. claro, y yo en la 
batalla del Ebro. 

chica,— Tú no has estado en 
ningún sitio porque eres un 
miedica. 

HOMBRE.—Sin insultar, eh, sin 
insultar. 

CHICA— Además firme varios 
documentos pidiendo la 
libertad de los presos políti¬ 
cos y una vez di mil pesetas 
para Comisiones. 

HOMBRE.— Falsas. Diste mil 
pesetas en un billete falso 
que fabricaba ese novio que 
tenías y que por eso acabó en 
la cárcel, 

chica —Eres un... 

hombre.— No hables mal. F.s 
una costumbre feísima. 

CHICA.— En el año 74 asistí a 
una reunión secreta de la 
Junta Democrática. 


Lina escena de 

"YO ME BAJO EN LA PROXIMA, 
¿Y USTED?", 


hombre— Mentira. En el año 
74 ya estabas separada de mí 
y adonde asistías era a los 
pases de modelos de 
Pertegaz. 

chica.— Eres un pedazo de... 
hombre.—T e he dicho que no 
seas mal hablada. No me 
gusta. 

CHICA.— Yo nunca hablo mal, 
lo que pasa... 

hombre— Siempre, siempre 
habías mal. En cuanto se te 
da la más mínima oportuni¬ 
dad. Te crees que hace más 
moderno. 

CHICA— Es mejor presumir de 
moderna que ser tan antiguo 
como tú. 

hombre —Ah, ¿sí? 

CHICA.— Sí. ¿O es que no te 
acuerdas de como nos 
conocimos? 

HOM BR E.— Claro que me 
acuerdo. Las catástrofes no 
se olvidan fácilmente, 
chica.— Un amigo te había 
dado una llave. 
hombre.— La de su estudio. 
chica, —Para que te acostaras 
conmigo. 

HOMBRE.— No, para que me 
acostara contigo, no. Entre 
otras razones porque no te 
conocía. 

chica.— Entonces... 
hombre.— Mi amigo —que era 
lo que ahora se llama un 
pragmático— tenia la teoría 
de que para ligar a una chica 
lo único que se necesita es 
tiempo. 
chica.— Falso. 

HOMBRE.—Será falso, pero a él 
le daba unos resultados fas¬ 
tuosos, Explicaba científi¬ 
camente que no había más 
que acercarse a la primera 
chica que se encontrara uno 
en el metro y decirle con voz 
insinuante: «Yo me bajo en 
la próxima, ¿y usted?». Nor¬ 
malmente no contestan, pero 
la que contesta... ¡al estudio! 
chica. —Conmigo no funcionó. 
HOMBRE— Sí, contigo también 
funcionó. De otra manera, 
pero funcionó. 


131 

































































Recuerdos de un Divisionario Azul: 




H «* mt*» 
nr 

&»ria* ti 

Ití.t» CssfetiW» w^é- 
>m gm*r<} c¿hJ 
bTt d* té mvmrfjjf d+ 
f&ié Ant&*- fi, «w**fr* 
fe Acodar. r ■•* fe mvf~ 
t9 J* tatito* cc,j*a$wN* 
y »ot» ro.« urídocfé* W*id*m 
- wñm 

ct 7 í tsi<k. dMw v;^-h ■•*■ - 

rwMÍk 


MiftfeH* jF 




w 4 - ' - V s 

f" r » p*' * «riti i ‘ 


• ^ *> A ' 

,* * ; 

» S*£m 


$ jí' i 


un análisis desapasionado de 
causas v efectos nos llevaría 
demasiado lejos. Tampoco 
deseo extenderme en detalles 
sobre determinados aspectos 
que. por lo menos referidos a 
mí. prefiero no recordar, hicie¬ 
ron que me sintiera belicoso y 
"justiciero” dos años después 
de acabar nuestra guerra' 
cuando cumplí veinticinco 
años. A lo largo de 1940 la vic¬ 
toria presentaba perfiles agrios 
y decepcionantes que nos resis¬ 
tíamos a reconocer. La con¬ 
tienda había terminado, y sobre 
media España, sobre mi ciudad, 
sobre antiguos amigos y com¬ 
pañeros. sobre los "cautivos y 
desarmados” planeaba un 
ambiente de derrota, de incerti¬ 
dumbre y angustia que inducía 
al descontento v a buscar cami- 

■r 

nos para escapar. ¡Rusia es cul¬ 
pable! se había dicho y no es 
que la frase me empujara a 
tomar peligrosas resoluciones 
pero estaba vibrando en el aire. 
¿De dónde, en verdad, habían 
llegado tantos aviones, tanques, 
artillería, armas automáticas? 
¿Quién indujo y encuadró a 
aquellos extranjeros a luchar 
sobre nuestro suelo? ¿Quién 
había inventado aquellas pri¬ 
siones que se llamaron checas! 
En situaciones extremas no se 
razona fríamente ni se analiza; 
para establecer juicios, de 
manera automática se seleccio¬ 
nan los datos que mejor se 
acomodan a nuestras posturas 
apasionadas. También, entre 
móviles que quizá uno no se 
formulaba con lucidez plena. 


StRRRnO SUÍ1ER HA DICHO 








Pagina propagandistica del primer Cuaderno de la División Aiül, editado por la Vicesecre 

tarta de Educación Popular. 












7 








■ 
















—- 


Luis Romero 


URANTF. la guerra civil 
vo no había sido bien 
tratado y aunque desde 
hace muchos años no dejo de 
reconocer que las causas de 
cuanto me ocurrió entonces, 
que fue mucho e ingrato, cabría 
buscarlas en mi propia actitud. 


La Historia 

se hace 


132 


































4 ' 


intervenían los deseos de parti¬ 
cipar en un acontecimiento his¬ 
tórico. de hacer turismo bélico, 
de probarse más ante uno 
mismo que ante los otros, de 

vivir una aventura extraordina- 

■ 

ría. Huir de la tétrica posgue¬ 
rra y situarse en vanguardia de 
aquellas corrientes místico- 
heroicas que soplaban con evi¬ 
dente y generosa fuerza, era 
cuestión de una palabra, de 
decisión. Sin discursos, gritos ni 
canciones, en el cuartel de arti¬ 
llería donde cumplía mi servicio 
militar pidieron voluntarios: 
me alisté, nadie me forzó a 
hacerlo. Que cada mes en cam¬ 
paña equivaliera a dos de guar¬ 
nición también debí tomarlo en 
cuenta ahora que lo recuerdo 
porque, de salir vivo, en un año 
estaría licenciado. 

En aquellos días en una libre¬ 
ría de viejo hallé un diccionario 
español-ruso; por dos pesetas 
adquirí aquel volumen que 
trajo de la URSS un asesor mili¬ 
tar. un tanquista o aviador, un 
policía o un agente político: 
cualquiera que desde allá había 
venido a hacer la guerra a nues¬ 
tro país. Devolvería la visita 
que pocos años antes nos hizo 
aquel desconocido y lo haría 
llevando en el macuto el mismo 
diccionario que se me aparecía 
como simbólico v justificador. 

Cuando el viernes 13 de 
diciembre de 1941 por la noche 
vi destacar sobre la blancura la 
granada de mano a menos de 
un metro, me arrojé con rapi¬ 
dez al suelo, hundí el rostro 
contra la nieve, hasta el fondo, 
y sentí la explosión y que una 
ráfaga de aire y metralla pasaba 
rozándome el casco. El golpe, e! 
frió en la cara y lo comprome¬ 
tido de la situación me hicieron 
saltar en pie; seguía vivo, mag¬ 
níficamente vivo v entero. Una 
hora después estábamos de 
nuevo en e! interior de aquella 
ermita o iglesia que creo llama¬ 
ban “Capilla Vieja", una posi¬ 
ción avanzada sobre la orilla 
del Wolehov, al norte de Nov- 
gorod. Había salido indemne 
sin explicarme las causas y 
aunque la vida en aquellos días 
y en aquella situación valía 



Lft m&rthü cif j los Divisional ios al rustí 



133 






















































El autor del ttnbaio con un diácono cíe la Iglesia Ortodoxa rusa en Staraya R¡ikom¡i. en 

lulio de 1 942 


poco, no dejaba de apreciarse. 
A nadie podía achacar la culpa 
de hallarme en aprietos; me ha- 
bia ofrecido voluntario entre tos 
voluntarios para defender aque¬ 
lla posición batida por tadas las 
armas enemigas que nos cosían 
los muros a cañonazos. 
Durante la interminable noche 
los guardias se montaban en 
poco profundas trincheras 
cavadas entre las tumbas del 
pequeño cementerio, cuyas cru¬ 
ces ortodoxas parecían patru¬ 
llas entre la niebla. En los cor¬ 
tos descansos dormitábamos 
alrededor de una hoguera que 
producía más humo que calor. 
Ya no sentíamos el miedo, ni el 
hambre, ni el frío ni el cansan¬ 
cio. Un compañero había per¬ 
dido la vista cegado por la 
nieve, el humo o la debilidad, a 
otros se les habían helado los 
pies, y un catalán a quien le eas- 
teñeteaban los dientes de conti¬ 
nuo se esforzaba entre temble¬ 
que y tembleque en con¬ 
vencernos que tremolaba de 
frío y no de miedo. Los pocos 
que quedábamos más o menos 
útiles acercábamos los cerrojos 
del fusil a ia hoguera para evi¬ 
tar que se congelara la grasa 
a ni icongelante y poder, lle¬ 
gando al caso, defendernos a 



Los Divisionarios recorrieron cerca de mil quinientos kilómetros a pie. antes de llegar al trente cíe combate 


134 






















I 


I 



Plano general de las operaciones de la División Azul, en el que aparecen los frentes de 

íMovgorod (en ei que combatió el autor) y ten ingrado. 


tiros v no a culatazos. Fres días 
después nos relevaron de aque¬ 
lla posición; ninguno de los que 
lo hicieron salió vivo. 

La llegada a Alemania cinco 
meses antes nos había impre¬ 
sionado muy favorablemente. 

w- 

Para empezar, nos cambiaron 
de los vagones de ganado o 
carga en que salimos de España 
por otros de pasajeros. Desde 
tas ventanillas descubríamos un 
paisaje amable, verde, con 
grandes bosques y tierras per¬ 
fectamente cultivadas; las casas 
bien pintadas presentaban un 
aspecto confortable y estaban 
rodeadas de jardines floridos, y 
las calles de los puehlccillos 
aparecían pavimentadas v lim¬ 
pias. Y por añadidura, mujeres 
rubias, vistosas, ataviadas con 
vestidos de colores y niños 
sanos, bien vestidos y alimen¬ 
tados, agitaban las manos en 
señal de saludo y bienvenida. 
En las estaciones chicas adscri¬ 
tas a cualquier servicio nos 
obsequiaban y atendían y ade¬ 
más muchas de ellas nos daban 
su nombre y dirección para que 
les escribiéramos desde el 
I Ye n te. 

fin GrafcnwhÓr, de Bavrera. 
nos facilitaron complicados 
pero inmejorables uniformes 
que no admitían ni lejana com¬ 
paración con los que en el ejér¬ 
cito español vestían los solda¬ 
dos. Lo único malo eran los 
caballos: quienes soñaron con 
unidades morizadas como las 
fotografiadas en "Signal” o las 
que se veían en los noticiarios 
Ufa. quedaron decepcionados. 
La división 250. llamada entre 
nosotros y nuestros amigos 
División Azul o Blau División, 
era hipornóvil. Los artilleros en 
plantilla sumábamos dos mil 
setecientos noventa v tres, v nos 

& V 

soltaron dos mil trescientos 
noventa v dos caballos de todos 

m 

los tamaños, pelajes y humores. 
Y ¿quién sabía algo de caballos 
entre nosotros? Medio millar o 
poco más de campesinos y 
algunos veteranos de artillería o 
caballería, porque los estudian¬ 
tes del SFU. algunos con el 
bachillerato recién terminado, 
los empleados, los ex-eautivos y 


algún que otro obrero más o 
menos nacional-sindicalista o 
sindicalista a secas, los falangis¬ 
tas y los aventureros que, gra¬ 
cias a Dios, no faltaban aunque 
su número fuera poco elevado, 
conocían los caballos sólo de 
lejos y más que nada a través de 
la pantalla. Los malditos jacos 
soltaban coces, se mostraban 
tercos, desmontaban a los 
incautos, no se dejaban atalajar 
ni almohazar, escapaban a 
galope arrastrando un carro 
regimental. sembraban el terror 
y el desconcierto. Los falangis¬ 
tas aseguraban que habían 
venido a pegar tiros no a pelear 
contra aquellas bestias enfure¬ 
cidas. No tardaríamos en com¬ 
probar que pegar tiros —que es 
también recibirlos— era mucho 
peor. Por las orillas del Wol- 
chov iban a quedar disemina¬ 


das cruces de madera con nom¬ 
bres escritos sobre el travesano; 
aquellos eran Díaz. Molina. 
L onch. Aspiroz, García. Col- 
meiro, Moleres. Barranco... Y 
aún otros quedarían sin sepul¬ 
tura porque en los peores 
momentos del invierno y bajo el 
fuego del enemigo no había 
manera de cavar tres palmos en 
aquella tierra helada; a veces se 
hacía arder un grueso madero y 
cuando el calor deshelaba la 
superficie de la tierra, se exca¬ 
vaba medio palmo y otra vez 
fuego y otro medio palmo, y así 
sucesivamente. 

Aquel invierno lo más impor¬ 
tante era disponer de una buena 
chabola; nosotros heredamos 
una excelente de los hacendosos 
artilleros alemanes a quienes 
relevamos en el frente. Seis 
éramos los sirv ientes de la pieza 


135 




















F1 .Mitnr tutirto |>nt l.d i,i .!f• pn> . ■ Tí- - • 'ii¡ ■ 


HHM ir v i 1 nir. 


i ■ , ri t 1 * ' 1 *1 , 


lUll'illlH 




HCnAHCKO-PyCCKHH 

BAPb 






COCTA B HilM 

C C. HTHATOB II <t>. B. KEJlbHH 






40.000 C/IOB 

CQ BKJlíOHEHHEM OCOBEHHOCTEft MCltAHCKOÍO 
83 WKA UEHTPAJIbHOfi H K»KHGtt AMEPHKH 

C nPH/IDWKHM tM 
fPAMMATHKM HCTlAHCKOrO R3UKA 


















AKUHOHEPHOE 06U1ECT8O «COB&TCKA)l 

MOCKtíA IBIftIIRIllíillll 19 3 0 


trnly* — Mn*rQ*o 


UiJ 



MH*ÍÍHN- 

3Jnt 


I i) 

ujh6jiw 

\t IUK 41 A 3 - 1 * ^JNVieK; 
_ hr M 6 om dUMiíürt 

- *• iitt rtiMsiín- 

■* 55 - / cWrtiniwcTii W 

riBrnuocTóí 

^üSrtV.S!¿Ví*i«. iPÍwecuHli: P*c- 
* « .tpyaiUes O'iib- 

lipeOPWO*"' * 

* jrM |i. h IJUIII ÚTl?. 

* * m u.«rb®ne* 

Miuwü.inu». 

—1 y r ti-t¥i l ÍUJ*! iHCvlr*jA* 

■"¡¡¡íiTa. "» ipyH«eíTBHiiiu#í 
Jp 7n"iioñiiri-.iiv; -t* m pn^’ apy- 

■rtÉtJLÍ'f* a 

fl** 1 ’" 1 ' 1CIJ t^(wü4niMrt rtp«*nAfl. 
idjiun arin u Mi»4<»;iyiuitud» Jie- 
.irtuijtu nti.iwm “*r vi ¿litó ywi* 
cAtv», ilJ.lnr& jV*osí« 

¿millar amianto w upoíiuprjiM- 

-*t r( ¡>u u\ív s> .uí ib iniJlúrH. 

Uiii ir"ü4ni" 11 VlCllí* SOI'iíMtt; 

Mulniir*i > í rtiinoni*. 

*m Lr m wumy.i iiíkí6«ojo 

H. su * m j* 

*m U t &d ■ .ipvwAs; iiajómtiH'í*- 
friMi; ¡líttípi'M’iHTíul uCTW 1 * íiKMSéa^ 
ilMKíti i irm jpy*«tCTií^HHu(l duKJj, 
hiun-r Um v^v-m iiiiMitpitf'bCft; FtHTl- 
jurr Jila - í3i • nOT'HitfThen; 
i?i c/Ltp nan,: whpwt^: - Ȓ 
ipywiiTh^n; iiusiiipMTt%'ii; «os* a 
JLPy>*iPCtClfn v ^PV*Í¡KX iürHHUtt- 
amuh ti* f nMmicniii; -ti*» 
*i«iíiic riipurt.itb. 

fcfuu m i.HíTvi ji/jmh úau ce'tbiu 
rocíi'MiUi; \n i3Hit, tt,i9A^ieii;y[ipa- 

niulnumil; ^r rl — del bailr* ilel 

eoLniTo 6¡j tí. népHW* a afüe» 

iuiiidtiif r «iiilfirita tn conu’i^BOCfii, 
cm^iiu; ~ &t\m nfj>i rU« Éüiuáaw*, 
nuajirkTu a ciirt'«My- 

tmabíbir ri p*j*Tp*rt*4tt,. 
míl>, Ct-p^llTd. „ 

■ ino|Atn umii'iitii m iya^4* ci*“ 
\oct (■; ** ir u t íOiláTfc ryimún; 

- *r*# gííUJ x yxr rir, 

•rtiojon *m1fPto m &*£**>*** a- 
ümc; pa iíepea¿íii 

- *r í‘L pií LM^iiiiínMmiTb- 

mmuT i>srfft ííAh#3Hí>j 

- *da a HMTOsrtfJdbiO; l i uoTrp- 
uéftiiiun yOiiiiKH, pH^oprtfliiiwrtcin 
i -*Í*r m Ttj n(,iwtiHK¿ ^*í (24) el 
tw iiTHp oTrinmuto*; tíHu pait 
yudpiiíii ^ocwiVTb» uíBdirtTii, 


■ — 

»iuilldi;*d(»r m n»íTétUunií. 

mAíIihhíí, -*r ul ftT-IltB-lTt»* ^upMib- 
ttirn; aüpBiuüuiiíiTH, tmiüp- 

tüéurnKtmTb. 


*ÍIlOll*T 1 * pi QG¿ 1 h 6 *|AtI-* « ril > 

cHáTb, orCTynáTb; ycTyniT^ri- "■■- 
Kfip rpuaiÍTb 

(Lrmdltaimr el 4'- 

Aarb pbkutUM. 

*uiuxidi>d||*dQ a paufí uflipHWü, 

vó.icrun {« wAódé^f- 
*iapa*i;d*cl6a Mcrnr* 

Twi -d*ít<# a ftorarwl);*-d*r pI h«- 

KáiiHTb üOM^ry- - . 5 

*el^n / jbh^HíIíibí, bij- 

rrimip; H.mcm-'uwe, y Hra*Hí*té«i«*: 

ornmiirtiiHR {ú “-*r t=í 

iipcay tipei«*i4 rt» y BtMiuMiinTi»; 4^’ 
.tarb ewroMop; ora&mdTb, í>m*- 

m tidirtxj» o atTyaii^nifií ü ApitK, 

Atuva 1*r*l ít ttKaSiiaHlilbJibiH» 
uauiairúpiiwn; - í*«o m M*n*(ftK# 










I :■* 


y6erátb 




Bsuimrupk. 

*CDPtkt*r r¿,. tmitníiP» 
i* r6p«.t, 

*input)il*dn Tfi CPpT 

mío »üéCTc; 

í’pyaofl* ^*iiil#iit* tti í:o- 

6iip4i(Hé, cKOítíi^Kiíü, mirpo^paiíií 1 ” 
tme; — ir tti £de«p4rM cai-iMMart.; 
turpciHCiwjctáT^ 6*3 6iaí<Ipiíj*d»i 
^ilj pcu£; t) inrruaneATki yüprt^íiT*-- 
CR¡ 2) Ci«KHTWlhCTl|f*IS«rb alie 

na; 3) ^ olh-eaúiKAfwai » uidíltcy 
tifiUHJléllMR lia OJPPi^* 

umnf m -TdfoiB»**, cn4últlí«ín k it P 
crpiicTí.1 «értíHOCTa, ^AcHrt; *íni6if- 
HUit *lf-[CkB^K; CTnj>4ll«*?, TiniTf.Ilfc- 
tfl«iCTb;pl 4KKV-afe, .iiníHdsijaíi 
« propio c«’sii(*.iJíí'‘ 4 iei con — 
r>H|^ n^a 40.11 Oj 1 íití*i« 6 aí Kpitd' 11 - 
coa mil -t% p<L 3 ac ynoa^ifcCTii»e«* 
OT aceró c^prnaí baceí ct — ríi»o~ 
y* AiBTiaarh; po* ^ d*t 

páiúii tratar -«* hmétl *iw- 

66 i 9 hm« cbAuii. 

*ntnr*üt*do d (tHO-iéTOBufl. im- 

.JjffhlCl ;^Uf p( 4Í3bTíi QuoafrcoHU ». 

• liioíitmtf pi darWwATb |W r * - 1 * - 

cóiHunwTb tcnfui; íPud hc naiíiiTfc * o~ 
aopdT*., ^ 

• KDiiríti o asBtSpttniiJÍl» 6*?C^Ópwni' 
uu n * 6i i :íoíipáJ,itijiíí- 

tmorltdaf* m pt po,n mpH^d 1 - 
Hlie* OpOrtBílélUBfe 4pí*6u l'íJt* 

amorfo m pai¿ jjidíWibIi. CTpacrfe, 

94*>&léHliOCTb. 

amurlücadá a aosómiill na üAbp** 

amormado a Coju^uAd cAüom* 
atnoro 1 ’aameüt* OifP üm< 5 | ú'i*B&* 

ct|>Actwo; « ,T»í)CrtouiflJ ¿ iW ^~ 

ÍWbbjuH; dé^tfuft, AicwoawJi; #**« 












Pofiridti de un diccionario tuso y pagina ciei misino ti pequeño dicciunano «ir* bolsillo le sirvió en sus cantacuis tun la pubíitcum >vii 


136 













































del 10"5 que habíamos bauti¬ 
zado. sin otra causa aparente 
que la evocación femenina, con 
el nombre de Mari pepa. Con 
seis caballos —tronco, cuartas 
y guías— la veníamos arras¬ 
trando desde Grafenwhor 
donde nos la entregaron relu¬ 
ciente. Más de mil kilómetros 
hicimos a pie circulando por 
carreteras polacas primero y 
rusas después, carreteras de 
adoquines, de barro, o perfec¬ 
tamente asfaltadas como la 
pista Stalin que pasaba por 
Minsk y Smolensko camino de 
Moscú. Caminábamos con llu¬ 
via. con nieve, con ventisca. £:n 
menos de un mes los volunta¬ 
rios habían conseguido domi¬ 
nar a los caballos y manejar las 
armas. Nosotros rebajamos el 
tiempo que los instructores 
alemanes, que eran amigos de 
cronometrar, consideraban 
mínimo para poner la pieza en 
condiciones de efectuar el pri¬ 
mer disparo. Caminábamos o 
cabalgabamos veint¡cinco, 
treinta v hasta cerca de cua- 
renta kilómetros diarios, a lo 
largo de aquellas rutas cuya 
mitad izquierda dejábamos 
despejada para que nos adelan¬ 
taran las enviadas divisiones 
motorizadas, las espectaculares 
“panzer” y los camiones o 
vehículos ligeros que pronto se 
perdían de vista. Avanzábamos 
con los pies aspeados, el cansan 
ció a cuestas, las maldiciones de 
boca para adentro y para 
afuera, y con las nostalgias nos 
acompañaban: también con las 
ilusiones, que así era aunque 
parezca extraño hoy. de comba¬ 
tir. Pasábamos por lugares des¬ 
conocidos y por otros cuyo 
nombre traía recuerdos. Una 
mañana neblinosa de lluvia 
terca por un puente de madera 
cruzamos el anchuroso Bere- 
sina. Nos íbamos acostum¬ 
brando al paisaje, a las casas, a 
los bosques, a los hombres, a 
los carros, al clima, a los rodi¬ 
llos de madera que cubrían las 
carreteras más embarradas. 
Muchos de los pueblos estaban 
totalmente destruidos, sólo 
quedaban en pie los hornos de 
ladrillo y la estructura de las 
chimeneas; la madera, de la 


137 


























Lus Uivisiondrius en el partido Alemanid Espiina. en Berlín 


cual estaban construidas las 
casas, había ardido. Otros pue¬ 
blos estaban bien conservados y 
en ellos la vida parecía casi 
normal. Mujeres, niños y viejos 
desde la caite o asomándose a 
puertas y ventanas nos miraban 
pasar sin aparente hostilidad. 
En los altos o en los descansos 
algunos cambiaban tabaco por 
huevos, chocolate por patatas, 
y requebraban a las chicas o 
trataban de entenderse con los 
paisanos. En algunos lugares se 
habían librado combates y en 
las cunetas y los campos pró¬ 
ximos se veía multitud de tan¬ 
ques volcados, quemados, 
rotos, cañones retorcidos, 
camiones v motos destrozados. 

Wr 

Y muchas tumbas. Sobre las 
cruces de las que señalaban el 
enterramiento de los alemanes 
habían colocado el casco. Las 
sepulturas rusas las señalaban 
con un palo vertical y sobre él el 
gorro y hasta veces una bota a 
falta de mejor documento de 
identidad. Y debían haber 
grandes fosas comunes. Un 
poco más allá recomenzaban 
las granjas intactas, con sus 
cercas de madera, los pozos de 
pértiga, mujeres y hombres tra¬ 
bajando en el campo v niños 
sonrientes a quienes algún sol¬ 
dado obsequiaba con carame¬ 
los. A los paisanos nadie podía 
considerarles enemigos y pro¬ 
bablemente nuestra actitud 
hacia ellos contrastaba con la 
de los alemanes y eso hacía que 
nos acogieran de buen grado 
¿quiénes éramos nosotros v qué 
pintábamos allí? Con indepen¬ 
dencia de lo anormal de la 
situación entre Alemania v 

•m 

Polonia se observaba un des¬ 
censo de nivel de vida, de 
indumentaria, del cultivo de los 
campos, de las carreteras, de la 
limpieza; y entre Polonia y 
Rusia el descenso se hacía más 
patente. 

En un momento dado de las 
iglesias barrocas se pasaba a las 
ortodoxas de cúpulas bulbosas 
rematadas por cruz de doble 
travesaño. Lo más penoso y 
deprimente era cruzarnos con 
columnas de prisioneros. 
Sucios, rotos, algunos heridos 


138 





















































Ésieban Infantes. sucesor en ef mando de la División de Muñoz Grandes, caballero de la Cruz de Hierro, se despide de Httler, uú hombre 

clarividente' 1 . 


con trapos sanguinolentos 
envolviéndoles la cabeza o una 
mano, en ocasiones un pie. Nos 
pedían tabaco, pan, quizá sólo 
un poco de compasión ; algu¬ 
nos les lanzaban un cigarrillo o 
los restos de un chusco. Las 
enormes columnas iban vigila¬ 
das por un par de soldados que. 
en general, se echaba de ver que 
no les trataban bien. 

Ibamos descubriendo un 
mundo desconocido pero no 
extraño. Recuerdo muchos 
nombres y recuerdo imágenes 
muy precisas: Augusto, Skidol. 
Solezniki. Radoskowize. Molo- 
dezkno. Lida era una pequeña 
ciudad casi completamente des¬ 
truida cerca de la cual descan¬ 
sábamos. Me paseaba solo por 
aquellas calles en las cuales sólo 
algunas casas quedaban en pie. 
Al pasar ante una de ellas 
sonaba un piano; tuve inten¬ 
ción de llamar a la puerta; ¡qué 
insólito y patético aquel Cho- 
pin en medio de la ruina, el caos 
y el vacío! ¿Una anciana, un 
viudo, un perseguido, una 
muchacha tullida? 

Cuarenta, años después en 


Estados Unidos conocí a un 
profesor de español de apellido 
judío; era nacido en Molo- 
dezkno. Le dije que recordaba 
perfectamente su ciudad de ori¬ 
gen y le precisé en qué época y 
circunstancias pasé por ella. Se 
halla a un centenar de kilóme¬ 
tros de Minsk, capital de la 
Rusia Blanca. 

Algo que chocó desagrada¬ 
blemente a casi todos tos solda¬ 
dos de la división, pues verlo de 
cerca no era lo mismo que tener 
vagas referencias de los perió¬ 
dicos, fue el trato que se daba a 
los judíos. Es posible que ya 
entonces — septiembre de 
1941— hubiese campos de con¬ 
centración pero en Polonia 
sobre todo, y en algunos pue¬ 
blos y ciudades más que en 
otros, se veían multitud de 
judíos. Llevaban cosido a la 
ropa un parche amarillo o 
blanco con la estrella de David, 
y éso los mismo los viejos que 
los jóvenes, las mujeres que ios 
niños. En apariencia hacían 
vida normal y algunos grupos 
trabajaban en las carreteras 
pero también los había forma¬ 


dos por polacos o rusos sin que 
fueran judíos. Algo anormal 
percibíamos en ellos; andaban 
temerosos, huidizos, la tez 
pálida, enflaquecidos. Donde 
más judíos había era en 
Grodno, a orillas del Niemen; 
aparentaban serlo casi la mitad 
de la mitad de la población. 
Como íbamos a pernoctar allí, 
dieron permiso para salir a los 
que no estaban de servicio. El 
capitán nos mandó formar y, 
con evidente embarazo, 
recordó que formábamos parte 
de la Wermacht y que estaba 
prohibido confraternizar con 
jos judíos, y hasta dirigirles la 
palabra, lodos, y él probable¬ 
mente también, habíamos visto 
al cruzar las calles, muchachas 
de indiscutible belleza. Aque¬ 
llas cosas, cuya tragedia tarda¬ 
ríamos años en comprender y 
descubrir en su verdadero 
alcance, nos parecían tonterías. 
Nadie atendió observación 
hecha tan a desgana y en 
Grodno los españoles se com¬ 
portaron como en cualquier 
otra ciudad. Entre mis mejores 
amigos venía un barcelonés 


139 































Superabrigo y superbolas para los centine 
las de la División ... 



La revtsia "Signar, presentaba en su edición en castellano de octubre de 1943. y en 

portada a tres miembros de la División A*ui 


alto, rubio, mujeriego y 
emprendedor. No tardó en 
conocer a una chica que exhibía 
la estrella de David; con la 
urgencia propia de la guerra las 
relaciones se precipitaron y ella 
le llevó a su casa. De origen 
balear, mi amigo tenía un 
segundo apellido inconfundi¬ 
ble, Sólo por la mañana a 
punto de tocar diana, se pre¬ 
sentó en el campamento. Por 
las venas de muchos divisiona¬ 
rios circulaba también sangre 
judía. Nadie admitía que viejas, 
niños, personas no combatien¬ 
tes pudieran ser enemigos en 
razón sólo de su nacimiento. 

La única ciudad grande que 
visité fue Minsk; estaba muy 
destruida y despoblada. Me 
mandaron en un camión a 
suministrar en unos almacenes 
de intendencia. Me recordaba 


las ciudades devastadas durante 
la guerra europea que había 
visto en el cine. Minsk se me 
apareció como la trágica ante¬ 
sala de la guerra. Todavía 
anduvimos, muchos kilómetros 
pero en Orcha abandonamos el 
camino de Smolensko que con¬ 
ducía a Moscú v tomamos 
dirección Norte. Ln Wnebsk. 
donde embarcamos en el ferro¬ 
carril, nos bombardeó la avia¬ 
ción soviética. 

Pasé el largo invierno en una 
posición situada entre una 
aldea llamada Motorowo y el 
cauce helado del Woichov. 
Otra aldea también a nuestra 
retaguardia era Witka. ambas 
sobre la carretera que de Nov- 
gorod llevaba a ¡.eningrado. 
Una vez aproximadamente 
cada diez días visitaba Witka; 
nos turnábamos los artilleros 


de la chabola para tomar un 
baño ruso en aquellas deliciosas 
saunas. Al mismo tiempo las 
altas temperaturas que se pro¬ 
ducían junto al techo mataban 
ios piojos de la ropa. La inte¬ 
rior me la lavaba una mujer que 
vivía con su hija, la joven Atina; 
su casa era pobre pero coníor- 
lable gracias al gran horno que 
mantenía la temperatura agra¬ 
dable, quizá excesiva. Cuando 
salían a la interpene las mujeres 
calzaban altas botas de tieliro. 
vestían abrigos acolchados y 
sobre el pañuelo que llevaban 
anulado a la cabeza se enrolla¬ 
ban toquillas de lana. Dentro 
de las casas se quedaban ligeras 
de ropa; nos parecían atracti¬ 
vas. Solían mostrarse simpáti¬ 
cas y amables con nosotros. Les 
llevábamos mermelada, miel, 
queso, margarina, lo que cada 


140 




































Falangistas y flechas reciben a los Divisionarios procedentes del Frente Ruso 


cual conseguía ahorrar de su 
menguada ración. Si habia 
hombres en la casa les obse¬ 
quiábamos con tabaco que lia¬ 
ban en un pedazo de papel de 
periódico; los cigarrillos más 
gruesos que he visto liar en mi 
vida. Lejos, hacia Possad y el 
monasterio de Otenskv, en las 
noches sin viento se oían las 
explosiones de la artillería y 
hasta el enloquecido ladrar de 
las ametralladoras. Los rusos 
apenas comentaban, como si 
aquello no fuera con ellos. 

Hice amistades en aquellos 
pueblos, recuerdo de Moto- 
rowo a la familia Kárpava. un 
viejo bien plantado y su hija 
que tenía un niño, recuerdo a 
Nyura y a Katia. El diccionario 
me resultaba útil y aprendí bas¬ 
tante ruso empezando por su 
alfabeto. En general ellos 
aprendían canciones españolas 
y refranes, y nosotros las suyas. 
Palabras rusas mezcladas a 
algunas polacas aprendidas por 
el camino, palabras castellanas 
y algún término alemán, com¬ 
pusieron una especie de lengua 
franca en la cual resultaba fácil 
entenderse sobre cualquier 
tema. Los hombres solían ser 
más discretos y reservados, sólo 
algunos viejos de carácter 
comunicativo nos explicaban 



Alumnos de la Academia de Infantería, procedentes de las filas divisionarias 


141 








































Primer retomo cíe falangistas divisionarios, en 1942 victoriosos en Rusia 


que habían servido en el ejér¬ 


cito del zar. nos mostraban 
fotografías y agradecían un 
trago de vodka: ias mujeres 
hablaban de sus hijos y de sus 
maridos que estaban luchando 
contra nosotros —o. mejor 
dicho, nosotros contra ellos— 
con naturalidad. Se daban 
indentillcaciones sentimentales 
difíciles de explicar pero no de 
comprender. 

Entre otros tipos singulares 
que vinieron con nosotros 
estaba un catalán llamado 
Rizos, disponía de un trineo y 
un buen caballo: era indiscipli¬ 
nado y eficaz. Su misión consis¬ 
tía en llevar munición v la 
marmita con el rancho caliente 
desde e! segundo escalón a la 
línea de piezas y al observato¬ 
rio. Se colocaba el fusil en ban¬ 
dolera v se metía una bomba de 
*• 

mano en cada bolsillo; lo 
mismo si nevaba que si la tem¬ 
peratura descendía a treinta o 
cuarenta grados bajo cero, lo 
mismo si cañoneaban los rusos 
o se infiltraban partisanos, lo 
mismo si la nieve o la ventisca 
horraba los caminos. Rizos, 
canturreando, llegaba a su hora 


con el rancho caliente o las 
municiones necesarias. Cuando 
el invierno presentó sus carac¬ 
teres más agudos nuestro uni¬ 
forme y nuestro calzado resul¬ 
taron insuficientes. La mama. 
que así llamábamos a las rusas 
viejas, en cuya casa se alojaba 
Rizos, le llevó con cierto miste¬ 
rio ante un arca. Sacó de ella un 
magnífico gorro de piel con ore¬ 
jeras. un confortable abrigo y 
un par de botas de fieltro; eran 
las ropas de paisano de su hijo 
que luchaba en las trincheras 
opuestas. Desde entonces Rizos 
vistió de ruso y andaba mejor 
protegido del frío que los otros. 
Los alemanes no veían con 
buenos ojos tan extrañas rela¬ 
ciones pero los oficiales españo¬ 
les hacían la vista gorda; todos 
procuraban hacerse con alguna 
prenda rusa, el caso era 
abrigarse. 

En una casa de Wttka de 
mayor tamaño que las demás 
los artilleros del segundó esca¬ 
lón establecieron un cuartel con 
cocinas, polvorín, cuadras y 
demás pero muchos dormían en 
casas que ellos mismos se 
habían buscado. En e¡ improvi¬ 


sado cuartel instalaron literas y 
una enorme estufa de hierro. 
Además de los soldados se alo¬ 
jaban varios rusos, prisioneros 
de guerra o paisanos que se 
dedicaban a partir leña, efec¬ 
tuar pequeñas reparaciones o 
trabajos, descargar los camio¬ 
nes de provisiones o munición. 

l os caminantes que circulaban 
por la carretera helada, en oca¬ 
siones viejos o mujeres con 
niños, eran siempre bien acogi¬ 
dos junto a la estufa y. si se ter¬ 
ciaba. se quedaban a dormir: 
incluso se les auxiliaba con un 
cucharón de rancho o un trozo 
de pan si no eran muchos. 
Como aquel frente era muy 
abierto v estaba infestado de 

■w 

partisanos siempre sospeché 
q u e m á s de uno se a coge r i a a 1 a 
hospitalidad española: también 
acudirían los espías aunque 
poco podían averiguar allí. 
Nunca atacaron personalmente 
a los españoles ni se produjeron 
en el sector acciones guerrille¬ 
ras. Cuando me trasladaba al 
pueblo, salvo si se trataba de 
cumplir algún servicio, iba 
desarmado, sólo con el machete 
en el cinto. Nadie rechazaba la 
hospitalidad de una casa rusa ni 
dormir en ella si la ocasión lo 
requería. Estábamos convenci¬ 
dos. y en aquella zona no se 
produjo un fallo, de que en caso 
de una sorpresa nocturna, 
aquellos rusos nos hubieran 
provenido a tiempo para esca¬ 
par: o nos hubieran ocultado. 

En lo más crudo del invierno 
considerables efectivos de Ejér¬ 
cito Rojo atacaron la cabeza de 
puente: se perdieron Possad. 
Otensky. Russa. Sitno. Allí 
pelearon los españoles con sin 
igual bravura pero murieron 
muchos. Yo vi llegar algunos 
supervivientes a las nuevas 
líneas que. de manera débil v 
discontinua, nos esforzábamos 
en recomponer; venían con los 
pies helados envueltos en trozos 
de manta, sirviéndose del fusil a 
guisa de bastón; otros cargaron 
con una ametralladora que les 
había llegado el hombro, 
muchos heridos; todos ellos con 
la barba crecida y los ojos hin¬ 
chados y febriles. Los había que 


142 




















arrastraban un pequeño trineo 
con un compañero herido o 
enfermo, con cajas de munición 
o con los f usiles de los muertos, 
La edad de aquellos hombres 
iba desde los dieciocho a los 
treinta años; parecían viejos. 
Les vimos llegar entre la niebla, 
indiferentes ya al peligro y al 
cansancio; se tumbaban en 
cualquier cuadra junto a la 
primera hoguera que vieran 
encendida. Al día siguiente iban 
evacuando hacia Kutnk por el 
camino del bosque. 

Cuando tanteando las frági¬ 
les líneas que habíamos estable¬ 
cido. una patrulla de esquiado¬ 
res soviéticos se presentó en la 
Casa del Señor, hubo que 
rechazarlos a bombazos; algu¬ 
nos de los evacuados ni podían 
moverse, otros con agilidad y 
energías inesperadas y haciendo 
gala de mayor veterania que 
nosotros los artilleros, empla¬ 
zaron la ametralladora en el 
lugar más adecuado. Una de las 
noches ardió Simo. La nieve 
helada relucía de rojos resplan¬ 
dores: era un espectáculo 
sobrecogedor, bárbaro v bello. 
Con los últimos españoles llegó 
un gran trineo arrastrado por 
dos jacos peludos; venía car¬ 
gado con sacos de patatas, far¬ 
dos. colchones, y seguido por 
un perro que se enterraba en la 
nieve. Era el starasta de Sitno: 
le hubieran fusilado de atra¬ 
parle. Envuelta en abrigos, 
toquillas y trapos venía la que 
supusimos era su hi ja. En aquel 
ambiente desgarrado, cruel y 
masculino, todavía le quedaron 
ánimos para sonreimos desde 
su carita helada. 

Cuando a principios de 
agosto de 1942 me llegó el 
relevo, abandonamos Witka y 
Motorovvo. La mama Dunia me 
regaló un icono para que se lo 
llevara a mi madre. Desde el 
deshielo nos alojábamos en su 
casa los sirvientes de la pieza; 
tenía un hijo de nuestra edad 
enfemo del corazón y nos 
habíamos portado bien con él; 
se llamaba Xurca. La despedida 
de Rizos fue la más patética que 
recuerdo; la vieja vino abrazada 
a él hasta el camión. De nuevo 


vestía Rizos el uniforme regla¬ 
mentario; la indumentaria rusa 
había sido restituida al arca. Se 
abrazaban y besaban y ambos 
lloraban. Rizos le decía en ruso 
que cuando terminara la guerra 
él volvería a visitarla. La vieja 
entre sollozos contestaba que 
no sería posible. El camión 
esperaba con e! motor en mar¬ 
cha y todos les mirábamos 
enternecidos porque sabíamos 
que Rizos mentía y que ella 
sabia que mentía. De un salto 
Rizos subió al camión, se lim¬ 
pió lágrimas y mocos de un solo 
golpe de manga, y permaneció 
unos minutos silencioso con los 
ojos enrojecidos. I .a rusa quedó 
a lo lejos levantando el brazo. 
Después nos pusimos a cantar. 
Rizos, que era un hombre 
bronco, también cantaba. 

Permanecí en Rusia aproxi¬ 
madamente un año. AI finalizar 
e! invierno el ejército soviético 
había roto las lineas en el enlace 
de nuestra división con los ale¬ 
manes; lanzaron muchos miles 
de hombres con intención de 
coparnos. Oíamos los estampi¬ 
dos de la lucha y por la noche 
observábamos no sin inquietud 
el resplandor de las explosio¬ 
nes; habían rebasado nuestras 
líneas en muchos kilómetros, y 
avanzaban. Allí se luchó de 
firme y la bolsa acabó por 
estrangularse; no nos coparon. 
Más adelante, la división, en la 
cual quedaron los más jóvenes 
de la primera expedición que 
iba reforzándose con los bata¬ 
llones de marcha que llegaban 
de España, en cuyas filas no 
eran pocos los veteranos licen¬ 
ciados que regresaban, fue tras¬ 
ladada más al norte. En aquel 
nuevo frente quedaron también 
muchos muertos. Yo no lo viví; 
en Barcelona me había reincor¬ 
porado a mi antiguo empleo 
mal renumerado en la misma 
compañía de seguros en la cual 
trabajaba desde antes de la gue¬ 
rra. A veces rememoraba aque¬ 
llos amaneceres cuando me 
tocaba el último puesto de la 
guardia nocturna: sobre la 
blancura absoluta de la estepa 
veía salir humo de las chime¬ 
neas sobre los nevados tejados 



Luis Romero, en mayo de 1942. 


de Motorowo y la torre de la 
iglesia que utilizábamos como 
punto de referencia para el tiro, 
o recordaba “KaLtusha” la can¬ 
ción que tanto se popularizó 
entre nosotros, que oí cantar 
por primera vez aun prisionero 
que se acompañaba con la bala¬ 
laica. ante un fuego llameante, 
en Kutrik. en una casa llena de 
heridos, furrieles y otras gentes 
de paso, en la cual entré para 
calentarme. Recordaba a Viera, 
a Raya, a la hija del diácono de 
Staraya Rákoma cuyo nombre 
he olvidado. Y sobre todo 
sufría por mi hermano que 
había seguido mi camino y 
hubiese podido estar bajo tierra 
mientras en Barcelona seguía¬ 
mos recibiendo sus cartas. 

Desde posiciones políticas 
muy distantes a las de entonces, 
reconociendo errores y horro¬ 
res. mentiría si escribo la pala¬ 
bra arrepentimiento. Para que 
pudiera sentirlo en medida 
condicionada v con matizacio- 
nes. millones de hombres de los 
que vivían, luchaban y sufrían 
entonces, tendrían que'arrepen- 
tirse también conmigo. ■ L. R. 


143 










ON el frío en las casas, se notaba más el 
hambre. Y no era cuestión de encerrarse 
en la cama y fabricar más hijos ni de 
salir a la calle, gastar en cañas y exhibirse 
mucho. El cine fue la gran solución de ios acon¬ 
gojados españoles de posguerra. Barato, caliente 
y a oscuras: nadie daba tanto por tan poco. 

Era costumbre verse las películas varias veces. 
La mujer, con los niños, esperaba la llegada del 
marido. Un bocadillo de mortadela durante la 


proyección constituía la cena; así se pasaba la 
tarde. Es una imagen familiar que el propio cine 
ha repetido con frecuencia y que muchos recor¬ 
damos de las cada vez más lejanas infancias. 

Lo malo, claro, es que había que ver alguna 
que otra película nazi, soportar el No-Do 
cuando se agotaron los noticiarios del Eje, reci¬ 
bir las monocordes consignas del cine español, 
tan empeñado siempre en que no se olvidara 
quién había ganado la guerra. Se podía ver 





¡MIUK *1 * 

Fresno"* 


VUM 

J<LW 




* UJI£ KÍW. /i'- 

ft-íiA ‘ ko ' rocío 


isiwi vc.cr ’ :\x m 






ííiwtiíi 


r ^ 








'*r'. •, ^ Laluí (u( 

-A. . 





• m rn V «WT* 




C A S TILLA 


VIHEfLÍO mtWA - ALFfiEtQ HAYO - MANUEL LUNA - fc&ÜAft hQ FÁJÁReO 

LALYo ftrto JtVüS TOROtlHUl AWTDNJSJ CA5AS B WOHfH**ftMIMT 








m 




144 
































































Tmái BIANGO tf.TcmándeidetOR\)(Mkfílmj LAMAR 

ION LA COLABORACION ESPECIAL DE 

JOSE /MARIA LADO y EDUARDO FAJARDO 

DIRECTOR: Arturo 'RlÚÍ / OMUU' T 


145 































también alguna película italiana, alemana o 
yanqui, pero venían cortadas. Aunque lodo el 
mundo lo sabía, el calor del cine era una buena 
compensación al fraude. Luego, en el frío de la 
cama, con la mortadela en las tripas, se recom¬ 
ponían fas películas, se añadía lo que les faltaba, 
se doblaba otra vez a los actores haciéndoles 
decir lo que era obvio o lo que secretamente se 
deseaba oir. 

Las películas americanas no hablaban aún de 
la guerra que estaban viviendo en Europa, esa 
guerra lejana que aquí se había perdido sin 
entrar en ella, por no entrar en ella. Una guerra 
que vería después technicolor, bien lejos de la 
sordidez que aún se recordaba en las calles espa¬ 
ñolas... El cine americano, como todos, se entre¬ 
tenía entonces en contar historietas de amor, de 
gente rica que resolvía sus enredos en los cam¬ 
pos de golf. 

Era una época en la que todos se empeñaban 
en ofrecer una imagen boba de la vida, de pobres 
que alcanzan el triunfo y de ricos con corazón de 
oro. E¡ cine español era, naturalmente, peor que 
el otro, pero venía a decir lo mismo. A sus acto¬ 
res se les había quedado el latiguillo de las pelí¬ 
culas imperiales y lo decían todo con tintineos 
que sonaban falsos. Les costaba más trabajo que 
a los extranjeros porque mentían más. De la 
misma forma que el cine español se había inven¬ 
tado un pasado que nunca existió, se empeñaba 
en hacer creer que el presente se componía de 
lujos y artificios. Había películas de cruceros y 
herencias (Deliciosamente tontos), de ricos arrui¬ 
nados que encuentran el amor (Ella, el y sus 
millones), de aristócratas ariscas que se consue¬ 
lan en la despensa (Un marido a precio fijo). 
España se veía así en el cine, absortos los espec¬ 
tadores de tanto cinismo. 

Los dramas cumplían puntualmente su labor 
de contrapunto. Maridos que abandonan el 
hogar por una cupletista (Un alto en el camino), 
soltera embarazada de rojo que no encuentra la 
paz (Porque te vi llorar) o solterona muerta por 
enamorarse de cura (La fe), hacían llorar lo 
necesario, alimentado el clima por ese cine 
oscuro donde cada uno podía, por fin, pensar lo 
que quisiera. El español medio supo zafarse a 
tiempo de la pantalla. Calificó tímidamente de 
“españolada' ¡ ODA aquella barbarie cultural v 
utilizó el cine como lugar de desahogo, de llantos 
reprimidos o de polvos complicados. No había 
lugar más caliente ni más barato. 

Las películas históricas arreciaron cuando los 
nazis sufrieron Stalingrado. Había que preparar 
a los españoles para lo peor. De siempre, decía el 
cine, los males de España vinieron de fuera. 
Moros vengativos o rojos mal pagados fueron la 
base de una retahila de suplicios engolados que 
no dejaron hueco histórico que resolver si en él 
podía encontrarse un extranjero con mantón de 
manila. Teníamos que defendernos de todos 
ellos porque envidiaban nuestra paz; debíamos 


146 


















O 4. 



147 


















































desconfiar de cualquier idea fuera de canon. Las 
agustinas e ¡sábeles, reinas santas y leonas entre¬ 
tejieron su rimbombancia con películas de gue¬ 
rra. uniformes y gritos, que acojonaron a 
España. La gente salía con el corazón en un 
puño y se alejó espantada. Aquello no había 
quien lo aguantara. 

Para engañar al personal, esas películas se dis¬ 
frazaron con folklóricas y monjas. Tanto canta¬ 
ban fandangos a un soldado de Napoleón como 
curaban aun ateo. Se suavizó con ellas el tono 
de las consignas, las gitanas andaluzas hicieron 
más soportable el atontamiento. Las monjas y 
curas del cine, por tu parte, relevaron a los mili¬ 
tares de sus discursos; habían sido, después de 
todo, una importante baza de la Victoria. No 
cambió pues, nada. Raza dió paso a La guerra de 
Dios: El abanderado a Lola Piconera. 

El cine español tardó mucho tiempo en ente¬ 
rarse de que e! mundo estaba transformándose. 
Siguió empeñado en sus modelos sin advertir 
que la gente quería pensar de otro modo. Hay 
quienes aseguran que la culpa la tiene directa¬ 
mente el dinero del Estado, que obligaba a toda 
la producción española a obedecer sus órdenes, 
a cumplir fielmente el rodaje encargado. Otros, 
con conocimiento de causa, advirtieron en su día 
que la espon taneidad de los aduladores fue una 
causa más frecuente; no necesitaban control. A 
la mayoría de los negociantes del cine les impor¬ 
taba un bledo el resultado de sus trabajos; bas¬ 
taba con que gustaran a los funcionarios: ellos 
otorgaban las licencias de importación. Era tan 
penoso el cine español que su supervivencia se 




garantizaba por la colonización, es decir, un 
éxito se premiaba con licencias. Es un drama del 
que aun no ha podido liberarse. Hay herencias 
que matan. 

La minindustria cimentada en la Victoria se 
vino, pues, abajo, machacada por la corrupción, 
que empezó en tos guiones y se ha prolongado 
ya hasta las butacas del salón. Se había fabri¬ 
cado un cine contra el tiempo para beneficiar 
negocios suicidas. Gracias a que los cines, 
entonces, eran más confortables que la vida. 
Nadie hubiera visto una película española en 
otras condiciones. 

Porque se prefería, lógicamente, el cine 
americano. Ya digo que no contaba, en honor a 
la verdad, cosas realmente distintas. Sus come¬ 
días y dramones hablaban también de la obe¬ 
diencia debida, de ía tradición, del respeto y el 
orden, pero tenía al menos la ventaja de venir de 
lejos, de hacer verosímil con ello tanta elegancia, 
tanto buen sentimiento. Y no ofrecía cine his¬ 
tórico; al menos, no era sádico. 

Fueron las estrellas americanas las que acapa¬ 
raron el interés del público. Hubo, claro, actores 
españoles que también consiguieron transfor¬ 
marse en divos, prolongando de algún modo el 
éxito de las figuras del cine de la República, pero 
no lograron penetrar en el público de la misma 
forma, Al margen de su calidad (fueron en 
muchos casos actores improvisados con esa 
urgencia del nuevo Régimen, que quería cam¬ 
biar la cara de todo), aquellos actores podían 
difícilmente ser creíbles, recitando diálogos que 
chirriaban en los oídos de cualquiera. Sólo los 
secundarios, que mantuvieron vivo e! aire de 
sainete heredado del teatro, llenaron de huma¬ 
nidad sus tipos, los actores protagonistas, no 


148 






























em 


t. MARIANO ASQÍMiNO ■ 

--*G "-/ffcfieceét - JOiEM^/EOANE • JULIA LAJO/ 

rfrkti de cfcmv 


PERN AH GOMEZ- PEDRO LAR PAN AG A 



tenían más remedio que cargar con el mochuelo 
de la consigna. Muchas veces, incluso, tenían 
que hacerlo con la coartada de interpretar 
héroes sacados de novelas clásicas. La gola del 
cine histórico se hizo literatura. 

El cine “literario", pues fue el séptimo gran 
género de la España de posguerra. A la comedia, 
el drama, el cine militar, religioso, folklórico o 
histórico, se añadió, mezclándolos todos, auspi¬ 
ciando su desarrollo, un buen número de pelícu¬ 
las que ilustraban la anécdota de algunos nove¬ 
lones decimonónicos o al textito de algún 
escritor adicto. Con los libros en la mano, se 
pudo amenizar la Historia, el dramón ejemplar 
o la comedia didáctica, pero se aumentó la rigi¬ 
dez de cuanto se filmaba, con ese falso respeto 
que la cultura da a quienes fingen amarla. Los 
actores fueron sus víctimas, quedando la mayoría 
marcados para siempre con la ceja enarcada y la 
voz con eco. La productora "Cifesa” Pretendió 
propiciar un “star system" a la americana, sin 
saber que cuando ella desapareciera, sus actores 
serian olvidados con rapidez. Muy pocos conti¬ 
nuaron en activo. 

“Cifesa” había creído que la ayuda que reci¬ 
bía del Estado le granjeaba sus simpatías para 
siempre. No pudo suponer que algunos errores 
ideológicos le separarían de las altas esferas ni 
que éstas, algún día. quisieran cambiar de 
rumbo cuando las cosas en el extranjero se 
pusieron definitivamente feas para los no demó¬ 
cratas. “Cifesa” coronó sólo una década del cine 
español. En los cincuenta, el pastel empezó a 
repartirse entre otros convidados. 

El espectador no llegó ya con buen humor. El 
cambio le cogió harto de grandezas fílmicas y 
subdesarrollo real. Las películas que habían 


abierto un caminito entre el oropel, llegaron en 
condiciones anónimas al comercio de la panta¬ 
lla. Algunos autores (Serrano de Osma. Antonio 
del Amo. Neville, Román y pocos más) quisie¬ 
ron salirse de las normas e inventaron películas 
aisladas que proponían un aire más libre, pero 
no pudieron superar los límites que el público 
exigía para no elegir otro cine calentito donde 
pusieran americanas. 

Las primeras películas que se distinguieron 
por su originalidad no importaron a los especta¬ 
dores que habían abandonado ya el cine español 
ni a los que, por devoción provocada, se entu¬ 
siasmaban con cuanto estuviera realizado en los 
confines del imperio: un cine tan raro no podía 
ser nuestro. 

Sin embargo, las normas estéticas de “Cifesa” 
y sus imitadores, de los productores tramposos y 
ías subvenciones incalificables, tenían que 
variar. Así lo entendieron también los directores 
que tomaron el relevo en los primeros cincuenta 
sacando sus cámaras a la calle, retratando lo que 
pensaban. Recuperaron así una tradición cultu¬ 
ra! que venía catapultada desde el neorrealismo 
italiano pero que tenía en España su decorado 
ideal. 

No todo fue tan perfecto, desgraciadamente. 
Si, por un lado, el cine español desterró su 
pobreza conceptual, por otro, abrazó definiti¬ 
vamente una pobreza de medios de la que ya 
nunca saldría. El “nuevo" cine español tenía 
menos poder de captación entre un público ya 
abobado definitivamente por ¡a cinematografía 
americana cuyo esplendor parecía intrínseco al 
cine. Las necedades narradas desde Hollywood, 
intermitentemente salpicadas de películas real¬ 
mente serias, habían acostumbrado a tolerar 


149 
























sólo la comedíela, el drama ajeno o el espectᬠ
culo circense, Bardem y Berlanga, Ferrerí y Fer¬ 
nán Gómez no podían competir en brillantez. El 
cine español se había quedado sin dinero porque 
el Estado le perdió confianza. Nunca lo había 
ganado por sí mismo. 

Dicen por ello algunos de estos nuevos reali¬ 
zadores de los cincuenta que equivocaron su 
postura al no respetar la tradición cinematogrᬠ
fica iniciada en la posguerra. Piensan ahora que 
debían haber mantenido los mismos rostros, 
algunos ya populares, la misma estructura 
narrativa, en lugar de entronizar el humor 
negro, las caras nuevas, el subdesarrollo. Al 
espectador amante de la sala confortable, le 
parecía menos elegante el cine si se veía a los 
pobres de alrededor transformados en estrellas. 

Pero no había más remedio. Los años han 
demostrado que ese cine crítico era el único 
posible, calentara o no a espectador friolero. 
¿Quién iba a seguir creyendo que en el imperio 
nunca se había puesto el sol cuando el hambre y 
la cárcel merodeaban por nuestras esquinas? 
¿Por qué se iba a creer la felicidad andaluza de 
las folklóricas orondas cuando se veía allí !a 
picaresca que nace del paro? 

Una cosa es que la gente, en el calorcito del 
cine, prefiriera ver lujos ajenos e historias de 



- 




































amor increíble y otra que se les tomara el pelo. 
El boato americano era mejor recibido, por mas 
ostentoso y más distante. Pero el español, ese 
lujo epañol de cartón-piedra, de frases que 



sonaban a pulpito, de consignas que atemoriza¬ 
ban. no tenía futuro. No lo tenía el sistema polí¬ 
tico, ¿cómo iba a tenerlo su cine? 

De cualquier forma, se perdió la baza. A la 
gente, poco a poco, le fue importanto menos el 
frío o encontró nuevos lugares donde cobijarse. 
Todo, menos seguir viendo películas españolas. 
Los americanos supieron atraerse las simpatías 
del personal, engatusándole con espectáculos 
irrepetibles; ellos sobrevivieron en España, o se 
hacía un cine obediente que el Estado pagara o 
se arriesgara uno al negocio ruinoso y a la cen¬ 
sura implacable de quien no comía ni dejaba 
comer. Las tijeras colgaron implacables de cual¬ 
quier proyecto de película española. Sin dinero, 
sin público y con censores, el cine que aquí se 
realizaba era. de continuo una apuesta contra lo 
imposible. 

Se pudo sobrevivir, sin embargo, ahora, aún, 
para sorpresa de muchos, sigue habiendo cine 
español. Lo malo es que hay que verlo en buta¬ 
cas incómodas, con frío cuando hace calor o con 
frío cuando hace frío. Quienes se enriquecieron 
en los cuarenta dando confort y consignas, han 
descuidado ya sus negocios, acostumbrados a 
olvidar al público. Ahora, es incómodo ir al 
cine. Y uno se tiene que quedar en casa, viendo 
por televisión las mismas viejas películas de 
antes, descubriendo de nuevo que se han pasado 
la vida intentando engañarnos. O tiene que 
arriesgarse y salir porque, de vez en cuando, 
algún director español realiza una película 
admirable, aunque haya que verla con las patas 
encogidas, sin bocadillo, a deshora. Suele valer 
la pena. 

A veces, incluso, el público también se entera. 
Como se enteró en su día de que el cine de Cru¬ 
zada no valía la pena. ■ D. G. 


151 

























































ltipraam encades íatra $. s 


C* r iiRiilt LPt- aun. 1 _i f« ln»i <-A , fi.r-'i hJB le 

mui* J i kt»J" >v£I'i «™c »*r La Wildt*. 

■* w psí*a^ >f. u Pimj ^ *■> ** rhd4*ji^ mui* 

j) .iR -U l' '•! ti Jtikhi,!. li . n, IM.U w iÉ 

H*vr Hti <H«u< !■ >, íki I*! 1 *' *4*4 VafUD k»' 
IW 149 91II«H *4 l^'rf -4 ÍHKeR -»l Wp»dai Ir lllNN* ■ 
^«niiKiiw *1-4 ¡ í ,11 jpfci» - I.- pmKflti ptr* 

* t*í*U» \b e 4 ,, **■ j ranTJin Ir lefimC* ti¬ 
le 1 PtaWc ■ ^aa»! i V.wv** ünntfíd h-íjmwu, rt* 


KKtrL- La 


A^‘P-^Jí-4 


(m XtfiL 


* 4 . (at> * Wnt 14 , 4 *» I 


wss 

&g 


«a-p UlM 4 im. t Mi li li 


Hif, ato «i «a, sastras aritos k tidsrii y de pitia: jVin Espada! jirrtli Upale! jVti Fruai 


LA QUERRA 


A CONCLUIDO 


ti ti HtifeR mi 


Mr ittKfti s. [, u 

Jch M DMi ti 

MM partí 

k pn 


Cuartel General del Generalísimo—Estado Mayor 


IAM 


La tnirj h4aiM 

d 

«t JLuJta % 

r p*ftr ib fbtftJ i!H CitfKÍ 
<1 Jd O^filiu* i* U 
¡* i II *1 f(f( "Jíi f«aA* W TTn4 i* 
rdí* Ja 

U C.JuJ'C 1 '. 4«*» 

tlriáJtiB 

*tl «-»| 

jlll. , * f iJ n .TMUfif tfi ¿-Mi* H4J(ilr dt 
i 4 ¡kH '* 0 * 44*4 fp ll tfíWU. HW-tH «t 

'h* OEo4 d 

fc'UlI ,-- 

*w d* U RdwJa 1 « 1* 

^:n C.-Ü|4,RÍ:JIW U'1 iímIj (**» el 
urtUr U«fiilu 4 o t¡* 


PARTE OFICIAL DE GUERRA 

corre vpond lente «J día t de AbrÜ de 1939,-lü Año Triunfal 

En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, 
han alcanzado las tropas n .clónales sus últimos objetivos 
militares. 

iU GUERRA HA TERMIMADO 


Q uncb CatiTo i« 
España se dirigirá a 
todas las espillóles, 
aeatiaa de la 
rielen i 


BUBGOS i óe Abril de IW.-Ado de la Víctoria-EL GENERAL SIMO. Franco. 


«ti * 

wailtri 


li 


SÉ II 


lu« v ir dui rt 


umrpiwhi 


La 'victoria y 1 a paz rul i 

-——— — — I 1Kt*i WtUBtÉUJi H» ^ 

- - _ VJb bv. V* li t 

¡Has ffír-s ^ 


-ju, L ¡4't 
WJU- 


Ú It. *< 

H'M '*** 

tw. Ik. 1 (.4 !^r „L T L. ¡,- , ... » itwdw tí t W&|(f P ^4 |j» rtiil. k U , 

lim- -'VMV F-'í 'I *4 ‘1 I'*--,- I Ti piíWt^ r —Vr l^V'rT , “ l ■"“* 

mtirp-—n^.t. m i i i ■ i!. ■ liüJíi li IlitfMmt Mil- i ■.RMif'i m , 1*. . 1 --^ 1 ' 1 "* i 

‘kLtoT-i'w Ctie Pi m t . >ki. - j¡ >.!u . 1 - Tp®«í» kL l.w, íwíbíi - j r ■ ' " 

ncvfcirTto y 4 -*'U‘. > 4 Hi <1 Lv.-jrlr, 4 4 .vwt*iCwn m u * ** — Áh* li'liVAM ti* |ttVüMw ■■ 

I IH»' I-UIT i ap* »li U drf U, iM'UOkij. iNHjrHh UnW« tüóJi hm 3£„ 

4* LvAi «4l üKirr (r MTfltfi pdl IM inM n tlh ffii 

k. A I Ht*.* Li h i'ñcpun *<'ii >u fv- ¡4hiT 4«M PitlAft tfl li ^ U--P* I. 

I»r*. Im 4 wik i 4 i * 1(1 4 »ihK ét Ji*uj \ j Pu» di lj mm! 
j intwaci ri. Im* 1. t'ifitt,’ t, U dntPM í ■ Mm Ay f* 44 *b ti^úuii m (i . 

*1 ptÍL. * iqtK r N *H,I UilL' »n, I-J. 

xpi'-v^.lni 4r I,Oh, L -, c k k dpu 


lu,, tal. 4*1 *>«, j* ■ Vl,-.U 

- ifd, lia ,.ü4f*+.'I ■ WWI1&Í4 («*■■ 
,i„k«g 4 ^ dlí át li^ aiirMtail,» O 
'j CL.3««.4kJ.i,-A - ”4 4i(itaSj.<, 

J i i. 1 K i&M -I-- 

■r tvy*4n‘ nrJ*.tti y* ti -vf+JOK. r, 
ho v -a*r fW F*-- 

. — u |j | <SI I.lJl yJ> ÚLjrf J „ IV • Vr pHI'y.%i4-^'■ 
,‘u.. i'jí i h ip- »wpli ; n'fJ % t rt |jr 
1 1 ►*. rt , ■■■taíü 4 i IH ’! ■ * 


y 


V 

Tfct ! - . 


El twnl Q«*p> ti Un» LiSto; 
tsd udu 4 * tisu 


¿44 tÜ/PblI <iiÍT*l— Vi' 

_ T U ,tfl 4'tuJtM^: 

14 1 .t .1 i* Fí.tL.i iki . " k.,!^ L, 

I*. r*m 4 .V ^,rri I lTZ ZT 

£* 1, tüJ t La (lii u gi 

Wi l* 1 íj (•"-■f. m U 4}M 

U T-í 4*1 Ui I 1 ' ».vr iltu. lH íTiU lUi k H.ta tp 

^ Í3SS- a* 

% J, ,«a ■■•„ ¡i IMJM (Pllilu *a tnüWVt j 1 

kt! Fr^»rt^ |ipJ4 t! 1 , . Í-Í4J# d* L Vitf* 

tupm',1 i *( li'fwq i iíf i»' iü-* 4* í’irtül » 
irjtai iaiUi 4J» '■/' *■ **í 4f -*■ ^ wAi R;4di 

Ittftir «AHt 4 -» +*¿*¿¿1 í^-im t rjSa 

<>k «'i ,,.r i , í» ^ ' 1 ti 

K 4, 'U fcrL ■ i*p4 i-i'toi «■-—di* 

I tbé^MT H. C'Jtiti 


Lvlal A U" jh- % I H§4i 1 

. , , . , ..■ciHirHta' mV; i*K 

L?kiSü ? ti ' í ‘ l ^ <-“ ■>* 9 

ül*»«. i i* ,«rr ^ U* « ' i ^ í * 1 — f J 

hidlí» hJH Lib»í um< li «|KIRJ pul S. Litil HKfLj M’l M ItiMU 

h. Í Mi» • N pt.< 4-1 «Jiifidiw ij.ru Ir, Prili, cpfrtajJjw UhtM Jí 4iOi(X ^d*n**i' i p^iw dJ4*t ilh 

j[*Tc_ i - lí iítni .1 u. ' uiilU MpíJjd r*r*>-v m mf >h¿h IpnaMh*.. i*. |j p.wárvxxA é*i 

.ta.«+Li . ikWf'J li.1*t i!« mu üiit V-»i ,jvr íi nflei p«f «■» ^ i; |1rTJ ^ 

úí:.1í 

4iW(V,ff» * 

WJ* u 


Caudillo 


Caudillo 


victorioso 


victorioso 


a r~? 


(<"l>iariu de Burgos**. 1 - 1 V-I 939 ) 


>ÓH • lUltoMIOtlltitlflAV 1 152 U,Vt> 4 li 1 UtlOÍ' 1 l*ll»>( •>< •>( 

njt Ci’’ * Ci> -Ci 1 * - ¿ r^/* . ? IS.Mp ¿ . r^¡ + ,fp 

















































ESPAÑA 1939 



Memoria de España 

RITO PERMANENTE DE RECUERDO 

PARA LOS CAIDOS 

Podas las noches, a las once, los españoles escucharán, 
brazo en alto, la consigna, la voz de mando y el 

himno nacional 


E spañoles, dijo el conde 
de Haro a nuestro César 
que “la memoria debe ser 
la primera de las virtudes impe¬ 
riales’ 1 . Queremos una España 
que no vuelva jamás a languide¬ 
cer en el olvido. Imperar con¬ 
siste ante todo en no languide¬ 
cer. Esta hora del parte de 
guerra ha sido la hora española 
de emoción más profunda y de 
más elevado estilo, porque en 
ella, el verbo de España se hacía 
carne heroica y victoriosa; esta 
hora del parte de guerra ha sido 
como el Angelus de la España en 
memoria de esta primera gesta 
cumplida. Por la resurrección de 
la Patria se mantiene este rito 


de la noche española, para 
honor y memoria de nuestros 
muertos, para alerta de vivos y 


presentes, para esperanza sin 
desmayo frente a lo futuro. 
Todos los días, a las once en 
punto de la noche, la radio de 
España hará oír el himno nacio¬ 
nal y unas breves palabras de 
alerta y de recuerdo a los espa¬ 
ñoles, para que, brazo en alto y 
en pie allá donde hallen, den 
testimonio de la nueva Patria y 
se muestren dispuestos a seguir 
inexorablemente el camino que 
con el alma y la espada nos abre 
nuestro caudillo Franco. Es 
necesario que nuestras almas 
sigan arriba, adelante, con un 
ritmo marcial, por el camino de 
la Historia, y es necesario que 
repitan todos los días las pala- 


EL SALUDO NACIONAL 

Se ha dispuesto; 

“Articulo i, 4 Se establece como saludo nacional el constituido por el 
brazo en alto, con la mano abierta y entendida y formando con la vertical 
del cuerpo un ángulo de 45 grados. 

Alt. Al paso de la enseña de la Patria y al entonarse el himno y 
cantos nacionales, en los casos previstos en el decreto numero 326 , se per¬ 
manecerá en posición de saludo. 

Art. 3.* E! personal del Ejército y de la Armada conservará su saludo 
reglamentario en los actos militares," 


(Nota oficial del 3-V-1939) 


¡Emilio 


¡Prestt ts! 


Por MANUEL MACHADO 


Morir por la Patria no 
__ uorir* 

Con que no se ha de decir 
que Emilio Mola murió 
ni se diga que cayó 
quien se ha alzado eternamente 
a la gloria refulgente 
dala Historia... 

Mientras repito la gloria* 
«{Emilio Mola! {Presente!» 


(«La Gaceta del Notte», 3-VI-1939) 


bras del impulso y del orden. 

¡Españoles, alerta! La paz no 
es un reposo cómodo y cobarde 
frente a la Historia; la sangre de 
los que cayeron por la Patria no 
consiente el olvido, la esterili¬ 
dad, ni la traición. ¡Españoles, 
alerta! 

Todas las viejas banderas de 
partido o de secta han termi¬ 
nado para siempre. La rectitud 
de la justicia no se doblegará 
jamás ante los privilegios ni 
ante la criminal rebeldía. E! 
amor y la espada mantendrán 
con la unidad de mando victo¬ 
riosa la eterna unidad de 
España. 

¡Españoles, alerta! España 
sigue en pie de guerra contra 
todo enemigo del interior o del 
exterior, perpetuamente fiel a 
sus caídos; España, con el favor 
de Dios, sigue en marcha. Una, 
grande, libre, hacia su irrenun- 
ciable destino. ¡¡¡Arriba Espa¬ 
ña!!! ¡¡¡Viva España!!! 


(«Arriba». 4-1V-J939) 














ESPAÑA 1939 




ENTRADA DE LOS CAUDILLOS 

EN LAS CIUDADES 


Por Alvaro Cunqueiro 


N uno de los más preciados 
■ i textos que dió a la medida 
del verso la caballería bre¬ 
tona, quedó el elogio del héroe 
entrando en la ciudad, con un 
grupo sonoro de jinetes abriendo la 
calle —“gastándola” es la declara¬ 
ción castellana del garbo de aquel 
galope—. con cintas de verde espe¬ 
ranza en las lanzas y cantando una 
canción que decía que con el alegre 
tiempo del verano volvía el gozo al 
corazón. Y el cronista de aquel 
París no contiene su entusiasmo y 
cuenta que ni Alejandro el rey, lle¬ 
gando a las fuentes de los grandes 
ríos, sobre su carro real la blanca 
cigüeña que ahuyenta las tempesta¬ 
des, pudo decir que llevaba tanta 
felicidad. «Porque no hay más pre¬ 
ciado bien que dormir a la sombra 
de paz que da la espada de un gran 
señor». Y atendez que eí mismo 
poeta ha escrito que es la espada 
como huerto feraz, solana de todo 
fruto, vigilia de toda abundancia. 

Cuando atravesaban la Argóiida 
ios poderosos reyes antiguos, ama¬ 
dos de los dioses, temblaban los 
muros de las ciudades y, a veces, se 
les oyó graves palabras, como aque¬ 
lla advertencia de que cada ciudad 
tiene su ley. y ¡ay del vencedor que 
mezcle! «Una la justicia, y sí o no. 
como Cristo nos enseña», quería 
nuestro Santo a Fajardo. Y hay 
detallada noticia de naciones des¬ 
truidas por olvido de que su funda¬ 
ción es su destino y de que los ecos 
de los vítores antiguos se albergan 
perpetuamente en las ciudades. «Mi 
escudo es mi memoria y la acre¬ 
ciento», decía el príncipe Eugenio 
de Saboya, der edde Ritier, el buen 
caballero. Y entraba en Belgrado 
venciendo al turco —aliado del 


francés—, atronando sus dragones 
e! aire, con su sonsonete de flauta 
nacido de batallas españolas en la 
fértil ocasión del Milanesado, Y se 
cuenta que Belgrado se alumbró de 
hoguerras y en Varsovia se quema¬ 
ron seis judíos y dos relajados en 
acción de gracias, rezando el pue¬ 
blo a Nuestra Señora por la conver¬ 
sión de Inglaterra, aquella isla que 
la España de don Felipe II no 
puedo quemar... Durante doscien¬ 
tos años se rezó en el Pickieiko —el 
“pequeño infierno”— de Varsovia 
por la conversión de Inglaterra, y 
allí iban a santiguar la hoguera con 
agua bendita, en el mismo día de su 
entrada, los cristianísimos reyes de 
aquel poco pacifico país. 

Entrar e! Caudillo en la ciudad es 
disponer la Historia para la escri¬ 
tura. El campo da cenleno, alber¬ 
gue y batalla, pero la ciudad da la 
letra y el estilo, «cosa numeral que 
no rige por las estrellas». Antes al 
contrario: naturaleza no es Histo¬ 
ria, que la memoria de Dios sobre 
la tierra de los hombres es Cultura. 
Ya Micer Marcos Polo, súbdito de 
la Señoría, había de que el Gran 
Khan quería que quedase memoria 
de sus hazañas, y no vió nada mejor 
que fundar una ciudad en el cruce 
de cuatro caminos, que sería como 
trompeta peregrina de su fama. Así, 
bien puede ser para nuestro Caudi¬ 
llo este Madrid, camapamento en ia 
meseta. Y su solemne entrada, 
repique de gloria. 

Bien puede, en verdad, ser resuci¬ 
tado el ceremonial con que entró en 
Toledo por la señora puerta Visa- 
gra, don Alfonso VI, Rey de Casti¬ 
lla y de León. Venga de Cataluña, 
la que doró puerta en Pobfet para ¡ 
don Felipe, soltó palomas en San¬ 


tas Creus para don Fernando y 
para este mismo Rey Católico pidió 
que acudiera a una calle de Barce¬ 
lona Nuestra Señora del Pilar a 
detener un cuchillo regicida. Nues¬ 
tro Señor de Lepanto y el Cardenal 
Primado de las Españas bendiga la 
victoria. No cabe pensar sino que 
aquí, ese dia, se funda una edad y 
alza sus torres perpetuas un alcᬠ
zar. Lleven los jinetes banderas de 
rojo, color de la Fe, y sus labios 
enciendan el “¡Cierra España!” de 
las gestas. 

Lo que más turbó a un melancó¬ 
lico Emperador, asomado a un ven¬ 
tanal de su castillo borgoñón, fué el 
ver que sus caballeros guardaban 
las armas, codiciando deseando, ya 
que tenían noble y fuerte señor. Y 
aquella misma tarde, volando los 
faisanes tridos de Hungría por la 
umbrosa soledad del bosque impe¬ 
rial, se prometió el emperador crear 
una orden de caballeros despiertos, 
que ni aún al dia siguiente de los 
festejos por la elección imperial 
tuvieran solaz y sueño. Y sería pri¬ 
vilegio que aquellos “caballeros 
despiertos" acompañaran al empe¬ 
rador el día de la coronación v fue- 

■F 

ran guarda constante de su per¬ 
sona. Cuando nuestro Caudillo 
contemple, desde un balcón de su 
palacio, la noche estrellada, haya 
en el gran patio de armas de España 
una milicia de caballeros despier¬ 
tos. esos que habrán estado a su 
lado el día de la coronación y serán 
guarda segura de su persona. Con 
que esta milicia sea muchedumbre, 
sólo quedará el alabar a I )ios el dia 
en que el Caudillo Franco pase las 
puertas de la capital de las Españas. 

(«ABC», 2-V-1939) 
















ESPAÑA 1939 



Normas a que en lo suce¬ 
sivo Aabrá de ajustarse la 
expedición de salvocon¬ 
ductos para circular por el 
interior del territorio 

nacional 



RIMERA. Toda persona 
mayor de dieciséis años 
que necesite salir de la 
localidad donde habita para trasla¬ 
darse a cualquier otra de España 
solicitará verbalmente autorización 
para ello en la Comisaría de Investi¬ 
gación y Vigilancia del distrito o 
población de su residencia, y no 
habiéndola, en ¡a Alcaldía corres¬ 
pondiente, la que les será concedida, 
si procede, en el más breve plazo 
posible, por los gobernadores civiles 
en las capitales de provincia y por los 
alcaldes en las demás poblaciones. 


Esta autorización, que será vale¬ 
dera por un mes, no exime de llevar 
consigo los documentos acreditativos 
de la personalidad, y costará 50 cén¬ 
timos. por gastos de expedición, 
debiendo, además, ser reintegrada 
con una póliza de una peseta de 
“subsidio pro combatiente". A las 
personas indigentes .ve’ les expedirá 
completamente gratis. 


Tercera. Los funcionarios públicos 
no necesitarán proveerse de la auto¬ 
rización que se refiere esta orden, 
bastándoles ir provistos del “ carnet '' 
que acredite su condición de funcio¬ 
narios o de permiso de su jefe para 
efectuar el viaje. 

Cuarta. Tampoco necesitarán 
autorización para viajar ios familia¬ 
res de funcionarios públicos que 
vayan acompañados de éstos, y, aun 
sin ir acompañados, cuando efectúen 
el viaje por razón de destino y vayan 
a incorporarse al del cabeza de fami¬ 
lia. lo que acreditarán mediante 
autorización expedida por el jefe de! 
servicio a que pertenezcan. 

Quinta. En los despachos de bilie- 
tes de ferrocarriles y lineas de auto¬ 
buses de territorio nacional se exi¬ 
girá ai viajero la exhibición de ¡a 
autorización para emprender el 
viaje, sin cuyo requisito no le será 
facilitado el billete. 


Segunda: Será facultativo de las 
personas que necesiten autorización 
para viajar por el territorio nacional 
obtener la valedera por seis meses: 
pero en este caso deberán solicitarla 
por instancia al gobernador civil de 
la provincia donde residan, quien, 
con su informe, cursará la petición a 
la Jefatura del Servicio Nacional de 
Seguridad, donde se consultarán los 
antecedentes del interesado r se 
expedirá la autorización cuando lo 
estimen procedente. La instancia 
será, como actualmente, reintegrada 
con una póliza de 1.50pesetas r otra 
de 10 de subsidio al combatiente, r la 
autorización llevará la fotografía r 
las huellas dactilares del interesado, 
cu vas circunstancias personales se 
harán en tu misma. 


Sexta. En lo sucesivo los agalles 
de la autoridad detendrán Juera del 
lugar de su residencia sin la debida 
autorización para ello, poniéndola a 
disposición de la autoridad civil del 
lugar de su procedencia o destino, 
según la proximidad, para la opor¬ 
tuna información o sanción. 

.Séptima. Quedan derogadas cuan¬ 
tas autorizaciones oficiales para cir¬ 
cular han sido concedidas hasta 
ahora . a excepción de los salvocon¬ 
ductos extendidos por tres meses, 
que caducarán a! finalizar el plazo de 
validez por el que fueron expedidos. 

Madrid. 9 de junio de 1959. —Año 
de la Victoria." 

(Nota oficial del 9-VI-I939) 


Reincorporación 
, de los 
excombatientes 
al trabajo 

L A liberación de la zona “roja" 
obliga a divulgar las obliga¬ 
ciones de los patronos que tie¬ 
nen o han tenido obreros o empleados 
combatientes en el Ejército nacional, 
que se sujetan a las siguientes normas: 

Primera. Los patronos y empresas 
radicantes en la que fue hasta última 
hora zona “roja", tienen obligación de 
cumplir la orden de 14 de octubre de 
1938 y, por tanto, de presenciar las 
declaraciones de su personal asala¬ 
riado que haya prestado o preste servi¬ 
cio en el Ejército nacional. 

Si por cualquier conducto tienen 
noticias de la incorporación corres¬ 
pondiente, deben presentar la declara¬ 
ción jurada, y desde luego en cuanto se 
les presenten licenciados los ex comba¬ 
tientes del Ejército Nacional para 
reincorporarse al trabajo, si exhiben 
las pruebas correspondientes, bien sea 
la orden de su licénciamiento u otro 
documento bastante. En este caso, 
además de la declaración habrán de 
readmitirlos al trabajo. 

El plazo para las declaraciones será 
de ocho días, a contar de la presenta¬ 
ción del personal ex combatiente a sus 
patronos. 

Segunda. Los obreros que no perte¬ 
neciendo a las plantillas de las empre¬ 
sas en 18 de julio de 1936 fueran admi¬ 
tidos con posterioridad a esta Techa 
por imposición de algún ('omite o 
autoridad revolucionaria, carecen de 
derecho para reingresar a los puestos 
que por tal mediación hayan tenido. Si 
el patrono les hubiera dado trabajo de 
forma libre y voluntaría después del 18 
de julio de 1936, deberán también 

readmitirlos v declararlos cuando 

* 

acrediten su condición de ex comba¬ 
tientes nacionales. 

Tercera. Los obreros que estando 
trabajando en una empresa hayan sido 
movilizados después del 23 de diciem¬ 
bre de 1938, por las llamadas de quin¬ 
tas que hayan tenido o tengan lugar en 
lo sucesivo, también deberán ser decla¬ 
rados por los patronos, pues tienen 
dereho a la comunicación de su con¬ 
trato de trabajo. De esta forma, el día 
de su licenciamiento podrán incorpo¬ 
rarse sin discusión a sus puestos, que 
deben ser conservados o cubiertos con 
carácter provisional por sustituios, 
debiendo cesar éstos al presentarse el 
licenciado. 

(Nota oficial del 24-VI-I939) 


r - g li 


íi a - íT* - íT * r ? Cj * C7j ** cTj * í.Tj “ tTaT CS V - J'. cTj" era •'erar 

?•* ?«*5 155 * f •?í 












ESPAÑA 1939 3 





REORGANIZACION DE LOS SERVICIOS 

DE ORDEN PUBLICO 

CONVOCATORIA DE 7.000 
PLAZAS PARA POLICIA 
ARMADA Y TRAFICO 


i 


E L «Boletín Oficial del 
Estado» publicará hoy la 
siguiente orden del ministro 
de (a Gobernación: 

«Con arreglo a los dispuesto en el 
decreto de 8 de septiembre actual 
(«B. O, del Instado» número 25.1), 
por el que se autoriza a este depar¬ 
tamento para la celebración de una 
o más convocatorias de personal 
con que atender a la reorganización 
de servicios de Orden Público, este 
ministerio, con el fin de lograr una 
recluta bien seleccionada, ha de 
atender de modo preferente al 
patriotismo de los aspirantes, acre¬ 
ditado por su conducta en relación 
con el Movimiento nacional antes v 

w 

durante la guerra, 

En su virtud, se acuerda una 
primera convocatoria para la pro¬ 
visión de siete mil plazas con des¬ 
tino a los efectivos de Policía 
armada y tráfico, con arreglo a las 
siguientes bases: 

I.* Podrian tomar parte en ella 
todos los ex combatientes españoles 
(sargentos, cabos y soldados del 
Ejército y Milicia nacional) que 
reúnan seis meses de frente, y los ex 
cautivos que por tal condición no 
hubieran tomado parte en la iiue- 
rra, pero que hayan cumplido con 
anterioridad el servicio militar, 
siendo condición indispensable 
para unos y otros tener veintiún 
años de edad, sin pasar de treinta > 
cinco; carecer de antecedentes 
penales reunir las condiciones de 
aptitud física necesarias, y alcanza i 
una estatura no inferior a ! .670 
metros, con arreglo a la prelación 
siguiente: 

a) Caballeros de la Orden Mili¬ 
tar de San Fernando. 

b) Condecorados con la Meda¬ 
lla Militar. 

c) Sargentos efectivos. 

d) Voluntarios incorporados a 
fitas con una antelación superior a 
tres meses al primer llamamiento de 
su reemplazo. 


e) Recompensas militares obte¬ 
nidas en orden de mavor a menor 
importancia. 

J) Mayor número de frente \ 
número de heridas sufridas. 

g) Hijos o hermanos de muer¬ 
tos en acción de guerra o de sus 
resultas en defensa de la Patria o 
víctimas de la Revolución. 

h) Mayor tiempo de cautiverio. 

i) En igualdad de condiciones 
será razón de preferencia poseer el 
empleo de cabo y pertenecer a uni¬ 
dades de voluntarios. En caso de 
coincidencia se atendrá a la mayor 
edad. 

O Para ios comprendidos en los 
apartados a) y b) no será indispen¬ 
sable la talla mínima establecida: en 
casos excepcionales, por méritos 
extraordinarios que concurran en el 
aspirante, podrá asimismo ser do- 
pensada por acuerdo del ministro. 

2. J Acreditar inmejorables' 
informes políticosociales así como 
la adhesión entusiasta al Movi¬ 
miento nacional. 


El plazo para el 
canje de billetes 
se amplía hasta 
el día veinte 



> 



NOTA DEL BANCO BE ES- 

PANA 

“Se pone en conocimiento del 
público que el servido do canje 
de bül^Uíi circulantes en 18 ue 
julio d© JUKJ6 por lo* emitidos 
en la España Nac.oaai, quetia 
fimpU&íio en U do Madrid 

el día 20 úei ac?ual t ton¬ 
to en el Banco de España co¬ 
mo en lo» demás cstab¡ecl:nicn- 
tos que colaboran en esta la¬ 
bor. 

Elemento» desaprensivos pre¬ 
tenden circular unos billete» de 
emisiones antiguan e incluso de 
la fechada en Burdos en 21 de 
noviembre de 1938, que fueron 
TALADRADOS para su inutili¬ 
zación* La maniobra consiste 
en disimular coa papel super¬ 
puesto, los linéeos del perfora¬ 
do o en agrandar éstos simu¬ 
lando orificio* producidos por 
quemadura. 

ToU.i persona a la que In¬ 
tente tremar un billete en ta¬ 
ifas cundid orns* efclá en el deber 
ti a formular InmcÁaU jnento la 
denuncia ante los agentes de la 
autoridad. 


í V *i*j ticl BtiJk *» Je 
I >n,ifu tic \1 Uj j 


Importantes acuer¬ 
dos de la hotelería 

madrileña 


|Se considerará huéspedes de honor a los jefes y ofi¬ 
ciales del glorioso Ejército españoL—Los hoteleros 
trompen toda relación con los colaboradores de la 
causa “roja". — La hotelería madrileña suscribirá 
una “ficha azuV’ de 5.000 pesetas mensuales. — En 
los hoteles se consumirán solamente artículos de 

producción nacional 


l Noiu publicad;! el Iü-1\-I9.í9) 


.* *;• .« »„ *.+ T *í 

irJf'HAlMMfC ‘ 




. * * ¿ r¿.1 » 


¿ ¿ r ¿3 ¿ 'i** r r» 















► 



ESPAÑA 1939 



3. * Poseer la preparación cultu- 
ral y profesional determinada por 
un programa elemental, que será 
dado a conocer oportunamente. 
Los que aspiren a pertenecer a la 
especialidad de tráfico, habrán de 
poseer, además la documentación 
oficial que acredite su aptitud. 

4. J Los admitidos disfrutarán, 
en tanto otra cosa no se disponga, 
de igual retribución y emolumentos 
que actualmente tiene asignados el 
Cuerpo de Seguridad y Asalto. 

5. * F1 régimen de ascensos se 
ajustará provisionalmente al exis¬ 
tente para las fuerzas mencionadas 
en la regla precedente. 

6. s Por la Dirección General de 
Seguridad se adoptarán las disposi¬ 
ciones convenientes para el desarro¬ 
llo y celebración de la convocatoria 
que se anuncia en la presente orden. 

Burgos. 15 de septiembre de 1939 
—Año de la Victoria. 

(Nota publicada e! 16-IX-1939) 


J s| xf ij vT SÍ xj vT \t sf J sj vT xf *1 vf xf v| sf *J cf vf 1 1 V 

;v ^ t \ fc ¡\ > ¡> ;v > > ¡\ ¡\ ;h > ji j\ 



(Nula oticial del 2 K-VII- 1939 ) 


ORGANIZACIONES 

JUVENILES 

La» Orya h ;¿aciones Juvenitea enmadra* en mu flíae a todo 
tu ju mitad de España. Muchacho» de todas Ja* clases sociales 
, \í<í« unidos bajo el mismo uniforma y obedientes a ij/uai diecf» 
plora. L)e las centurias de la jwemtuA «aldrán a los dieciocho 
•titos si ptrlido hombres con una preparación entera, con } órla¬ 
tela finirá y temple espiritual, capaces de cumplir sin uaeitoeto- 
’(x «i finalizas el destino universal do España. 

Esta es la misión de Las Organizaciones Juveniles. 7 pora 
U( urtr étis queremos una jat'entud resucita, oon Ímpetu y sn~ 
tuMasmo. 

Nucstm tarca es de selección, y por «so no se hace en modo 
ali/ano obluiátono incorporarse a ella. 

Q i'rt hio* voluntades decididas, ardor a *m puteo. Escuadras 
prieta cuyo (minee arrolle las pandillas anárquicas de un lado 
/ l'-s bando* tno/rnsiroe rf*J -Aro. 

Va,t < m presa mi tr leal, u «a hondera, la misma voz de mando 
,{r! Caudillo. *<01 u.vAsfrrw aniones Para la juventud que quede 
('■• ’fj ■(c *Un* ’ntfo'ñ «11111 pronta el sitm, porque Jurbrd de líe- 
mcln todo ln de Falange Española Trad*- 

• '-.i mHs , n h rfr }n* .1 O S S. 


(Sola publicada el 5-N-I9.W) 



c ER VECE RIA 


ALEMANA 

PLAZA DE SANTA ANA, 6 

Donde se expende ln mejor corrosa 
Eopodaidad on maríneos 

Saluda a FRANCO y a su glorioso Ejército 

¡ARRIBA ESPAÑA! 































ESPAÑA 1939 



m 






m.. 




spaña 


en el mun 


La presencia viví de un Caudillo "ven¬ 
cedor cu más de cien cómbales"; la anima* 
don de su Ejército victorioso que no co* 
noció el cansancio y que m presenta con 
el mejor material guerrero de nuestra épo¬ 
ca, bastarla pan prestarle al desfile de a ye»" 
un carácter extraordinario v respetable dk 
orden europeo. 

Pero* ateniéndonos sólo a lo nacional, 
a muestro marco, hemos de levantar los co- 
ratones a la altura de la nvrada de Fran¬ 
co. que de las ruinas de la guerra ha sa¬ 
bido sacar esta eficaz y admirable mái|ti ¬ 
na guerrera* completamente e s p a ft o 1 a— 
todo el material que hrmos visto e^ 
de Espafta-^coti el cual la Patria cobra 
rango de gran potencia y ccn ello disfrli¬ 
tará tranquila de su tesoro de libertad* n tt 
será inmediatamente aplicado a fine?» de re* 
cnnstnicción y de engrandecí miento. 




^4 


i i 




jij 




*1? -1 




Ti 




ifc 






Antes de comenzar ei 
desfile de ¡a Victoria f el 
conde Je Jordana leyó vi 
decreto por el que se con 
cedía &t Generalísimo le 
Gran Cruz Laureada de 
San Fernando. 


(«ABC», 20“V-1939) 


z. * * o ¿ v ; o . ^j . fj ¿ f¿j ¿ ví ^ . r j . f, n 






























































ESPAÑA 1939 





¡FRANCO! ¡FRANCO! ¡FRANCO! 

España, en la posesión de la paz que 
va a engrandecerla, conmemora hoy 
la Victoria forjada por el Caudillo 

¡Viva España! ¡Gloría al Ejército! ¡Arriba España! 


Ella Fkata 4* * U Vktari* m 

«*tr* rsrolar flinlu y iul> 
i* «troaia*. Hát propia k as ú 
q m Mot mi L i ti s k 


Ai k pmt tFk to ^ f 1 El, « 
M k tuto «HW* 4| k jedkk da 

W tuto, to « 

Fryii aok a «tai kru k «itafa 
Ui y caótica que ku 

tai, ai» fiifrilu toja k Mta U 
id (tm y 4a k mvte. 

Ei d-k, k Fiesta Ja k IHkJ 

■pkii , pafq— k Victoria h lapa por 
k bwou jufatil de k Om 
fv 4 ((■» 4d Cudüo, p«r d 
id Ejército y par ki f 

r 4« k torito «atora. UtoJtoL 

Magnífic* adJiJ fia « mí» bita 

-fc 

«■ k om! d m ariertaa t 


y aea k 4a «a 
i ferie de gobernante, él fié 
iaté p tok id aahdtf pébfica 

«a k# 

adato m k 



Ja ada gtortm 4a 

m k ctol d trajo 

lifind Caedi 


kk 

gratitud al Ejército y k 
it «aactot» ki bktoi 
Jipara^ toa 4a Mr lu 
y la* lia jara* falarJda* 
tod i ta 4a «apatola* í 
J a 4* toy. 
jVtra Espato I 
jQaria al EjírcJb 
[Viva Fraaco! * 

1 Arito* Espato! 





ia t ■acopan 4a m paella, 
Victoria f lidiad tam toa 
k I—law i ito Ja toy, y 
al pAtka 4a k pai m qm a m 
toja ka giaaiUai tnrifik y ka 
apilmi, UaáJaJ y Victoria qm 
a k Patria ratotod* k 
tol Jadktt y k 


Ja 

4a 


para qm k üaaáaJ ato 


aiiai. k UaéJaJ k 
casa toa topeen U Victoria, é 
4a Mrim Mártires -aotaa qm úgm» d 
Ja Ito Pi«.nnhi , k nafre ée rmcftroi 
i amibatif i i 1 ka penalidad*-d* k« ca oti¬ 
la atoa; ledo d ««n, *■ im, de tragedias 
y de ftorat fentodii qm retrete je»-U co¬ 
rona Je esta Fiada par boy cQoarawamM. 

Y sobra k LfwkJ y robre k Viciar», 
tona artífice Ja «Has, cono w ' p ktd y a 
amano, d Caadifk, q*t e; m 

Mas ira! cumplido* La FV'ti o ir loria 
qne b"v fnfaks¿ nsertrai *im; iiieftra 
»i^* in r; farih 1 *" la Ftoía i Frig¬ 

io Porque u r| nei J» k Viciaría «• k 


La Victoria prometida 
y . la Victoria lograda 

Ra oportuno evocar boy palabras preciosas del Generalísimo, que aon 
palabras prafébcu henchida» de una convicción y de una íe argüías es k 
victoria, j del afán resuelto <k lograrla. Nos tele rimo* a la* que. tn res¬ 
puesta a| Presidente de k junta de Defensa Nacional, general CabanelLai» 
pronunció S, E_ el Generalísimo cuando aquél k entregó el día I ,* de oc¬ 
tubre de 1^36 ka poderes del Estado, al conferirle la jefatura ¿el mismo. 
Sí en topees el Geoerabtoio pudo afirmar; a La victoria está a nuestro lado*, 
hoy «a España k que puede renefif ante d forjador supremo de la Victo* 
ría, también la fe, la tonviccjón y el sentimiento de que donde está Fran¬ 
co y está La Victoria, están España y »u iirexnuibk voluntad de prevalecer. 

He aquí tu palabras del C&üdiHo: 


y ¡mm 4* k 
rula y na «tragáis ua 


Paito 


f fpm «Nfv» f*a mi 
LknrJ « m Patria a k mh 
U Jota 4a M«oa 
|óá a mí kde. JVio Fiptfia ! [Arriba Espato 1» 


ato a —k 


Los Soviets exigen de Inglaterra 
una alianza militar absoluta 

Caso contrario, amenazan con aislarse 
de los países democráticos 


tondrei, tf — M* *<iul Cátao ** couvd^ra Ul 
•JlUBTián «n 10 * eireutol fMulmrov mimiiKaMe» 
d# «ay. i «oiUL el* te íjuf cnnrlern» al *ntidi> 

de Jn* nttfociB^ialMa eatlCMpviidtirH'i 
I 4 i'titfiu >*(¥]*!> >, uhdo -i tíi^rlalifiTa 

4nih r¡ n-] i i]'V ihlftn l ■(■ i lm+rirtf un a|N,|i] *| 
|ir.% .I# ni .i umh «• j .i . (iin - >l<* íí-í «* iitiVir 

r.H,in iUinlft l i ¡ím*- n I r t.pnlrn 

, .. ni . :,i ftnl-* 1 tu ü(*■!«► i un*-. 

LI.II ■ I II ^ f* n UlL tV*|1IUlF| •QTiflKrt, riel 

y j* ihikLKri Ltiblrr* pululo ¡^fíí-rutiiMU H- 


brana m «i Olumo eidoianto, madiuti* cua> 
qui#r tubiarfusJn «n la tnianortiactoo na ni 

^otnsroiohMH. 

E] IrtiMenio *t* la {^ran Hratili, k otorfaj 
* nmrnml* ¡í l'nlnnla tifia sarantia mllhai j 
al iip tars* * rztrtmjpf ,-tln n ion beJcáJii 

ce '* t hUMiiba Olí luir « Hu*Ln para dar cooat* 
I. ]<• ia j ialiv a la aíimeT.i *mmw pero lo* 
■relata, nu# Pian nlldn ri cr t»\ ñipan it Ttifl* 
term que a* cair'irom^Li «o u i 
aóbita sllmta efifl. Lpmad 1 V taMre*p|MQ ém 


Las fiestas de la Victoria 

L*s 4a »ytr 

para «I 


M dta da ayer. Tripera d*t da I* Viaceri, 
parafSd q u ere r dwüMinüi 1 mi* nos b aU Tin a a» 
¡Sana primavera. Amanado noArido ? po» daa^ 
pori ufaw. aobn la ciudad mritii man¬ 
ca* da *¡rtu. praatciuando ri üwvia *ri tato 
vmpclón Uuia primr<niB boma da la rirua 
B. llampo u&ifidri, ptiat. la eaUbmetts da tea 
driarsoa actúa qui babrin atd* «oaitadni r 
ona bab riim da an 


manía cuando lacló sí «ni a qm la mayarla 
da k» bakxm«a lucieran tol^adiraj y 

ria 


dabUlo 

m ria ariñeio* poririoa r 


cIozmlL oocdo IpatoO 
Jo* aranvria y imobutai y ria 
Cd 4 pumri. ria 


«I pabatita 


A laa U M atollrfha. Im 
O Sania ririari CatadrtJ BaaQria 
tadaa aj envió y Hcucdoi rwl* larda lo 
Ifualmairi laa da rióos ria rimpria 
aaa, mpriua eacarml qoa aa mpttri a 
ot». acompaíiodc da un riqua da 
Laa ñaaria goa bao rido anmcridaa pare *1 
día da [* 07 , Di a ua la Yritocis, no toa auüddo 
cacobri ni mOdlfloBílGn crifluna 


El retinte Jal Pritok EapOol 



tajea l*i 


Ja k* Ftoto* Ja k Vktork 
■■rito «i «I Futa, *ri 
ka fikictf 4* asta 
tacarás ka mui i lu lt Al 

y 1Z 4* k **cto 4a bay, Jk lf + 


k (4É4 

Sal* maAaría. a iu U, «» l« 
rise un «mox» T*4áum «o aocric 
«1 AJtiainw. 

A asía trida mllaJova aa4Ur*o mda# ^a a» 
y jawqurii dat tomirmanri 


p*ri* 4* pan 


B 

la funcfúi» ¡1(10*4 d* I* Cal* 
iu autoridad** aarii^t, *¡ 
d# daecuPrifia « la ISctiHitn d* ¡‘«to-K, Uujti 
tlpaJ ñnt lápida toe al tr •H’‘¡ ffw 

da aovar* dado por # Cuan* ^ 

narml fatmo 


IO«** t l]|ÚT# IflIllD r* üj, a* 

'La*tíi i ,.. ^ -_ - 


laf 

H»* Loodra* miadara 




t 


.4 -o ‘ 
4 -1* ,|. 

1 #* -4. 

ibeiaríix i. ni» , ^ 


Da ibi éi »Laf«m n.h.|n+ HJh -i,.i , ,, t t.« g. t 
vi m* Lar. w.itreríf i* i • ¡>* r,. - , ^ 

ito acnwda * ju* ,o lN 

*íritMVh h*f*i< 

n**df iu**-' nn.fi* »,* 
an ««vi mninfin. j. 

«al al 

bola ijui i* «iiNun 4. i? i 
ria amhj i atpgt.' ,. i : , 

Uto r* flu* in- . i... ,,. m 

irmii.ni te lian* al „ 

Ür'An tevlfrlr* tanm , 
aiiioi o iiii< > m 'nnu.!^, „ 
j ao lfkatm<ar-i o *ir , <, r|; , 

e arCris arrir’í^F-. * u 


I* M lo 
4 -ran 

**li* le* 

I* 

i ^.4| 

¡ -* e 

■ ‘ l'* 'fl 

I ffl 1 

1 * ’.l 


i-i ;i Vunguardia I spañola», 19-V-I93S)) 




- i,r ¿i ¿ ¿ civ M 



159 




* t ’ # * 

HO( 

- r, n 



























ESPAÑA 1939 



DEL PRESIDENTE DE LA CAMARA DE 
COMERCIO A TODOS LOS COMERCIAN¬ 
TES E INDUSTRIALES DE MADRID 

Normas e instrucciones en re ! ación con el desfile del Gran 

día de Ja Victoria 

Se ocultarán lodos los establecimiento* tic decorar uno tic mis escaparates a base 
de un retrato del Caudillo y algunas tic* las siguientes leyendas: "¡Tranco, Franco. 
Franco!”, “¡Arriba España!”, “¡Viva Empuña!", "¡(«loria, al Caudillo!"España, 
l'na, («runde y lábre” y “Por la Patita. el pan y la Justicia". Lo tote realizarán con 
arreglo a la sobriedad y sencillez clásica tic la Falange Española Trati¿ciernalisia y 
de las J. O. X, S. 

luis industrias y establecimientos de alguna importancia (almacenes, “cines", 
I cairo-, cafés, etc.) pueden, por iulcialii a suya, decorar también exter ¡orinen te la 
portada con arreglo a los bocetos que ellos confeccionarán, y que presentarán a 
aprobación en el Servido Xaeional dé Propaganda. Departamento de Plástica, esta¬ 
blecido en Serrano, 71. lisia decoración tembá también como lema fundamental la 
figura del Caudillo y la «le José Antonio, ayudada con la* banderas nacionales y del 
Movimiento, el emblema de éste y algunas d«* las leyendas antedichas. 

Al objeto de poder realizar en el breve plazo que inedia ha-dn la fecha del día 
de la Victoria, presentarán sus proyectos a la. mayor brevedad. 

K| presidente de lu Cámara de Comercio tic Madrid.—Firmado; Manuel Alci- 
xaiMlre. 


(Nota publicada el 6-V-1939) 


Los hombres y /os días 

HABLAR COMO FRANCO 

Por Luis de GALINSOGA 


STARtA bien, y sería 
encantadora la multipli¬ 
cación de! caso, que en 
cada tienda de España un polí¬ 
glota aguardase tras el mostra¬ 
dor la llegada de tos eventuales 
compradores de cualquier nacio¬ 
nalidad de! mundo . Lo que no 
está bien en este momento, san¬ 
grante todavía España de la gue 
rra feroz que nos ha costado 
arrancar su soberanía y su uni¬ 
dad a las garras de las Interna¬ 
cionales difusas y de algunas 
naciones muy concretas, es 
exhibir como un título y un 
mérito preferente el uso más o 
menos chapurrado de los idio¬ 


mas que no son el nacional de 
España- Es esa guantería, por 
ejemplo, en que yo vi di as pasa¬ 
dos el carteli/fo pedante . y con 
tan sospechoso resabio de los 
tiempos señoreados por el signo 
(ibera!. "On parle francais ", es 
enternecedor que haya un 
dependiente que en efecto hable 
francés. AI fin y al cabo se trata 
de un adorno que nunca va mal a 
la marca de una guantería. Pero, 
sobre ser pedante, no es necesa¬ 
rio mostrar con tanto retintín 
esta suficiencia filológica. ¿No 
recuerdan (a deliciosa critica 
aquella de Eca de Queiroz?: Una 
vieja dama portuguesa, que sin 


poseer más que su idioma vernᬠ
culo, cerrado o intransigente, 
anduvo por todo el mundo y en 
ningún hotel, pasados por agua 
que solía tomar como cena; 
/amás supo nombrar los huevos 
sino en su hermético portugués 
" miñoto ", y jamás se preocupó 
de aprenderlo de otra manera, 
porque siempre, indefectible¬ 
mente y sin fallo, le bastó diri¬ 
girse aI camarero, ahuecar sus 
manos batiéndolas como tas alas 
de una gallina y modular esta 
universal onomatopeya: "qui- 
qui-ri-qui". El francés o la fran¬ 
cesa que entren en la guantería 
en donde "On par fe francais ", 







i i i i i 


















ESPAÑA 1939 



APOSTOL, MISIONERO Y OOBERNANTE 

Sea bienvenido a Barcelona, ¿loria y 
eficacia de España, Ser rano Súñer, que da 
eficacia y ¿loria a la Patria ¿rande y unida 

LA VANOUABDIA ESPAÑOLA 


(«La Vanguardia Española», 14-VI-1939) 


senta ante et mundo y ante sus 
compatriotas cuando vende sus 
guantes— tenga usted la digni¬ 
dad de su propia redención y 
haga usted el honor debido a su 
redentor. Porque la consigna es 
clara y no tiene efugio: Si que¬ 
remos ser dignos de esa reden¬ 
ción y honrar a quien nos ha 
redimido, todos los españoles 
debemos hacer estas tres cosas: 
pensar como Franco, sentir como 
Franco y hablar como Franco que 
hablando, naturalmente, en el 
idioma nacional ha impuesto su 
Victoria... 


necesitarán aun mucha menos 
mímica, aunque no sepan una 
palabra de español, para adquirir 
unos magníficos guantes. 

A lo, no. Mucho cuidado con 
estas licencias respecto al Ien 
guaje y con este ceder posiciones 
del enérgico, inexorable y altivo 
espíritu nacional que incumbe a 

esta hora. Nos ha costado dema - 
siada sangre, demasiada ruina y 
demasiadas torturas el rescate 
de nuestra personalidad una e 
indivisa, para que no estemos 
resueltos a esgrimir toda intran¬ 
sigencia y todo empeño y toda 
fiereza para defender el legado 
de tos muertos por España. No 
haya con esto equívocos, ni 
trampas. ni regateos miserables, 
ni reservas taimadas respecto a 
la unidad y soberanía del verbo. 
Ustedes, señores míos de la 
guantería, pueden hablar en su 
trato intimo como fes acomode y 
será a todas luces provechoso 
que el dependiente que habla 
francés les ilustre sobre tan 
dulce lengua. Pero ustedes tie¬ 
nen su tienda en pie y venden 
guantes y pueden permitirse el 
lujo de sostener a ese depen¬ 
diente tan leído, porque hay un 
Ejército en España que ha redi¬ 
mido la ciudad en donde ustedes 
negocian. Y ¡a ha redimido, como 
a España entera, para que 
España recobre una personali¬ 
dad histórica que intentaron 
escindir en mi! trozos para repar 
tirse Ia vestidura de su unidad, 
como la túnica del Señor ios 
judíos. Y esa personalidad tiene 
su atributo externo más diferen¬ 
cial e histórico y, por lo tanto, 
más claro en el verbo. Quédense 
para la recóndita intimidad ¡os 
coqueteos lingüísticos, la expan¬ 
sión más o menos romántica o 
más o menos reticente de otras 
lenguas. Pero en la presencia de 


un español ante sus compatrio¬ 
tas y ante el mundo — usted, 
señor de la guantería, se pre- 


(«1 a Vanguardia 
I spañota». N-YM9»| 


I 










A 

FRANCISCO FRANCO, 
GENERALISIMO 


Ilgido f Un iPinquiUrruntE rr^uidíl 

jpmifb&lt i EUpdAi Imtlr v puta 
VíhiíuAt un^r irínNr Hiitm ictfha. 
drlauluAt mM Mimbrái rraniliLi 
dr iumu 

ciuftdíi íj npj.ij frrvjjtt irl H-ita 
y toHÍIrrnm Ij* rn*ji r! frhrthv 
pft flJ ‘k u cluiim f lu tlájl 
Pnf U [i jíji ruto, til il, U npiit 

m luto r..Tt--i-¡ jf impmín i <tr 

FJ lilct il 4c( KJtAn írvrpp*flJH 

lu Wotom OI IV turL* 

Cw ti liuTc* lu va iiim 

V d IbfOt ri Dund d Tai» n 


) .M Hn. ALTADO 


(«Arriba», 1K-V-I939) 


"£7 “ - c?jt ^•« -ti _ . r^rj r wTj ~\To -r rvrvr wTj- “V’j 






















































£ ESPAÑA 1939 


BURGOS.—Su Excelencia el Jefe del Estado h% Atina¬ 
do Decreto# de cese* y nombramiento* de Ministro*. En su 
virtud, el Gobierno queda constituido en la siguiente formar 

PRESIDENTE! GENERALISIMO FRANCO 
Asunto# Exteriora#: don Juan Beigbeder Atienta. 
Gobernación; don Ramón Serrano Suñer, 

Ejército: General Varela. 

Marina: Vicealmirante don Salvador Moreno. 

Aire; General Vague, 

Justicia: don Esteban Bilbao Eguta. 

Hacienda; don José Larras López. 

Industria y Comercio; don Luis Alareón de la Lastra. 
Agricultura y Encargado de la Cartera de 1 raba jo : don 


| *■ I OKh 


Educación Nacional: don José Ibañez Martín. 

Obras Públicas: don Alfonso Peña Boeuf. 

Ministro secretario del Partido: General Muñoz 


Ministro# sin cartera: don Rafael Sánchez Maza* y don 
Pedro Camero del Castillo. 

Los nuevo. Ministro» jurarán el cargo el sábado, día 
12, a las odio de la tarde. (Cifra ) 


(■•I otov, n 1 l(r tic 20-\-lsW 

-i*. 

9p|(*HO(OM<A 


r^AT¿>¿r»s..e 





















































ESPAÑA 1939 




(«1 oíos». n Mi de 15-1V-1939 i 

>■ .< *. * ' *,*•.«**? 

_ 

r .- di ivierno *t c«> w r^ ¿r¿* j, r¿: ♦%.? 


»4 l **#*4 'i# - *** ‘ #*» ' i t < j t 

* > * * - T * r t m ™ , m r w ™ . . . . * “+ J. * ' - 

' »1(4lO)MI^( 

* * ÍÍ.1 i.r¿J m '¿.1 - r -j- v • r^5 _ f.i A _ f„■> „ r. ^ 























































ESPAÑA 1939 



¡¡Bilbao, por Franco, para España!! 

Al conmemorar el segundo aniversario de su liberación, la Villa ha 
querido y ha sabido hacer una profesión maravillosa de su fe 

en la Patria y en el Caudillo 

u Yo os aseguro que no temblará mi mano 
en las tareas de la paz, como tampoco 
tembló en tas horas de la guerra 11 

Cilbao sabe obedecer el mandato de nuestros Héroes 


n* 4* K-ipañi, « eneoontra *1 Efértil* entero do ti Thriorte ' ~** + ~*'*~ - 

’CjénsÜ* 4r I a Y litarla que ti eat* pueblo aptltoi. qut tí i 
tíiiMM tropa* 14 vcé. ti JterU V honor á* romper «I mk» ttel 
■Cinturón* bilbaíno otra* huían 4* yunque jr igaintiban 
*1 empujo Ck) Li barrite ¡un que lu demáa Lrlunfuen. 

E*ia ln*rm*nd#4, Míe *l£ Hite Lo óe Jo* JefAi. e*u dmpnn- 
di id ionio 4* lo* oficial» > raldido*. ha «F4» 1* Vkimrli. I* 
italoHi 4* BHbao, que lu sido dedtln «n rata £p«n 

Aquí, tu * 411 * de t*i* Ha, «rapu4 * ii mertií roe «I m- 

: Sarduno y «1 flb*r*Lkmo dattrWltor. AqOl M daba ll pfl- 1 
Ttveri gran batalla ¿lorio** 4* la fum, i la que aucedlercm 
tea elru da Antita, de M*dH4, Andalucía (Ovación). En 
la lutiHi en I* que Mpulubimo* titilo* d« IdnomlnU y en I* 
eoráfUEfón de orc (irueño. da.1 *— del titilo puado, d# 

*4«*1 PWHD del (Ibatillimn que rielaba iodo nunrífl, y mían- 
tna en Ion Ulkm y en lu fúriui entraba *1 mifiitmo d» 

Lmotor, Ebi cambien fúrjindo i I* tambra rk Jt fe. oitt* ve» 
nano* y crin* ¿murro ion**. 

Varia* twi. donol* el alfte piaid-o. loa anhelo* de! pue¬ 
blo npirtol aullaron * E* mperflem, pero virio» vocea. um- 
nlén fueron defraudado* por la Indiferencia de lo* má* 

Y «pal tatemo» lia piedra* anEl¿a*a f velsitu* bilbaína* 

Ion moto* wratltfo* de obmo *n aabu Terdra «lima y *n nu 
ciufnbrn*. ra enterraba un* «parama don I* muerte da aquel 
ItMitinc i^ene^i «Hiela qu*. *1 aturadar ib tí di. dejaba Bil¬ 
bao an m*not de I* hordi ll borní. 

41 amparo dn «Un henderte* a# Ftte a ñufla ruto y Filvoaiv 
4o l« HitfrtHi de EapiAi. 

L* taLawrt* de reentra U*m a* « dlstlnu * ll de otra* 
nfflonea «paítete*. La* üenu 4* Eipate nclfalaron Ooo >** 

InvukxM* *1 eiMMfB* 4* olma cliJ II laclara, qv* uiffiJkren. 
modificaron i EtleJtroA fto wi*nie* L* míame en lu rodlfr* 
n« «ndiluui que en «J Norte En 1* ku «|m4oIi ll qu* 
dib* uricúr y forjibi ll hloorli deJ Owldanu eirropeo. y *n 
*FI* tcjieit vwvirot *tmvn¡ ie|tr. No *ni* dkilnto* i olr«. 

L« ild* de Eapiñin dlacurri* »n toe tMviiionn 4c puebl», c-op 
M t* fmniem *n ínntUnEe motlmlaiuo Ventar k* honibtra 
d« E*p*At de tñi «4fbn * fltre; oe Lnetemb* I* «indre d* 
mm til Ir a adro* y vwtroi, ?ut»>* 4 con n>varm, indoncBee 
y cuLeíltflú*. q* fqnduti en uní tol* r*u Forqua m 4* el 
cuú p*nd*Jloo de que wn m blaloría *m>A*d> k utrlu qur 
cundo ll t*b«H do YmcoiHb «*ube en Nivem, i» br>*Toe 
«bbin #n j*u ) AnjéB, 

En nlnjtitii ceden hibfi e*^*r*<¡tdn entfí Iai uiinim* *v 
paflplu. No bebii rrondr** tiwtirMtaM. din leu. Hlnlotiiru 
ni mUtilAu^ te ilnks* fr*n:m que tenlMrioi, rr* et tucizo pl- 
nnildo. QHr na Ifl barrera t*mp 0 M porque mi rain» botnbm. 

!« d* li nu mpiflol* >0 crq»í» y dr|*b* a iq Norte rt- 
eoefdae itnteoe d* nu«tn> p**> 

erf orden niuldtleo, iiimli rellinn . «muí liu otm» *+- 
tilKHH* enpiitol**, conocieron *1 uneiro de tu* cikm di*lec(« En 
olio* «Dooninmot lu fuente* d# I* Lmáictorv pero U* «neón- 
tramo* dobifo de 1i tenju* midn. de li Jarate con qur m* 
dld unidad i CuLlllá, La lenplua *n que Llevibimoa •! IDvm- 
dolí* baria Amarle*. I* lengua con que a tupiré* niTr4*nS« 

otnorn por el mundo. I* 


Ct CmuJUU*. oon^fciin4o «i domingo *¡ 
* * ii» qua lhü %0 |« «¡ 0*0 por mrnóm 4m n 
A* 4 if PUwdúi Mwldpal pmwUf 


cAVeeM*. 


Tluimu, ü»*nleu, )*tm y vth 


VHHm 
4* on lidio 
icuuJn 


Hefktu «i 



Ktulá*. bu *1 P+~ 

W Ll b o n l FaJttip, wfl mmlnj 
Mt todo* li* nMilli* 4* I*4 p> y de lid** ¡ 

luabUd el OLEDIno 4* te* Mm*, I* fcdajfu 

te rtquíi 4») mte y ql fmte 4*1 tnbn}o. Y 
tea bl de toe I* tNI* 4* te hii*n Se 
4* iayilnir te eotulteld oon ti p*- 
p*e wlw 4* M *bpo d* rtUfa* q«o 
y 4a mu mu 4 ** ml uroo di 
W wJaa fióte —te » *1 
4* 


VIH* de SflbiO boH «ni t&iDOd* 
miti-mBcu. hube hombree 4* 
PiLrfi que. *1 empajo 4e m (tu- 
y croaron fuiertu que He virón 
«3 nombra do Eapefti 

time do 

Y« 


Doelin bl«h qrt aa U 
Hubo en* mlnqtll 
prn* di lo» q«« HOHOÍI* Ib 
nu*. Iibrvoo un* riqueu 
por tea camine* do 

Yo 4 * ***4ero que no temblar* mi mano ea 1 
Fb peí. ooido tempo» urinbld en Fu bom de li 
ti horlioim* otero, un borltonte de ireinfo. de unidad 
teJnbFlo q«o ba de w de fe, Qm toe eaptltelH. oon Fe 
nn dlfolplln*. «a k erocooldn dr ke tirando»! 
de! r*a«rd<> te nwr^tpoo ¿tertow* Celdo*, forlerolnoi 1 
TTfifte 

Ateildo de Pllbeo: E*p*IU Hr* tirando, y Sllboo pradro^ 
«*te con olí*. porqo* ite«* «pirlte do Erab*Jn< V poríjot ob+ 
4*o* *l rnudiie do ntefeBim Hfrnd* 1 d* I* «ontir* 4* mm 
Mftt— . 

jlirlbo EepefkF» 


La victoria de Bilbao ha sido decisiva 

en la guerra 

La historia vizcaína es netamente española 

A nuestro solo nombre, el mundo siente respeto, 

admiración y, tal vez, miedo 





*8HtaJMi í 

Hay b*M do* Uee fw oí Eteeoite 


rte pora liberar * Ira hermano* 

TiBcU.no* do k barbarte ro|i 

Habite floto d**4l*r por «ooilrai nilte* uní raproienLu 


Ku vonido te* íih 
«Clntnbn», para 


t* Lio Uqptm q» NHnptervr 
d* elte*. en todo* lo* riñon- 



Esta fué la 
gran fecha 
de Bilbao 


P 


'!■ «EirtTi ¡** h"r*i n 

tu '<>!■ h rnf; 1* mánUH *4* 
mtaijn- <U is ifrnjj i* lu e 

Bj-IÉví”- tí,, trm Lu *cn^ 

il*. yh ult'lly.i pf-- 

Miirii |Ei “HJ B* .1 P- J* ct 

|HUJ ry.,iP4 iv.ut4a >• 

fijjiEpii* h jíhiw 

'«ni. d* tu mié ^vi n» 

>AJ rihÉ , i+.rt+i iMjri IUI t» 
*1 (¡r-jviil^or i jJ 

í f«' i*r .V j 

E r«-4iiwi él Itrin ,(f] .l^ilLRfl 

t*!r.rir^) -v U* LRRttel n|* 

«htiJ*, VlKütñ rOUtci ijn 

A-i*» í 3* luna m4nft(k 

■* ru« ^ 1 -et 

T am *4*.)¿* ii* irrcnpayi 
Al — r;C iJrjiilr pteti UStell ■•>* tt 
Fértil MiM' «J univiml 
il*-»1irv> .Mpn.r .| 

lJr iJitia rn flsSIra.. «i 
nJj»tí»ji rmBCf' C-i. i'Ati 4* 
pn^ttrq«i tntHtili'n dFvn»4t> 
>tr fnipíNíi 

-Ir f A* T* j eei'! 

Ihj# (Mr» éi hnfiíií‘ 

i»h Ur-> >4» Iéo Q'n^rrwi !■ 
■nn T. a,) 

f >r «Ai! NU. |mr** >S* *11 

'+***+ f i L>- Éjfri Tr^tiri»! ,|r 

i>i tm jaíjíwüIp il* íjlnri* t 
■U Bit n .* h*ri *• 

I--i."w ii..a h - .i : i.-i,íM L u7.ri 

[uiinitoi v i['. * |.im» 

Cfifif* I* rníH t j “■ .-u^i: 

4p| pn¡ Ut, uWj, -i, rjtkiT 

rafjBftnj t ■ •ii.» -ig rit* 

í-m f! ■ t, ■ ■ I’ o it-: 4n 
VÍMIO H*l fi <1 1.1^ 1 ia] 1.19 t 
«f-r i . * ■! i mu* 1 

• U ,j p- .ut p'■ ■ i 'V r.,9 
r*-p ifti'li, I l ,f-Jt* 
TO^U#f» ptranni'J fr :*r » 

•AqiU pr. ‘l -lu ÉÍ- ■ i in.ts “t,I 

‘TI [í:|¡MI T ■ l -S-IH'. 

Iti .« ^ 

iV U * TI til -j! 
r* í 'l i 9i 

‘•i ’•-> i*- * ‘ » r ij'i *t.. 


1U >sí-t m 

i * I »1 


fCí'flTillíiJl T'll 1,1 ;• á‘ 


1f 


1* 


irniJui en qn* nn* e* i¡i un* 

hoy y qu* uolij* cnmprtrrifeinrw 

Y *n *1 campo raIlute*" f-i -1' ‘.m m ~ fu# u 

aldld*. En 1* «ligio». EtpaAj mura t- ■ J< *■ i • ■ ■■< n «« 

□ nlctail V en La R«li4ínn mirión.» n** -*■"i- • <hitn- inr»- 


y V : -ffie 

* <Je Pim- 
í’. ■ ‘M de 

I 1 i‘M 


i r 

.‘U* 

1 IV 


U T'ri Ir 
rvirit 

- f.r,»9 

‘4 

** ** * 

bl* 


“tr ai 


quino* v rititeüi.w ÍHtnwfv qe-c . .. >■ ‘ > 

ihirw vl^u m rapanun #m lai iK ür.Julf -l •■■ ‘ 
pluni y GUUmjitb Y cuindo b* q*lic fnnv . ,tu 
Itilrti* ruct, Fraca«mn íti bu pmfwrr»i , ‘ , ‘* ¡j‘«- ip 1 
verdiiifri W daba un moni"» ron raiíiLdra 

En lu ti’orlu di Etipinn In* ii/r.n" 

bunor. porqw viví* rran pene d# íi> itMm. ren . 

It^beF nurehih* i divar bu fiendon { n n 1 
tea qiM ear.rFhteri Ib HlUnfi* *U E'|‘'*i* 
ui fuemn Ib* nivea qu# dirroii pur pnrtwra y, \ ■ 

(Hbncu. y b! acto «a i*i, tunela qit# ou4níu’F#t i m -" - 1 
teda. 

Hoy 1* HletnrlA de Eepifi* llene qn bell,^ n,¡ir¡[ r 
qne ■ cuatro nombre «lente el mondo el tp^prni .v>, 
j til f«l miedo. (Gran oracíbn que dura v rv, 

CrMElO lograd# *n lia done tereu de U t«< - < *f *' i' 

oon qni|n do im hite*- h* 4* *er #n Lu raraie «I* ^ p*r 

Una piL y ana anidad qU* bin U4o FdndlJ v^ t irv , ^ 
pro y qe+ b*n lEdo fundadas en vurain oonunr x ' m ; 4r 
Ft dtanrockUd «paPoli y non t* qn* qbtknrltw-^ v i,-. f <> 
ro* y rne*ira* Franquiclu mo#ti>ilu * k (tebn-ji .1, i 
anote, y bajo iqueHi attldad *e ib* r-e*n4r> h * v ¿a fie 
YluvByip B«r|tendo lu tAbrfeu y tilkiNn. poblandn vnrraif* 
rf*. y Etepabi ontef* abni te ramio pin n^r^'T r,o pm- 

4mm. 

Al imp*B de L| unidad dt te par v do t jf^indtra *ur 
I* Hqnete que hm 4U*orl9i 

Eu inldid y Toril te» do foptft* «n* onoditiui q» en 
'* hilera táñeme*. hi»n q» boy. oinperadat la* lira** &* te 
pu, paranirveifiariHo SndlFrnrntra ahíte te erafflr ;«* unEOaFrra 
4* guerra qb* en Ekimpo ** erra, t denme rale rteblpte 
«erarw Jokle BpraetArutniHH ■> nunurai libonw 4‘ rwrmntnilr 
I entiror^eror Emuii*, aeqfutoa 4* q«« «o te ratiten níLbtUu 

iTCWHi m ui PAQjjfi «•> 


(VJ 


(«La C¡aceta del Norte». 20-VI-1939) 



jf r * f 


r.r» 














































ESPAÑA 1939 



Telegramas cruzados 
entre S.S. el Papa 
y el Caudillo 

Pío XII da las 
gracias al Señor 
por la victoria 
de España, y el 
Generalísimo le 
expresa la grati¬ 
tud del pueblo 
por la apostó¬ 
lica Bendición. 

BURGOS 1.—Su santidad el 
Papa Pío Xli ha dirigido al Genera¬ 
lísimo Franco el siguiente telegrama: 

■'Levantado nuestro corazón al 
señor, agradecemos sinceramente 
con I E. deseada victoria de la cató¬ 
lica España, Hacemos votos por que 
este queridísimo país, alcanzada la 
paz, emprenda con nuevo vigor sus 
antiguas y cristianas tradiciones, que 
tan grande le hicieron . 

Con esos sentimientos, efusiva¬ 
mente aviamos a V, E. y a todo el 
noble pueblo español Nuestra apostó¬ 
lica bendición.—PIO PAPA Xll." 

El generalísimo Franco ha contes¬ 
tado a su vez al telegrama del Papa 
con el siguiente: 

“Intensa emoción me ha produ¬ 
cido paternal telegrama de Vuestra 
Santidad con motivo victoria total de 
nuestras armas, que en heroica cru¬ 
zada han luchado contra enemigos de 
la Religión, de la Patria y de ¡a civi¬ 
lización cristiana. 

El pueblo español, que tanto ha 
sufrido, eleva también , con Vuestra 
Santidad, su corazón al Señor, que 
te dispensó su gracia, j' le pide pro¬ 
tección para su gran obra del porve¬ 
nir, y conmigo expresa a Vuestra 
Santidad inmensa gratitud por sus 
amorosas frases y por su apostólica 
bendición, que ha recibido con reli¬ 
gioso fervor y con la mayor devoción 
hacia Vuestra beatitud .— 
FRANCISCO FRANC O. Jefe del 
Estado Español.' ’ 

(Agencia «Cifra». MV-1939) 



(«rolos», n ¡12 de 22 




** „ • v¿ 



WF- I 





Sí) * 

ií i wm 



-^ 8 íi ftsrcelorta !n cbn niis iTjtrr^fíaijTp sobrs motivos cstv^Tario; 


NESOSK LOS 


ü 






Vivid* y escrita por el periodista F, CAR ASA TORRE 

«El libro que Merece ser Iradacido a lai leaguas de loe paiiej demo- 
crítkei que dta oídoa • Ua prepag aodot rojas, tía querer esterarse del te¬ 
rror q»e a »ms preso* prodifd la b orda «artista.» (De «A B C». Sevilla) 

332 páginas de texto, 14 ilustran» nes, por e] comandante E. LAGARDO 

¡Ea #3 único libro! £a una hliloda Uemi úñ dramatUpno j dé insuperable am&nMad como 
to aiMllffuan las «xcekntes crftieai m • isa ptü>Ucado toda la Prensa nacional. 

Predo: ñ Pías. Pídalo en librería^, quioscos y (tcv* Wi I t a,,* 


tí j " t i " C7* TITi ? CTj * CTj m C*J * V 


'fié « 


h ^ ^ ^ t — _ - - - - t — '• j a», J TV , J * b . J b j k . J T b^i T b'fj' T j ^ b J m b' 

• 4 * 4 * *-* **-»<!*-•< * .:j C +.*\Y+. **V'**’,‘.:*_e .l>. 

















































































ESPAÑA 1939 



i. AS FIESTAS DE LA VICTORIA 


EL CAUDILLO IMPETRA LA AYUDA DE DIOS PARA 
LA FORIA DEL IMPERIO Y ES UNGIDO CON LAS 
PALABRAS SACRAMENTALES DE LA IGLESIA 

La impresionante ceremonia de ayer en ia iglesia de las Salesas Reales. La oración del Caudillo y la ben- 

m 

dicíón de! cardenal primado. En El Escorial, el Generalísimo se postra ante la tumba de Carlos V v ora 
unos momentos, rodeado de sus ministros. Luego se. celebró la recepción diplomática. Homenaje a García 
Morato en el aeródromo de Griñón. Palabras del Caudillo a los jefes y oficiales en la fiesta celebrada 

en el Banco de España. Otros actos. Lr.s fiestas en provincias y en el extranjero. 


(«ABC», 21-V-I9J9) 


CONTRA LA BLASFEMIA 


* 

Una decisión admirable del 

gobernador civil 


D ON Luis Alarcón de la 
Lastra, teniente coronel 
de Artillería, gobernador 
civil de la provincia de Madrid. 

Hago saber; La realidad ha 
venido a probar que al ser liberdo 
un territorio, suge inmediata¬ 
mente a la luz el sentimiento 
religioso, tan arraigado en el 
alma española, que no pudieron 
contra él persecuciones ni marti¬ 
rios; pero nada ofende más al 
oído de un católico o simple¬ 
mente de una persona digna, que 
la blasfemia, palabra soez profe¬ 
rida en injuria de Dios o de los 
Santos. 

Asimismo, la convivencia 
social y el máximo esfuerzo con 
que todos, cada cual en su activi¬ 
dad. contribuimos al renacer 
nacional, exige el mutuo respeto 
al enjuiciar cada uno la obra de 
los demás. Por ello, y en cumpli¬ 
miento de disposiciones vigen 
tes. ordeno y prevengo: 


En el territorio de mi mando 
quedan terminantemente prohi¬ 
bidas la blasfemia y la difama 
ción de las personas, ya sean 
autoridades o particulares, ora se 
dirijan individuos o contra colec¬ 
tividades. Y serán rápida e infle¬ 
xiblemente castigados, conforme 
a la ley, aquellos que infringan lo 
que dispongo, aun cuando sean 
menores de edad, ya que enton¬ 
ces se extenderá la responsabili 
dad a sus padres o tutelares; mas 
creo y espero que el espíritu 
animador de nuestra cruzada, 
infiltrándose sin excepción, me 
evitará proceder con la energía, 
que estoy seguro emplear, si lle¬ 
gase el caso. 

Madrid, 5 de abril de 1939.— 
Año de la Victoria.—Luis de 
Alarcón. 


EL DEPARlAMEnO NACIO¬ 
NAL DE TEATRO Y MUSICA 

PRESENTA 

El TEATRO NACIONAL 
DE LA FALANGE 

LOS DIAS n y *3, A LAS ONCE 
DE LA NOCHE, EN EL PASEO 
DE LAS ESTATUAS, DEL RETIRO 

CON 

LA CENA DEL 
REY BALTASAR 

DE DCN PEDRO CALDERON DE 
LA BARCA 

REALIZACION 

LUIS ESCOBAR 

Escenografía y Plfiniim: VICTOR 
MARIA CORTEZO 
Múde*: FERNANDO MORALEDA 
Corroerán»: NA DIÑE LAÑO 
Lamino lee ni»; F. BENITO DEL 
GADO 

Sonido: SERVICIOS TECNICOS 
DEL MINISTERIO DE LA GO¬ 
BERNACION 


NOTA: Las localidades pueden re¬ 
cocerle en el Departamen¬ 
to Nocional de Teatro y 
Música. Medina©* li. 4. Te¬ 
léfono lom, y en la Je¬ 
fatura Provincia] de P. E 
T. y de les Jons. Avenid» 
del Generalísimo, 9 (antes 
Castellana). 


(Nota olleta) del 5-1V-1939) 





TIVOLI 


HOY Ía|*QQ DF G ORIA 


LA HERMANA 

SAN SULPICIO 

irrirfli't penhiNil" +* iviibttrtto rni*' 

Giiuc creíais ü liftiifl lili mili v mu LN J 

tih'FILE HUI! VH F \ TUKt í l UV\ 

4 tfo n- -i • Hi i 

í - V V PIPI HI S 9 






* 













































ESPAÑA 1939 




LA AUTARQUIA ESPAÑOLA 

Por JOSE MARIA DE ARE1LZA 


N O estará de más perfilar el 
concepto de lo que la 
autarquía, o, mas propia¬ 
mente dicho, la política autárquica 
ha de significar en la nueva econo¬ 
mía española. Entienden algunos, 
en efecto, esta palabra, excesiva¬ 
mente usada por cierto, como la 
hermética conversión de nuestro 
patrimonio y vida nacionales en un 


La obra realista 

....muta. 

del CAUDILLO 

i itwmtiiHtm m luiBminmi tiinummtm m til iiimniumim 

Hace 48 horas dimos 

cuenta de que había 

SUBIDO el 

PRECIO 

del tri go 

Hoy damos cuenta 
(pó¿. 5.') de que 


- 






BAJADO el 


PRECIO DEL PAN 

500 franca COSTABAN EN 
MADRID 0.40 PESETAS. 
1.600 greña ot COSTARAN 
AHORA 1.30 PESETAS. 

El bienestar de los la- 
briegos favorece la 
economía de todos los 

TRABAJADORES 
¡ESTA ES LA POU- 
TICA DE FRANCO» 









(«Intuniiacioru’.s*, 7-VI1-1939) 


ciclo cerrado, sin contacto alguno 
exterior, alcanzando la satisfacción 
de las necesidades del consumo con 
la exclusiva producción del país. De 
antemano hay que proscribir seme¬ 
jante interpretación simplista. Para 
ello nada mejor que analizar a la 
luz del principio de función los 
límites de la autarquía, para, una 
ve7 conocidos los móviles, estable 
er la esfera a que deba alcanzar su 
vigencia. 

La política autárquica ha sido 
llevada a su desarrollo actual en 
I uropa por imperativos militares y 
políticos. Su origen no es, por con¬ 
siguiente, hablando en rigor, eco¬ 
nómico, ni puede decirse tampoco 
que se trate de un sistema en teoría 
perfecto o apetecible. La necesidad 
de bastarse a sí mismas es ame todo 
una exigencia para las naciones en 
tiempos de guerra y una capacita¬ 
ción efectiva para resistir bloqueos 
y asedios. Como fórmula potencial 
e instrumento defensivo encaso de 
conflicto, es como la idea autár¬ 
quica se originó. También es hoy 
argumento dialéctico en tas luchas 
comerciales de los países, singular¬ 
mente atizadas desde la Gran Gue¬ 
rra y en la hiperestésica paz armada 
presente. Pero llevada al limite la 
teoría, y convertidas todas las 
naciones en compartimientos 
estancos, resultaría un caos 
absurdo que yugularía el comercio 
internacional, dando probable¬ 
mente al traste con la propia civili¬ 
zación. Ni piensa nadie en alcanzar 
semejante utopía. La autarquía es 
siempre un medio, nunca un fin en 
sí. Su aceptación es, por consi¬ 
guiente, en nuestra nación, tempo¬ 
ral y oportunista, debido a circuns¬ 
tancias o vicisitudes históricas. Por 
ejemplo, el enorme impulso y 
esfuerzo que el Imperio italiano ha 
realizado en ese sentido se debe 
principalmente a las sanciones que 
Ginebra decretará a raíz del pro¬ 
blema abisinio, La inicua decisión 
de las democracias sirvió precisa¬ 
mente al fascismo de estimulo para 
emprender su impresionante polí¬ 
tica de autonomía económica, 
hasta entonces llevada en ritmo 
lento y pausado. 


España, pues, tendrá que mirar 
previamente a los fines proptiestos 
para poner consiguientemente en 
práctica los oportunos medios. 
Nuestro objetivo esencial exterior 
—d de la guerra y revolución 
triunfante—. insuperablemente 
definido en varias ocasiones por el 
Caudillo, es el de recobrar para 
España con plenitud la indepen¬ 
dencia. el honor y la libertad nacio¬ 
nales. Para ello necesitamos ante 
todo ser militarmente fuertes. 
Cuanto sea indispensable a esa for¬ 
taleza ha de ser, indeclinablemente, 
la primera tarea de nuestra política 
económica. Aparte la construcción 
del propio armamento, naval, 
terrestre u aéreo, es urgente capaci¬ 
tarnos para lo que de modo indi¬ 
recto sirva a la guerra y a su soste¬ 
nimiento. Citaremos tres capítulos, 
que acaso sean los de mayor volu* 


Los días 4 y 3 de AG OSTO 

SUMINISTRO 


de azúcar, aceite, 



Sega ti nota facilitada por !i Üo 
rollan* General de Ab&stecimlento* 
j Transporte!, durante los día» 4 y h 
dal próximo rom de agosto »e efee- 
toar* a toda la población un iami- 
nfatro de aceite, atúean café y Irm 
1*1*1. 

A-imhrno. y durante las indicada* 
rti*t, »e remilgará ¡an reparto de ba¬ 
calao a las cartilla 4 afecta! al distri¬ 
to de KSuenaehta. 

La entrega de dichón producto! 
hará mediante cortó de los corre»* 
pendientes cupones de las cartilla* de 
a bastecí miento, 

El radon* m lento sera ef ilg ule ri¬ 
te: aceite, tan decilitro por persona; 
a«óc*r, cien gramo» por persona; 
lente Jims, 54 gramo* por persona; 
cafe, 34 gramo» pór perdona, f fra- 
cálao, 7!t gramo» por persona. 


(«Informaciones». 31-Vil-1939) 















































men e importancia: carburante, 
transporte automóvil, nitrogena¬ 
dos. Hay. naturalmente, infinidad 
de otros productos necesarios: pero 
mencionamos Jos anteriores por 
tratarse, además, de factores que 
juegan en el normal desenvolvi¬ 
miento de la economía de paz. Si 
queremos bastarnos en esos tres 
aspectos, será preciso desarrollar 
una política industrial de enverga¬ 
dura diversa para cada uno. En 
materia de carburantes no se puede 
ir sino muy despacio a los ensayos 
sintéticos en gran escala. Alemania 
misma, que se halla a la cabeza en 
esta clase de realizaciones industria¬ 
les, no ha logrado ¡orzando su pro¬ 
ducción, sino llegar al millón dos- 
cientas^mil toneladas, y ello, en 
condiciones óptimas para el coste 
de la materia prima. Nuestro con¬ 
sumo aproximado de unas 400,000 
toneladas anuales no sería abaste¬ 
cido sintéticamente sino tras largo y 
costoso proceso, y ello, con resul¬ 
tados todavía inciertos o dudosos. 
La prospección metódica del sub¬ 
suelo español, como es sabido, 
todavía sin realizar, llevará asi¬ 
mismo años para ser verificada 
adecuadamente. Una solución de 


ESPAÑA 1939 


¡PíW.W.AXPTAXP 
*!**#»! ¿Ib 



emergencia seria probablemente 
exigida, mientras tanto, por nuestra 
política autárquica: la de establecer 
grandes “ stocks" de carburante en 
depósitos convenientemente prote¬ 
gidos en la forma que hoy lo reali¬ 
zan numerosas naciones europeas. 
En punto a la fabricación del motor 
y del automóvil, es imprescindible 
acometer el problema, cosa además 
perfectamente factible. La guerra 
de liberación ha servido a este res¬ 
pecto de fecundísima experiencia, 
ya que los Servicios Automovilistas 
del Ejército han demostrado la 
posibilidad de obtener de nuestra 

industria v de nuestros obreros 

■** 

todas Jas piezas necesarias en las 
calidades exigidas. En lo que a 
nitrogenados se refiere, base de la 
industria explosiva y del municio¬ 
namiento en guerra, tampoco hay 
nada que se oponga al estableci¬ 
miento en España de plantas indus¬ 
tríales de síntesis amoniacal, e 
incluso, según creemos, se hallan a 
punto de iniciarse los trabajos de 
alguna. Con lo enumerado queda¬ 
rían cubiertas las más importantes 
etapas de la autorquía militar 
española. 

Y llegamos al otro aspecto de la 


política autárquica. ¿Hasta qué 
limites o dentro de qué margen 
deben nacionalizarse los productos 
hoy importados, desapareciendo 
como factores negativos en la 
balanza comercial? La pregunta es 
compleja y tan importante que toda 
la futura economía orientada por el 
nuevo Estado la tendrá segura¬ 
mente presente como guión de su 
política. España tiene después de la 
Victoria que realizar un inventario 
de su patrimonio y un programa de 
su norma comercial exterior. Cinco 
naciones ocupan los primeros luga¬ 
res en el volumen del intercambio 
de productos con España: Alema¬ 
nia, Inglaterra, Estos Unidos, Italia 
y Francia. Hablamos, claro está, de 
(a normalidad anterior a) 36. ya que 
actualmente, por ejemplo, el 
comercio con la República vecina 
se halla supeditado a la ejecución 
de otros compromisos previos. 
Nuestras balanzas privativas con 
cada uno de ellos, eran distintas: 
favorable con Francia e Inglaterra: 
sensiblemente niveladas con Ale¬ 
mania e Italia: enormemente desfa¬ 
vorable con Estadps Unidos. Tra¬ 
tados comerciales, señalaban en 
general la paula de estos intercam- 




BHAi EMtSA SA&AAftá, I, A* 

T 

MIARIA Clif MATQfitotf JGA ESMAQU. 

ripirH«Urt4** M I» U. r. I* 


) 


J® 


palacio de la mi s ¡ ( v 

* Mr* fN !*■•***, ti*nai, c*rnt» 

HOMENAJE AL 
1* Oran Alemania 

R* rmhijMor d* AfimrtiF* ■ i-fi 


tfl** 4 




SECCION 4.J., - * * ..■ , 

OROÍM Dff PROGHAMi 

vlAll IIK Wlti VCil -mí a M ■ P , 

AHMA AKKM AUKAIANA 

TiTAHi:* ílKl. VIA/ 

ivosotmcu cónsul ~ * Li i . ki . 
tflAJb l ÍL UilLLK A í-üii.-. 

Ut f 


c! ‘i - íTí - c?j r tr j r r c?^ - ? tTfT i. 

>«^*1*1 «O ItUtIM H 

> 0 r i 4*# X* * A 



* J 


PERFUMERIA GAL, S. A. 

dirige un entusiasta saludo ai glorioso 
Ejército español, liberador de Madrid 
i y de España, y al preclaro héroe que 
lo acaudilla; y a ía vez que saluda ¡ 
también efusivamente a sus clientes y ! 
al público, íes hace presente su pro¬ 
pósito de reanudar la fabricación de i 
sus productos cuanto antes pueda, 
contribuyendo así a los altos fines de 

la reconstrucción nacional. ¡ 

■ 

e o o 

¡ARRIBA ESPAÑA! 


„ „. __ jrjr t.rj -vra r tra r 1.75 ,ns»t ~ í~j -vu 

68 1 n «s 





















* 



ESPAÑA 1939 



bios, Ello quiere decir que venían 
en gran parte condicionadas las 
importaciones a la colocación de 
nuestros productos en los mercados 
exteriores. Regla tan elementa! y 
obvia no podrá ser ignorada o des¬ 
deñada tampoco en la hora pre¬ 
sente. Con todas las modificaciones 
que la voluntad humana realice, las 
inmutables constantes de nuestra 
riqueza nacional llamarán siempre 
al gobernante a la realidad. España 
es y será país exportador conside¬ 
rable de productos agrícolas y 
minerales. Podrá el listado mejorar 
las condiciones y el rendimiento de 
esa exportación o aumentar los 
grados de transformación, manu¬ 
factura y elaboración de las mis¬ 
mas. pero nunca oponerse a lo que 
la naturaleza dispuso como inva¬ 
riante constitucional de nuestra 
economía. He aquí, pues, un primer 
motivo a considerar. El despojo del 
oro realizado por la canalla “roja" 
con las complicaciones exteriores, 
es un segundo factor, ya que al des¬ 
poseer de reservas metálicas a nues¬ 
tra divisa, quedó ésta exclusiva¬ 
mente respaldada por el trabajo y la 
productividad de todos los españo¬ 
les. El oro está ahora, como quien 


dice, en nuestros brazos y en nues¬ 
tra inteligencia, en el esfuerzo de 
cada día. y en la labor cotidiana. La 
compensación rigurosa de produc¬ 
tos. será por consiguiente, en gene¬ 
ral, el limite desfavorable hasta el 
que se pueda llegar en nuestras 
relaciones comerciales exteriores. 
Se impone, pues, la nacionalización 
gradual de importantes partidas 
hasta hoy procedentes del exterior, 
a fin de alcanzar la indispensable 
nivelación, objetivo que a nadie 
podrá parecer demasiado lejano 
ambicioso, cuando todos saben que 
todavía el mismo año 1930 nuestra 
balanza de pagos nos era ligera¬ 
mente favorable. Por no indicar 
sino un grupo a modo de ejemplo, 
la maquinaria, el material eléctrico, 
la pasta de madera, los productos 
farmacéuticos, la celulosa y sus 
derivados, serán total o parcial¬ 
mente. según los casos, objetivos 
probables de la política autárquica. 
El algodón, clave de nuestra 
balanza de importación, es pro¬ 
blema aparte de extraordinario 
relieve. La gran importancia de las 
cifras que supone, gravitando, 
además, sin contrapartida en nues¬ 
tro intercambio exterior, dada su 


habitual procedencia (Estados 
Unidos, Egipto. India), hace que 
sea estudiado con el máximo inte¬ 
rés; sirviendo, por otra parte, de 
materia prima al más fuerte y vigo¬ 
roso núcleo de industria española, 
la cuestión algodonera se proyecta, 
con trazos singulares, como asunto 
de primer plano en nuestra política. 
Las directrices aulárquicas aconse¬ 
jarían, seguramente, un sistema 
mixto en lo que a esta teoría se 
refiere: de un lado, intensificación 
racional del cultivo en España; de 
otra parte, sustitutivos artificiales* 
en la medida conveniente y posible. 
Y acaso, para completar ambos 
esfuerzos, fomento de ¡a exporta¬ 
ción de tejidos nacionales. 

Tales son. a grandes rasgos, y en 
esquema brevísimo, los que a mi 
juicio pueden ser caracteres funda¬ 
mentales de una política autárquica 
española. Consecuencia lógica de 
una Victoria lograda para que 
España pueda de nuevo realiz.ar en 
el Mundo su misión histórica y sus 
fines transcendentales. 


(«Arriba», 22-VI-I939) 





ALA/ 


¡AÑO DE LA VICTORIA! 

La victoria del espíritu y de 
las armas se consolida con 
el trabajo y el desarrollo 
industrial de un país. 

Espaha será grande y libre 
por et esfuerzo de sus hom¬ 
bres bajo la dirección de 
sus capitanes de Empresa. 

■f- 

La publicidad crea, orienta 
taproducción y el consumo. 

Estudios, campabas, dictᬠ
menes comerciales y publi- 
* citarlos. 



ALA/ 

ALCALA, 12. Tel». 25174-22075 

CONSEJO DE ADMINlSTKAOONi 

Freiidente; Don Luí* Mari* de Zunzunegui, Secretario; don 
Joié Mari» La puerta. Vocales: Don Joaquín Tel lo, Don Lú¬ 
ea* Torre* Canal, Don Antonio de la Riva t Don Antonio 
Araco- Director gerente; Don Jo*é Valiente 































































*«*<**'«***,** 


ESPAÑA 193 4 > 



implantación del 
»Día del Plato único» 

en Barcelona 

• Entrará en vigor a partir del 6 de julio 


Vita nota del general jefe de 
los Servicios de Ocupación 


( PONDRIA una simplicidad 
¡fe aireño, mejor diríamos 
inconsciencia, creer que lu 
terrible guerra que los enemigos de 
España impusieron no ha dejado hue¬ 
llas profundísimas. 

i.a infrahumana conducta de los 
rojos que precediendo la guerra y a 
través de ella han cometido miles de 
asesinatos; la destrucción sistemᬠ
tica de muchísimas fuentes de 
riqueza por perversidad o estulticia: 
el robo i expoliación de que lucieron 


victimas a la nación y a ios particu¬ 
lares. r tantas otras causas que la 
maldad roja, muy en consonancia 
con el credo marxtsta. creo, han 
incrementado de modo nunca visto 
en guerra alguna el número de huér¬ 
fanos. viudas r mutilados, así como 
el de familias que por haber sido 
arruinadas gemirían en el desamparo 
si el Caudillo pudiera permitiría. 
Toda la gama del dolor humano, en 
la plenitud de sus aspectos r deriva¬ 
ciones. ha sido voleada sobre España 
por los anti-Patria. 

Esas amargas realidades, que no 
pueden ignorar, ni menos olvidar, los 
patriotas, han obligado al Gobierno 
de nuestro glorioso Caudillo a arbi¬ 
trar recursos en consonancia con la 


que no serán nunca esees-iros si la 
razón se identifica con el sentimiento 
de hermandad entre ¡os españoles. 

Entre esos recursos figura el "Día 
semanal del Plato único", que en 
cuantas pros indas ha sido aplicado 
ha obtenido el resultado magnifico 
de que no cabio dudar, no sólo por su 
objetivo sino por lo que de generoso 
sacrificio tiene. 

En cumplimiento, pues, de las 
órdenes cursadas por el Ministerio de 
la Gobernación sobre ese importante 
particular, el Día Semanal del Plato 
único se implantará en Ran clona el 
día 6 de julio próximo, circunscrito, 
de momento, a los hoteles, restau¬ 
rantes. bares , pensiones, tabernas y 
en general todos los establecimien¬ 
tos. por modestos que sean, que sir¬ 
van comidas a! público. 

La Junta Provincial de Beneficen¬ 
cia actuará como el Organismo ofi¬ 
cial encargado de llevar a la práctica 
el a Pía semanal del Plato único» en 
Barcelona y cuanto con él se refiera. 

Barcelona, 26 de iunió de 1939, 
Año de la Victoria.—El General jefe 
de los Servicios de Ocupación. Elíseo 
Alvares Arenas. 




40, fueron recogidos 

Itr actfrrcln pflii ■* Hlimiv <ji*pn, 
vloouea de las '.Uitorídjdf v ayer dio 
Comienzo en Madrid una intensa 
fampaña par* terminar,, en el mfcs 
breve plato» ron la mendicidad 
He Jera, 

Fueron recogidos 40 mendigo*, Loi 
enaltes» después de *er llevados a 1* 
Oüclna, de ClitUtrarbn 1 dmínfee- 
tarto» rcmi*nirnieraenle p fueron dtv 
tribuidos ríe la siguiente forma: no 
ríanos de ambos setov. nifirrs * 
restante' mujer e* na turóle* de >!■ 
dnd, a diferentes establecimiento* 
henearos; lo* de fuera de la capital, 
a pus provincias de proccdencí». y 
el resto, ron un total de 14 hombre 
apio* para »■! Inhalo, n la tinca agn- 

roí:* dr IWarilIfa ¿Iri Monte, 

I * r'mpirii nmir l.t mrtnfllnrí i ri 
■ miro*' h.na d* rondo rsiesnrri 9 
os r y. 


extensión i profundidad de las nece¬ 
sidades someramente enumeradas. 


(Publicado en la Prensa 
de Barcelona, ei 27-VI-1939 1 


Lo batallo da la revolución 
naclonaísindicallsta 


LA ORGANIZACION 
SINDICAL EN 



EXTIRPA LAS CAUSAS 
FU NDAMENTALES DE LA 
LUCHA DE CLASES 


Estos eran esencialmente el marxismo 

y el Estado burgués 


(>■ luí urinaciones», 6-\ 11-1439) 


(«Arriba». 2K-IV-1939) 


































ESPAÑA 1939 



EL NUEVO IDEAL DE LA 
ESCUELA ESPAÑOLA 


• Instrucciones para su mejor desarrollo 


Nota de ]a Inspección de l. J 
Enseñanza 



L nuevo curso escolar, 
que se inició mn feliz* 
mente con la reposición 
del Santo Crucifijo en la Escuela, 
exige de modo imperioso un cam¬ 
bio en la actuación del Magisterio 
primario de Barcelona. 


El oprobio de una escuda laica 
ha terminado, para formar españo¬ 
les hondos, creyentes y patriotas 
austeros. 

España resurge, gloriosa, por el 
esfuerzo decidido v gigante de sus 
hij os, de los que murieron alegre¬ 
mente por ella, de los que por ella 
se sacrificaron y quisieron rendirle 
lo mejor y más espléndido de su 
vida. 

La Escuela tiene que recoger el 


ambiente heroico de las juventudes, 
guiadas por el Caudillo a la victoria 
y la cooperación de figuras insignes 
como la de Josa Antonio, genial 
alentador de la juventud española 
en horas de desconcierto; Calvo 
Sotelo, asesinado cuanto tanto 
prometía su talento; Sanjurjo, 
luchador contra los hombres que 
encarnaban el 14 de abril, sin olvi¬ 
dar aquellos otros soldados de la 
Tradición, batalladores constantes 


ABASTECIMIENTO DE MADRID 
Saludo de la Casa Artiach 

*‘GALLETAS ARTIAC! 1, S. A.*\ saluda cariñosamente 

a sus consumidores y clientes de Madrid liberado por las 
gloriosas tropas nacionales. 

A la vez les comunica con placer que tiene preparado un 
surtido de 200.000 kilos de galletas para abastecer el mer¬ 
cado madrileño, y que la producción total de su fábrica se 
cifra en 18 toneladas diarias. 

Hemos comenzado el abastecimiento efectivo de M drid desde VillaTupnqa, donde tenía¬ 
mos nuestro “stock 1 ' periódicamente renovado. Además, iniciamos un servicio desde Bilbao 
de CUATRO camiones semanales. 

Nuestras últimas creaciones, la galleta DIGESTA, íntegra!, dulce, mantecosa, exquisita; 
los CRACKERS, de tipo inglés, sabrosísimas galletas hojaldradas, sin azúcar, y ei SURTI-, 
DO DE GALLETAS DE CHOCOLATE, que hara también las delicias de todos, compi¬ 
ten en calidad, presentación y precio con la producción mundial más afamada. Son una 
nueva muestra de que en la España Nacional, a pesar de la guerra, hemos vivido sin in¬ 
terrumpir el progreso de la vida de la Nación. 

NOTAS. Habiendo sido intitulada y destruida nuestra Delegación de Madrid, y desaparecido eJ u chivo-fichero de clientes» en tanto fiot- 
m>dHamos lo* problemas de orgamsatidn y reparto con personal apropiada nuestro servicio se rea litará por medio de camiones que llegan 
de Villa luenga y Bilbao, 

/ nte Ja imposibilidad de visitas * nuestios numeroso* dientes, el Gerente apoderado de "Galletas Artiack S. A." t en Madrid, rtcibií* 
provisionalmente loa encargo* rodos lo* dUs de 9 a I de Ja mañana y de 3 a 7 de la Urde, en Avenida ém Donde de KeRalver, número t9, 
y cufie de fa Reina. Telefono número ¿4994. 

LLV IVA ESPAÑA!!, 




















ESPAÑA 1939 




HIJOS DE RUBIO 


calle mejor. 35 (moderno) 

Saluda a sus clientes 
y amigos 

lima maco! 

jimii Esralai 

¡Franco!... 
¡Franco!... 
¡F raneo!... 

¡M España! 



Manuel Fernández y Gon- 

* > 

zález, 6 (antes Visitación). 
Se servirán la rica manza¬ 
nilla y los platos especiales 
de la tierra de María San¬ 
tísima. 

Saluda cariñosamente a 
sus dientes y amigos. 

O 

üiiiva Espanaü 


EL PERSONAL 
DOCENTE 
DE LAS 
PROVINCIAS 
LIBERADAS 


VITORIA.—El ministro de 
Educación Nacional, ha fir¬ 
mado una orden referente a 
ia depuración de todo ef per¬ 
sonal docente de las provin 
cías recientemente libera¬ 
das. 

En su consecuencia que¬ 
dan suspendidos de empleo 
y sueldo todo el personal 
docente, debiendo dirigirse 
en el plazo que se determina 
a tas autoridades que se 
mencionan, para obtener su 
rehab ili fació n pro vis i o na!, 
primero y después su 
depuración. 


(A ge n c i a « Fa ro », 20-1V-19 3 9 1 


contra ideologías extrañas, que 
desviaron la esencia y ser de ia 
Patria, l odos rindieron su tributo a 
la muerte, antes de ver cubiertos los 
claros celos de España por auroras 
de triunfo y de gloria definitiva. 

Por ello esta Inspección se dirige 
a todo el Magisterio primario para 
el mejor cumplimiento de las dispo¬ 
siciones de la Jefatura del Servicio, 
contenidas sobre todo en su circu¬ 
lar de 5 de marzo de 1938 y en 
órdenes anteriores, para hacer las 
indicaciones siguientes: 

1. — La reposición del Santo 
Crucifijo marca ia apertura del 
curso, que será rápida e inmediata. 

2. -— Además del retrato del 
Caudillo, habrá en el salón de clase 
una imagen de la Virgen, con prefe¬ 
rencia de la Inmaculada, y en sitio 
preferente. 

3. — El Mes de María se cele¬ 
brará ame su imagen y según ha 
indicado el Excelentísimo y Reve¬ 
rendísimo Administrador Apostó¬ 
lico de esta Diócesis recientemente. 

4. - A la entrada en la Escuela, 
los niños saludarán con el tradicio¬ 
nal «Ave María Purísima» siendo 


contestados por el maestro: «Sin 
pecado concebida». 

5. — El crucifijo sería conve¬ 
niente tuviese como fondo la Ban¬ 
dera de la Patria. 

6. — La ceremonia de colocar la 
Bandera antes de empezar las cla¬ 
ses, y arriarla al terminar, mientras 
se entona el Himno Nacional, es 
obligatoria para todas las escuelas. 
Deberá efectuarse en el patio de la 
Escuela o en su interior si carece de 

él. 

7. — Con el fin de cumplir el 
precepto de oír misa los domingos, 
asistiendo los niños, con sus maes¬ 
tros al frente, acudirán a ¡a iglesia 
en que la celebren, las Organizacio¬ 
nes Juveniles y con los niños no 
enclavados en éstas, que asistirán 
con ellas. 

8. — La sesión escolar com¬ 
prenderá seis horas: de nueve a 
doce y de tres a seis las niñas: de 
ocho y media a once y medía, y de 
dos y media a cinco y media, los 
niños. 

9. — Hasta la publicación de los 
programas escolares se atendrán los 
señores maestros a lo prescrito en la 
Circular de la Jefatura en 5 de 
marzo de 1938. 

10. — Los maestros que por 
rehabilitaciones sucesivas hayan de 
abrir sus Escuelas, se atendrán 
estrictamente a estas normas. 

. 11. — La lista de libros escola¬ 

res permitidos por el Ministerio, 
obra en la Sección Administrativa y 
en la Inspección. Los excluidos en 
ella no podrán usarse, debiendo ser 
retirados, sin destruirlos por nin¬ 
gún concepto, y en espera de órde¬ 
nes oportunas: y 

12. — Los colegios privados 
podrán pasar por la Inspección, de 
doce a una. la próxima semana, a 
recoger la Circular de la Jefatura, 
dejando comprobante que así lo 
acredite.» 

(Nota Oficial dei 6-V-I939) 


vTvfvf Jvl'í Jví'l'l'f vNiíd 
































,ww 



ESPAÑA 1939 



Se suprime la 
coeducación en los 
grupos escolares de 

Madrid 


Vitoria 3, 2 madrugada. En vir¬ 
tud de una orden de! ministerio de 
Educación nacional, queda supri¬ 
mida ¡a coeducación en los grupos 
escolares de Madrid. La parte dis¬ 
positiva de dicha orden, dice: 

Articulo 1. a En ios grupos 
escolares Andrés Manjón, Leo 
poldo Alas. Luis Vives y Marcial 
User a. se crea una plaza de direc¬ 
tor en cada uno de ellos, a base de 
las secciones número 7 de cada 
grupo. 

Art. 2. a En cada uno de los 
grupos escolares Amador de los 
Ríos, José Calvo Sotelo. Claudio 
Moyano. Emilia Pardo Bazán, Víc¬ 



tor Pradera. Goya, Joaquín Soro- 
l/a, José Echegaray. Lope de Vega. 
Migue! Unamuno. General Mola. 
José Antonio. Padre Poveda, Tirso 
de Molina, se crea una plaza de 
directora, a base de la secciones 
número 1 de los respectivos 
gr.upos. 

Art. 3.° Las referidas plazas se 
proveerán en la forma reglamen¬ 
taria y serán desempeñadas con 
los derechos correspondientes al 
número de grados de cada grupo 
de niños y de niñas. 


(Agencia^Faro», 3-V-I939) 


(«I nformaciones». 14-1X-1939) 


PROFESORES 

DESTITUIDOS 


VITORIA.—El /efe del Ser¬ 
vicio Nacional de Primera 
Enseñanza, señor Toledo, ha 
manifestado que con esta 
fecha y a reserva de los que 
pueda resultar en su expe¬ 
diente correspondiente de la 
Comisión depuradora, había 
suspendido de sueldo y des¬ 
tituido a! director y a la 
ma yor parte del profesorado 
del Colegio Nacional de Cie¬ 
gos. del colegio de Sordo¬ 
mudos y de la Escuela de 
A normales, focos en los que 
el marxismo actuó con ver¬ 
dadera intensidad. 


(Agencia»Faro». 24-1V-1939) 



LA MARQUESINAl 

Tetuán; 16 

Tremendos bocadillos de jamón 

"Gran Marquesina", series 1/ y 2/ 

[A DESQUITARSE! 



NID A 


- 


h >mu' 4 it l4»ni{kMrñ«Í .* c i .1 Km ¿ S.AH Mili 

1>I H¡ #tf ai r,S Afto <| r tit V prntn*, fon 

LvJp .. . . ... fm 

.“TRENO 

rft- I Iwllriilj*. h>/|n m'Off- ■ ^rtii-Tion 

BB3 ■ 




HEROIC 



(Mi |Wtr I* mate* .jijiciuiu! ( if'KSA 4w- 
Hint-r Irt giinrr* y Ja (todita mitmn 


1 !:■■■■- 


Li piifcula de amo indiuuiiiio 

0 n* r»ri tMn MvínH 











tr ’¿ " trs - c7j r - c:j r 

* * *4 * ».*• 


C7J " c* 


' ** 

I * * 


r l"£ m • n j * 

“3Jft! 173 h. 


iVi * 




t i'j - m k* U 

































































































































ESPAÑA 1939 





Barcelona.—I n la i ¡itcdral Basílica celebro d solemm aetu di 
bendición de los < rttciftjas destinados a ocupar el sitio ók honor que les 
corresponde en las Escuetas primarias de la ciudad. Instantánea del 
emocionante acto de colocar el Santo C rucifijo en d < irupo I scobr 

- Pedro \ i I ;i 


Las autoridades en el <*rupu Escolar - Duran s Has durante la misa de 

cama paña 




r 


Pequeños escolares cantan, hra/n en alto, los ^tunosos himitus del Mu* imonto, en presencia de las autoridades. 


V 






i .rupo de niños portátiles de los ( rocifijos para ser siilmirH mentí 

repuesto en las diferentes aulas 


\ spi’i (i * que |M * sentahar*. doiatili la misa d* campaña, las I se Helas de la 

harria di ‘san 


(«La Vanguardia Española «, 7-V-1939) 

i* j - c't - c*á Tl*> “ f C7 j ’cT*j m C7 j ?l 7¿T Cí»/-*Ü 

é ■■ja w # ■ rf j* »i * " i" 


> * 























































ESPAÑA 1939 



PASQUIN DEL S. E. U. 


LA UNIVERSIDAD DE FALANGE 
ESPAÑOLA TRADICIONALISTA 

Y DE LAS J. 0. N. S. 


P UEDE decirse y debe 
proclamarse a los cuatro 
vientos del mundo — 
acompañando a la voz suprema del 
C audillo— que la guerra no ha ter¬ 
minado, en cierto modo. Que han de 
seguir dispuestas las inteligencias y 
los músculos en tensión. Que han de 
perdurar las virtudes guerreras de la 
disciplina y del sacrificio. Que hay 
que continuar viviendo con lo 
imprescindible, porque nos falta por 
ganar para España todo lo que 
imprescindiblemente necesita para 
figurar como un pueblo rector en la 
Historia. 

Y la Universidad —como órgano 
cultural indispensable de nuestro 
pueblo en marcha— tiene que estar, 
asimismo, informada por aquellos 
valores nacionales que la falange y 
el Ejército de Africa guardaban para 
hacernos brillar en el Alzamiento del 
18 de julio de 1936—instante en que 
unos grupos que había despertado la 
voz de José Antonio hicieron ponerse 
en pie, definitivamente, a las juven¬ 
tudes de España. 


Estos valores —subversivos \ 

ir 

edificantes— residen, ante todo, en 
el acatamiento a una jerarquía y una 
disciplina; en el servicio alegre y el 
desinteresado sacrificio. En esas seis 
virtudes falangistas —obediencia y 
alegría, ímpetu y paciencia, gallar¬ 
día y silencio— que nos hacen ser de 
otro modo que tos demás. Tener un 
estilo impar e inimitable. 

Nuestras falanges universitarias 
van a llegar muy pronto a los claus¬ 
tros y las aulas de los C entros docen¬ 
tes, con este modo de ser, que impone 
y exige la unanimidad. Como una 
sola alma, como un solo hombre es 
necesario que acudan los estudiantes 
españoles a la llamada que la Patria 
les hace junto a las cátedras y los 
campos de deporte, las bibliotecas y 
los laboratorios. La Universidad con 
profesores y alumnos distanciados, 
ja escolaridad con rencillas entre los 
unos y los otros y el abandono por 
todos de su labor, las luchas intesti¬ 
nas y los grupitos disidentes, ha ter¬ 
minado de hecho para siempre. De 
derecho terminará también. 



MúpamtOUvettL 


LA GRAN MARCA NACIONAL 


H 


DE MAQUINAS DE ESCRIBIR 

a reanuda do U producción an sus talleres 
con el entusiasmo y le responsabilidad 
a que le obligan su puesto en el mer¬ 
cado, pare contribuir a U indepen¬ 
dencia de nuestra Economía que debe 
coronar la victoria del Caudillo* 


ttISPflnO-OLIVETTI S.fl. 


,% tffi 0.vte:£irin 

CASTILLEJOS, 87 y 89 T*¡íf*oo SUib 


Obxiim: VIA LAXÉTANA, 37 

Teléfono 14734 Botction* 


actuando en este sentido unificador v 

ir 

totalitario de modo incontestable. 

l ucharnos desde hace mucho 
tiempo por la Universidad unánime, 
en la que tos universitarios españoles 
que merezcan serlo. Sin más excep¬ 
ciones. Sin más camarillas profesio 
nales. Sin más secesiones políticas. 

Asi será la Universidad de h 
Falange Española Tradicionalista y 
de las J. O. N. S. 

LA JEFATURA NACIONAL DEL 
S. E. U. 

ESTUDIO Y ACCION. jSaludo a 
Franco! ¡ARRIBA ESPAÑA! 

(Nota del S, E. U.. 
del 20-V-1939) 



TESOBO 

Nacional ~ 

ocooíxmxooxooooocoo 





























ESPAÑA 1939 



CINE 

COLGADURAS DE GLORIA 

Por LUIS GOMEZ MESA 


M ORIR erguidos el alma y el 
cuerpo por la fe, el pensa¬ 
miento y et corazón en alto, 
fijos cr. Dios v en la Patria, es alcan¬ 
zar la gloria eterna. Vuestros caídos 
hicieron realidad sublimemente sen¬ 
cilla esta afirmación. Y el gozo, de ¿a 
valentía r la generosidad con que 
sacrificaron sus vidas rechazan los 
crespones de luto. El blanco fulgor de 
su conducta desconoce ¡a negrura. 
Ellos llevaban en su ímpetu dema¬ 
siada luz para amar la oscuridad. .Se 
extasiaban en el sol de la alegría i en 
el más radiante y azul de los cielos, 
como el de los días felices de Madrid, 
y por lo mismo que nuestra ciudad se 
halla en pleno disfrute de Ia dicha 
inmensa de su reciente liberación, no 
debemos olvidar en estos instantes 
venturosos a quienes perecieron por 
lograrnos tan supremo anhelo. ¡Loer 
a su memorial Pero no al modo usual 
del lloriqueo, de las lágrimas feme¬ 
ninas, sino a! estilo viril y falangista 
de la emoción contenida, de la pro¬ 


mesa callada y sincera —brazo en 
alto y la mano extendida — de seguir 
su ejemplo. Y en vez del luto, las col¬ 
gaduras de gloria, ¿a su gloria 
inmarcesible! 

Asi. como una colgadura de 
triunfo puesta en la pantalla deI Cine 
A venida, v movible v admirable, es la 

«<■ v 

película titulada "'España heroica ”. 


¿ Y no es una redundancia este adje¬ 
tivo. si el nombre de España significa 
ya —desde nuestro renacer el 18 de 
julio de 1936 — heroicidad, bravura, 
abnegación y cuanto es decisión de 
victoria. 

Constituido ese documental por 
escenas filmadas en la zona “roja" y 
en la de Franco, de la simple compa- 






PES 




1 




YA LLEGÓ... 

Viu-bíAtm * rtiarvar sua '«Alidada* fura 'a iTM.HfN í*E r, y \ iaó \tmo 
liAiit• las étet ilp 14 notüe, la JEFATURA '! ERniTOUTA?, DÍ. ÚftOfWGANÜA 

(Av*aki* Útl G4fn*rnH$jiSK> tranco, o tn Ja laífiuila dol 

■ 


ÍL^ pclPuía f|ü< ba ei*Io •yficiMrt ni Ui r idJl^ 


AST 



ración entre una v otra resultan muy 
provechosas enseñanzas. En aquélla, 
el crimen, el pillaje, el robo, la des¬ 
organización. el hambre, el materia¬ 
lismo más grosero: un caos de mal¬ 
dades. y en ¡a nacional, el orden, la 
disciplina. la justicia, el pan, el 
trabjo. la espiritualidad más elevada: 
un éxito de bondades. 

¿Qué mejores pruebas de conven¬ 
cimiento que esos fotogramas con¬ 
tundentes. irrefutables? ¡Sobrio r 
expresivo lenguaje el del cine, 
empleado como documento histó¬ 
rico! ¿Podrán dudar las generaciones 
futuras de ¡a razón de nuestro movi¬ 
miento? ¡Nunca, ante los cuadros 
terribles —de saqueos r asesinatos — 
de las turbas marxistas y los prodi¬ 
giosamente heroicos de los 
nacionales! 

Empieza la película con el 
ambiente hostil de odio a la Patria r 
a la religión de! Frente Popular, 
tndencios de iglesias, inmolación. 































































































ESPAÑA 1939 



CARTELERA MADRILEÑA 


PROGRAMA* OFICIALA• DEL DEPARTAMENTO NACIONAL 
DE CINEMATOGRAFIA DEL MINISTERIO DE LA GOBERNA¬ 
CION 


ARCELO.—(Dedicado a Jas organización es juveniles d» F. HL T. 
y de iaa J. O. N. S.j; Desde las 4, Noticiario t epi fld número 17 y loe 
docun-uentales Juventud ea de España. y Desfile militar en B&roeioiM- 

CAPITOL.—A las 4 y a las 6: Noticiario eapatafl números 2, 8. 
10 y 17 y loe documentales Juventudes de Etapafta y Liberación de 
Baroélona. 


CARRETAS.—Ccumiaus, desde las 11: Noticiario español núme¬ 
ros 2, 4 y 15 y loe documentad** Dieciocho dt julio y el Desfile 
militar en Barcelona. 


CHAMBERI.—-A las 4 y e tas 8: Noticiarlo español números 10. 
14 y 15 y el documental Liiberacaóo de Bonoeilona. 

HOLLYWOOD. — A las i y a la» 6: Noticiarlo español núme¬ 
ros 4, 11 y 12 y tos'documentales Liberación de Barceno*» y La ba 
talla de] Ebro. 


BILBAO.—A las 4 y s tes 6: Noticiario español número* 3. 5. Y 
y 8 y La batalla del Dbro. 

FIGARO.—A las 4 y a 'las 6: Notictark) espetai números 2, 4, 5, 
7 y 15 y Prisionero* de guerra 

GENOVA—A las 4 y a h» 8: Noticiarlo espetad números 1, 11 y 
18 y los documentales Dieciocho de julio y Ciudad Universitaria 

MADR O-PARIS_Desde las 11: Noticiarlo español números 9, 18 

y 17 y los documentales Le batalla de) Ebro y Desfile en Barcelona. 

MONUMENTAL.—A las 4 y a las 8: Noticiario espetad núme¬ 
ros i. 5 y 7 y los documenta-tas Diecrócho de jtúlo y Ciudad Uni¬ 
versitaria. 

PALACIO DE LA MUSICA.—A tas 4 y a las 6 Noticiario espa¬ 
ñol número* 9, 16 y 17 y los docuanmiteJKM La batalla del Ebro y 
Desfile militar en Barcelona. 

PROYECCIONES.—A les 4 y a tas 8: Notácterio español núme¬ 
ros 10, 11 y 12 y loe documentales Prisioneros de guerra y La batalla 
del Ebro. 


PROGRESO.—A tas 4 y a tas 8: Noticiario español números 2, T, 
10 y 15 y Le batalla de] Ebro. 

RIALTO.—A las 4 ya tas 6: Noticiario eapefiol números 1, S, 5 y 
14 y lo» documentales Dieciocho de julio y Ciudad Universitaria. 

ROY.ALT Y.—A las 4 y a las 8: Noticiario español números 1, 11 
i<í y lo«i documentales Dieciocho de julio y Ciudad Universitaria. 

8ALAMANCA.—A las 4 y a las 6: Noticiario español números 1, 
3. 7 y 15 y Prisioneros de guerra 

TIYOLI—A les 4 y • 4as 8: Noticiario espeta! números 1, 9, 30 
y 17 y Ciudad Univsraitarta. 




(Publicado en la Prensa madrileña el 4-1V-1939) 


por matutino del propio Gobierno 
masónico, del mártir Calvo Sotelo. >’ 
se produce el Alzamiento Nacional 
Un Madrid ve rinde el cuartel de la 
Montaña, r fas hordas perpetran las 
primeras matanzas, l uego... ¿Ypara 
qué detallar el desarrollo entero de 
los diferentes episodios? ¡oda la 


película sigue el proceso ascendente 
hacia las cumbres de la perfección 
—como es ¡ge nuestro brioso ¡Arriba 
España !— de la guerra contra la 
barbarie soviética, que intentaba 
"incautarse" de nuestra Patria, sin 
saber que ht Providencia había 
ungido para ht poten tosa empresa de 



salvar la civilización, el Generalí¬ 
simo Franco. 

La gesta del Alcázar toledano — 
fortaleza de nuestro poderlo 
imperial -—. la conquista de Málaga 
por Queipa del Llano, ¡as campañas 
en el Norte de los Ejércitos de Mola i* 
Dávila. el asedio de Madrid con ¡a 
toma de /a ciudad ( niversiutria. ht 
Casa de Campo, los carobanchelex... 

Tales son las jornadas' principales 
que refleja "España heroica", buen 
documental de largo menaje sobre 
nuestra guerra, v que es como uno 
colgadura de gloria para nuestros 
caídos en los campos de batalla r en 
tas "checas" y cárceles de los 
"rojos" o asesinados por éstos, que 
el cine ofrece en su homenaje. 


(«Arriba-, 11-1V-I939) 


¡L! 'í “ íT t * t7¿ T í.Vj *■ C?J * C7> ** ?c7>T lT; 


_ , . ____ _ _ -- v7jtt7J"i.7l ,c i , y 

* *• * * *.*' i.A•J El r a-»'.#- 


■ m - 
































ESPAÑA 1939 

EL FUERO DEL FUTBOL NACIONAL 


Habla 



Coronel Troncoso 


T ENIENTE coronel Troncoso... 
;A la orden! Su orden del día 
referente a lo que tiene que 
ser el fútbol nacional, del cual es 


usted rector, nos parece admirable 
en el fondo v en la forma. A la vista 
de sus términos, nos apresuramos a 
trascribir el extracto para conoci¬ 


miento de todos: jugadores, < luhs, 
directivos y aficionados. Para cono¬ 
cimiento y cumplimiento. 

El Fuero del Fútbol Naciohal 
pudiera decirse que se encuentra 
concretado en unas cuantas frases, 
todas las cuales se resumen en dos: 
El fútbol ya no mandará como antes. 
El fútbol habrá de someterse a la 
férula de la institución oficial que ha 
de regir todos los deportes. En con¬ 
secuencia, el trazo ordenatorio se 
expresa así: 

En el fútbol habrá una disciplina 
férrea. Federaciones de pocos direc¬ 
tivos; Clubs de pocos directivos. 

Se señalarán a los Clubs los suel¬ 
dos de los jugadores. Y no podrá 
haber trampas. 

Los Clubs no tendrán beneficios 
económicos. 

No habrá entrenadores extranje¬ 
ros mientras los haya nacionales. 

Los árbitros serán pocos... y bue¬ 
nos. Esto lo deseamos nosotros y 
todos los aficionados. 

Se quiere que la Copa se dilucide 
en Madrid. Es cuestión de campo. 

Los campeonatos regionales 
comenzarán en Septiembre. 

Habrá campeonato nacional por 
eliminatorias a doble vuelta. 

Por el momento no habrá campeo¬ 
nato de Liga. 

Cada Club deberá hacerse sus 
propios jugadores. 

i .o que quiere decir que no se per¬ 
mitirá la pesca de arrastre. 

Se fijará la edad para las competi¬ 
ciones de categoría. 

No se permitirá que en ellas haya 
jugadores de dieciséis o diecisiete 
años. 

Los jugadores turistas por el 
Extranjero, no volverán... 

No volverán a jugar al fútbol como 
españoles. 

Cuando vuelvan, la justicia dirá si 
son o no culpables. 

En cuanto al fútbol internacional 
se estudia el torneo de selecciones 
regionales. 

Como base de la formación del 
equipo nacional representativo. 

El primer partido internacional en 
Valencia, en Mestalia, 

Jugarían Recuperación contra una 
selección militar italiana. 











































































































* 



ESPAÑA 1939 



Las pinnas ciarías le García Samlíi 

La del domingo por la tarde 


Como reiteradamente hemos anunciado, el gran artista de la palabra 
y eficaz paladín de la causa española ante el mundo, Federico García 
Sanchíz, dará su primera charla el próximo domingo, 18 de junio, a 
las seis y cuarto de la tarde, en el Palacio de la Música. 

Versará sobre scLos maravillosos caminos del Santo Grial», cuyo pro-* 
grama dimos en nuestro número del domingo.* 


La del viernes, 23, por la noche 

La segunda charla de García Sánchíz, será el viernes 23, a las diez 
de la noche, y teniendo por tema «La batalla de Teruel», con arreglo 
al siguiente guión: 

(Análisis y descripción de esta batalla, la más grande de la guerra, seguida en todos sus tiem¬ 
pos desde la linea de fuego. Informaciones especiales de las Baterías Antiaéreas y la Avia¬ 
ción. 

1.—Registro policial.—Aquella charla del general Queipa de Llano.—Propaganda en el Ex¬ 
tranjero.—Revelación de dos nuevos frentes.—Importancia militar del episodio.—Curiosidades 
inéditas sobre el consumo de proyectiles, volumen económico, número de combatientes y 
bajas.—Mi prestación personal.—«A Zaragoza».—El Pilar.—Gran Hotel.—Panorama turoJense 
y los celos de Huesca.—Vísperas.—El escenario.—Prólogo de la batalla.—Diálogo armado con el 
enemigo.—Exito que ya parece ser el triunfo.—Impresiones en un puesto de mando: el de 
Aragón.—Sesión extraordinaria en un Cuartel General.—La nieve, la neveda.—Embrujamien¬ 
to ruso. 


II.—Aliento impuro en la retaguardia —Avance del frente internacional.—La caída de Teruel. 
—'Por primera vez suenan las palabras: incapacidad y traición.-Los evadidos.—En la Venta 
del Cardo.—La testa de Goya.—Emanación eslava en el*campo— El cañón de la carretera.— 
La dama de la quima de Caudé.—Muerte de unos corresponsales.—Equipos quirúrgicos.— 
Pasa el general Moscardó.—Un acordeón.—Exorcismo.—Los caballeritos Guido y Kemp.—Fe¬ 
ria moruna.—Mujeres de la Legión Extranjera.—Una pescadería en el bosque*—Al sol.—Presenti¬ 
miento del Generalísimo.—La batalla.—Tres actos y en el último la reconquista de Teruel — 
Figuras y servicios excepcionales.—La Aviación y la famosísima cadena del remandante Oar- 
cía Morato. As de Ases.—Batería antiaérea.—EM o 'itied i de Teme! Kl uní —Tedeum Lau¬ 


da mus. 


O contra el equipo de Portugal. 
Como fecha, el domingo anterior a 
la final de la Copa. 

El fútbol cobrará un esplendor 
infinitamente mayor que antes de la 
guerra. 

1 odo lo cual rubrican en deseo, en 
esencia y en potencia todos ios bue¬ 
nos aficionados. 

(«Arriba». 26-V-1939) 


VI 'i sf J T SÍ ’T 4 sí Ni xi\í sf VívM 'I'/ i 




K 




















ESPAÑA 1939 



EL OLOR MARXISTA 


Por W. FERNANDEZ FLOREZ 


(De la Real Academia Española.) 



A lejado de Ma¬ 
drid, no sé lo que 
en él ocurre aho¬ 
ra. Me han dicho que 
mejora sorprendente¬ 
mente bajo los cuidados 
de hombres expertos y en 
la atmósfera favorable del 
nuevo régimen. Pero, 
cuando yo estuve ahí, olía 
a rojo. 

Son muchas las perso¬ 
nas que lo han advertido, 
pero creo que me corres¬ 
ponde el orgullo de ser el 
primero que proponga 
este lema de estudio a los 
hombres de ciencia. ¿Las 
ideas politicosociales tie¬ 
nen olor cuando se pre¬ 
sentan en grandes masas? 
¿Está en ellas mismas o se 
produce por su estímulo 
sobre las cosas o sobre 
algunas glándulas del 
cuerpo humano? Si yo no 
tuviese lamo que hacer, 
no vacilaría en dedicar a 
esta investigación los años 
precisos; pero no quiero 
abandonar la cuestión sin 
suministrar a quines acaso 


lo intenten los datos que 
poseo. 

El olor a rojo no puede 
ser encasillado entre nin¬ 
guno de los olores cono¬ 
cidos. Es algo especial. 
Descompuesto, se encon¬ 
traría en él el olor a bravio 
de las bestias montaraces, 
el de las sentinas, donde 
viajaban los emigrantes, 
que es dulzón y se agarra 
a la garganta, el olor a 
botica de las chinches 
gordas, el olor triste \ 
húmedo de las rendijas 
donde anidan las cucara¬ 
chas y otro elemento un 
elemento especial, carac¬ 
terístico, que los funde a 
todos; algo que por no 
haber comparación, resul¬ 


ta, naturalmente indescriptible. 

Podo Madrid olia a eso; las casas 
particulares desde los palacios 
hasta las más humildes; los tran¬ 
vías, el Metro , la calle, las placas, 
las personas, los trajes, el aire... No 
se podia confundir con nada. No se 
decía: “¿A qué huele aquí?", sino 
que, después de la primera inspira¬ 
ción se definía; 

—Aquí huele a rojo. 

Vamos a reconocer que en ese 
hedor colaboraban causas de índole 
material, física. En Madrid se han 
llegado a utilizar como combustible 
zapatos viejos v alpargatas fuera de 
uso. La alpargata de un miliciano 
tiene aproximadamente, un radio 
de fetidez de quince metros, pero, 
sometida a altas temperaturas, no 
se supo nunca a dónde podía llegar, 
porque hasta que las necesidades y 
privaciones de la guerra, no lo 
impusieron, nadie se atrevió jamás 
a quemar ese objeto, intuyendo que 
ocurría Igo insoportable. También 
hay que admitir que muchos milla¬ 
res de seres que comen hierbas y 
conservas rusas no dejan de influir 
con su hálito en las condiciones de 
la atmósfera. Hasta aquí, es com¬ 
prensible, y aún pueden añadirse a 


estos ejemplos algunas parecidas 
razones más. 

Tampoco seria muy difícil expli¬ 
car la solidaridad de las chinches y 
de las cucarachas con el marxismo. 
De las primeras, especialmente, es 
posible afirmar que tuvieron su 
paraíso en esos tres años, hasta el 
punto de que son escasísimas —si 
hay alguna, porque no se han hecho 
estadísticas escrupulosa mente 
severas— las casas que quedaron en 
Madrid libres de esa plaga asque¬ 
rosa. Si el marxismo sirve para ase¬ 
gurar la dicha de alguna comuni¬ 
dad. es la de las chinches. La 
chinche debe ser su animal 
simbólico. 

¿Qué es el marxismo? Un misera¬ 
ble que sube —para robar, para 
matar, para ocupar en cargo que no 
entiende— por una escalera, y una 
chinche que baja por una pared. 
¿Simpatizan por una análoga ten¬ 
dencia sanguinaria? ¿Hay un nexo 
misterioso entre las diferentes 
hedlendeces? Sólo una respuesta 
puedo extraer de mis cavilaciones; 
el marxista respeta a las chinches 
por un confuso totemismo. La 
chinche es tabú para ellos como lo 
es el tigre para algunas tribus indias 


Se hará una gran cam¬ 
paña para desinfectar 
Madrid de la miseria 
que dejó el marxismo 

La dirigirá el Laboratorio Municipal con la co¬ 
operación de todos los módicos madrileños 

Es necesaria ta ayuda de todo et vec : ndorio para que en 
dos mete» seo extirpado :a mugre que dejaron los “rotos ’ 1 

(«Arriba», 23-V-I939) 


C j " Í.”J - C?j T C"> ? CTj * “ Cj " ? t* 




>? cv; ♦. 


* » 


*4 


I« t *Mt tlT H 


V Tvv-f 




■j - k.ro “ r vtj ■ 


rj'i'a 

KOI 

I ^ 

* # m 



















ESPAÑA 1939 





-1 


Letra de "¡Ya hemos pasao!" 1 

i 

ii 


Era en aquel Madrid de hace dos años. 

Este Madrid es hoy de Yugo y Flechas 

Hv < wp ... ' 

donde mandaban Prieto y Don Lenín; 

es sonriente, alegre y juvenil. 


era en aquel Madrid de la cochambre. 

Este Madrid es hoy brazos en alto. 

Hpf .. : 1 j lül 

de Largo Caballero y don Negrin. 

que signos de paz llevan cual nuevo abril. 

^Rj I JÜ&- MSBt 1/ 

Era en aquel Madrid de milicianos, 

Este Madrid es hoy de la Falange 

rn i •••• 

de hoces y de martillos y soviet. 

siempre garboso y lleno de su fe. 

■ ’ i i f 

era en aquel Madrid de puño en alto. 

a este Madrid, que creee en la Paloma, 

DB rí HÍf ^ 

donde gritaban todos a la vez: 

hoy que ya es libre, así le cantaré: 


No pasarán. 

Ya hemos pasao, 

■ Ií|l feK -i* ÉL 

decían los marxistes 

decíamos los "facciosos . 

|g- J. fífe; .. J 

No pasarán, 

Ya hemos pasao. 

v . - wm* mi 

gritaban por las calles 

gritamos los rebeldes. 


No pasarán. 

Ya hemos pasao 

i ’-i\. TWP 

se oía a todas horas 

y estamos en ei Prado, 

I • 

por plazas y plazuelas. 

mirando frente a frente 

1 ,, r ,J% 

con voces miserables. 

a la señé Cibeles, 

Nr 

No pararán. 

Ya hemos pasao. 

la burla fué, y el reto 

Ya hemos pasao 

no pararán. 

y estamos en la Cava. 

I í 

pesquín de las paredes. 

Ya hemos pasao. 


No pasarán. 

con alma y corazón. 

■ f\ ^ M M i 

gritaban por el «micro , 

Ya hemos pasao 

1 1 

chillaban en la Prensa 

y estamos esperando 

y en todos los papeles. 

pa ver caer la bola 

No pasarán. 

de la Gobernación. 

Ya hemos pasao. 


(«l otos», n 114 de 6-V-1939) 


o la serpiente para otras del Africa. 

Hasta aquí aun hay bátante luz. 
l odo se oscurece si tratamos de 
precisar el origen de ese algo pecu¬ 
liar que atufa en las emanaciones 
rojas y que quedará para siempre 
ligado con el recuerdo de la miseria, 
de la infelicidad y del crimen. Sin 
duda, es olor de alma putrefacta, de 
corrupción espiritual, de sentimien¬ 
tos en carroña, pero no se sabe aún 
su quimismo. 

Así olían ya las Casas del Pueblo, 
los mítines del Frente Popular, las 
porterías y hasta infinidad de “hon¬ 
radas blusas", por muy bien lava¬ 
das que fuesen, pero nunca hasta 
ahora se dió el caso de una popu¬ 
losa capital entera encharcada en 
esa peste. 

El olor a rojo es tan fuerte y 
típico, que creo posible distinguir a 
un marxista y aun seguir su rastro 
con un olfato muy poco ejercitado. 
El marxismo —religión de presidia¬ 
rios. de fracasados de en viciosos, de 
contrahechos, de vividores, de 
perezosos, de cubil— tenia que oler 
así. precisamente: a conciencia 
podrida que huele peor que una 
ballena muerta. 

Porque el marxismo, materia¬ 
lista. es una doctrina intestinal, y 
sus eclosiones resultan mefíticas. 


O... quizá nos estamos apretando 
los sesos por buscar una explica¬ 
ción científica, ya todo el secreto 
resida en lo más conocido y evi¬ 


dente: que aquellos pobres ce;dos 
no se lavaban nunca. 

(«ABC», 28-V-1939» 



(«Fotos», n° 112 de 22-1V-1939) 


























































ESPAÑA 1939 

MADRID RECOBRADO 

El rencor de las 
mujeres feas 



Por José VICENTE PUENTE 



C ON la noticia de tamo mar¬ 
tirio. Madrid, como todo lo 
que fue España "roja" — 
negación de Patria —, nos ha mos¬ 
trado una fauna que llevábamos 
entre nosotros, rosándonos diaria¬ 
mente con ella, y sin que su pestilen¬ 
cia trascendiese por encima de nues¬ 
tra ignorancia respecto a su maldad. 

Es indudable que ¡a revolución 
“roja" ha sido la revolución de los 
cucufates. de los miserables, r. sobre 
todo, de los rencorosos. No se ha pre¬ 
tendido cambiar las posiciones — 
ahora, tu abajo y yo arriba — ni 
modificar una estructuración social. 
Lo que se ha querido hacer es aplas¬ 
tar la minoría. Segar cuanto podía 
elevarse por encima del anonimato y 
sepultar para siempre la selección y 
la unidad. La revolución de tu ven¬ 
ganza, en que se ha cotizado para 
morir ser cortés amable; tener 


pequeños éxitos; haber ganado unas 
oposiciones: tener dos tresillos 
cómodos donde leer i charlar con los 
amigos; afeitarse todos los dias.,. 

La mujer na podía parecer pasiva. 
Ni ha querido ni se la ha dejado. 
Para lo bueno y para lo malo, la 
mujer formó parte de las legiones en 
lucha. Con el genio de! bien i entre 
las hordas del mal. Una de las mayo¬ 
res torturas del Madrid caliente y 
borracho del principio fué ¡a mili¬ 
ciana del mono abierto, de las mele¬ 
nas lacias, la voz agria y el fusil dis¬ 
puesto a segar vidas por el malsano 
capricho de saciar su sadismo. Junto 
a la ínfima mujer, que se subió a los 
camiones para detener a los naciona¬ 
les en la Siena y confundió la batalla 
con una dominguera excursión de 
pan y tortilla, ha existido la pedante 
intelectual de izquierdas, ¡a estudian¬ 
tina fracasada, ¡a empleada envi¬ 


diosa del jefe. Sexos helados, fatigo¬ 
sas angustias ante el olvido, flan sido 
peores, lían servido su escasa supe¬ 
rioridad sobre las otras —las hoscas 
y rudas que ofrecían todo en una 
quimérica imaginación del comu¬ 
nismo libertario — para que el supli¬ 
do de nuestras gentes fuese mayor. 
En el gesto desgarrado , primitivo y 
salvaje de la miliciana sucia y des¬ 
greñada había algo de atavismo men¬ 
ta.I y educativo. Quizá nunca habían 
subido a casas con alfombras ni se 
habían montado en un "siete pla¬ 
zas". La atmósfera cinematográfica 
ni la habían rozado. Se dormían en 
los cines y no leían ni los periódicos. 
Sus fiestas eran comilonas termina¬ 
das en peleas de vecindad y coma¬ 
dreo. Odiaban a lo que ellas llama¬ 
ban señoritas; pero en su interior 
comprendían que nunca serían ni 
podrían llegar a ser señoritas. Las 
aburría la vida de las señoritas. Ellas 
tomaban té cuando fes dolía ei vien¬ 
tre. y preferían bocadillos de sardi¬ 
nas y pimiento a chocolate con 
bizcochos. __ 

No asi Jas pedan ti!las del querer 
i no poder. Entontecidas por el cine, 
por ¡as novel i tas histéricas, tuvieron 
unos años que esperaban la llegada 
del principe encan lado, que se apea¬ 
ría de un negro y silencioso coche. 
Quizá tuvieron un fracaso. Un sueño 
y un amargo despertar. Con los dias 
que pasaban con pasos silenciosos, 
un día el espejo les enseñó que nada 
podían esperar de sus encantos. Se 
dieron cuenta de que sus piernas eran 
gordas, deformes. Que la dentadura 
prognato alejaría a los amables diᬠ
logos. Ni las fajas, ni los colores tor¬ 
nasolados en el pelo. Eran feas. 
Bajas, parí zambas, sin el gran tesoro 
de una vida interior, sin el refugio de 
la religión, se les apagó de repente la 
feminidad, y se hicieron amarillas 
por ¡a envidia. El IH de julio se 
encendió en ellas un deseo de ven¬ 
garse. y ai lado del olor a cebolla y 
fogón, del salvaje asesino, quisieron 
calmar su ira en el destrozo de las 
que eran hermosas, Y delataron a los 
hombres que nunca las habían 
mirado. Sobre cientos de cadáveres, 
sobre espigas tronchadas en lozana 
juventud, el rencor de las mujeres 
feas clavó su sucio gallardete defen¬ 
dido por la despiadada matanza de la 
horda. Y Dios las castigó a no encon¬ 
trar consuelo a su rencor. 

(«Arriba», I6-V-I939) 


tí j \i tí tí tí tí tí títí títítítítítítí^tí tí * 
> i* a i» ^ i* a > > 


títítítí tí tí títítítítí tí tí tí tí tí tí tí tí títítítí títítítí tí títítítítítí títí tí tí tí tí tí tí tí tí tí tí tí tí tí títítítítítí tí tí 
i J» i» J* ft ft J* ft ft ft ft ft J* i* ft i* ft JYft ¡' r» ^ ft f* ft J* ft j> ft ¡k ft ft > ft > yr* >j»> ¡\ ^ ^ ¡\ ¡\ 


h 


EL VASO DE LECHE 


CHOCOLATERIA 


CARRETAS, 10 


i POSESIONADO SU ANTIGUO DUEÑO, SALUDA, A SU 

DISTINGUIDA CLIENTELA 

jiiiiiNilimimiiir 

¡Viva Franco! 

¡Arriba España! 


L! '* ■ C~j “ T - C7J • 




■* •' 


m 


u&msaszm 


¿ \ m frj T\.Vs t tTj *• “ vTa ? “ wTjt vTj " ** i' íá 
















ESPAÑA 1939 





i , 










& 

f 




■r 








■Sü 




‘w- 




«i 


m 










im 


’i 




"áf 


W 




11 


- . 


" 




^ -- 




4 , ^,<o=st» 
..... 




;í <■ 






■ 


r fW ií 


... I - .. V 


i- * 




■ 




« 








m • 


LA MALDAD DEPARADA 










4 






II 


¡p ♦ 4 s»i 






-i * 




mnos 


nos 




rilh 


w» / a 


r , t 


fcr 






I « 




ron los 
✓uelven a sus 


rojos 

ga res 






•V 






. ' *- 








T _■ 

u 






■í-ft 


iL 




4 




'"■ :::: 


••.. 






* ' 


i; ■■■ 


% 


V 


k. 




WZJ 


V * 




_ n 


L jt gg 

ftflr 






íi* • • 






S- 


*£ 






I 








■ ."i 






■4>J 


¿*» : «.r . 


1 


I 


VIVá FRAMO 


Esnit 




V Jl 


bJ 


íí 


i ^:í 










:0: * 




/'V . 

IhRA per» iíuiI (Id Caudillo -- exponenic 
d*- *u españolismo y de su espíritu hu¬ 
manitario c# la reincorporación a la 
Patria de las «iñi» q ir la hruuji Url roja exportó 
al extranjero. 

Hato unos han llegado a Madrid tr^ cente¬ 
nares de criatura* en cuya carne inocente v tierna 
$e cebó ó| reikroi marxiste 

Dentro cíe poco, Iliarán otros conniigcittoa. En 
cate aspecto, como en tantos otro» epidodinu y bi> 
el.!» de ios que esmaltaron La contienda, te acusa 
y pone de mamita ato la sustancial diferencia que 
no» te paró de tu res ti oh enemigo* E||íH, con vt-aá- 
meo cpliftiu enviaron fuera dd Ambito español 
cstii dúctil material humano, ajeen a la disputa de 
Irrn hombres, d. stinado. en d cumien m de ja vida r 
' Cíii * I a privación, el Éxodo el rodar 

por ti rías y [**r ambientes extraños 1 raneo con 
:.u ear.icturistii a enicr osidad, ios recoce y tos 
.mae para i u legra ríos, rbr nuevo <*n Ja cuCctiviiÍAd 
nacional. IV «ate m .. » h¡ic** la m an abra de 

/Im&ci jfefuitr ii | hu ni» t nj t f ¿ a 

y H Ai? i ai ¿*ru-rírurjr ai fin tn lUfaüa I * i fa 
mttfArgs Jf i ti ftqmt no*. ¡Unan r¡ amplio o n Un 
f-fvmMn* ion enzndad tncordt mhlt. II (ten 
quf írs ír ;r a &Iadttd ^ lU^té o lo fgtaiuin, don.U 
ifí a ;utitj\tn impúiit ijfts farnthartt 


M oíos», n 121 de 24 VI-!939) 


H<lMl4lf AirdCAltrirlH4l^>l183 U>blb1Utb>b1ti»«A>t*Hdt 

Ka-c-^-Ci^ e¿i ¿ es -rj; r&#%.? 5 ; »7«,ilrc»¿ ra.oa.n 















































































ESPAÑA 1939 


LUZ EN LOS MISTERIOS DEL S. I. M ROJO 

El constructor de las «checas» 

comparece ante 
un consejo de guerra 


Antecedentes 

Cuando las tropas nacionales 
liberaron la ciudad de Barcelona 
del poder bárbaro y cruel que la 
tenía esclavizada, salió a la luz lo 
que hasta entonces había sido 
solamente materia de rumoies con¬ 
fidenciales y temerosos. 

En Barcelona había checas y en 
ellas los detenidos eran sometidos a 
torturas, científicamente imagina¬ 
das. La policía roja no disponía tan 
sólo de aquellos procedimientos 
enérgicos y expeditivos que tienen 
todas las policías del mundo, sino 
que había hallado una serie de ins¬ 
talaciones. un verdadero sistema 
para quebrar la voluntad —y con la 
voluntad los huesos— del hombre 
más firme y más tenaz. Aquellos 
rumores habían llegado a los consu¬ 
lados y a las agencias informativas 
extranjeras, pero a pesar de ello no 
habían logrado trasponer la 
frontera. 

rué preciso que las armas de 
Franco conquistaran la ciudad, 
para que se destapara ante Europa, 
ante el mundo entero, aquella 
ignominia de un Poder que se decía 
apoyado en normas constituciona¬ 
les y que se mantenía, solamente, 
gracias a unos métodos que no 
habrían imaginado las tribus más 
salvajes y crueles. No era solamente 
el martirio por el martirio. No era 
la incultura valiéndose de su resorte 


primario, la fuerza, para hacer que 
su voluntad predominara. Era, por 
el contrarío, la crueldad de un 
grupo de «técnicos», que para ser¬ 
vir sus propósitos apelaba a la 
pseudociencia y la ponía en manos 
de agentes desalmados. 

Acusado de ser uno de los crea¬ 
dores de aquel bárbaro sistema, 
compareció ayer ante el Consejo de 
guerra permanente número 2, el 
súbdito yugoeslavo Alfonso 
Laurentcik. 

£1 publico 

El consejo de guerra había des¬ 
pertado gran interés, muy justifi¬ 
cado. En él iban a conocerse deta¬ 
lles y pormenores que no han 
trascendido al público por ello no 
es de extrañar que la sala se viera 
totalmente ocupada cuando la pre¬ 
sidencia dio la voz de audencia 
pública. 

Los bancos reservados estuvie¬ 
ron ocupados por numerosas seño¬ 
ras y señoritas. Muchas de ellas 
habían conocido los procedimien¬ 
tos del S. L M. no por el comenta¬ 
rio público sino, tristemente en sus 
inquietas horas de cárcel y de per¬ 
secución policiaca, durante la 
dominación roja. 

En las tribunas estaban represen¬ 
taciones extranjeras, no tan sólo 
periodísticas, sino también diplo¬ 
máticas o consulares de distintos 
países europeos. 


En los bancos de letrados, oficia¬ 
les del Cuerpo Jurídico del Ejército 
y de la Armada y representaciones 
de la toga. 

Constitución del consejo 

El consejo de guerra da comienzo 
a las seis menos cuarto, presidién¬ 
dolo el comandante de Asalto, don 
Adolfo Fernández Navas: vocales, 
capitanes de Infantería don Nica¬ 
nor Fernández, don Mariano 
Argüelles; capitán de Caballería, 
don Felipe Torra!, y ponente, el 
jurídico don Carlos Áivarez Martí¬ 
nez. Actuó de fiscal el capitán don 
Emilio Rodríguez, y de defensor 
don Alfonso Ibáñez. 

El procesado.— Lectura 
del apuntamiento 

El procesado, Alfonso Laurent¬ 
cik, cuenta 37 años de edad, de 
estado casado, nació en Francia, de 
padres austríacos, y al dividirse el 
imperio austro-húngaro pasó a ser 
súbdito yugoeslavo. 

Abierto el consejo, el secretario 
de lectura a! apuntamiento en el 
que constan las circunstancias per¬ 
sonales del procesado y la referen¬ 
cia a los viajes que el acusado hizo a 
España en 192 I, 1923 y por último 
en 1933. Trabajó en diversos ofi¬ 
cios. En 1933 se afilió a la C. N. T. y 
en julio del 36 a la U. G. T. Al lilbe- 
rar las tropas nacionales el territo- 


En Madrid 

Sigue la policía trabajando con 

gran actividad 

Ayer detuvo o un (lesulmudi* que deiiuniió «i una hermana suya 


{Agencia«Faro», 27-1V-1939) 



C ¿ " íTi 

>c*»t 

* * - ? 

* • . 4 m 


'CU 














ESPAÑA 1939 



CAPTURA DE MAL HECHORES 

LAS MUJERES “ROJAS” DE QUE 
HABLÓ UN AMU NO DAN UN GRAN 

CONTINGENTE A LA DELINCUENCIA 

* 

Una, vestida de miliciano, ordenó prender la 
mecha que voló el monumento del Sagrado 
Corazón en el Cerro de los Angeles 


Entre los detenidos ayer figu¬ 
ra la secretaria de ía “Pasio- 

»•« 

naria”, que tenía un buen 
depósito de alhajas 

También ha si do encarcelado un matrimonio 

4 

queasesinó a don Luis Agilitar y a sus dos hijos 

(Agencia«I aro». 20-1V- ] 939) 


(Agencia«Faro», 24-1V-¡939) 

no caralán se encontraba en El 
Collell y allí se presentó a la Legión 
«Cóndor». 

Se da lectura a diversas declara¬ 
ciones suyas en las que consta que 
construyó las celdas de castigo y 
tortura de los llamados prevento¬ 
rios de Vailmajor y de la calle de 
Zaragoza, ya que estando en abril 
de 1938 en ía f actoría del Palacio de 
Misiones en calidad de preso del 
S. I. M. fué destinado a aquel 
cometido, después de recibir ins¬ 
trucciones para que aquellas cons¬ 
trucciones reuniesen determinadas 
condiciones que presionaran y for¬ 
zaran el ánimo de los detenidos, si ti 
llegar a matarles. Entre ¡as que 
figuran construidas por el acusado 
figuran las llamadas «psicotécni- 
cas», o sean las conocidas con el 
nombre de «neveras», de «las cam¬ 
panillas» y las «de inútil reposo». 
Los gráficos que acompañan el 
sumario demuestran la perversidad 
puesta en la ejecución de aquellos 
procedimientos, propios de grupos 
infrahumanos. 

En el apuntamiento se menciona 
que bien hubiera podido ser el pro¬ 
cesado comandante de las milicias 
del P. O. U. M., pero este cargo no 
llega a concretarse. 

En una de las declaraciones ante 
el juez instructor del sumario 
consta la declaración expresa del 
acusado de que Jas checas eran 
organismos oficiales del gobierno 
rojo, que toleraba su existencia y 


tenía conocimiento pleno y minu¬ 
cioso de su funcionamiento. 

Al sumario van unidas 217 cuar¬ 
tillas suscritas por el procesado en 
defensa suya y exponiendo tas cau¬ 
sas y motivos por lo que llevó a 
cabo la misión que le fué confiada, 
así como los servicios que dice 
haber prestado a la Causa Nacio¬ 
nal, como supuesto agente del 
espionaje blanco pero sin conexión 
con ninguna persona conocida. 


Interrogatorios del acusado 

El fiscal interroga al procesado, y 
éste dice que la primera vez que 
vino a España fué en 1921, ingresó 


en la legión en 1923 y después viajó 
por el extranjero, en calidad de 
director de orquesta. El 20 de julio 
ingresó en la Comisaría de Orden 
Público, en su calidad de antiguo 
sargento de la Legión. Como poseía 
siete idiomas, fué nombrado intér¬ 
prete, y con el titulo de escolta de 
extranjeros, acompañó a éstos por 
diversos lugares. 

Pero fué algo más: agente del 
servicio de contraespionaje rojo, el 
número 29. que le dió el jefe del 
Estado Mayor, A finales de abril de 
1937 fué ascendido a teniente del 
ejército rojo. 

—¿En los sucesos de mayo de 
1937, intervino usted? —pregunta 
el fiscal. 


-j - íT* “ <-?> T - C"z * C7> ~ CV" O. M « ¡Tj T*"-» “ ~ wTS r T T CTj “ *V ü 

* 9 * r *-* ■* * * í + * h í J t liilViV a t * X -^«*\V***\ * .X , * 


















ESPAÑA 1939 



—Si y no. Depende de la forma 
que usted dé a su pregunta. En 
aquella fecha fui de barricada en 
barricada, pero sin tener contacto 
con nadie, porque trabajaba como 
un solitario. 

Después explica cómo trabajaba 
en la factoría del Palacio de las 
Misiones. Ofreció sus servicios 
como arquitecto, y fue requerido 
por Santiago Garcés, a quien da el 
título de jefe del S. 1. M. 

—¿Se dio cuenta del por qué 
construía aquellas celdas de cas¬ 
tigo? —pregunta el riscal, 

—Sí —contesta—, y hubiera 
construido cien más. 

Las hizo por mandato de Garri- 
gós. un elemento de influencia en el 
S. I. M,, antiguo empleado del 
Banco de España en Madrid, y 
también por cuenta de un tal 
Dueñas. 

Entre evidentes contradicciones 
dice que el no terminó las checas de 
la calle de Zaragoza y si las de 
Vallmajor. 

El defensor interroga al proce¬ 
sado. En Segorbe—dice— pesaban 
doce penas de muerte sobre él. Allí 
pidió ser nombrado voluntario del 
Ministerio de la Gobernación. 

El procesado, a preguntas del! 
ponente, declara que el mismo día 
del Movimiento visitó los cuarteles 
y sindicatos y lugares donde se 
mataba. 

—¿Cuántas veces compareció 
usted ante los interrogadores? 

—Sesenta y dos —contesta. 

—¿Y pudo engañarlos siempre? 


vf *i d *r xf xf vf xf *r vi xf xi xf kt xi xj 

i, a j r* d > /A ¡% ¡\ 



Detención de 
un rojo, autor 
de la muerte 
de setecientas 
cincuenta 
personas 

Santander, i2 noche. La 
Guardia civil há detenido al 
prisionero de guerra José 
del Amo Calme, de veintiún 
años, y de oficio albañil. A 
los dieciséis años se afilió aI 
partido socialista, y tomó 
parte en hechos delictivos 
en Santander a! estallar la 
revolución de octubre del 
año 1934, trasladándose 
luego a Madrid, donde 
formó parte voluntariamen¬ 
te en las Milicias antifascis¬ 
tas, que tenían su cuartel 
en la casa Gal, que desvali¬ 
jaron, tomando parte en 
varios atentados contra 
personas de orden de la 
barriada de Cuatro Cami¬ 
nos. 

A! iniciarse el Movi¬ 
miento nacional, formó 
parte en un grupo de diez 
individuos, en Madrid, esta¬ 
bleciendo su sede en una 
casa de la calle del Reloj, a 
la que denominaron "Checa 
Roja", y a la que llevaron 
3.500 detenidos, pertene¬ 
cientes a la barriada de 
Arguelles y El Escoria!, fusi 
lando a 750 e incautándose 
de cuantos objetos de valor 
tenían los cadáveres. Tam¬ 
bién formó parte de los fusi¬ 
lamientos de la Cárcel 
Modelo. Con tal cinismo, 
que mostró a la Guardia 
civil unos zapatos que lle¬ 
vaba puestos, y que declaró 
pertenecían a una de la víc¬ 
timas que había matado. 


(Agencia«Cifra», 6-V-1939) 

—Sí. Siempre, i.o hice bastante 
bien, quitándome de encima la 
mitad de los cargos que se me 
hacían 

ti secretario da lectura, a instan- 
*ia del riscal, a una relación de lo 
iue era y cómo funcionaba aquel 
i erribte antro de dolor y de martirio 


que fué el chalet de Vallmajor. En 
estas declaraciones se habla de lo 
que fueron los «armarios», lugar de 
tortura en el que todo el peso del 
paciente cargaba sobre las rodillas, 
que siempre resbalaban y el cuerpo 
se encontraba presionado por otras 
partes. 

Una permanencia de cinco o diez, 
minutos en el «armario» vencía al 
más recalcitrante y a! cabo de ellos 
salían desmayados. Una vez un 
preso rompió, por su fuerza gigan¬ 
tesca, todas las tablas, en estado de 
locura. 

También se citan en esta declara¬ 
ción las celdas llamadas «psicotéc- 
nicas» y la esférica del mausoleo, 
todas ellas en la iglesia del con¬ 
vento. Explica el régimen de vida 
que allí habia. la poca ¡¡mentación 
que se les daba, la miseria de que se 
veían llenos los presos, el afina¬ 
miento en que habían de vivir y el 
trato que los agentes daban a los 
presos. Desde luego no existían más 
que nueve camastros para más de 
setecientos detenidos, y éstos pasa¬ 
ban, por lo menos, unos tres meses 
de detención. 

En otras declaraciones se trata de 
los elementos de que se dotaban las 
celdas para impedir que el peso 
pudiera buscar el descanso. Se trata 
del efecto que producen en el preso 
las líneas rojas, verdes, amarillas. 


>f >i >f «i >f>i «x j , 

' i 1 * a í» a a w*a a a > a a a ¡* * a > > ¡* t* a a /yx > 





































rr* 

i 







ocurriendo en Barcelona con el 


S. I. M. no parecía propiamente 


etc. De otro sistema también: del 
reloj que adelanta cuatro horas 
cada 24, con lo que se logra que el 
preso aguarde inútilmente la hora 
del rancho y se consuma cuatro 
horas esperándolo. 

La celda esférica fue construida 
en el mausoleo. Parecía el interior 
de un cilindro y se perseguía hacer 
perder el sentido de la orientación 
pero la utilidad que con ella se bus¬ 
caba la desconoce el acusado. 

La lectura de estas declaraciones 
causa evidente impresión en el 
público. 


LOS TESTIGOS 
El secretario del Colegio de 

Abogados 

El primer testigo que compadece 
es don Manuel Goday Prats, secre¬ 
tario del Colegio de Abogados. 
Etuvo detenido en el S. L M. y fue 
martirizado en las celdas llamadas 
«verbenas, neveras y de colores». El 
mismo día de su detención fué apa¬ 
leado, pinchado con tijeras, rociado 
con bencina, hasta que a costa de 
golpes perdió el sentido. Al reco¬ 
brarlo fué llevado al «armario» 
donde una luz potentísima hacía 
inútil que se quisiera cerrar los ojos, 
y en una matraca que funcionaba 
eléctricamente causaba una impre¬ 
sión de ahogo casi de asfixia. 

El señor Goday explica los mar¬ 
tirios dados al también abogado 
Gallan, quien tenía en el cuerpo 18 
enormes cicatrices producto de 
otras tantas quemaduras hechas 
con un hierro candente. 

En su calidad de secretario de] 
Colegio de Abogados pudo influir 
para que este denunciara al 
Gobierno la existencia de las che¬ 
cas, y al hacerlo así el ministro 
Iruju dijo que acabaría con las che¬ 
cas o éstas con él. Y fué esto último, 
cuando las checas no fueron supri¬ 
midas. El Colegio denunció este 
inicuo hecho al fiscal del Tribunal 
Supremo, sin ningún resultado 
tampoco. 

A preguntas de la defensa con¬ 
testa que durante la dominación 
roja hubo de actuar como abogado 
y que durante una vista que hubo 
ante el Tribunal de urgencia tuvo 
que informar entre dos agentes, que 
no apartaron las pistolas de sus cos¬ 
tados durante la vista. Dice que 
tiene noticias particulares de que 
los Gobiernos francés e inglés fue¬ 
ron informados de lo que venia 


funcionamiento de las checas. 

Declaraciones de otras 
víctimas del S. I. M. 

Después declaró don Juan Jun¬ 
cosa. que estuvo detenido en Vall- 
major. Explicó su funcionamiento y 
para demostrar la legitimidad de 
éste dice que allí actuaba una lla¬ 
mada asesoría jurídica y que tienen 
la impresión de que los tribunales 
de Justicia roja imponían las penas 
de acuerdo con. las instrucciones 
que recibían de dicha asesoría. 

Otro testigo es don Julio Dego¬ 
llada. que aporta el detalle de que e! 
acusado por el trato que recibió 
durante su permanencia en el 


detenido. 

No comparecen don José García 
Core y don Antonio Pérez 
Manzanares. 

Don Guillermo Borgue conoció 
las checas de la Tamarita v el «Villa 
de Madrid». Fué sometido a la for¬ 
tuna de la silla eléctrica que te 
deformó las manos y allí conoció al 
capitán rojo Alegría y a los agentes 
Meana y Monroig, entre otros. 

Comparecieron también con 
Jaime Escoda, que perteneció a la 
quinta columna y por ello fue dete¬ 
nido así como toda su familia, 
haciendo constar el triste hecho de 
que su pobre esposa estuvo por 
espacio de tres meses como loca: 
don Joaquín Gay, que estuvo ocho 














meses detenido y dice que vió dar a 
[os detenidos sanos unas inveccio¬ 
nes determinadas, a consecuencia 
de lo cual fueron muchos los que 
fallecieron; y doña Rita Bermejo 
que recorrió un calvario de varias 
checas y conoció la «carbonera», 
las duchas. las palizas etcétera, etc. 

Deja de comparecer doña Anita 
Bermejo y el fiscal renuncia a varios 
otros testigos. 

La defensa pide la lectura de 
varios folios del sumario en los que 
consta que el acusado contrajo 
matrimonio el 16 de diciembre de 
1926 en Austria y que vino con su 
esposa a España en 1933 y actuó de 
artista. Consta también una infor¬ 
mación del Consulado en el sentido 
de que el 14 de julio de 1937 fue 
detenido Laurenteik v más tarde 
trasladado a Sagorbe, donde tra¬ 
bajó de pico y pala como preso; que 
el 15 de noviembre volvió a Barce¬ 
lona y que el 25 de mayo de 1938 
fué libertado, para ser detenido un 
mes después, fecha en que volvió a 
escribir a su Consulado. Uno de los 
agentes de éste hizo algunas gestio¬ 
nes cerca de! entonces jefe superior 
de Policía Buríllo y éste le dijo que 
el asunto Laurenteik era muy com¬ 
plicado y muy largo. 

LOS INFORMES 
La acusación fiscal 

El fiscal comienza a formular su 
acusación en un ambiente de 
impresionante expectación en la 
sala. 

Pide un recuerdo a cuantos espa¬ 


ñoles cayeron por Dios y por 
España en las cárceles rojas y con el 
recuerdo una oración. Dedica 
párrafos de encendido elogio a los 
soldados de Franco que rescataron 
todo el territorio español hasta la 
frontera para restablecer la Ley y ¡a 
Justicia y dice que el Consejó se 
halla ante un delito contra el Dere¬ 
cho de gentes. Cita las checas que 
funcionaron en Madrid, en Sania 
Ursula, de Sagorbe; en los bajos del 
Gobierno Civil de Murcia; en 
Albacete y tantas otras, pero nin¬ 
guna de ellas revistió la perversidad 
de las de Barcelona. 

El acusado construyó las de la 
calle de Zaragoza y de Vallmajor. 
¿Qué delito ha cometido? Un delito 
vasto y terrible contra los españoles 
dignos. 

Cita las distintas clases de tor¬ 
mento que en aquellos antros se 
daba y divide el funcionamiento de 
las checas en dos períodos. F.l 
segundo periodo que se distingue 
por la presencia en Barcelona de 
Negrín. es el más terrible. 

Apoyándose en las manifestacio¬ 
nes hechas por el acusado en el 
sumario, explica a la sala, en un 
delato escalofriante lo que fueron 
las celdas de los colores, las de ver¬ 
benas o campanillas, la diabólica 
combinación del agua, luz, color y 
frío para lograr efectos devastado¬ 
res del ánimo del recluso. 

Estas cárceles —agrega— consti¬ 
tuyen el principal cargo que puede 
hacerse contra el gobierno rojo, que 
decía apoyarse en una pretendida 
legitimidad, a pesar de que mataba 


frailes y monjes, y atormentaba 
brutalmente en sus cárceles. Y no se 
diga que no se sabía todo eso en el 
extranjero. Lo ha dicho el señor 
Goday, quien ha afirmado que 
hubo un Consejo de ministros para 
tratar exclusivamente de ello. ¿Por 
qué no se enteraron las Comisiones 
frentepopulistas, ni el deán de Can- 
terbury ni las ligas internacionales? 
La voz de todos aquellos tortura¬ 
dos no la escuchó más que el cora¬ 
zón de oro de nuestro Caudillo. 

¿Es autor de aquellas cetdaíf el 
acusado? Lo ha reconocido en sus 
declaraciones y lo atestigua la 
prueba testifical y la documental. 
El fiscal comienza el análisis de la 
participación del acusado en el 
delito y va perfilando su actuación 
de gran revolucionario, de dirigente 
marxista que le da la confianza de 
los gobernantes rojos. Estamos 
—dice— ante un aventurero inter¬ 
nacional que se mueve a la perfec¬ 
ción en las aguas encharcadas que 
era la Cataluña rojo-separatista. 
Traicionó a una Sindical con otra 

Sindical v fué de una barricada a 

*■ 

otra, llevando confidencias. 

Desmiente lo afirmado en su ale¬ 
gado por el acusado respecto a los 
servicios que dice haber prestado y 
termina pidiendo que de acuerdo 
con el Código de Justicia Militar y 
el Bando declaratorio del estado de 
guerra en toda España, se condene 
al procesado a la pena de muerte, 
sufrida en garrote vil. 

La defensa 

El defensor dice que acude al 
Consejo en virtud de una orden que 
le ha sido dada por su jefe, el audi¬ 
tor. y que pondrá en la defensa 
todo el empeño que pondría si en 
vez de haberle mandado defender al 
procesado, se le hubiera ordenado 
defender una trinchera. 

Dominando toda su figura 

—dice—. hav la sinceridad del 

•» 

acusado. 

i * 

La alegación del acusado 

Terminados los informes, el pro¬ 
cesado usa de la palabra que le con¬ 
cede el presidente. 

Final 

Terminada la alegación del acu¬ 
sado. el presidente da por visto el 
Consejo, y éste pasa a reunirse para 
dictar sentencia. 

(«La Vanguardia 
Española». ! 3-VI -1939) 



r, „ rjyi ¿ r¿s ¿ r¿¿ m.? 





ü. »’• ¿ r¿^ _ ¿ . r_->. r p 

















ESPAÑA 1939 



LA LEY SE HA CUMPLIDO 

Los asesinos del Coman¬ 
dante i abaldón, de su 
hija y del conductor, han 

sido ejecutados 

Antes fueron juzgados los 

inductores 

gada el pasado viernes. El fallo 
terrible quedó cumplido en la madru¬ 
gada del sábado. 

I ras los inductores fueron juzga¬ 
dos y condenados en Consejo de 
(íuerra los autores y cómplices. 
Tramitado el sumarísimo con escru¬ 
pulosa observancia del procedimien¬ 
to judicial, ayer, de madrugada, se 
dio cumplimiento a la sentencia dic¬ 
tada por las autoridades militares. 

De todo cuanto se refiere a las 
actividades criminales que ios bajos 
fondos comunistas quieren poner en 
práctica, y concretamente han puesto 
en el asesinato de la carretera de 
Extremadura, nada queda por des¬ 
cubrir. Inductores y autores directos 
han pagado ya el inexcusable tributo 
a la Justicia. 

La tranquilidad pública de un 
Estado fuerte como el que actual¬ 
mente se instaura en España no 
puede quedar afectada en lo más 
mínimo por sucesos de esta índole, 
i|iie no son sino episodios demostra¬ 
tivos de la necesidad ineludible de 
actuar con la máxima justicia y con 
absoluta energía. Así ha sido en este 
caso y así sucederá siempre. 

Entre los sumariados del crimen a 
que aludimos, aparte de los que han 
sido condenados, podemos informar 
que la procesada Sofía Núñez Mayo¬ 
ral ha quedado sentenciada a treinta 
años de prisión, y la procesada Her¬ 
minia González ( baques ha sido 
absuelta.» 

(Agencia-* Cifra», I8-VU- ]Ó39) 


MADRID.—La Justicia se ha 
cumplido, con serenidad y firmeza, 
en los autores, inductores \ cómpli¬ 
ces del triple asesinato de ¡a carre¬ 
tera de Extremadura. La Prensa 
publica, en relación con el hecho, la 
siguiente nota: 

«En la mañana del 5 tuvo lugar la 
vista del sumarísimo de urgencia 
contra los autores materiales v com- 
püces que tomaron parte directa en 
el horrendo crimen de que f ueron vic¬ 
timas por España el comandante de 
la Guardia civil señor Gabaldón, su 
hija y el agente conductor José Luis 
Diez. 

La opinión fué informada de que 
toda la banda, de inductores morales 
> políticos del crimen había sido juz- 

O^OOCOOGCOCOOOCOOOOOOOO 


lili 

HOY SABADO DE GLORIA 

(I y * 

ESTRENO 

Ifíihüt! w ti m 

Presentación del nmeve "a* 
(fe la ptn(nl)* aonora 

Mirto Martini 

tt. un film • medid* d# mm 
cualidad** d* cwitant* y actor 

MNk Oaiteary Fox 




JABON 



PRODUCTO 

ESPAÑOL 


«uuaft oí 

U V JuSAKTAA mt 

umw OUIM.u W)HA. I* «A11.i. 


J 



i *. * V v>'.vp**VMf.*’*.**#-*.v*’*.'.« . . * . . 
n i-r-i-cixr¿-i¿ •% ,r 103 v „rj>„ ”_r '.'y 











































ESPAÑA 1939 



SIMPATICA FIESTA EN LA PRISION 

PROVISIONAL DE LA CALLE 

DEL BARCO 

Entrega de una imagen donada por los presos. 

—Una charla del P. Pérez del Pulgar— 

El Orfeón de reclusos cantó la misa 


E a ¡a prisión provisional ¿Je ¡a 
calle del Barco se ha cele¬ 
brado hoy una simpática 
fiesta, con motivo ¿te la entrega y 
bendición de una imayen de San 
José, donada por los detenidos en el 
establecimiento. 


Ei régimen carcelario en el nuevo 
Estado tiene notas emotivas de lo 
religioso y de la bondad en el trato 
que es compatible con la disciplina. 
Y basta sólo ver o los presos bier 
atendidos, limpios de cuerpo y en 
trance de serlo de espíritu, cuando no 


lo son va, para que todos sintamos, r 
de manera especiai sus familias, el 
consuelo que se deriva de la buena 
justicia. 

I fon asistido a la fiesta el inspec¬ 
tor v director ¿le las cárceles de 

'W 

Madrid, ¿Ion A mandó Tomé, cuya 
actuación sólo elogios merece; el 

salvo jesuíta pudre Pérez del Pulgar, 
que sabe aunar lo humano con su 
función religiosa, en un verdadero 
sacerdocio; directora de la cárcel de 
Ventas, doña Carmen Castro: direc¬ 
tor de ¡a prisión, don Manuel ¿Casa¬ 
res: subdirector, don Salvador Sal¬ 
merón: médico, don Mario Alonso, r 
el capellán del establecimiento, don 
Hermenegildo Careta, que ofició en 
lo misa cantada. 

También han asistido algunos 
periodistas extranjeros, que pudieron 
apreciar, como nosotros, el buen 
esttulo de los reclusos r, en genera!, 
la bondad de! régimen a que se hallan 
sometidos, pues la prisión provisio¬ 
nal, esto es. habilitada en un edificio 
a propósito, está adaptada a las 
necesidades del servicio, y en ella 
ha t gran higiene r relativa comodi¬ 
dad. 

Desde las galerías ¿le la casona 
oyeron la solemne misa centenares 
Je detenidos, hallándose muchos ¿le 
elfos en el patio donde se levantó el 
altar, al que daba guardia un piquete 
de soldados, r que estaba adornado 
con banderas, adviniéndose en lugar 
de honor unos grandes retratos deI 
Caudillo y de José Antonio. 

C dntó durante 1¿¡ misa, de modo 
admirable, por cierto, ¡a Masa Coral 
que dirigen el maestro J. Cañete, 
acompañando aI piano el maestro 


ocoooooo30oodoococoo30codoooocooocxx»cooooocoo 



Una comedia españo¬ 
la para os españoles 

▼ 

Próximamente en el 

TEATRO LARA 













ESPAÑA 1939 



La generosiiad del C audillo 

>.. .„» b U i I é'lil II A'l i í t* 



Reducción de condena 


hasta una tercera parte 



Hoy, centena¬ 
res de presos 9 
han adamado 
a FRANCO y a 
ESPAÑA en la 
Penitenciar ! a 
de Alcalá de 

Henares 

* 


(«Informaciones», I-VII1-19.) 


Rica. fin el momento Je alzar inter¬ 
pretó el Himno Nacional una afinada 
rondalla dirigida por A tapón. Ti 
sacerdote di ó la comunión a varos 
reclusos, r merece también anotarse 
el hecho Je que toe sen leídas las 
amonestaciones de los presos Arturo 
Manso y Julio Nieto, que van a con¬ 


traer matrimonio canónico con Jos 
señoritas cuyos nombres sentimos no 

■w 

recordar. 

Terminada la misa, habló a los 
presos, en el tono amistoso y humano 
que en él es peculiar, el padre Pérez 
del Pulgar, quién señaló el contraste 
de que ahora unas multitudes que no 


serán las mismas, pero que se pare¬ 
cen mucho a las que antes incendia¬ 
ban iglesias y destruían imágenes, se 
muestran con exaltada fe religiosa, r 
es que la verdad divina podrá ser 
objeto de ataques de unos r otros, de 
los incultos v de los intelectuales, 
pero siempre florece con su propia 
gracia v esplendor. «Yo os invito 
— dijo — a pensar en esto, para que. 
como decía San Agustín, os dejéis 
vencer por la verdad voluntaria^ 
mente, para que ésta no os arrolle al 
venceros. De este modo haréis más- 
llevadera vuestra estancia en estas 
casas, que Dios querrét sea lo más 
breve posible, aunque, por desgracia, 
han ocurrido tantas cosas que la jus¬ 
ticia. una justicia serena como es la 
del Caudillo, ha de cumplirse .» 

Las palabras del sabio religioso, 
vocal del Patronato de Redención de 
Penas por el Trabajo, fueron aplau¬ 
didas con gran entusiasmo. 

finalmente, el Orfeón cantó reco¬ 
gidas canciones, r la rondalla dió un 
concierto, interpretándose canciones 
i recitados por «Ciernen », Sauz, 
Huerta. Ramos. Gómez v otros artis¬ 
tas. siendo todos ellos aplaudídísi- 
nws. } ¡a fiesta emocionante y sim¬ 
pática terminó cantándose los himnos 
y con vivas a f ranco r a España. 

A tos reclusos les ha sido servida 
una comida extraordinaria, reci¬ 
biendo muchas felicitaciones el direc¬ 
tor de la prisión, señor Casares, de 
modo especial por parte de los repre¬ 
sentantes de la Prensa extranjera, 
que recorrieron detenidamente todas 
las dependencias, podiendo confir¬ 
mar cuanto decimos respecto a la 
bondad r cuidados de! régimen inte- 
rior de/ establecimiento. 


(«Informaciones». 15-VIIM9.W) 



ZARAG OZA 

El MAS popular De maDÍNO 

ESPAÑOL: Siente el 
orgullo de lo tuyo; 

España> Piensa en 
tiempos pretéritos , 

Jamás el sol oscure¬ 
ció en sus dominios . 

El pasado esplín* 
d i d o vuelve* 



RIALTO 

HOY, SABADO DE GLORIA, vuelve 
triunfante en su 543 proyección 

MORENA C LARA 

(COP'A NUf VA) 

Magnífica interpretación de IMPERIO 
ARGEN UNA y MIGUEL LIGERO 

Creación d« M.ORIAN REY 

Producc'ón C. I. f• I. S. A. 


C j“ C'j - Tí-J ? 


j r - i.'o - éTi * i. n j r CTj t ** r j 


H;H‘JOH»R*l^m»ít»«*í^>í 191 ÍV¡5^MTl«r||V|f»JtrJC»ll >(:J« 

* * * * i * í_# '-'é^tSC/g J £ Í, # *1 * 


































ESPAÑA 1939 



Normas para la depuración de periodistas 

EL GOBIERNO HA DE CONOCER 

LA CONDUCTA DE LOS 
PROFESIONALES ANTE 
EL MOVIMIENTO NACIONAL 


BURGOS,—El ministro de Id 

Gobernación, Prensa y Propaganda 

ha dictado la siguiente orden: 

“Orden de 24 de mayo de 1939 

sobre la depuración de la conducta 

de periodistas en relación con el 

Movimiento Nacional. El carácter 

de institución nacional que a la 

Prensa periódica .se atribuye en la 

lev de 22 de abril de 1938. v en vir- 

- 

tud de la cual encarga al Estado la 
vigilancia y contra! de la institución 
y la reglamentación del periodismo, 
obliga a este ministerio a intervenir 
en la depuración de quienes la ejer¬ 
cen y a examinar sus conductas en 
relación con el Movimiento Nacio¬ 
nal. A dicho electo, este ministerio 
dispone: 

Artículo 1.- Los periodistas re¬ 
sidentes en territorio que haya sido 
liberado con posterioridad al 31 de 
diciembre de 1938, están obligados 
a formular a este ministerio, por 
conducto de la Jefatura Provincial 
de Prensa, donde estuviere consti¬ 
tuida. o en su defecto, por el gober¬ 
nador civil, una declaración jurada 
que contenga los siguientes extre¬ 
mos: 

■ 

a) Nombre y apellidos del intere¬ 
sado. 

h| Periódicos en que trabajaba el 


ció que prestaba. 

c) Periódicos en que ha prestado 
servicio con posterioridad a dicha 
fecha hasta la liberación de su resi¬ 
dencia o evasión, con expresión de 
la índole de los mismos. 

d) Partidos políticos y entidades 
sindicales a que fué afiliado, indi¬ 
cando la fecha de la inscripción. >. 
en su caso, la cuota voluntaria y 
forzosa en favor de partidos y enti¬ 
dades sindicales que saludada, 
incluyendo en ellos los hechos a 
favor del Socorro Rojo, Amigos de 
Rusia v entidades análogas, aunque 
no tuvieran carácter de partido 
político. 

e) Si perteneció a la masonería, 
grado que en ella hubiera alcan¬ 
zado y cargos que hubiera ejercido. 

f) Si prestó adhesión al Gobierno 
marxista o a alguno de los autóno¬ 
mos que de él dependían o a las 
autoridades “rojas” con posteriori¬ 
dad al 18 de julio de 1936 y en qué 
circunstancias. También indicará si 
lo hizo en forma espontánea o en 
virtud de alguna coacción. 

g) Si ha ejercido algún cargo 
político u otro servicio de la Admi¬ 
nistración pública dependiente del 
Gobierno “rojo”, explicando cuᬠ


les. en qué tiempo y demás circuns¬ 
tancias. 

h) Si ha prestado alguna colabo¬ 
ración o servicio al Movimiento 
Nacional. 

i) Si ha padecido algún encarce¬ 
lamiento, detención, etc. 

j) Testigos que puedan corrobo¬ 
rar la veracidad de sus afirmaciones 
y documentos de prueba que pueda 
presentar o señalar. 

Artículo 2. e las decía racione 
juradas indicadas seráan compro¬ 
badas por este ministerio y si de 
ellas resultasen méritos suficientes, 
se dictará resolución razonada o se 
suspenderá a! interesado en el ejer¬ 
cicio de su profesión de periodista. 

Artículo 3. B A partir de la 
publicación de esta orden, toda 
solicitud de carnet de periodista 
deberá ser acompañada de la decla¬ 
ración jurada a que se rfiere el artí¬ 
culo I.-, Se denegará la expedición 
de aquel documento si de la com¬ 
probación de las declaraciones 
resultasen motivos para ello. 

Burgos, 24 de mayo de 1930.— 
Año de la Victoria.— Serrano 
Suñer." (Cifra). 


( \geneia« Cifra-. 25-V-I939) 


18 de julio de 1936 y clase de servi- 


En la zona recientemente liberada no pueden 
rehacerse ios sindicatos y asociaciones de 
carácter profesional existentes en 1936 


Un telegrama de adhesión, a España 7 su Caudillo, 

de los peregrinos ingleses 


1 \gcncia« I aro», 23-\ -1939) 


4 " “ C'j T “ c7j 


C?j m C*j “ * c*T>T eT: • ♦ 


* P 




“ *** ■* * 


II Ti f ri«v»f * Jt*y« í » «• i«»ií 
















ESPAÑA 1939 



Una nota de la Agencia "Efe" 

El reinado del bulo 

^i 

No es así como se cicatrizan 
heridas bien hondas y 

recientes 


B UR G OS.—La A gene i a Efe 
hace pública la siguiente nota: 

«Creíamos —y teníamos 
derecho a esperar —- que los 
muchos fallos que a ciertas 
Agencias y periódicos extranje¬ 
ros había deparado durante 
nuestra pasada guerra, su exce¬ 
siva tedencia al sensacionalismo 
insolvente, sería motivo de una 
mayor moderación y de una más 
patente honradez informativa al 
ocuparse de los asuntos españo¬ 
les. No ha sido así. Durante la 
guerra se nos ha calumniado vil e 
insistentemente; ahora, en la paz 
de la Victoria Nacional, vuelve la 
mentira a remover recuerdos y a 
reavivar heridas que no estaban 
ni mucho menos cicatrizadas. 

En los últimos días han circu¬ 
lado, entre otras muchas, las 
siguientes: Huida del General 
Queipo de Llano al extra ¡ero, 
precisamente en los momentos 
en que el mencionado General 
Queipo de Llano recibe en Bur¬ 
gos a la representación de una 
importante Agencia norteameri¬ 
cana, a la que hace declaraciones 
por todo el mundo ya divulgadas: 

Detención de! General Yagüe. 
coincidiendo también con su 
patriótico discurso de despedida 
a los Jefes y Oficiales del Cuerpo 
del Ejército Marroquí en Madrid; 
discurso que, por cierto y para 
hacer más patente ¡a mentira de 
la detención, no hemos visto 
publicado en los periódicos 
extranjeron que se suelen decir 
bien informados. 


Destitución de otros ilustres 
generales que conocen bien las 
obligaciones que el patriotismo 
impone a todos. 

Para que la mala fe de aque¬ 
llas Agencias y periódicos no 
merezcan ni justificación ni 
paliativos, se ha pretendido rela¬ 
cionar con no sabemos qué ima¬ 
ginadas alteraciones de orden 
público, una reciente disposición 
mediante la cual, para la cele¬ 
bración de manifestaciones y 
actos de propaganda, se hace 
preciso el permiso previo del 
Ministerio de la Gobernación. Es 
esta una medida que suele figu¬ 
rar en todas las Leyes de Orden 
público del mundo, incluso en la 
de los países más democráticos. 
Sólo en España, por lo visto, 
obedece a remotas y peligrosas 
causas lo que es normal y 
corriente en todas partes. 

No merecen estas mentiras 
que nos paremos a rectificarlas. 
Sólo sí, nos interesa advertir a 
todos que no es esta manera, 
burda e inmoral de informar 
sobre España, como se cicatrizan 
heridas bien hondas y recientes y 
como se ayuda a nuestra Patria a 
olvidar agravios que aún están 
presentes en la memoria de un 
pueblo que, a costa de sacrificios 
y heroísmos sin cuento, cree hoy 
merecer un mayor respeto que el 
que se le otorga por aquellos 
mismos que hoy nos reclaman un 
prematuro olvido. 

(Agencia**EFE», 28-VI1-19391 


La depuración 
del personal 
del Ayuntamiento 


Será realizada por 
regidores y letrados 
consistoriales 

E NTRE los asuntos de inte¬ 
rés del Orden del Día de 
la sesión que celebrará el 
próximo viernes, la Comisión 
municipal permanente, figuran 
un crédito de 26,000 pesetas 
para reparación del tercer Par¬ 
que de Incendios de la Ronda de 
Segovia; otro de 28.394 pesetas, 
para adquisición de uniformes 
con destino al personal de Talle¬ 
res generales y Transportes; 
diversos créditos para obras en 
varias oficinas municipales; li¬ 
cencias de obras; propuesta de 
concesión a la Masa coral de 
Madrid; diferentes dictámenes 
de la Junta Municipal de Primera 
Enseñanza; aprobación de las 
normas para evitar el consumo 
en Madrid de verduras, cuyo 
riesgo procede de aguas de los 
colectores, y reintegración si el 
Obispado de Madrid-Alcalá lo 
estima pertinente, de las Herma¬ 
nas de la Caridad al Colegio 
Internado Antonio de Solís. 

También figura un decreto de 
la Alcaldía-Presidencia de gran 
interés, por el cual se establece 
que diversos regidores y letrados 
consistoriales, auxiliados por el 
personal necesario, procedan a 
la mayor brevedad, como instruc¬ 
tores, a examinar ¡os diversos 
expedientes de depuración de los 
funcionarios y personal obrero 
municipal. Con ello se dará un 
gran paso para terminar lo más 
rápidamente posible la depura¬ 
ción. 

(«Informaciones», 29-VIII-1939) 














ESPAÑA 1939 



UllKJl» Oh lA NOtük 

Mítoinlaf r*ri¿B f 
Facerte: Tn«I«t4»f* 11. 
Madrid 


INFORMACIONES 


VICTOR 0R LA BERNA 


MUlRIfJ \^n XV — MMP.no 


Mam i de sfcrrnguuR oe iw aro de la victoria 


FROTO ORI, EJRMfTAftt 11 CENTIMO* 



-> 4 « 1. ^ ->4*^4 


ASI 




ORDENA EL CAÜPILLO 

VARSOVIA OYE 


..%.. 


EL CAÑONEO 






>*iuuuuuumuiuuiiw 


uuimomimi 


Ui ilewin, 
i72fcili»etr»i 
de le CAPITAL 


Y a 60 de LODZ, segunda dudad polaca 



B 1 HGOS. 4 .—El •Bnlctfa Otela] <M telado. r» 
M¡« hoy «I atguiMtai Jcc-rufu» 

d e*t*áo á# R WW que, 

Fnwia j Polo- 

i decreto La nát e Mikta wtrt H A id a lo# #óMrf..n 
ooo «mtfle # lo# WfM ej g —f r « lo# prín- 




Dado en Dorfot, ■ 4 A# Nfatimb» ^ 1939 . Aio do 
la v tófcvd. — KR ANOSGO FRANCO. El 
Aiuntoa Eittnenii JUAN ARIGBEDER.i 


T * mi dr mando del CwuRÜo 
m>* ordena ho> rr* un deemo 
*íi mi* euriita» (Wittfai)du4 
1 IM+ el W+Mn ár U palabra que 
► * «jiiifiM > rl <i«tes milita* 

lj* h^ialL* rnirtir^ aun, ti 
í -ivUlIn v (H-tW-rftliviirte de 

nw 4tfr I Wk <mj¿I 

L de »er nue^lra (*1*4 ute n* nía 
jsprr» de Kuíopi kq»rt 
**•*- Mué no ea e*fe ti¡n dtmpto que 
tece y qiwdi íri_3iTvmi* mwrto 
Fm pagina* qhrialri, fw, 
*I*' hlHL rl inOo de la orden drF 
á-> í> u nrdnv.nu pan el bien 

* h^ut'i). ár b ordenadán da 

I » ü -jlunt.ijr* rfl La Jfeciptilte »« ■ 
Mj rnr, gnan, pan firnintr hacia 
r- i'>í_ffi iVI tum J* n «¿o*. Por e*o. 

Ltqfte fiiiprj y km rtpaftotn he. 

n rn de dKdnn duramente d 

f fin por r| í]i»r V tlinfPiOe ItMC* 

■m p naaioct* en rrl«>ñ»i a W« 

■ --Mtímb (ilanli-dm a ubre el «*- 
f nrñi ninqirr) 

I p i ^nir^yrr Jila riMíukt rl 

* íOillttii I r.iiuit • rrtt \a imrUNidi 

II 11,, u i.iiip; gjiLwi >i ui/v fwLibr*’. 
kt l|a i II. n* M KX-afilt Je C*J. 
i .itMK ik ImuILo. lud* *ii. íla- 
ni ihih niu en levo* ár I* paa, V 
Lp- Ireo eonrtva» y 
#* la unir dkl 


que abre una guerra, ít- 
nemna m6rd Je ^mermad**! pan 

no desear para ftlrn* pudáo# 1KI 
dañn rp.ir arria majuc ni« Pnr 
rWf Minhitn. pucsin que ha H* 
injM, «|in ya rwRidkki, ajieW el 
Citahlb * la rtaprNnriabiltáaJ ár 
km hrnnbrrr que ipvi e*ie hora 
Itravc, ptdtcnáo U UmMacido Je| 
conflicto Por bien de 
hatít Je ku. mmnto 



\m 

furm ttj imí miilmHro 
ár ki indiwWe. 

Obcáacertit» 
menre, ifnlimenttote, r*i pwc-th 
ea vqluniaJ ywo^L t Eapafta h 
d CauJdlo 

gula y pIblwm que eo n» de- 

drnaeñSa Je la conducta de loa » 
paAobr» rd>d eí httn r I* W»- 
«na conefuieaie» Je te Pafr*. 


V m \HSOV |A, i. (KMmxitt) ptt* 
INFOKMA4 IIIXK* i IW^k lat, 
jklumc ár rúa ciudad ■>r c^.uehrfl 
ya En (ímwtfll (le I» *riillrrtA 
cointale con Ira Hat cnluinndak 
de 4 de FVbiMiyu 
4vannn hacia la c*fñuk (tr 
nía po# el Nurte. Se d*c+ que U 
vatvgiMirdi^ aWmanaa han llr|¡*do 
ya al rio Nfre*. 

COMIA TF AEREO SOBRE 

LODZ 


i a* y» ifurBtíi* tat a*»» 4 ii» paritrli 

ert mi* raía Tivcaa dnmmdca w )H ai*' 

nulvi > -1 


ALARMA EN ROL'RN 

Müv E». 1 Of la* Btu I VUUH* ». la# 
‘*ílt » yuum h* «aftackp u rl.idaj n 
r .i «pdo Or i.in —JOTl 

ÜTRA VE/ SOBRE HOLANDA 
WmPuk « -Hbr «a Uto M* 

la 


loa dala La anUU fU anllairu «la la- 

te=*í rvava— 

UN AVION FRANCES CAPTU¬ 
RADO EN BELGICA 

MUatLa». i -iu 




El PARTE DE GUERRA ALEÑAR 


CWL *B 


* la 


*r .11 


Caa la 


AUuda fiiHtt 


OUINCF. M 11. MURIO ÑEROS 
EN SILESIA ORIENTAL 

b la 


Avance en todos los frentes 



desaliento en los fugi. 
TfVO* 

EAtmAi. t —á? hta fpú«l*raa 4 t U- 



l'N ESTADO MAYOR. PRISIO¬ 
NERO 

Al wdaale da r*ApnuJ4duv. hit 
inaéa I* aatHlm» HNWI* pete# f 
1 Uaie M*i« tu* 


C"irii.T-n t ba asceta a» m 

da ha puerca lyn 
V '• artUUrta amiatraa 
aauut^iwi un tÉp^unenea jr nn 
L*J rí-jraeia, qiw ‘.m;ilj Irfpú #1 pplagiif 
rTfitra 0t4itua*n 1 fwwauirfrm fisa la* 
1 ^ 1 »* tapaadái andfy WlSu-lnabawn 

a la ai! 4*4 4 # 
ñuron b-feinadrac 


V» *» 

EL AVANCE, es vfrtíci 

N0W1 

■ IRIJN Í_—D- tanlF uiaUil * ir* 


■LACIA CRACOVIA. - LA AL* 
TA SILESIA* EVACUADA 

tn ti Su* n ejftrí't aleada 

1 Owmh Én n didma 4e #fcaw> ha 
-áa ttibild i rft #í N*U M 

*» nrupafl* Jaatrrrñn Ti mnplCn calé 

purcipllá(l*nWTUr U rTfida Id- 

\* u*rlal Ir la Alia Sibila* wtntfal Bn 

irírnaf r' irtlrfti Ip-ipt" han rr urnA* rl 

í*rth» 


Con la casa a cuestas 


latín EVACUANDO 

»w>a> ia al i fc|ifcM4laanm 1 


Varsovia 

... 



EL PARTE FRANCES 


El EJERCITO MU ACO DEL 
VDRTL CiiPUm 1 v Li .CO- 
RREIM1R- 

AL |*nn* Ah R)pnl-I píMiír- mferíAdn 
-n AJ OrifT*4ní ti* inrrrtiadn lina mía 4r 

rcupllrsa dwailanrbdM pan I'UIL* I ti 1 
ircu h 4 b n a rrn Onoi *' rr a> hk -i ■ pee- 
dado rauMiAi. atUANiM *»■ nm (*m ÍUar- ; 
su 1 a mujan que aa tiiftarldn nn hace 
MntHir (K^t*.nui l«A Imt Ideae pOIM* 
1 * QU'cMii han njv -^nipad^i 


BKUtttDO J. — LM 

h VtrurU ttlikp. 
irán lapi iil p i la (*■ 

j *■** ■ ít -r laa ^pn. r Jr«a Jl m Lm* ab-|*lii n 

miM4arr> él I* rapKal pi4*r* I 1 a* 
la rMií. Nriaadau' 
mm i **a«4u*i a ifrdn n 4*4 
an aa w ln i«MU4n **4a> i*Ja al 
*r*« *r h 


tm ti 

a “ 

porfaati íUrf ím W(. snUra i 
i«l4 ptWd». f 
m twmm iqiíiJiiri 
Xft dio O* *J ParFWrylt u 
* Pe 

«f P*ar<p d* vr*^ par* 

Leda. Ceada A* 
a* atr-^-dí- 
eapri 1* 

la w n H OéJtttM, !ñt mi* 

■M* *d* K-annwfni )m títim ** 

•«. (• d iaírtiB í> riti 
MAA pnhhhfMa 4* lt M* hrtMCaalai 
tn> Mar lAfinat it hn» «da 
.-rnrflrii (tH l!«4f <í™Ai rt fpWa- 
'!■ f*a li «pníil rj la de 

/*r*jfiapi f.Mlm írnfltd »t arrfr* 

Hl e« ** *1 i)* i*r m*r+ ww Itr T 

tw f** Mjlrr-h* t* ¡t 
r*f. w ** .haha «rf*™ r»r* « t% 
mriffit dt Vewlí prwfrn rad f* 

4****J< I* dlftal cw+rrm, *m la prf- 
ejfpi de IRIS i« /reP'o de 
«ipadaa Ja^fcirf r*t *c fa* ■'-■’-PM 

hi t maiui 

PídWrmtl f! jtfTf*. d« “* 
™» r i rt«d* #*" *i ar#mnr dr 
de* tifrrmm fd 
mr rl jr*t. e JTS d* Ver* 

KfM. t «I fr Lodi * P'MJitp Hfl- 
Hrrlf A 1 l‘ldrr*írrt* J» fa r*pifaJ 
fdAdpl 

ftniír r*fr 'in’nr'i'pi fa rr 

ir-LTirK («r Je " r ■> • *^a 

laye#* r- r- .^^,, 4,1 av~.pi- ii**. 

dr rt■' niniy Aihr-tt !*■'-■ i r, .i 
rtprnl p^ara 'paifn rm w(#i ip* 
dm (í'iyei ya. á* vtarta• • v.t i r n. 
r* J* a4.p^>í. ** a. r.* a ía eu-fa 
d f "Pir-nií: S ff 4 F i*--¡irisan 

drjpB^iio n”r< » H * i-."ne-rirr M4 ja 

*4 ’.+ p. r *- ip 'i: pi py'—pfríjpi'i dd *4 
tirito ** •^¡fui-i'Bd gar faJ. 

r« t fr t*íN 



ÍNITRUCOONES A PO 

«LACION ALEMANA 


(al 

Vi 


Kjtm** 


BAJO LA MIRADA DEL 

FÜHREK 

i) 9 pai >^ 14 * iiflifi * rt íl*li|íi 
dr <hmp T al *1» 4 * tb 'ludid te 
la 1* nindi Úri fuitirv -i fUiTI r*p'da 
*tfnu i»r I* •»«>* drttelBl d*i r» te* 
i Tupa 1 4 r tn#u ThmiUI « *|ypa«* ™*i 
ihuouM b ’-p-Ti mremrtil**4n fnfliair He 4* 
fWdM T inniBrir*™ dr Miara W r-br- 
Llo»nfi* iP Aftit'I kbi *r bit# rü "Tunde te 

*** TU rt «nf 


Presencia de avnnes 


«*aT"f~ m 

■eim es i» 44 * 



ilute de Drírn F\‘ K1 M\R \ EN El AIR> — 

CUARENTA \ MOVER DFA 

, *4 teten te rae» ctk TRÍ’IHOR 

Bte x uní* a «Tte d Manea te etm t 1 Rumie r* tp 

rrebsíi ineiM'ranu^ur l** audMi** p*'» 
I* vvurtead te* Jíne*r le* Iwnu »*- 
rl poiUñ Otsareat* 

flUt »!#* 


y* g>ja «ale «a I» tannipia 


f'rrsfiuji tn todee Ib 
r -fqiir Lqulu —-croc tuba 
tlriif-vidraT coo rl arjpimrn» 
arnite que rtbe h»ce* Id *»- 
1 f * * íw» Ufvilí rritUM ár i*, tífte»- 
r ^— itlvnrA * le püf* «* P» *•" 
■ "-iqiir parifwmi. no |Mf l«ww 
d» Ir* ílifii <1 tlPW prir ItlteBHfl*' 
Ir, .U lt- 4>l<irr\ qie hli d* ■' 

f*nt * f* rnnnyri 

O»* *n*4-ms* - 1 . " 1* 

Jb--i 


ALARMA n PARIS 


U 


LOS OLE VOLARON SOBRE 
HOLANDA — MENT» ALE¬ 
MAN 

h-te* L ij 11 * ^ 

te te BOMBARDEAN LOS INGLE- 
“ ^ WJ Fl MAR DE1 NORTE Y 
«te- m ROEN 1 A MÍT^O f>F 

1 aparatos 




1 ■** m"- | p h|i« de la Marín» <■ ^Rái * t*p 


- |B 1 L 


El avance 


(>■ Informaciones», 5-1X-1939) 

r Cj r cr*j * c'.*a - c.vt w*?. 7 


SELECCION DE TEXTOS Y GRAFICOS: FERNANDO LARA 



















































































































Libros recibidos 


El teatro en la Valencia de fina¬ 
les del siglo XVIII. Arturo 
Zabala Instituci Alfons el 
Magnamm . Diputado provin¬ 
cial de Valencia. Valencia. 
1982. 468 oágs. 

De economía crítica. (Premio 
Principe de Asturias )' Ro¬ 
mán Perpiñá Grau. Instituci 
Alfons el Magnanim Dipu¬ 
tado provincial de Valencia 
Valencia. 1982. 408 págs. 

La guerra civil y los poetas 
españoles. Fernando Dias- 
Plaja Editorial San Martín. 
Madrid, 1982. 284 págs. 

Introducción a los problemas de 
la historia. Alianza Editorial 
Madrid, 1982. Rafael Arrillaga 
Torrens. 220 págs. 

Textos y documentos comple¬ 
tos de Cristóbal Colon. Pró¬ 
logo y notas de Consuelo 
Varela Alianza Universal, 
Madrid 1982. 356 págs. 

Mi último suspiro. Luis Buñuel. 
Plaza & Janes. Barcelona, 
1982. 252 págs. 

El futuro de la vida. Miehel 
Salomón. Prólogo de Eggar 
Morin Planeta Barcelona, 
1982. 354 págs. 

La droga, potencia mundial. 

Hans-Georg Behr. Planeta 
Barcelona, 1982. 264 págs. 

Historia de la literatura espa¬ 
ñola. Angel del Río (II Vols) 
Bruguera. Barcelona, 1982 
800 y 714 págs. 

La frustación de un imperio. 
(1476-1714). Historia de 

España, dirigida por Manuel 
tuñón de Lara. (Tomo V). Jean- 
Paul le Flem, Joseph Pérez, 
Jean-Marc Pelorson, José M‘ 
López Pinero, Janine Fayard 
Labor, Barcelona 1982 508 

págs 

Roma. Claude Nicolet. Labor: 
Nueva CI i o ’; Barcelona, 
1 982. 420 págs. 

Las invasiones, las oleadas 
germánicas. Labor Nueva 
Clio Barcelona, 1982 280 

págs. 

Las invasiones, el segundo 
asalto contra la Europa cris¬ 
tiana. Labor 'Nueva Clio' 
Barcelona, 1982. 270 págs, 

Europa cultural y religiosa. 
Labor: Nueva Clio Barce¬ 
lona, 1982. 342 págs 


Palabras en libertad. Francisco 
Fernández Ordoñez Argos- 
Vergara Barcelona, 1 982 270 
págs. 

La algarabía. Jorge Sernprun 
Plaza & Janes Barcelona. 
1982 380 págs, 

Dulce jueves. John Stembeck 
Plaza & Janes. Barcelona, 
1 982, 240 págs. 

El valle del Issa. Czeslaw Milosz 
Plaza & Janes Barcelona. 
1982 282 págs. 

Marxismo abierto. Ernest Man 
del. Critica, grupo editorial Gn- 
jalbo Barcelo'na, 1982 158 

págs 

Historia, análisis del pasado y 
proyecto social. Josep Fon¬ 
tana. Critica, grupo editorial 
Gnjalbo Barcelona, 1982 346 
págs. 

Historia contemporánea de 
Cuba: de Batista a nuestros 
días. Hugh Thomas. Grijalbo 
Barcelona, 1982 568 págs 

Una hitoria del mundo. Hugh 
Thomas. Grijalbo Barcelona, 

1982. 882 págs 

La reacción y la revolución. F. Pi 

y Margall Anthropos. Barce¬ 
lona, 1 982 460 págs 

Misiones discretas. Vernon A 
Walters. Plantea. Barcelona. 
1981. 364 págs. 

El último héroe. (Una biografía 
de Gary Cooper). Larry Swm- 
dell. Planeta. Barcelona, 1981. 
378 págs. 

Una golfa subió a los cielos. 

Emilio Romero, Planeta. Barce¬ 
lona, 1981. 202 págs 

Cinco años después. Pilar 
Franco Planeta. Barcelona. 
1981. 218 págs. 

Poker de Papas. Laszlo Passuth 
Editorial Luis de Caralt. Barce¬ 
lona, 1981. 600 págs. 

Reforma y contrarreforma. His¬ 
toria Universal (Biblioteca grᬠ
fica Noguer) Barcelona. 1981 

El sistema fiscal valenciano. 

Jordi Romeu Llorach Vmaros, 
1981. 172 págs. 

La lengua absuelta. Elias Cane- 
tti Muchnik Editores. Barce¬ 
lona. 1981. 338 págs. 

Masa y poder. Elias Canetti 
Muchnik Editores Barcelona, 
1977. 492 págs. 


Auto de fé. Elias Canetti Much¬ 
nik Editores. Barcelona, 1981 
420 págs, 

El orden psiquiátrico. Robert 
Castel. Las Ediciones de la 
Piqueta Madrid. 1980k 344 
págs. 

La educación en la España revo¬ 
lucionaria. (1936-1939). Ra¬ 
món Safón Las ediciones de la 
Piqueta Madrid, 1978, 184 
págs. 

Trabajos elementales sobre la 
escuela primaria. Anne Que 
rrien Las Ediciones de la 
Piqueta Madrid, 1979. 198 
págs. 

Espacios de poder. Foucault 
Donzelot Gngnon. de Gaude- 
mar, Muel y Castel Las Edi¬ 
ciones de la Piqueta Madrid. 
1981. 166 págs 

El panóptico. Jeremías Bent- 
ham. Las Ediciones de la 
Piqueta. Madrid, 1979. 146 
págs 

El cura Galeote asesino del 
Obispo de Madrid-Alcala, 

Julia Varela y Fernando 
Afvarez-Uria Las Ediones de la 
Piqueta. Madrid, 1979. 238 
págs. 

La autogestión de la España 
revolucionaria. Frank Mintz. 
Las Ediciones de la Piqueta. 
Madrid. 1977. 436 págs. 

Revista de occidente. Extraor¬ 
dinario I (Noviembre 1981), 50 
aniversario. La segunda repú¬ 
blica española Varios. Funda¬ 
ción Ortega y Gasset. Madrid, 
1981. 268 págs. 

Luchando en tierras de Francia. 

Miguel Angel Sanz. Prólogo de 
Jean Cassou. Edicones de la 
Torre. Madrid, 1981 254 págs 

Una vida para un ideal. Nieves 
Castro Ediciones de la Torre. 
Madrid, 1981. 160 págs. 

Tregua para la orquesta. Fama 
Fenelon Noguer. Barcelona, 
1981 372 págs. 

Historia del P.C.E (1), prólogo 
de Fernando Ctaudin. Joan 
Estruch. El viejo topo. Barce¬ 
lona, 1978. 196 págs. 

La era del capitalismo. E. J. 
Hobsbawm Guadarrama Pun¬ 
to Omega. 2 Edición, 1981. 
486 págs. 
















































tres números especiales de 


Ante las numerosas peticiones de quienes no pudieron adquirir en su 
momento los números especiales de enero de 1980, de julio-agosto de 1981 
y de marzo de 1982, sacamos a la venta unas reservas de almacén. Es una 
cantidad limitada y las peticiones se atenderán POR RIGUROSO 

ORDEN DE LLEGADA. 


—- 


[TEME 


AN0VÜ 


NUM. 62 - ENERO 1980 

Un balance de cuarenta 
años de historia de España, 
desde 1939 a 1979. 


NUMS. 80-81-JUL., AGOS. 1981 

Historia de una fecha que 
gravita sobre toda la vida de 
los españoles. 


NUM. 88 — MARZO 1982 

Una inspección sobre los 
acontecimientos socio-políti¬ 
cos que condicionan el futuro. 










Recorte o copie este boletín 
y envíelo a Fuencarral, 96. Mad 


Deseo recibir contra reembolso: 

□ NUM. 62: 

«40 años de España» (200 ptas.) 


Nombre 


Dirección 


□ IMUM. 80-81: 

«Así fué el 18 de Julio» (250 


Ciudad 


□ NUM. 88: 

La historia del futuro» (250 ptas.) 


Provincia o País 


□ NUMS. 62, 80-81 y 88. (550 ptas.) 


FIRMA 


Marque con una cruz 


su pedido.